Presentación de dos libros (siglo XVII) de Núñez de la Peña sobre la conquista y antigüedades de las Islas Canarias
Autor: Daniel García Pulido
Palabras redactadas para la presentación de las obras de Núñez de la Peña Libro de las antigüedades y conquista de las Islas Canarias y Conquista y antigüedades de ls silas de Gran Canaria y su descripción
Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, 30 de junio de 2026.
Buenas tardes, estimado señor director, [autoridades], queridos amigos y amigas, gracias por acompañarnos en esta presentación. Antes de comenzar, me tienen que permitir que les haga una pequeña confesión.
Existe desde siempre una especie de norma no escrita según la cual un investigador nunca debería cogerle cariño al objeto de su estudio. Lo razonable es mantener siempre una distancia crítica. Analizar. Contrastar. Dudar. Y, si es necesario, discrepar. Confieso que yo no he sabido cumplir del todo esa regla.
Durante los últimos años he pasado muchas más horas leyendo la letra, hechos y pensamientos de un personaje del siglo XVII que con muchas personas de mi propio tiempo. Puede sonar extraño, o exagerado, pero estoy convencido de que quienes se dedican a la investigación comprenderán perfectamente lo que quiero decir.
Cuando eso pasa, siguiendo el rastro de sus ideas, descubriendo sus dudas, sus entusiasmos y hasta sus silencios, termina ocurriendo algo inesperado. Poco a poco dejas de ver únicamente un nombre impreso en la portada de un libro y comienzas a reconocer a la persona que había detrás de aquellas letras. Y esa es, probablemente, una de las mayores recompensas que puede ofrecer la investigación histórica.
Con el paso de los años terminé sintiendo un profundo afecto intelectual por Núñez de la Peña. No porque creyera que siempre tenía razón ni porque compartiera todas sus afirmaciones, sino porque terminé comprendiendo mejor al hombre que había detrás del cronista.
Durante mucho tiempo la historia nos ha acostumbrado a hablar de Núñez de la Peña casi exclusivamente a través de sus limitaciones. Se han señalado sus errores. Sus silencios. Y, desde luego, es legítimo hacerlo. Toda obra histórica debe ser sometida a un análisis crítico.
Pero, mientras avanzaba entre sus manuscritos, yo iba descubriendo otra realidad que pocas veces aparece en esos juicios. Encontré a un hombre profundamente enamorado de los documentos. A alguien que dedicó buena parte de su vida a ordenar las datas, trabajar con las actas capitulares, redactar las ordenanzas del Cabildo y reunir noticias dispersas que, sin su esfuerzo, habrían desaparecido para siempre.
Descubrí también a un autor que no permanecía indiferente ante las críticas. Que respondía. Que argumentaba. Que defendía con convicción su manera de entender la historia. Y encontré, sobre todo, algo que terminó conquistándome: la cercanía de su escritura. Hay momentos en los que uno tiene la impresión de que Núñez de la Peña deja de escribir para empezar a conversar. Parece detenerse un instante y decirnos: «Curioso lector, mire usted este papel». Y, de repente, desaparecen los tres siglos que nos separan.
Quizá ahí resida la verdadera grandeza de esta obra. No en haber construido una gran teoría histórica. No en haber pretendido explicar definitivamente el pasado, sino en haber comprendido que, antes de interpretar la historia, era necesaria su conservación.
A Núñez de la Peña no deberíamos exigirle aquello que nunca pretendió ser. No fue un historiador en el sentido moderno del término pero fue algo igualmente valioso. Fue un maravilloso custodio de la memoria. Y gracias a personas como él hoy todavía podemos seguir haciéndonos preguntas sobre nuestro pasado.
Y quizá esa sea la mejor lección que todavía puede ofrecernos. Porque las opiniones cambian. Las interpretaciones evolucionan. Las escuelas y métodos en Historia se suceden unas a otras. Pero los documentos continúan esperando pacientemente a quien quiera volver a leerlos. Y Núñez de la Peña dedicó toda una vida a que muchos de ellos llegaran hasta nosotros.
Mientras preparaba estas palabras me sorprendí imaginando una escena. Imaginaba que Núñez de la Peña hubiera podido entrar hoy discretamente en esta sala. Que hubiera abierto la puerta con la misma naturalidad con la que, hace más de trescientos años, abriría cualquier legajo en busca de una noticia que mereciera ser conservada. Que hubiera tomado asiento al fondo, sin querer llamar la atención, observando con una mezcla de curiosidad y de pudor cómo un grupo de personas vuelve a reunirse, tres siglos después, para hablar de él.
Confieso que esa imagen me ha acompañado durante semanas, porque, si realmente estuviera aquí, creo que lo primero que deberíamos hacer no sería hablar de su obra. Sería darle las gracias. Gracias por haber reunido con paciencia noticias que, sin su empeño, se hubieran perdido, y gracias por haber conservado documentos que el tiempo no siempre trató con delicadeza.
Gracias incluso por esos mencionados errores, porque también ellos nos enseñan cómo se escribía la historia en una época muy distinta de la nuestra. Y, sobre todo, gracias por haber hecho posible algo increíble: que tres siglos después sigamos pudiendo conversar con él.
Porque esa es una de las grandes maravillas de los libros. Los libros vencen al tiempo. Permiten que personas separadas por siglos compartan una misma conversación. Quien escribe pocas veces llega a conocer, salvo su entorno de amigos, a quienes lo leerán. Y, sin embargo, termina hablándoles con una cercanía que desafía cualquier distancia.
Hoy, de alguna manera, se cierra un círculo. Núñez de la Peña escribió estas páginas pensando en la gente de su época. Nosotros las editamos pensando en los lectores del siglo XXI. Y, sin haber podido conocernos nunca, terminamos encontrándonos en un mismo lugar, el de estas dos obras que hoy presentamos. Quizá por eso tengo la sensación de que esta tarde no venimos solamente a presentar una nueva edición. Venimos, sobre todo, a devolver una voz.
En esta línea de argumento, es obvio que hay un colectivo al que rara vez se dedica un aplauso en actos como éste. Y, sin embargo, me cuesta imaginar la historia sin ellos. Me refiero a quienes trabajan silenciosamente en los archivos.
A quienes pasan horas, días e incluso años descifrando escrituras casi imposibles, reconstruyendo protocolos olvidados, elaborando índices, identificando nombres que nadie había vuelto a pronunciar durante siglos o localizando, entre miles de páginas, esa referencia que cambia el rumbo de una investigación.
Quienes conocen ese trabajo saben que su verdadera recompensa no suele encontrarse únicamente en el hallazgo final. Está también en el camino. En esa conversación silenciosa que mantenemos con personas que vivieron hace cuatro o cinco siglos.
En algún lugar he leído que investigar se parece mucho a caminar por una ciudad antigua al amanecer y me encanta esa comparativa. Uno nunca sabe exactamente lo qué va a encontrar al doblar la siguiente esquina. Y quizá por eso seguimos entrando en los archivos con la misma ilusión con la que un niño abre un libro por primera vez. Pero esa emoción lleva consigo una responsabilidad.
Durante demasiado tiempo he pensado que las notas a pie de página eran simplemente una herramienta académica. Hoy creo que son mucho más. Son una forma de gratitud. Cada cita reconoce el trabajo de alguien que estuvo allí antes que nosotros. Cada referencia es una manera de decir: «No he llegado solo hasta aquí». Y esa idea me parece especialmente importante en un tiempo egoísta como éste, en el que a veces parece que el conocimiento comienza con nosotros.
Toda investigación es, en el fondo, una conversación. Charlamos con quienes escribieron hace siglos. Conversamos con quienes catalogaron documentos. Charlamos con los estudiosos que dedicaron años de su vida a abrir caminos por los que después otros hemos podido avanzar. Nadie construye conocimiento en soledad.
Por eso me gustaría reivindicar algo tan sencillo como la honestidad intelectual. No por cumplir una norma, sino porque reconocer el trabajo ajeno es, sin duda, una de las formas más nobles de respeto que existen entre quienes dedicamos nuestra vida a investigar.
Quisiera detenerme aquí en la principal novedad, o mejor dicho, utilidad o recurso, que representa acaso el mayor sacrificio en estas ediciones que hoy presentamos.
Aparte de la transcripción normalizada de ambos textos (porque la paleográfica resultaba inútil al tener acceso digitalizado a ambos originales, tanto el borrador como al libro), ha sido especialmente la realización de los índices exhaustivos tanto de nombres de personas, de lugares como también de materias, lo que va a permitir a cualquier investigador ir a tiro hecho a la página donde se menciona el objeto de su interés. Esta herramienta va a multiplicar las consultas de Peña y va a ahorrar a muchos el tenerse que leer toda la obra para buscar el objeto de sus afanes. Esta circunstancia cobra especial interés con la obra impresa porque las dos ediciones hasta ahora existentes de ella, al ser facsímiles del libro del siglo XVII, maquetadas en dos columnas y con los tipos de imprenta de aquella época, no permitían una búsqueda certera usando la actual técnica de OCR (errores al usarse la “u” como “v”; la “s líquida” (que figura casi como una “f”); o la presencia de muchas palabras con “h” intercaladas (christiano, Christóbal…), entre muchas otros ejemplos). Ojalá alguien haga este mismo esfuerzo por normalizar textos como el de La vida del venerable Siervo de Dios fray Juan de Jesús, escrita por fray Andrés de Abreu a principios del siglo XVIII, reeditada hace unos años bajo esa misma problemática de facsímiles con tipos de letra antiguos.
Bueno, tras este paréntesis técnico, entremos de lleno en el ámbito de los reconocimientos, algo que debe imperar en las Humanidades para que puedan algún día recobrar su maltrecho honor. Esta edición, como todo estudio, tiene un comienzo. A veces empieza en un archivo; otras, delante de un manuscrito olvidado; y, en ocasiones, comienza con una conversación, que fue tal y como ocurrió en nuestro caso en particular.
Por eso mi primer agradecimiento no podía dirigirse a otra persona que a mi querido amigo y maestro, el profesor Manuel de Paz. Siempre he pensado que la investigación tiene mucho de paciencia, pero también tiene mucho de intuición. Los documentos hablan, sí, pero antes alguien tiene que sospechar dónde merece la pena buscarlos.
Recuerdo perfectamente aquella charla en la que Manuel me animó a viajar a la Biblioteca Nacional (en Madrid) para revisar el manuscrito de Núñez de la Peña (eso sí, antes pasando por Segovia para avanzar en nuestras pesquisas sobre Amaro Pargo, ¿les suena de algo?). Bueno, su razonamiento era tan sencillo como brillante. Si con Viera y Clavijo, a quien Manuel de Paz dedicó la mejor edición que pueda hacerse sobre su obra magna, la Historia de Canarias, el manuscrito y la edición impresa escondían diferencias de enorme interés, ¿por qué no podía suceder algo parecido con Núñez de la Peña?
Aquella pregunta terminó cambiando por completo el rumbo de esta investigación. Con frecuencia atribuimos los descubrimientos a las muchas horas pasadas entre documentos. Y es verdad. Pero también conviene recordar que detrás de muchos hallazgos siempre existe alguien que, en un momento determinado, formuló la pregunta adecuada.
Gracias, Manuel, no solo por hacer aquella bendita pregunta sino por tu bonhomía, tu magisterio y por tu cercanía. Gracias por convertir tu excepcional background (anglicismo que ahora parece estar tristemente de moda), con tu pleno de seis sexenios de investigación, el haber sido el catedrático de América más joven en toda España durante diez años, tu sinfín de publicaciones y artículos, y, lo que es más relevante, tu ejército de discípulos, en un ejemplo envidiable y envidiado de praxis para quienes alcanzan el parnaso de la Academia. Sin todo ello, queridos amigos y amigas, estén seguros que estos dos tomos no existirían tal y como hoy los conocemos.
Y sigo adelante. Tras tanto tiempo entre manuscritos, llega un momento casi mágico, ese día en el que todo aquello que durante meses —o durante años— solo existía como notas dispersas, fotografías, transcripciones y correcciones empieza a convertirse en un libro.
Siempre he pensado que editar una obra tiene algo de alquimia. Uno trabaja durante mucho tiempo delante de una pantalla. Corrige una palabra. Borra un párrafo. Vuelve a escribir una página entera.
Y, casi sin darse cuenta, un día ese trabajo adquiere cuerpo. Tiene peso. Tiene textura. Tiene incluso un olor inconfundible. Permítanme pedirles una pequeña licencia. Cuando termine este acto, antes incluso de comenzar a leer estos dos volúmenes, tomen uno de los volúmenes entre sus manos. Cierren los ojos durante unos segundos. Recorran la cubierta con los dedos. Escuchen el sonido de las páginas al pasar. Perciban el aroma del papel recién impreso. Descubrirán algo que siempre me ha parecido fascinante. Los libros empiezan a hablar mucho antes de que leamos la primera línea. Y eso solo ocurre cuando detrás existe un trabajo hecho con inteligencia, con oficio y con cariño.
Por eso quisiera expresar mi más sincero agradecimiento a todo el equipo de LeCanarien, a Laura Rodríguez y Yurena Cabrera especialmente. Porque ellas no solo han editado dos libros. Han sabido darles la belleza material que una obra como ésta merecía. Y créanme, eso también forma parte del conocimiento.
Obviamente no puede quedarse sin nuestro sincero reconocimiento el buen hacer y el apoyo constante e incólume del Director General de Patrimonio Histórico del Gobierno de Canarias, el profesor Miguel Ángel Clavijo, quien desde el primer minuto, en una primera reunión ya en 2019, nos aseguró el apoyo a esta edición. Cuando tuvo entre sus expertas manos algunos extractos inéditos de la obra, su vena docente e historiadora supo calibrar inmediatamente que aquello debía ver la luz y hacerlo de forma científica y contrastada. Ojalá el fruto de nuestros desvelos se corresponda con las expectativas que él depositó en este proyecto editorial.
Pero siguiendo con mis confesiones, hay otro lugar donde ha sido escrita esta investigación. Un lugar que nunca aparece en las bibliografías. Ese lugar es mi casa. Durante todos estos años mi pareja, Raquel, ha recorrido conmigo este viaje al siglo XVII. Ha escuchado, probablemente más veces de las que habría imaginado nunca, historias sobre Núñez de la Peña.
Ha compartido dudas paleográficas, descubrimientos inesperados, entusiasmos repentinos y también esos momentos de desaliento que todos los investigadores conocemos cuando un documento parece resistirse o una hipótesis deja de sostenerse.
Muchas veces, al regresar de un archivo, le contaba algún hallazgo con la emoción de quien acaba de descubrir un pequeño tesoro. Y veía reflejada en sus ojos exactamente la misma sorpresa que yo había sentido unas horas antes.
Entonces comprendí algo muy especial. Que aquel cronista del siglo XVII dejaba poco a poco de ser solamente un personaje histórico. Empezaba a formar parte también de nuestra vida.
Solo quien comparte su existencia con un investigador sabe cuánto tiempo exige una obra como ésta. Porque investigar nunca consiste únicamente en las horas pasadas delante de un manuscrito. Consiste también en todas esas horas que alguien hace posibles con una paciencia inmensa, con una comprensión infinita y con un amor silencioso que casi nunca aparece escrito en ninguna portada. Por eso, Raquel, estos libros también son tuyos.
Y permítanme ir culminando donde, en realidad, comenzó todo, mucho antes de que yo entrara por primera vez en un archivo. Como muchos saben, hace apenas unos meses tuve que despedirme eternamente de mi padre. Y quienes han pasado por esa experiencia saben que hay una costumbre que nunca desaparece del todo.
Durante mucho tiempo seguimos queriendo contarle las cosas importantes. Seguimos imaginando cuál habría sido su sonrisa. Su comentario. Su mirada. Mientras preparaba esta edición pensé muchas veces en él. Pensé en la ilusión con la que habría recibido estos dos volúmenes.
En las conversaciones que habríamos tenido sobre algún pasaje especialmente curioso. En el orgullo que habría sentido al sostenerlos entre sus manos. Mi padre fue mi primer maestro. Mi verdadero teacher.
Mucho antes de aprender paleografía, crítica textual o método histórico, él me enseñó algo infinitamente más valioso. Me enseñó a hacer preguntas. A sentir curiosidad. A disfrutar aprendiendo.
A comprender que el conocimiento nunca termina y que siempre merece la pena intentar entender un poco mejor el mundo que nos rodea.
Con los años descubrí que un investigador no nace el día en que entra por primera vez en un archivo. Empieza a formarse mucho antes. Empieza en casa. En esas personas que despiertan nuestra curiosidad sin saber siquiera hasta dónde llegará algún día.
Por eso quisiera que esta edición fuera también un homenaje a su memoria. Porque, si durante toda esta tarde hemos hablado de cómo los libros consiguen que determinadas personas continúen hablándonos siglos después de haber desaparecido, hoy comprendo que esa misma esperanza también sirve para aquellos a quienes hemos querido.
Mientras alguien siga recordándolos. Mientras continúen viviendo en nuestra forma de mirar el mundo. Mientras sigan inspirando nuestras decisiones. Nunca terminan de marcharse del todo.
Teacher, estas páginas llevan impresas miles de horas de trabajo. Pero, sobre todo, llevan impreso el amor por el conocimiento que tú sembraste en mí hace muchos años. Si alguna virtud tienen estos dos libros, su primera semilla nació contigo.
Y ahora, déjenme que respire y vuelva a mirar, casi sin darme cuenta, hacia el fondo de esta sala. Me gusta pensar que Núñez de la Peña continúa sentado allí, escuchándonos con la misma discreción con la que entró hace unos minutos en nuestra imaginación. Quizá incluso sonría al comprobar que todavía seguimos discutiendo sobre algunos de los asuntos que ya le preocupaban hace más de tres siglos.
Dentro de unos días alguien abrirá por primera vez cualquiera de estos dos volúmenes. Y entonces sucederá algo increíblemente sencillo. Núñez de la Peña volverá a hacer exactamente lo mismo que hizo cuando escribió estas páginas. Comenzará a contar una historia. Nosotros no la hemos escrito.
Solo hemos tenido el privilegio de acercarle de nuevo una silla a la mesa para que pueda volver a conversar con nuevos lectores. Decimos muchas veces que los investigadores estudiamos el pasado. Yo ya no estoy tan seguro. Creo que, en realidad, intentamos que determinadas personas no desaparezcan del todo.
Cada documento rescatado. Cada manuscrito. Cada edición crítica. Cada libro. Es un pequeño acto de resistencia frente al olvido. Y si estos dos volúmenes consiguen que, dentro de cien años, alguien vuelva a abrir sus páginas y escuche de nuevo la voz de Núñez de la Peña, entonces todo este esfuerzo habrá merecido la pena.
Muchísimas gracias.
- – – – – – – – – – — – – – – – – – –