Palabras pronunciadas en el acto de presentación del libro «José Hernández Arocha. Vida de un tinerfeño entre los Últimos de Filipinas»
A cargo de Miguel Ángel Noriega Agüero
Sede de la Tertulia Amigos del 25 de julio, 25 de junio de 2026.
Buenas tardes.
General Jefe de la XVI Zona de la Guardia Civil; Director General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias; Cronista Oficial de Santa Cruz de Tenerife; descendientes de José Hernández Arocha y de Antonio Bauzá Fullana; compañeros de la Tertulia Amigos del 25 de julio y del Colectivo Semáforo de la Atalaya de Igueste de San Andrés; algunos miembros de mi familia que se encuentran hoy aquí; miembros de las Asociaciones Filipinas ASCODEF y ASOFIL; amigos y amigas.
Lo más consecuente en este tipo de actos, figurando como autor de la obra que se presenta, en este caso, coautor, es comenzar dando las gracias. Así que …
Gracias a todos ustedes por acompañarnos en el bautizo de este libro, modesto, como la vida de su protagonista, pero leal y honroso con don José y sus compañeros de Sitio, como bien estos se merecen.
Gracias, cómo no, a mi compañero tertuliano Emilio Abad, tanto por ser prologuista de la obra como presentador hoy en este acto. Qué puedo decir del General Abad que no se haya dicho ya. Su vida militar ha sido excelente. Tiene una hoja de servicios brillante y bien merecida. Como escritor y conferenciante su currículum es inmejorable. Pero me voy a quedar hoy con el Emilio persona: el padre, el esposo, el abuelo, el compañero tertuliano, el amigo. Nadie mejor para acompañarnos a Laly y a mi en este acto. Cuando le propuse a mi compañera autora de ofrecerle a Emilio hacer el prólogo, me dijo “Ay, don Emilio, sería un honor, pero, ¿tú crees que él querrá?” Sin duda, le respondí. No me equivocaba. Un caballero.
Gracias también a mi tocayo Miguel A. Clavijo que nos ha animado a Laly y a mi en que esta publicación haya visto la luz.
Y gracias, faltaría más, a Paco Pomares y Ediciones IDEA por confiar en nosotros para publicar esta modesta obra.
Y ahora voy con ella. Tarde noche en mi casa, primavera de hace diez años, suena el teléfono. Pero no el móvil, el fijo. Lo coge mi mujer: “Es una señora que dice ser nieta de uno de los Últimos de Filipinas”, me cuenta al oído, tapando el micro con la mano. “¿Dígame?” … y ahí comenzó todo esto, ahí empezó a escribirse lo que hoy presentamos.
María Candelaria, Laly, nieta de José Hernández Arocha, logró localizarme tras haber escrito yo un artículo hablando de su abuelo, y que fue publicado en mi web y en la de la Tertulia de Amigos del 25 de julio. Tenía reciente la muerte de su padre, el más pequeño de los doce hijos de José, precisamente el día de la Candelaria de ese año 2016.
Ahí arrancó esta locura en la que el zapato encontró su horma. Desde ese momento prometí a Laly que su deseo y el de su padre que no pudo llegar a ver, tenía que cumplirse. La iba a acompañar en este bendito empeño: honrar la vida de un hombre tan modesto como valiente, tan humilde como heroico.
Ella en La Gomera, en donde vive, y yo acá. Cientos de minutos al teléfono. Multitud de mensajes de whatsapp. Cuando ella venía por Tenerife, quedadas en Santa Cruz o en La Laguna para intercambiarnos fotos, documentos, recortes de prensa. Citas mías con su nieta universitaria Yesenia, que hoy está por aquí, para enviarnos archivadores a través de ella. Un cortado en una terraza de la Villa cuando iba yo por La Gomera… Así ha sido esta década.
Un mes duró el asedio de El Álamo en San Antonio de Texas, que llevó John Wayne a la pantalla grande. El orgullo militar de los EEUU. 13 jornadas de asedio, eso fue todo.
337 días estuvieron José y resto de compañeros del Batallón de Cazadores Expedicionarios número 2 metidos en una modesta iglesia filipina. La guerra había terminado, pero la lealtad y el honor les hizo resistir entre penurias.
Rescato unas palabras de José Hernández Arocha que la prensa local tinerfeña publicó en una de las entrevistas que le hicieron a su vuelta. En este párrafo relata algunas de las miserias que sufrieron él y sus compañeros:
¿Con qué se alimentaban? Le pregunta el periodista
Pues con hierbas cocidas, especies de calabaceros, cerrajas y otras matas que nos sabían á gloria, ratas, culebras, lechuzas y perros, si alguno se rodaba por aquellas aproximaciones. En nuestras salidas solíamos apresar algún caballo y entonces celebrábamos un verdadero festín. Siempre que teníamos ocasión de hacer alguna salida; obligados por el hambre y la desesperación, experimentábamos casi alegría, porque al fin y al cabo, aunque á costa de grandes peligros, respirábamos aire más sano y ubre que el que teníamos en la iglesia infestado por las calenturas y disenteria que allí se habían desarrollado.
Casi doce meses sitiados por las armas tagalas en el exterior y, dentro de la iglesia, por el beriberi, esa terrible enfermedad provocada por la falta de vitamina B1, lo que origina un deterioro progresivo del corazón. El músculo cardíaco pierde capacidad para bombear sangre de manera eficiente, aparecen taquicardia, dificultad respiratoria, hinchazón de piernas y acumulación de líquidos. Se llega a un colapso circulatorio, con una disminución crítica del aporte de oxígeno a los órganos vitales, hasta que al enfermo le invade el ahogo, la debilidad extrema y, con ello, confusión y pérdida de conciencia antes del fallecimiento. Sin duda, una muerte lenta y terrible.
13 hombres murieron a causa del beriberi, a lo que hay que unir a otros 2 por disentería. 33 chicos sobrevivieron al asedio, de los 60 que entraron a este encierro forzoso.
Toda España estuvo representada durante esos doce meses entre las paredes de una diminuta iglesia. Allí había andaluces, extremeños, manchegos, castellanos, aragoneses, gallegos, murcianos, catalanes, valencianos, cántabros, … canarios, españoles.
La tropa de este batallón estaba compuesta por chicos de 18 a 22 años haciendo el servicio militar casi en las antípodas, pero directamente en una guerra que, para más inri, ya había terminado sin ellos saberlo.
Pero todos tenían algo en común: eran pobres. Ninguno de ellos había podido pagar las 2.000 pesetas que permitían poder librarse de la mili y allí estaban, encerrados y alejados de la realidad, pero con el orgullo de ser los últimos de Filipinas y también los últimos en tener izada la bandera española en ultramar.
José Hernández Arocha no fue el único canario entre estos Últimos de Filipinas. Junto a él estaban también Eustaquio Gopar y Rafael Alonso, ambos de Fuerteventura y Manuel Navarro, de Gran Canaria. Estos dos, Rafael y Manuel fallecieron durante el asedio, Eustaquio sobrevivió, y volvería en el viaje de regreso a las islas junto al protagonista de esta obra.
Incluiremos también como canario adoptivo a Antonio Bauzá, mallorquín que después del regreso de Filipinas recaló y vivió en Tenerife durante unos cuantos años.
El próximo 30 de junio se volverá a conmemorar el día de la amistad hispano-filipina. Y es que el 30 de junio de 1898 comenzó el asedio. Ese día las puertas de la iglesia de Baler echaron el candado y seis decenas de soldados, oficiales y religiosos comenzaron un encierro de casi doce meses. El 2 de junio del año siguiente salieron de esta reclusión siendo tratados por el Gobierno y pueblo filipino como héroes y, sobre todo, como amigos.
Por este motivo se aprobó en Filipinas la Ley de la República N.º 9187 de 22 de julio de 2002, cuya introducción dice:
«Un 30 de junio de 1899, el Presidente Emilio Aguinaldo ensalzó a los soldados españoles sitiados en la iglesia de Baler por su lealtad y su caballerosa valentía. Para honrar este memorable episodio, es de justicia que se declare dicho día como fiesta nacional, de manera que se recuerde el acto de benevolencia que asentó los cimientos de unas mejores relaciones entre Filipinas y España.
El treinta de junio de cada año queda pues declarado como el Día de la Amistad Hispanofilipina, para conmemorar los vínculos culturales e históricos, la amistad y la cooperación entre Filipinas y España.»
Así pues, muchas gracias a los filipinos que se encuentran entre nosotros hoy aquí, representando a su pueblo y gracias a la Cónsul de Filipinas en Canarias, María Pilar López Cabrera, que había mostrado interés en acudir a este acto pero que finalmente no ha podido estar con nosotros.
Hubiéramos deseado que este libro tuviera más páginas, más fotos, más documentos, pero su protagonista fue un sencillo jornalero. Un hombre modesto de Taco, que tuvo que partir a la guerra de Filipinas para vivir una de las gestas más gloriosas de nuestra historia, y quien, tras su regreso, siguió siendo agricultor, además de padre de una docena de hijos y esposo de dos mujeres (enviudó y se volvió a casar en segundas nupcias). Ahora bien, José forma parte de los supervivientes al Sitio de Baler y su nombre aparece entre la lista de los Últimos de Filipinas, ahí es nada.
Para mí ha sido un placer y un honor haber compartido con Laly estos años de investigación y redacción para llegar hasta hoy. Ella me ha dicho muchas veces, “siempre has estado a mi lado”, pero no ha sido así. Hemos sido nosotros los que hemos estado al lado de su abuelo, representando en él el valor y el coraje de aquellos chicos y oficiales sitiados en Filipinas, en una pequeña iglesia de Baler.
Hoy José Hernández Arocha vuelve a estar entre nosotros. No vestido de soldado, ni empuñando un fusil, sino convertido en recuerdo, en palabras y en páginas. Vuelve de la mano de su nieta, que durante tantos años soñó con rendirle este homenaje, y regresa también acompañado de todos ustedes, que han querido compartir este momento.
Si al cerrar este libro alguien siente admiración por aquellos muchachos, si alguien comprende un poco mejor lo que significaron el sacrificio, la lealtad y la esperanza, entonces habrá merecido la pena esta década de trabajo.
Deseo que este libro sea de su interés y lo disfruten.
Gracias, Emilio. Gracias, Laly. Y gracias a todos ustedes por acompañarnos esta veraniega tarde. Desde hoy, la historia de José Hernández Arocha deja de ser solo un recuerdo familiar para convertirse, también, en memoria compartida.
Buenas tardes y otra vez, muchas gracias.
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