Joaquín Martínez González del Reguero. “Soy un Coburgo transterrado”
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 1 de diciembre de 2012
Semblanza de un todoterreno que destacó como periodista en prensa, radio y televisión.
Con aquel humor que siempre lo distinguió, me dijo un día: “Si yo la palmo primero, me gustaría leer lo que escribas de mí”.
Reguero, licenciado en Derecho y periodista, acaba de nacer para la muerte. Y directamente ha ido a acompañar a su entrañable amigo José Hilario Fernández Pérez, léase Chela, aquel personaje que le hizo una entrevista a Dios.
Reguero, así a secas, como le conocíamos, era radiofonista y hábil contertulio; amante del pedal, del baloncesto, del trepidante automovilismo y de ese “rey” que responde por fútbol. Nos brindó, en cierta y determinada ocasión, y desde aquel Tegueste huérfano de mar, un peculiar baúl de los recuerdos, cuajado de agachadillas, caderas, desvíos, dobladillas, garabatos, remolinos, traspiés, cangos…
El lomo, de bruñida portada, tenía un título muy aborigen, Lucha Canaria, y un subtítulo muy evocador: “Una época dorada”. Y los numerosos seguidores del vernáculo deporte le agradecieron vivamente que extrajera del citado mueble las biografías de aquellos héroes del terrero a los que se les había aplaudido, y muy fuerte, desde las gradas de la plaza de toros y desde otros periféricos y rurales marcos. Épocas de de Gregorio Dorta, Nino Morales, Orlando Sánchez “El Estudiante”, Pollo de Máguez, Los Chavales, Juan Barbuzano, etc. Reguero había tenido la santa paciencia de recopilar y seleccionar todos aquellos artículos que un día surgieron en las galeradas de Jornada Deportiva, “el periódico de mis mejores vivencias”, frase que pregonó con el ejemplo de dedicar tal tomo al fundador del mencionado rotativo, don Domingo Rodríguez, aquel “Erre”, maestro de la síntesis periodística.
Reguero, que un día ya lejano nos vino de esas tierras donde triscan los rebecos y muere de amor el urogallo, también gozó de amplias nocturnidades en el “ring-side” del cuadrilátero instalado en nuestro ya descrito coso taurino, junto a Avelino Montesinos, Álvaro Castañeda, Mínguez, Cesar Fernández-Trujillo, Tinerfe, Jorge Perdomo… Época dorada de la década de los 60 del siglo pasado con aquel inolvidable e inigualable cuarteto formado por Sombrita, Miguel Velázquez, Barrera Corpas y Ramón García Marichal.
Reguero, generoso y agradecido, puntual y nada olvidadizo, siempre aportó atinados y originales comentarios sobre aquel deporte de violencia reglamentada, de cuna olímpica, cantado por el mismísimo Homero, que respondía y responde por pugilismo.
Además, Reguero fue un inspirado coplero de consolidado humor, como nos lo demostró haciendo tándem con Chela en aquellas jacarandosas páginas de “Bacilitos, basilones y cancaburradas”, donde se eludía cualquier tentación de procacidad. Decía Reguero: “El humorista no nace. El humorista no se hace. El humorista pace”. Y explicaba: “El humorista pace porque es pacífico, pacifista y paciente”. En suma, Chela y Reguero, Reguero y Chela, como los personajes aquellos de la historia, nos producían “las gratísimas cosquillas de la sonrisa”. Y nos recordaban a cada instante que “una sonrisa no cuesta nada y produce mucho / Ella enriquece a aquellos que la reciben / sin empobrecer a aquellos que la brindan/ Solo dura un instante/ pero su recuerdo es a veces eterno”.
Joaquín Martínez González del Reguero –“soy un coburgo transterrado”, afirmaba– fue un “todoterreno” en el periodismo tinerfeño y, en el deportivo, en especial, desde los ángulos de prensa, radio y televisión.
En efecto, el recuerdo de una sonrisa puede ser a veces eterno. Y tanto en plena actividad laboral como en su jubilación, Reguerosky –ese era su circunstancial seudónimo–, cuando nos encontrábamos, últimamente en los aledaños de su querida y apegada Sala Price, terminábamos riéndonos, quizá recordando un disparatado piropo del aludido libro: “tienes unos ojos niña,/ que son una maravilla:/ uno mira para Arafo/ y el otro para Granadilla”.
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