El Virrey de Manila: historia y leyenda de Pedro Quintero de Núñez
Autor;: Carlos Pérez Simancas
Publicado en esta página web el 16 de octubre de 2026

Plaza del Virrey de Manilal frentre a la Iglesia de la Concepción de Valverde
En un recodo del barranco de Taguacinte, junto al antiguo Hoyo del Barrio, quedaban todavía a comienzos del siglo XX unas paredes de mampostería que la tradición herreña señalaba como restos de la casa donde había nacido Pedro Quintero de Núñez. El solar se había convertido ya en una huerta y apenas sobrevivía algo reconocible de la antigua vivienda, pero el lugar conservaba su recuerdo. Desde allí había partido un hombre cuya vida acabaría extendiéndose entre El Hierro, Manila, Nueva España y las grandes rutas del Pacífico. Dacio V. Darias y Padrón encontró en aquellas ruinas la última huella visible de una biografía que llevaba siglos creciendo entre documentos, recuerdos familiares y leyendas.
Pedro Quintero pertenecía a una de las familias principales de la isla. Su padre, Juan Quintero de Magdaleno, había sido regidor, gobernador y capitán a guerra de El Hierro; su madre era Catalina Martín Blanco, y varios hermanos siguieron también la carrera militar. Pedro ocupaba, sin embargo, la posición de segundón, una circunstancia decisiva en una sociedad donde el patrimonio familiar no podía fragmentarse indefinidamente sin perder peso y continuidad. Para un hijo segundo, la milicia, la Iglesia, la administración o los territorios ultramarinos ofrecían horizontes que una isla pequeña, con recursos limitados, difícilmente podía asegurar.
A comienzos del siglo XVII, el mar no era para los canarios una frontera cerrada. Las islas llevaban generaciones enlazadas con rutas atlánticas por las que circulaban barcos, mercancías, noticias y hombres. El horizonte marítimo formaba parte de la vida cotidiana. Lo extraordinario en Pedro Quintero fue la distancia que acabaría recorriendo. Su destino quedó mucho más allá de América, en Filipinas, dentro de un espacio asiático unido a Nueva España por una ruta oceánica que convertía Manila y México en extremos de un mismo sistema.
Hacia 1632 se encontraba ya en Manila. La fecha es aproximada, pero la documentación lo sitúa allí durante el gobierno de Juan Niño de Tabora y señala que sus primeros pasos en la milicia permanecen mal conocidos. Pocos años después aparece plenamente integrado en la vida militar de la ciudad. Manila vivía entonces del comercio y de una tensión difícil de separar de su propia prosperidad. A sus muelles llegaban mercancías asiáticas destinadas a cruzar el Pacífico, mientras la comunidad china, imprescindible para el abastecimiento y para numerosos oficios y negocios, despertaba recelos periódicos entre las autoridades.
Ese equilibrio terminó rompiéndose en 1639. La gran sublevación de los sangleyes, nombre con el que las fuentes españolas designaban a buena parte de la población china asentada en Filipinas, sacudió Manila y su entorno. Darias habla de más de treinta mil sublevados y sitúa a Pedro Quintero en campaña junto al gobernador Sebastián Hurtado de Corcuera. El Parián, situado extramuros, era uno de los grandes espacios comerciales de la ciudad y concentraba buena parte de aquella población. Manila dependía de una comunidad a la que, al mismo tiempo, temía. Prosperidad y desconfianza convivían en un equilibrio frágil que, cuando se quebraba, podía desembocar en una violencia extrema. Quintero aparece allí dentro de uno de los episodios más duros de la Manila del siglo XVII.
Diez años después, Quintero había ascendido lo suficiente para recibir una responsabilidad mucho mayor. En 1649 el gobernador Diego Fajardo Chacón le confió el mando de la nao capitana Nuestra Señora de Guía y lo envió a Nueva España para solicitar socorros al virrey de México. La noticia ocupa apenas unas líneas en la documentación, pero detrás de ellas hay una empresa formidable. Atravesar el Pacífico significaba afrontar una navegación de meses, sujeta a temporales, enfermedades, escasez de alimentos frescos y largos periodos de aislamiento. Era una ruta que exigía experiencia, disciplina y confianza. Que el mando de una capitana recayera en un hombre nacido en El Hierro permite medir hasta dónde había llegado Pedro Quintero dentro de la organización militar filipina.
No sabemos cuánto tiempo permaneció en Nueva España. La documentación guarda silencio sobre ese periodo, pero sí sabemos que regresó a Filipinas al mando de una compañía de infantería destinada al socorro de las islas. En ese itinerario quedaron enlazados Taguacinte, Manila, el Pacífico y México. La escala geográfica de su vida impresiona todavía hoy, pero en el siglo XVII cada uno de aquellos desplazamientos implicaba meses de navegación y una incertidumbre que formaba parte inseparable del viaje.
Su ascenso no quedó limitado a las armas. Pedro Quintero llegó también a ejercer como alcalde ordinario de Manila, cargo con importantes atribuciones judiciales elegido entre los regidores de la ciudad. Para entonces ocupaba ya un lugar relevante en la vida pública manileña y gozaba de una posición económica considerable. En su testamento declaró poseer una cantidad importante de hacienda en México, administrada por representantes establecidos en Puebla y en la capital novohispana. En Filipinas disfrutaba además de encomiendas, algunas relacionadas con su esposa, Ana de Valcázar. Darias vincula también una de ellas, situada en las tierras de Nagtahan, a una concesión del gobernador Sabiniano Manrique de Lara en recompensa por sus servicios. La cronología obliga aquí a ser prudentes, pues Manrique de Lara no tomó posesión del gobierno filipino hasta 1653.
La carrera del segundón herreño había desembocado así en una fortuna repartida entre territorios separados por un océano. Parte de sus bienes dependía de administradores que actuaban en México; otra parte estaba vinculada a Filipinas. Su riqueza descansaba sobre relaciones personales, cargos, encomiendas y propiedades distribuidas por distintos lugares de la Monarquía. Aquella dispersión permite entender la amplitud de una trayectoria que había comenzado en una pequeña sociedad insular.
En su casa de Manila había diecinueve esclavos. El testamento concedió la libertad a algunos y dejó disposiciones para los demás. Darias presenta ese gesto con el lenguaje paternalista propio de su tiempo, pero el dato no necesita adorno. Quintero perteneció plenamente al orden social del siglo XVII y su posición económica se desenvolvió dentro de las instituciones y jerarquías de aquel mundo.
En junio de 1679 ordenó el reparto de sus bienes y destinó una parte muy considerable a instituciones religiosas y asistenciales de Manila. La Catedral, conventos, colegios, hospicios y la Mesa de la Santa Misericordia aparecen entre los beneficiarios. El dinero debía seguir actuando después de su muerte: sostener fundaciones, pagar misas, ayudar a instituciones benéficas y mantener durante generaciones el nombre de quien había dispuesto aquellas mandas. Así entendía buena parte de la sociedad barroca la continuidad entre patrimonio, linaje y salvación.
El Hierro ocupa un lugar central en esas disposiciones. Quintero recordó a sus parientes, la parroquia donde había sido bautizado, el convento en el que reposaban sus mayores, la capilla levantada por su padre y la Virgen de Candelaria del valle del Golfo. También fundó dos capellanías en la isla y vinculó su patronato a la primogenitura familiar. La cantidad destinada a esas fundaciones alcanzaba los diez mil pesos, además de otras mandas dirigidas a la parroquia y a diferentes imágenes religiosas. En una tierra donde la escasez monetaria seguía siendo un problema real, aquellas sumas tenían un peso considerable.
Habían pasado décadas desde su salida de El Hierro. Quintero vivía en Manila, mantenía intereses en México y había cruzado el Pacífico, pero seguía pensando parte de su fortuna desde los nombres, las devociones y las obligaciones nacidas en la isla. En sus últimas voluntades aparecen todavía el padre, los parientes, la parroquia y las capellanías, como si toda aquella geografía recorrida durante años pudiera ordenarse finalmente alrededor de unos pocos lugares familiares.
La publicación de Darias conserva una errata llamativa: fecha el testamento el 12 de junio de 1579, cuando toda la secuencia documental conduce a 1679. La muerte de Pedro Quintero, ocurrida pocas semanas después, confirma la corrección. El 2 de julio de 1679 falleció en su casa de Manila y fue enterrado en la capilla de la Orden Tercera del convento franciscano, en el mismo sepulcro donde descansaba su esposa Ana de Valcázar. El matrimonio no había tenido descendencia.
A los familiares de El Hierro debía remitirse en primer lugar un legado de 19.100 pesos y, posteriormente, una parte sustancial del resto de la fortuna. Las reclamaciones se sucedieron con el paso de los años, pero la documentación necesaria para demostrar ciertos parentescos fue haciéndose cada vez más difícil de reunir. El incendio del archivo parroquial del 2 de mayo de 1763 terminó por destruir una parte esencial de esas pruebas. Una riqueza perfectamente tangible en Manila y México acabó convertida, para muchos posibles herederos, en una herencia distante cuya existencia se conocía mejor que la forma de cobrarla. Allí donde desaparecía el documento comenzaba, inevitablemente, a ganar terreno la memoria.
Con el paso de las generaciones, documentos y tradición comenzaron a mezclarse. El recuerdo local atribuyó a Pedro Quintero diferentes objetos y donaciones cuya procedencia no siempre pudo demostrarse. La custodia principal de la parroquia matriz de Valverde fue considerada durante mucho tiempo un regalo suyo, aunque el propio Darias reconocía que no había encontrado pruebas suficientes para sostener esa atribución.
Algo parecido ocurrió con el título que acabaría eclipsando buena parte de su biografía. Diversos documentos antiguos lo llamaron Virrey de Manila y Fernández de Bethencourt recogió también esa denominación en su Nobiliario y Blasón de Canarias. El problema es claro: Filipinas nunca constituyó un virreinato. Darias ya era consciente de esa dificultad y propuso, con cautela, que el título hubiera podido tener un carácter honorífico o responder a alguna breve interinidad en el gobierno. La documentación disponible no permite ir mucho más lejos.
El apelativo sobrevivió mejor que muchas certezas. Con el paso del tiempo, la expresión Virrey de Manila terminó convirtiéndose en la forma más sencilla de recordar a un hombre cuya carrera real era bastante más compleja. Había sido militar, capitán de una nao, alcalde ordinario de Manila, encomendero y propietario de bienes en México y Filipinas. La memoria hizo lo que tantas veces hace con las vidas difíciles de resumir: las redujo a una palabra capaz de perdurar.
En 1921, Valverde incorporó definitivamente ese recuerdo al espacio público. La antigua plaza Mayor o del Cabildo recibió el nombre de Virrey de Manila y una lápida conmemoró a Pedro Quintero de Núñez. La iniciativa contó con la participación de la Real Sociedad de Damas de Valverde y fijó en piedra una tradición que llevaba más de dos siglos circulando por la isla.
Para entonces, la casa de Taguacinte estaba prácticamente perdida, buena parte de la fortuna había desaparecido entre reclamaciones y generaciones, algunos objetos continuaban atribuyéndosele sin certeza y el propio título que lo había hecho célebre seguía planteando problemas. Lo que permanecía fuera de discusión era la magnitud de su recorrido. Pedro Quintero había llegado a Manila, había combatido durante la rebelión de los sangleyes, había cruzado el Pacífico al mando de una capitana, había regresado desde Nueva España con tropas y había ocupado responsabilidades civiles y militares en Filipinas.
Su historia ensancha el mapa con el que solemos mirar el pasado canario. El Hierro del siglo XVII podía parecer un territorio apartado de los grandes centros de poder, pero uno de sus hijos terminó viviendo entre Asia y América, administrando bienes separados por miles de kilómetros y enviando desde Manila disposiciones destinadas a una pequeña parroquia atlántica. Esa vida pertenece a una Canarias mucho más móvil y extensa de lo que sugieren los límites de sus propias costas.
A comienzos del siglo XX apenas quedaban en Taguacinte unas paredes y una huerta. Manila conservaba la tumba y Valverde el nombre. Entre esos tres lugares se había repartido el recuerdo de Pedro Quintero de Núñez. El título de Virrey de Manila continúa planteando dudas. Quizá, después de todo, sea lo menos extraordinario de una vida que no necesita de él para ocupar su lugar en la historia.
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