Años difíciles para Tenerife (1810 – 1812)
Autor; Alastair F. Robertson
Traducido del inglés por Emilio Abad Ripoll y publicado en el Diario de Avisos el 7 de junio de 2026
Las calamidades que asolaron la isla comenzaron en mayo de 1810 con un terremoto, que derribó numerosas casas y causó la muerte de muchas personas. Los informes que llegaban a Gran Bretaña incluso afirmaban que “también se dice que el Pico de Tenerife ha caído al mar, hundiendo muchos barcos en su derrumbe”.
En octubre de ese año, el virus de la fiebre amarilla azotó Cádiz, y de allí se extendió a Santa Cruz en un barco infectado; hacia el 16 de noviembre se habían contagiado unas 5.000 personas. Si bien muchas de ellas se recuperaron, en el transcurso de un mes se registraron 300 fallecimientos en la capital, con una media diaria de entre treinta y treinta y cinco muertes.
Se preveía que la enfermedad progresaría rápidamente debido a la carencia de asistencia sanitaria adecuada en la isla y a la gran escasez de medicamentos. En general, los más necesitados morían por esas causas y se hizo el siguiete llamamiento en la prensa inglesa: “¿Acaso la generosidad británica, que tan frecuentemente ha acudido a socorrer las necesidades de los afligidos, no va ahora a tender de nuevo su mano para aliviar el sufrimiento humano?»
En un principio, al interrumpirse toda comunicación con la capital, el aislamiento pareció resultar eficaz pues no aparecían nuevos casos en otras poblaciones, pero pronto el virus se extendió a otras localidades. Luego pareció que la fiebre se extinguía, más resurgió con mortal virulencia en agosto de 1811. Un mes después azotaba Gran Canaria, donde pese a cortar cualquier enlace con Tenerife, perecieron más de 3.000 personas.
Una vez más, la enfermedad afectó principalmente a las clases trabajadoras. En los puertos, varios barcos ingleses y estadounidenses tuvieron que regresar con sus cargas a sus puntos de partida porque no había nadie que los descargara ni los recibiera en tierra.
Curiosamente, en Santa Cruz la fiebre amarilla fue menos letal, debido a que muchos de sus vecinos ya se habían visto afectados en mayor o menor grado durante el brote anterior y habían desarrollado algún tipo de inmunidad.
Durante el tiempo que duró la epidemia, no cayó ni una gota de lluvia, cuando era tan necesaria para refrescar y limpiar el ambiente, y el calor era sofocante. Para colmo de males, la isla fue barrida dos veces por un viento abrasador procedente del Sahara que traía consigo nubes de langostas que devoraban hasta la última brizna de vegetación.

Diego Viente Cañas Portocarrero, 7º duque del Parque
A estas calamidades naturales se añadía el temor a que estallaran graves disturbios. La causa ahora sería humana, pues se relacionaba con la actuación política del gobernador, el duque del Parque, nombrado en febrero de 1810. Apoyado por el estamento militar, se había negado a obedecer las órdenes de las recién creadas Cortes y de la regencia de Cádiz. Su comportamiento disgustó e irritó al pueblo, pues se esperaba de él que impulsara las medidas encaminadas a reformar el antiguo y corrupto régimen del rey Carlos IV, pero, entre sus muchas acciones, arrestó y encarceló a personas sin motivo alguno, y su administración fue “tan corrupta y despótica como la de sus predecesores.”
En enero de 1812, el duque se negó rotundamente a entregar el gobierno de las Islas Canarias al general Rodríguez Laburia, quien había sido designado su sucesor, y dado que ambos contaban con numerosos partidarios, parecía inminente un conflicto armado. La crisis alcanzó su punto álgido en febrero, y en Inglaterra se recibía la noticia de que:
“Hace poco hemos vivido aquí un levantamiento contra el Duque del Parque. Unos 600 vecinos de Santa Cruz, con seis cañones, se dirigieron a su residencia en La Laguna, lo que le obligó a dimitir y embarcar con destino a Cádiz.”
A principios del verano de 1812, la epidemia de fiebre había desaparecido, se había levantado el cordón sanitario alrededor de Santa Cruz y los vecinos regresaban a sus casas. Se estimaba que habían muerto más de 2.500 personas. Pero ahora la hambruna atacó a la población de todas las Islas Canarias; las cosechas habían sido destruidas por las langostas y las gentes se vieron obligados a comer caballos, perros y otros animales y muchas personas murieron por inanición. Sin embargo, quedaba la esperanza de recibir suministros procedentes de América.
En junio de 1813 se rindió un homenaje al empresario británico James Little. Residente en la propiedad conocida como Sitio Litre, en el Puerto de la Cruz, el señor Little era un muy respetado comerciante que decidió permanecer en la localidad cuando muchos otros huyeron. Durante treinta días prestó personalmente su ayuda a personas de todas las clases sociales, hasta que él mismo contrajo la enfermedad. Estuvo al borde de la muerte, pero afortunadamente sobrevivió. Por su caritativa y peligrosa labor, le fue concedida la Placa de la Orden de Carlos III, una distinción creada “para premiar la virtud y el mérito.”
Aquel período de tiempo comprendido entre los años 1810 y 1812 fue terrible para Santa Cruz, en particular, y las Islas Canarias en general. Comenzó con el terremoto, al que siguieron la fiebre amarilla (dos veces), el calor, la sequía, los vientos abrasadores, las plagas de langostas, el hambre y la actuación del Duque del Parque. Poco después, el 18 de septiembre de 1813, otro terremoto sacudió el archipiélago y, aunque los edificios temblaron y la gente salió corriendo a las calles, no fue demasiado dañino en la mayoría de los lugares; sin embargo, dos sacerdotes murieron y el obispo resultó gravemente herido cuando se derrumbó el campanario de la catedral en Gran Canaria.
Fue como si este suceso pusiera fin a un breve y desastroso capítulo de la historia de Canarias, un capítulo que comenzó y terminó con un terremoto.
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Información obtenida del Archivo de Periódicos Británicos en Línea.