Recordando a Tarzán, Jane, Boy y Chita
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en esta página web el 27 de marzo de 2026

En enero de 1984, y a los 79 años, nos dejó para siempre aquel icono de la cultura popular que respondía por Johnny Weissmüller, el inolvidable Tarzán. Sus familiares afirmaron que nos había dicho adiós con una amplia sonrisa en sus labios. Pero, francamente, pensamos que con su forma de hablar en infinitivo, y por su deteriorada salud, antes tuvo que emitir aquello de “Tarzán querer morir”, epílogo a sus últimas correrías por los pasillos de las clínicas mentales de Acapulco, donde, de forma intermitente, y desde las terrazas de los citados recintos, lanzaba el aullido gutural que lo había hecho famoso en el celuloide, en el tan querido blanco y negro de nuestras pantallas cinematográficas; aquel aullido que quería parecerse al canto de vitoria que todos, de alguna u otra forma, y de niños, habíamos intentado, infructuosamente, imitar delante del espejo o debajo de la ducha matinal.
Aquel ya lejano óbito del bebé naufrago amamantado y querido por una tribu de enormes y cariñosos simios, cuyo único modo de comunicación eran los gritos selváticos, nos recordaron, inevitablemente, antes y ahora, nuestros distantes “matinées infantiles” tinerfeños de las cuatro de la tarde, cuando alboreaba la década de los 50 del pasado siglo. “Matinées” en el cine La Paz con su ciclópeo “gallinero” de peculiar y oloroso mingitorio. “Matinées” en el Cinema Victoria, que luego convirtió su habitáculo, de piso de madera y olor a nicotina, en una especie de descomunal ataúd.
Ávidos de marfil y tesoros ocultos
Tras la sesión de aquel adelantado de la ecología que volaba en las lianas y nadaba frenéticamente en los lagos y mares africanos; cuando nuestras mentes infantiles se habían impregnado con las hazañas del héroe más popular de las pantallas, defensor de los aborígenes y de animales; protector de la naturaleza que terminaba triunfando siempre sobre sus perversos enemigos, ávidos de marfil y de tesoros ocultos en las maleza. Cuando aquel cachorro de casi dos metros en el estatómetro, con taparrabos y músculos longilíneos vencía a los blancos ansiosos de ampulosas riquezas y desmesurados poderes, era entonces, decíamos, solo entonces, tras aquel desahogo que nos emocionaba y nos hacía, incluso, aplaudir con paroxismo desde las butacas, cuando estábamos en condiciones de celebrar el triunfo del bien sobre el mal, atiborrándonos de menudencias en los surtidos “carritos” de la Rambla.
Todo ello era preludio del protocolario paseíto, con los amiguitos de la calle General Goded (hoy Domingo Pérez Minik) y aledaños, en la plaza de la Constitución, que luego sería vencida por la plaza de España, lo más moderno de la época, donde, por supuesto, aún el tráfico no la asfixiaba con sus tubos de escape ni con sus humos contaminantes, y donde, por cierto, nos veíamos como protegidos por las dos serias y bronceadas estatuas concebidas por Cejas Zaldívar.

Los brincos, chillidos y volteretas de Chita
En aquel invierno ya lejano de 1984 falleció el más famoso referente de la Metro Goldwyn Mayer, Johnny Weissmüller –léase Tarzán–; se nos fue totalmente desequilibrado y, como hemos apuntado, emitiendo espeluznantes alaridos que pretendían asemejarse al grito –de raíces tirolescas– que le hizo tan popular. Y con su fallecimiento surgió la remembranza de aquellos años donde el viejo y ruidoso tranvía, con aquel trole de chispas, se cansaba subiendo la empinada Rambla de Pulido y donde una legión de laboriosos limpiabotas hacían su agosto dominguero en los aledaños de la plaza de la Paz.
En su crepúsculo, Tarzán, natural de Timisoara, Rumanía, sufrió la enfermedad y el raquitismo que había padecido en su niñez. Pero todos le recordaremos fornido, vigoroso, tritón y con cinco oros olímpicos. Fue el primero en bajar del minuto en los cien metros libres (58,6 segundos en 1922).
Todos le recordaremos por su fidelidad con Jane (papel interpretado por la actriz Maureen O´Sullivan); siempre amó profundamente a su hijo Boy (John Sheffield), y se desternillaba con los brincos, chillidos y volteretas de Chita que, en 2011, nos dejó con 80 años.
El chimpancé más longevo de la historia
Chita (originalmente y en inglés “Cheeta”, a veces escrito “Cheetah”) era el nombre del chimpancé que se popularizó en las pantallas con las películas de Tarzán, en las décadas de los 30 y los 40 del siglo XX, concretamente desde 1932 a 1948. Fue añadido, –porque Chita es macho– por la industria cinematográfica, puesto que no figura en ninguna de las novelas originales de Edgar Rice Burroughs. Chita, evidentemente no alcanzó el Óscar de interpretación por su carácter irracional…, pero coincidiendo con su 74 cumpleaños, en 2006, recibió el único galardón de toda su carrera fílmica, otorgado por el Festival Internacional de Cine de Comedia de Peñíscola en su XVIII edición, “en reconocimiento a sus méritos artísticos”. En la localidad levantina se le tributó un homenaje y se le otorgó el premio Calabuch. Además, Chita está considerado el chimpancé más longevo del mundo, según el libro Guinness de los Records. Nos van a permitir un pequeño paréntesis.
Los “animales-actores”
El cine, el arte del engaño por excelencia, ha seguido, sigue y seguirá utilizando a “animales actores” para llamar la atención de su público, recordemos, por ejemplo, a la mula Francis, al descomunal King Kong, al pastor alemán Rin Tin Tin, al delfín Flipper, a la orca Willy, pasando por el cerdito Babe, el inolvidable “collie” Lassie, de “La cadena invisible” o Hachiko, el perro japonés que, incluso, está inmortalizado en una escultura. Decía el genial Alfred Hitchcock que no había que trabajar ni con niños ni con animales ni con Charles Laughton. Pero uno de sus títulos más recordados fue “Los pájaros”…
En el rancio celuloide, en el entrañable blanco y negro, el personaje creado por Edgar Rice seguirá viviendo entre lianas y toda clase de chimpancés y afines; en su casa arborícola con ascensor de tracción paquidérmica al lado de Jane, Boy y Chita. Tarzán era el auténtico rey de la selva, porque el otro, el león, siempre salía con el rabo entre las patas ante aquel primitivo Superman que, incluso, doblegaba a los más robustos y peligrosos cocodrilos africanos, haciéndonos olvidar las hazañas de “el Zorro”, Robin Hood y las caballerías anti-indios.
Solo con un cuchillo
Decíamos que, en enero de 1984, y allá, en Acapulco, nos dejó, con sufrimientos y fatigas, un héroe simple y químicamente puro que había creado, sin apenas darse cuenta, un personaje que criticaba agriamente a la civilización que pertenecía. Nos dejó un personaje siempre atlético, joven y, por supuesto, inmortal, con sus grenchas largas, armado nada más que con un simple cuchillo. Por lo tanto, intuimos que no fueron muy descabelladas las últimas y posibles palabras de Johnny Weissmüller: “Tarzán querer morir”. Y es posible que su inseparable Chita las oyera pero nunca las entendiera…
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