Las fortificaciones de Santa Cruz cuando el ataque de Nelson vistas a través de la mirada de un inglés
Autor: Alastair F. Robertson
Traducido del inglés por Emilio Abad Ripoll y publicado en el Diario de Avisos el 24 de julio de 2026
Durante las Guerras Napoleónicas, España se vio obligada a aliarse con Francia contra Inglaterra, lo que implicaba que para Gran Bretaña resultaba especialmente útil conocer las capacidades defensivas de las Islas Canarias, con las que mantenía relaciones comerciales.

La siguiente descripción de las fortificaciones de Santa Cruz, que se corresponde con la época del ataque de Nelson, procede de un artículo publicado en Cobbett’s Weekly Register, (01-07-1803 a 09-07-1803) bajo el título “Consideraciones sobre la actuación del almirante Sir John Jervis, K.B., actual Conde de San Vicente, a partir del 6 de abril de 1796” y firmado con las iniciales B.N.
“La milicia de la isla de Tenerife asciende a siete u ocho mil hombres, y la guarnición de la localidad suele estar constituida, en tiempos de paz, por unos mil doscientos soldados, sin contar los artilleros. Cuatro fuertes circulares se levantan sobre una amplia extensión llana detrás del muro de defensa. Estos fuertes no se encuentran al norte del muelle de desembarco, que se sitúa en el centro de la muralla. Los sectores de tiro de estos fuertes se solapan y dominan todo el frente marítimo de la citada llanura. La casa del gobernador está situada a unas doscientas yardas del fuerte más septentrional. Los cañones de los fuertes son de 24 libras y están emplazados bajo bóvedas que los protegen. Cada fuerte dispone de un foso y un puente levadizo, y ninguno de ellos está dominado por elevaciones cercanas, excepto una situada en la población, que está urbanizada y cubierta de casas. El muro defensivo se extiende de norte a sur, hasta más allá de donde llega el fondeadero, y está artillado con cañones de grueso calibre. Hay dos semibaluartes con artillería en los flancos y una cortina recta. Las dos caras de los semibaluartes, los dos flancos y la cortina tienen montadas veintiséis piezas de artillería pesada para defender el el único muelle existente. El muelle se interna en el mar hasta una cierta distancia desde el centro de la cortina. Ese centro tiene una apertura de unos 2,40 metros de anchura, que se cierra por las noches con un caballo de frisa (un poste horizontal móvil con grandes púas que sobresalen radialmente más de 2 metros). Aproximadamente a la mitad del muelle hay un puente levadizo y, desde allí, a ambos lados del muelle, se extiende otro caballo de frisa (con las puntas hacia el exterior) hasta el muro de la cortina; de modo que, por la noche, cuando el puente levadizo del muelle está levantado, resulta imposible atravesar la cortina.”
Las defensas de la ciudad parecían inexpugnables, aunque en otros lugares de la isla, “B.N.” creía que “en absoluto sería difícil desembarcar cuatro mil soldados con piezas de artillería de campaña, sin que hubiera que temer ningún percance por el oleaje, pero”, recalcaba, “este desembarco no puede hacerse en la ciudad de Santa Cruz” (Negrillas del autor del artículo).
¿Se puede considerar ese informe como espionaje? Dicho sea de paso, en casi todas las etapas de la guerra naval desde 1796, “B.N.” criticó las decisiones de Sir John Jervis, conde de San Vicente. Y en sus conclusiones culpaba del fracaso del ataque británico contra Santa Cruz a Sir John, y no al contralmirante Horatio Nelson.
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