Gesta tinerfeña en julio de 1797
Autor: José Manuel Ledesma Alonso
Publicado en El Día el 5 de julio de 2026.
Relación circunstanciada de los hechos ocurridos en Santa Cruz de Tenerife en el ataque de la Marina Real Británica, al mando de Horacio Nelson.
En abril y mayo de 1797, los ingleses abordaron a la fragata española Príncipe Fernando y a la corbeta francesa La Mutine, que se encontraban fondeadas en la rada del puerto de Santa Cruz y, aprovechando la oscuridad, las sacaron de la bahía sin apenas resistencia. Esta acción hizo pensar al contralmirante Nelson que sería fácil adueñarse del Puerto de Santa Cruz, proponiéndole al almirante Jervis un ambicioso plan que le impediría a España continuar utilizando los puertos canarios en sus escalas con América y África; por ello, el 15 de julio, los ingleses abandonaron el bloqueo al puerto de Cádiz y tomaron rumbo a Tenerife.
El viernes 21, de madrugada, el vigía de la atalaya de Igueste, Domingo Izquierdo, divisó en el horizonte una flota británica, formada por 3 navíos de línea (Theseus, Culloden, y Zealous), 3 fragatas (Seahorse, Emerald y Tepsichore), 1 cúter (Fox) y 1 bombarda (Terror), con 393 cañones y 2.000 infantes de marina, cuyos comandantes eran los mejores profesionales de las fuerzas navales británicas.
En Santa Cruz, una vez tocado “a rebato”, el General Gutierrez ordenaría que las mujeres, ancianos y niños se dirigieran a La Laguna, en busca de refugio, y que se desalojaran las oficinas públicas de Tesorería, Tabacos, Correos, almacenes comerciales, etc.
Para su defensa, Santa Cruz contaba con los castillos de Paso Alto, San Cristóbal y San Juan, los fuertes de San Andrés y San Miguel; y las baterías de Santa Teresa, Santiago, El Pilar, San Antonio, San Pedro, Martillo del muelle, La Concepción, San Telmo y San Francisco, con un total de 89 cañones.
A Santa Cruz comenzaron a llegar los Regimientos de Milicias de Abona, Güimar, La Laguna, La Orotava y Garachico, unos 1.000 hombres de entre 18 y 40 años, que se unirían a los 600 soldados del Batallón de Infantería de Canarias, a los 387 artilleros, a los 60 soldados de las Banderas de Cuba y La Habana, a los 110 marinos de la corbeta francesa La Mutine y los de los mercantes surtos en la bahía, así como varios paisanos voluntarios. Todos, bajo el mando del veterano Comandante General de Canarias, Antonio Gutiérrez de Otero, que ya había vencido a los ingleses en la recuperación de las Islas Malvinas y en la reconquista de Menorca.

El sábado 22, al amanecer, los ingleses iniciaron un desembarco en la playa de Valleseco con 23 lanchas, incursión que sería abortada gracias a una campesina de San Andrés que venía a vender sus productos a la recova, y que alertó a los soldados del castillo de Paso Alto, teniendo las lanchas enemigas que virar en redondo hacia sus buques.
A las 10 de la mañana, tres fragatas se acercaron a tierra y, situándose fuera del alcance de nuestras baterías, desembarcaron 1.200 hombres por el bufadero y se apoderan de la Mesa del Ramonal. Rápidamente, un destacamento mandado por el marqués de la Fuente de las Palmas ocupó la Altura de Paso Alto, subiendo cuatro pequeñas piezas de campaña por este terreno escabroso, situándose frente al enemigo. A lo largo de todo el día se intercambiaron disparos, en la que los atacantes sufrieron tres bajas al bajar al barranco para proveerse de agua, pues hacía mucho calor.
Al atardecer, 300 hombres del batallón de Infantería, más 50 hombres del batallón de Rozadores de La Laguna, ocuparon una posición dominante a retaguardia de las tropas inglesas, en previ¬sión de que intentaran acercarse a la capital. Durante la noche se incorporarían 500 milicianos y vecinos de Taganana y su contorno, capitanea¬dos por el alcalde, Andrés Perdomo Álvarez. Aprovechando la oscuridad, las fuerzas inglesas iniciaron el descenso hacia la playa, sin que los defensores pudieran adivinar sus intenciones.
El domingo 23, a las seis de la mañana, las dos fragatas que habían permnecido cerca de la costa desde el día anterior, se reunieron con el resto de la escuadra. A las tres de la tarde, y bajo un sol de justicia, la escuadra enemiga se hace a la mar y toma rumbo Sureste, perdiéndose de vista a la altura de Barranco Hondo, aunque el General Gutiérrez estaba convencido de que habría un nuevo intento; por ello, entre las medidas que se tomaron para mejorar la defensa del Castillo Principal, fue emplazar el cañón El Tigre en una nueva tronera, con el fin de cubrir la playa de la Alameda que se encontraba desguarnecida, sugerencia del teniente de Artillería de las Milicias Canarias, Francisco Grandy Giraud.
El lunes 24, al amanecer, y con tiempo Sur, la escuadra británica fondeó frente a Santa Cruz, uniéndoseles el navío Leander, de 50 cañones. Esa tarde, Nelson reunió a sus oficiales en el Theseus -nave capitana- para estudiar la estrategia que llevarían a cabo para tomar Santa Cruz. Aunque los buques ingleses iniciaron su aproximación hacía la bahía, largando anclas frente a Valleseco, el General Gutiérrez no picaría en el cebo que le habían tendido, al considerar que los ingleses se dirigirían directamente contra el corazón de Santa Cruz. A las siete de la tarde, una fragata y una obusera se inglesa se acercaron a la costa y comenzaron a bombardear el castillo de Paso Alto, lanzando un total de 43 bombas, aunque no llegaron a causar daños apreciables, incluso la que cayó en la capilla -presidida por el Santísimo Cristo- se rompió en seis pedazos, pero no explotó.
El martes 25, a las dos de la madrugada, la fragata española Reina Luisa alertaría a la guarnición de la Plaza del comienzo del ataque, al que respondieron todas las fuerzas defensras. Las lanchas de desembarco británicas se dividieron en varios grupos. Las que se dirigieron hacía el castillo principal se fraccionó en dos; el primero alcanzó las escalras del muelle y, después de entablar una encarnizada lucha con los defensores lograron tomar la batería del muelle e inutilizaron sus 7 cañones; sin embargo, el segundo grupo de lanchas no lograría alcanzar las citadas escaleras, varando sus quillas en la arena de la playa de la Alameda. En una de estas lanchas venía el contralmirante Nelson que, cuando se disponía saltar a tierra y desenvainaba su espada para animar a sus hombres, fue alcanzado por la metralla del cañón El Tigre. La lancha donde viajaba Nelson emprendería el regreso hacia la nave capitana a las tres de la madrugada, donde le amputarían el brazo derecho, a la altura del hombro.

El cúter Fox, que escoltaba al citado grupo de lanchas sería alcanzado por debajo de la línea de flotación y, en medio de un pavoroso incendio, se hundió en la bahía de Santa Cruz con sus 300 marineros, la pólvora y material de asalto.
Los ocupantes de las lanchas que habían desembarcado al Sur del castillo de San Cristóbal, bajo el mando del capitán Troubridge, intentaron alcanzar la plaza de la Pila -La Candelaria-, siendo rechazadas por las descargas efectuadas desde el Castillo, por lo que tuvieron que retroceder, dar un rodeo por la calle del Sol (Dr. Allart) y girar por la calle de las Tiendas (Cruz Verde), permaneciendo ocultos en la parte alta de la plaza de la Pila (La Candelaria) hasta las cuatro de la mañana, en que al ser atacado por los soldados del Batallón de Canarias, al mando del teniente coronel Guinther, tuvieron que huir por la calle de las Tiendas hacía el convento de Santo Domingo (actual Centro de Arte la Recova y Teatro Guimerá).
El otro contingente de atacantes, al mando de Samuel Hood, que logró desembarcar por la playa de la Carnicería, obligando a retirarse a los tinerfeños que la defendían, subieron por el barranco de Santos y se atrincheraron en el convento de Santo Domingo.
Cuando el día comenzaba a despuntar, Troubridge, envió señales a sus barcos en petición de ayuda, desde el campanario del convento, al tiempo que conminaba al general Gutiérrez a que entregara la Plaza, bajo la amenaza de incendiar la población, a lo que Gutiérrez hizo oídos sordos.
Una vez finalizada la lucha en el muelle y en la playa de la Alameda, con total derrota de los atacantes, el teniente Grandy volvería a poner en servicio la batería del muelle, de manera que, una hora más tarde, cuando 15 botes repletos de marinos ingleses llegaban con la intención de ayudar a sus compañeros atrincherados en el convento, volvieron a abrir fuego sobre ellos, logrando hundir a dos lanchas, mientras que desde el castillo de San Cristóbal hacían blanco sobre una tercera. Ante el castigo recibido, los atacantes regresaron a sus barcos, dejando tras sí un considerable número de bajas, entre muertos, heridos y ahogados.
A las siete de la mañana, las tropas inglesas que se encontraban agazapadas en el convento solicitan parlamentar, designando al comandante Samuel Hood, el cual sería conducido con los ojos vendados hasta el castillo de San Cristóbal, donde le exigiría al general Gutiérrez que le entregaran los caudales de la Plaza; aunque, ante la firme contestación recibida del General Gutierrez, “aún le quedan a la Plaza hombres y pólvora para su defensa”, desistiría de su actitud y accedería a capitular. Inmediatamente, una lancha, ocupada por Samuel Hood y el capitán de Mar, Carlos Adán, se dirigieron al buque insignia británico, donde Nelson prestaría su conformidad, y rubricaría la capitulación con su mano izquierda.
Ese mismo dia 25, a las nueve de la mañana, los vencidos británicos, tras desfilar ante las unidades españolas en la plaza de la Pila, fueron concentrados en el muelle, junto con los prisioneros, donde se les repartiría pan, frutas y vino. El traslado hasta sus buques se llevaría a cabo en sus propios botes y en las barcas de los pescadores chicharreros. Al día siguiente se reembarcarían los heridos que habían sido atendidos en los dos hospitales de Santa Cruz.
Nelson, impresionado por tan bondadoso gesto y trato, dirigió una carta al General Gutiérrez en la que le expresaba su agradecimiento por tales deferencias, a la vez que se convertía en el mensajero de su propia derrota, obsequiándole con unos anteojos de visión nocturna, un queso y una barrica de cerveza inglesa, a lo que Gutiérrez correspondió con otra misiva y le regalaba dos limetones (garrafones) de vino tinerfeño.
La citada victoria sobre los ingleses supondría para Santa Cruz que, seis años más tarde, el 28 de agosto de 1803, el Rey Carlos IV le otorgara el privilegio de Villazgo, lo que suponía dejar de depender de La Laguna, pasando a denominarse: Muy Leal, Noble e Invicta Villa de Santa Cruz de Santiago de Tenerife.
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