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Presentación del libro «José Hernández Arocha. Vida de un tinerfeño entre los Últimos de Filipinas»

A cargo de Emilio Abad Ripoll
Sede de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, 25 de junio de 2026.

 

Buenas tardes, autoridades, compañeros de la Tertulia y amigos.

          Gracias, Miguel Ángel, gracias, María Candelaria, por acordaros de mí para acompañaros en este momento feliz del nacimiento de vuestro nuevo libro, aunque creo que sería más exacto decir del bautizo, con padrino, que soy yo, incluido, pues el “embarazo” (la concepción y redacción de la obra) la compartisteis vosotros dos, y en el “parto” (los trabajos de maquetación, edición, etc.) os han asistido los componentes de esa magnifica clínica que es Editorial Idea, con su partero principal al frente, mi querido Paco Pomares.

        Primero quiero dejar algo claro. Aquel hombre tan lúcido que fue don Luis Cola Benítez, desgraciadamente perdido para sus numerosísimos amigos, para nuestra Tertulia y para Santa Cruz hace ya diez años, decía en un acto similar a éste, cuando intervenía en la presentación de una de sus obras, que el menos indicado para hablar de un libro era su propio autor. Recuerdo que aquella misma noche, cuando volvíamos paseando calle Castillo para arriba, camino a nuestras respectivas casas, le comenté que no estaba totalmente de acuerdo con él, porque salvando el tema del rechazo que a uno, por modestia, le produce, o le pudiera producir, comentar en público la supuesta valía de su trabajo, nadie mejor que el autor puede saber el esfuerzo, las dudas, la euforia, el decaimiento, la ilusión o la desesperanza que, escondidos entre las hojas del libro pueden traer consigo la confección de una obra literaria. En parte me dio la razón, y también recuerdo que sobre el mismo asunto intercambiamos opiniones alguna otra vez.

        Por eso, como me mantengo en esa misma opinión, en la presentación de esta tarde van a ser ellos, los autores, los que llevarán el “esfuerzo principal” empleando terminología militar ya que el libro se presta a ello. Y mis palabras van estar mucho más relacionadas con las lecciones militares, aplicables también, como no, a la vida civil que se deducen de lo que se expone en este libro.

         Pero sí es preceptivo que me corresponda a mí hablar algo de sus vidas, por si alguno de ustedes no supiesen la valía de las personas a las que hoy me honro en acompañar.

        Empezaré por Miguel Ángel Noriega Agüero. Es Licenciado en Geografía y Experto Universitario en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente, y, pese a su juventud, lleva más de 20 años desarrollando su labor profesional en la consultoría ambiental en Canarias. Es socio de la empresa AGRESTA Sociedad Cooperativa, y ha llevado a cabo numerosos proyectos ambientales en las islas ligados a senderos y uso público, repoblaciones, cartografía de vegetación y carreras de montaña, entre otros. Es un gran conocedor de los espacios naturales protegidos del archipiélago y posee la certificación oficial de habilitación como Guía de Turismo de Canarias.
Además, gracias a su afición montañera, es un experto en el conocimiento de los senderos y caminos del archipiélago, y habitual practicante, desde hace tres décadas, de todo tipo de deportes de montaña: escalada, alpinismo, esquí de travesía, …., en sitios tan sugestivos como los Picos de Europa, los Pirineos y los Alpes.

        Desde hace algo más de diez años es miembro, y muy activo, de la Tertulia Amigos del 25 de julio, siendo en estos momentos integrante de su Junta Directiva.
Es un apasionado de la investigación y la recopilación de información relacionada con la historia de las islas, especializándose en su estudio de las infraestructuras y edificaciones militares históricas. Fruto de ello ha sido su libro Fortificaciones de la isla de Tenerife. De la Torre de Añazo a la II Guerra Mundial.

        Además, ha impartido numerosas conferencias y escrito varios artículos relacionados con las atalayas de vigía y los semáforos marítimos. Es miembro del Colectivo del Semáforo de la Atalaya de Igueste de San Andrés. 

        También es administrador y propietario de la página web asotavento.com en la cual cuelga periódicamente artículos relacionados con la historia y la geografía de Canarias.

        Y por lo que se refiere a María Candelaria Arrocha, diremos que nació en esta capital, que es auxiliar de geriatría de profesión y ha dedicado gran parte de su vida laboral al cuidado y atención de las personas mayores, labor ejercida con vocación, compromiso y profundo respeto hacia quienes han construido el camino de las generaciones posteriores.

        Comprometida también con las tradiciones y el patrimonio cultural de Canarias, impartió durante varios años clases de bailes tradicionales canarios a niños y niñas, contribuyendo a la transmisión de las costumbres del archipiélago. Asimismo, participó activamente en el mundo del carnaval, promoviendo una comparsa infantil y colaborando en la elaboración de vestuarios para murgas y candidatas.

        Obtuvo la titulación de albañil como homenaje a la profesión ejercida por su padre, desarrollando también experiencia como peón de pedrero en trabajos vinculados a la construcción tradicional de bancales y muros de piedra seca.

           Es hija de José Hernández Melián, el menor de los hijos de José Hernández Arocha, y por tanto nieta de nuestro personaje de esta tarde. Desde su infancia creció escuchando los relatos transmitidos por su padre sobre la figura y el legado de su abuelo.

        Tras el fallecimiento de su padre, hace ya algo más de 10 años, asumió la promesa de preservar y difundir la memoria de José Hernández Arocha, emprendiendo una intensa labor de investigación histórica y documental. Para ello consultó archivos militares, civiles y parroquiales, localizó partidas de nacimiento y reunió fotografías, documentos y testimonios familiares.

        Fruto de esos esfuerzos fue la conferencia que impartió el año 2017 en el Cabildo Insular de La Gomera titulada “José Hernández Arocha, el héroe tinerfeño de los últimos de Filipinas”, con la colaboración de Miguel Ángel Noriega Agüero. También participó en la exposición celebrada en el Museo Militar de Almeyda, organizada con motivo de los actos conmemorativos del 120 aniversario de la gesta de Baler, mediante la aportación de documentación, fotografías y material perteneciente a su archivo familiar, y en 2022 colaboró con el escritor Miguel Ángel López de la Asunción en la obra El sitio de Baler.

        Fruto de años de esfuerzo, investigación y perseverancia, es la coautoría del libro que hoy se presenta, obra con la que quiere rendir un homenaje a su abuelo a la vez que cumple la promesa realizada a su padre, con el objetivo de preservar la memoria familiar y dar a conocer la historia de uno de los Héroes de Baler.

        Y vamos al libro. Mientras lo leía, recordaba aquella película titulada “Los últimos de Filipinas” que vi con mis padres cuando era un niño, y que luego he vuelto a ver en el televisor de casa. ¡Cómo en aquella película se recogían muchos de los sentimientos y valores que encuentra uno en las páginas del libro que nos ocupa! ¡Qué diferencia, Señor, con la película – bazofia de hace unos pocos años!

            Y cuando lo terminé, en mi cabeza surgió una pregunta que creo fundamental para comprender a Hernández Arocha y sus compañeros:

        ¿Qué podía motivar a un humilde campesino a alcanzar un grado supremo de heroísmo? ¿Qué impulsos internos movieron a José y sus compañeros a soportar heridas, enfermedades, hambre, miseria y ataques enemigos durante más de 11 meses en los que lo único que parecía seguro era la casi certeza de morir?

        Un ilustre militar contemporáneo, el General de Brigada de Infantería don Hilario Martín Jiménez (a cuyas órdenes tuve la suerte y el honor de estar destinado más de dos años en el Estado Mayor de la Jefatura de Tropas de Santa Cruz de Tenerife) escribía en 1980 una obra titulada Los valores morales de las Fuerzas Armadas en las Reales Ordenanzas de S.M. Don Juan Carlos I, unas nuevas Ordenanzas promulgadas a finales de 1978. El general Martín Jiménez, que había formado parte del equipo encargado de redactarlas para sustituir a las antiguas (que no anticuadas) de Carlos III, destacaba en su libro que los “valores morales sintetizan el exacto cumplimiento del deber” y señalaba que en el artículo 51 de las nuevas Reales Ordenanzas quedaba claro que “Las Fuerzas Armadas españolas darán primacía a los valores morales, enraizados en nuestra secular tradición”.

          Abundando en lo dicho, hace muy pocos días, mientras combatía el tedio del viaje y la incomodidad de los asientos del avión con un rato de lectura, me saltó a la vista lo que Azorín escribió en su obra Una hora de España: “La vida militar es espíritu. Los factores más formidables en la guerra son los espirituales”

         En consonancia, el general Martín Jiménez enumeraba y explicaba una serie de “virtudes militares” que supusieron, sin duda de ninguna clase, el armamento espiritual que utilizó el destacamento de Baler y la motivación que les llevó al heroísmo.

        Repasemos algunas de esas virtudes, empezando por la Disciplina, cuyos pilares son la obediencia y la subordinación; la Lealtad, en su doble versión de los inferiores hacia el superior y de éste hacia sus subordinados; la Cohesión de la Unidad, basada en el compañerismo, la justicia en la acción del que manda y el respeto mutuo; el Cumplimiento del deber, que implica voluntad de servicio, abnegación, espíritu de sacrificio y valor; y el Liderazgo de quien manda, haciéndose “querer y respetar” de sus subordinados Destaca también el general Martín Jiménez, con Ortega y Gasset, el Espíritu Guerrero, que aquel gran filósofo definió como “un estado de ánimo habitual que no encuentra en el riesgo de una empresa motivo suficiente para evitarlo”.

         A mí me gustaría dejar claro que muchas de las “virtudes militares” son perfectamente asumibles por la sociedad civil, como queda nítido si, al menos mentalmente, las aplicamos al funcionamiento de una empresa o al puesto de trabajo que cada uno pueda desempeñar.

        Pero, hablando de algo que está tan de moda como el Liderazgo, me permito recomendar a quienes imparten conferencias, participan en mesas redondas o dirigen cursos sobre el tema, así como a los receptores de esas enseñanzas, que fijen su atención, y estudien en profundidad, la figura y el comportamiento del Jefe del Destacamento la mayor parte del asedio, el Teniente don Saturnino Martín Cerezo.

        Aquel joven oficial demostró una impresionante capacidad de liderazgo manteniendo cohesionada su Unidad en tan duras condiciones y durante tanto tiempo. Seguramente sería ejemplo de integridad, lealtad, compañerismo y valor, lo que le haría acreedor a sentirse querido y respetado. Y también supo, como se exige al líder moderno, influenciar, motivar y guiar a sus hombres hacia un objetivo común: la defensa a ultranza de aquellos pocos metros cuadrados de tierra, todavía española, que les habían encomendado conservar. Sí, merece la pena poner el foco en la figura de Martín Cerezo.

        También me gustaría fijar la atención en el sentimiento de Compañerismo que tuvo que reinar en el Destacamento. Hoy día, el término “compañerismo” es una palabra, o mejor dicho, un concepto cuyo sentido se viene debilitando, pero que en las Unidades militares juega un papel fundamental. Para un soldado el compañerismo no es únicamente la amistad, sino una conjunción de sentimientos que favorecen la eficacia de su Unidad: orgullo de pertenecer a ella; afán por su mejora; deseo de crecer en la conceptuación de los superiores; solidaridad… En más de una ocasión en actos militares señalados oímos proclamar a unísono a la formación que el militar no trabaja aislado, que lo hace en equipo, que se necesita el trabajo de todos… En definitiva, el compañerismo es una necesidad vital, física y moralmente hablando, para el soldado.

        Y no puede haber mejor, ni mayor, confirmación de lo que acabo de decir que la lectura en la obra que tenemos aquí de la correspondencia entre Hernández Arocha y uno de sus compañeros, el mallorquín Antonio Bauzá Fullana. Cuando lean el libro, encontrarán esas cartas y comprenderán, si no tienen ya experiencia propia en el tema, que los lazos que se crean entre compañeros de la misma Unidad militar perdurarán lo que dure la existencia de ellos mismos.

       Pero no voy a terminar sin incidir en otros dos valores que demostraron los héroes de Baler poseer en demasía. Uno es el de Patriotismo; sinceramente creo que a finales del XIX ese íntimo sentir estaba mucho mas extendido que en nuestros días. Quizás el tema de la globalización haya influido en ello, pero sin ese sentimiento de amor patrio tan arraigado en los corazones, aquellos muchachos no se hubieran comportado como lo hicieron. Es un asunto al que, nos lo aconsejan las “lecciones aprendidas”, considero que debemos prestar atención en las familias y en los centros de enseñanza.

        Y por fin toca hablar del Honor. Los de finales del XIX eran tiempos en que todavía la “palabra de honor” encerraba un elevado y verdadero valor; en que un acuerdo sellado con un estrechón de manos equivalía a un documento firmado ante notario. Las gentes velaban por su propio honor, el de su familia, el de su comunidad y el de su patria. El ejemplo claro lo tenemos en las palabras de Hernández Arocha que se destacan al principio de la obra: “,,, combatíamos más por morir con honor que por defender la vida…”. Y hoy, en estas sociedades nuestras tan avanzadas, ¿creen ustedes que existe ese culto al honor?

        Y termino. Un artículo de las RR.OO. de Carlos III, recogido, como no podía ser menos, en las de don Juan Carlos I de 1978 y 2009 es claro, conciso y concreto: “Quien tenga orden de conservar su puesto, a toda costa lo hará”. Y eso fue lo que, en el más estricto sentido del cumplimento del deber, llevaron a cabo don José Hernández Arocha, y sus camaradas bajo las órdenes del Teniente Martín Cerezo. “Cuando no quedaba nada salvo la fe en la palabra dada y el compañero de al lado”, A TODA COSTA LO HICIERON.

        Honor y gloria a todos ellos. Y a vosotros, Candelaria y Miguel Ángel, muchas gracias por recordárnoslos.

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