La salud en Tenerife: cosa que aún está sin resolver
Autor: Juan Manuel Valladares Expósito
Comunicación en Radio Muelle el 26 de marzo de 2026
Hace ya algunos años, por las calendas del malvado Covid, estábamos en la intención de hablar, según los textos que hemos leído de la salud en nuestras islas, que puede parecernos cosa que nació anteayer, si anteayer llamamos al siglo XVI , pero que ahora vive a la sombra de ese tan grande invento del pasado más reciente y muy “renombrado” cada día y que llamamos Seguridad Social, a la que este servidor agradece el buen trato que siempre ha recibido. Me decía mi señora madre: ”Serás tratado como tu trates a los demás”, cosa que animo a ser enseñada en nuestros colegios y universidades.
Y llegado al punto de entroncar con la salud de nuestro primer siglo vinculados a Europa, no podremos olvidar, al menos éste que les habla nunca lo ha hecho, a aquel primer ángel cuidador de heridos o enfermos que se llamó Ana Rodríguez. Ana fue la esposa de un soldado de la conquista de Tenerife, allá por los años 1494-1496, que se llamó Andrés Díaz y que nuestro gran historiador don Antonio Rumeu de Armas citó en su relación de conquistadores junto a su esposa Ana en esa lista ( La Conquista de Tenerife 1494-1496– Aula de Cultura de Tenerife, 1975).
A veces habrá que reconocer que don Alonso tenía algún detalle de generosidad, como se refleja en esta data de 6 de junio de 1499:
“Andrés Díaz y Ana Rodríguez. 3 solares en q. tenéis hechas y comenzadas ciertas casas hasta el día de hoy y un pedazo de ta. calma para una güerta y para una casa en el puerto de Santa Cruz por buen servicio q. a Su Alteza feciste en esta dha. conquista. 6-VI-1499. “
Y para que ninguna duda quede sobre su actuación en la conquista de Tenerife, esta data:
“Ana Rodrigues. Una suerte de ta. q. está con la de Juan d Armas, por lo mucho q. servistes al tiempo de la conquista en curar los enfermos y heridos. 18-III-1503.”
Nunca podremos agradecer debidamente el inmenso trabajo de la historia de Tenerife que salió de las manos del gran maestro que fue don Elías Serra Ráfols.
Y siguiendo su senda tendríamos que dar aquí cuenta de la obra de doña Francisca Moreno Fuentes, que nos dio a conocer su inmenso trabajo al poner a la luz nuevas noticias sobre el reparto de la isla de Tenerife, citando en ellas en numerosas ocasiones al matrimonio de Andrés Díaz y Ana Rodríguez y a ella misma tras su viudez.
En alguna ocasión, hablando del nacimiento de Santa Cruz de Tenerife, hemos citado a este matrimonio entre su primeros pobladores y ya curiosamente como agricultores en el mundo del azúcar, con su plantación de cañas en el lugar conocido como Valle de Las Cañas, haciendo referencia a que los conquistadores Alonso de la Fuente y Fernando de Talavera no irrumpieran en las tierras de Ana Rodríguez.
Descansó el cálamo y se acabó la tinta. Y retomamos el tema sanitario en la persona del médico Rodrigo Funes y sus cuentas con el Cabildo de Tenerife hasta su marcha definitiva a Gran Canaria, de la que había venido. Volveremos al medico Funes en otra ocasión.
Pero no nos íbamos a quedar sin asistencia facultativa y nos empeñamos en cubrir el puesto, que fue lo que hicimos, contratando a un médico que no solo ejerció la medicina en Tenerife, sino que dejó familia, y no de clase muy popular, puesto que entroncó con las clases más dirigentes de Tenerife.
La historia nos lo anuncia como el médico que se presentó en la vida social como el doctor Ysardo .Una prueba más de cómo se escribe lo que se oye aunque no se ajuste a la realidad. A los que escribieron Ysardo o Liçardo les faltó oído para saber que el tal médico era natural de Niza, o sea, nizardo. Él, para aclararlo un poco, se inició firmando como Juan Anfós y la historia le acabó inscribiendo como Juan Fiesco. Este milagro tiene su explicación en que uno se pone a buscar un lugar en la sociedad tinerfeña, y si eres extranjero tienes que llegar con un poco de ayuda de algún que otro adorno genético para vincularte con los patricios de Roma, la nobleza de Flandes o los nobles de la ilustre Génova. De todo gen ilustre, menos de cualquier humilde asalariado que venga a ganarse los dineros con su trabajo.
Y así pasó a la historia nuestro Ysardo, el nizardo de Villafranca de Niza, de hijo de Antonio Anfós y Luisa Gherardi a doctor Juan Fiesco. Y lo dice don Francisco Fernández Bethencourt en su obra Nobiliario de Canarias. Y cierto debe ser cuando don Francisco, siempre tan proclive a entroncar a todos nuestros vecinos judeoconversos o mercaderes genoveses llegados como conquistadores o pobladores a Tenerife, con las más ilustres alcurnias de Castilla y Aragón o el Libro de Oro de Génova, no pudo encontrarle acomodo fácil en algún linaje genovés. Solo añadió. “Juan Fiesco Anfax aunque descendiente de la familia Fieschi”. O sea, usted se llama Pérez Guzmán, nacido de un padre Pérez y una madre Guzmán en Icod y es usted descendiente de Guzmán el Bueno. Pero Fernández Bethencourt se copió como pudo de un genealogista de nombre Antonio Ramos sin nada que añadir.
Pero vamos a ver si encontramos alguna antecedente de que había Fiesco en Italia y que hubiera aparecido por Tenerife.
Protocolo del escribano Hernán González. 1537. Aparece un Francisco Fiesco Regio, mercader genovés y estante en Tenerife. Fiesco desde el primer día y que además se movía por la ciudad de Sevilla. Luego sí que había Fiesco en Genova.
Para más abundamiento de la intriga, la ingente obra del doctor italiano Godofredo di Crollanza pone una nota que llama nuestra atención:
“Los Fieschi declinaron de su potencia en 1547 por la famosa conjura de Giovanni Luigi y es ahora que la rama primogénita debe refugiarse en Francia, mientras la segunda continuó en su patria, mas con muy poca fortuna.”
Y en Francia está Niza.
¿Llegó nuestro nizardo Juan Anfás, luego Fiesco, a Niza anticipando su huida de algún problema familiar o político en Génova y fue adoptado en Niza el apellido Fiesco?
Este Fiesco, en 1542, pide que debe regresar a su país, porque algún problema familiar hubo en la vida del doctor, para cobrar la herencia de sus padres. Curiosamente el Cabildo le ofrece una nueva remuneración y el doctor se ofrece a quedarse en Tenerife hasta 1555. La herencia que espere. No pudo alargar la residencia y acabo saliendo para Niza, aunque ya iba despedido por el Cabildo. En su marcha se confirma que va a Niza, aunque curiosamente sin permiso, en 1548.Ya hemos comentado que la famosa conjura que involucró a los Fieschi se produjo en Génova en 1547. ¿Casualidad o realidad? Perdonarán los pacientes oyentes que busque donde puede haber, o no hay, porque nada hay mas entretenido que perseguir el cabo del hilo en el ovillo histórico.
Con su ausencia hubo que volver a llamar a nuestro ya mencionado doctor Funes. Extraño este doctor Fiesco que dejó familia, casado como estaba con doña Olaya Fonte del Castillo. Y cuya sombra Fiesco aparece en numerosas progenies de las más altas dignidades de Tenerife.
Pero hablemos de la que se nos venía encima.
Y creo que bueno sería saber con alguna aproximación cuántos podían haber en cuanto a habitantes en la isla de Tenerife, antes de la incorporación al mundo europeo, en relación a los que podíamos dar de comer. Entre otros grandes historiadores de Canarias, don Antonio Tejera Gaspar nos da una cifra de 22.000 personas a tenor de la producción de alimentos posibles. Cantidad que el simple contacto con poblaciones extrañas al momento de la conquista, tanto en enfrentamientos bélicos, razzias esclavistas o simple transmisión de enfermedades desconocidas, hará reducir drásticamente.
Ya habíamos dado una idea sobre la presencia de la conocida como modorra en Tenerife, capitulo del que aún las investigaciones no dan un resultado completo ni en número ni en qué enfermedad fue realmente .Solo conocemos el dato de Fray Antonio Espinosa, que cifra la población de Tenerife en unas 15.000 personas al final de la conquista.
Una enfermedad de afortunada poca presencia fue el conocido mal de San Lázaro, la terrible lepra. Se tomaron desde el primer momento todas las medidas sanitarias que se pudo. La primera instalación para combatir esta enfermedad fue obra de Pedro de Vergara, un ilustre hijo de conversos sevillanos cuya hermana Ana de Vergara fue la esposa del genovés Cristóbal Ponte. Él fue fundador de la ermita, sanatorio y lo que luego sería el barrio lagunero de San Lázaro. Y aun así la Inquisición quiso arruinarle la vida citándolo para conocer sus orígenes en 1528.
Y ya conocemos la famosa frase .. “como éramos pocos”… y nos llegó a través de nuestros puertos la más variada lista de enfermedades infecciosas. La primera ya en 1506, otra en 1554 que llegaba desde Madeira, otra en 1568 y un regalo más en 1578. Esta última envuelta según las crónicas en tapices decorativos provenientes del Levante En ella murieron, según Viera y Clavijo, del orden de 9.000 personas.
Pero, siguiendo la documentadísima obra La peste en Canarias. 1601-1606 de nuestros grandes investigadores grancanarios don Alberto Anaya Hernández y doña Aurora Arroyo Doreste, la peste en su verdadera definición apareció en 1601, procedente de Sevilla, en barcos atracados en el puerto de Garachico. Y ésta no solo afectó a Tenerife, porque apareció también en Gran Canaria hasta 1603.
La peste en Tenerife hizo verdaderos estragos en Garachico, Los Realejos, Icod y El Tanque. Iba y venía hasta su desaparición en 1606. Como hoy sucede ante nuestras sofisticadas sanidades, el punto más débil frente a la enfermedad era la casi ausencia de verdaderos sanitarios, desde el médico al boticario. Acabó dándose licencia de curar hasta a los no tenían titulo de nada, como ocurrió con un falso boticario, Pedro de Alarcón. Una curiosidad: generalmente los miembros de la familia Alarcón eran de origen judeoconverso. Aquí sí que fue valiosa la presencia de médicos y cirujanos extranjeros, y mucho habrá que agradecer a Pedro Violeta, farmacéutico francés, y hasta a un cirujano de Flandes que murió de esa epidemia en Garachico.
Los pobre enfermos no cabían ya en las improvisadas enfermerías y acababan siendo cuidados lo mejor que se podía en proximidades de barrancos, que yo considero en auténticas cuevas, como la de Piedra Redonda en Garachico.
En La Laguna hubo que adoptar esas medidas que hoy levantan tantas protestas: perimetrar el lugar y, para que nadie se lo tomara a broma, se situaron horcas de aviso en la entrada de la ciudad.
En el puerto de Santa Cruz no pasaba a la ciudad nadie que antes no hubiera estado confinado en Puerto Caballos, salido de su cuarentena y destruido sus ropas y enseres que eran quemados. Nos asombra hoy la poca piedad hacia nuestros fallecidos, pero los servidores de la Catedral de La Laguna se negaron a dar sepultura a un miembro de la canonjía que murió de esa enfermedad. Estas epidemias tiene siempre algo positivo pues, fue una época de solidaridad con los enfermos que no solo alcanzó a los decretos de los Cabildos y Gobernadores para que no faltaran víveres, sino que la propia Iglesia puso cuanto pudo a través de sacerdotes dedicados especialmente a los enfermos y donaciones. Y hasta los vecinos reunieron sus ahorros para la compra de lo que fuera necesario. A veces, una mala cosecha aumentaba el horror de la enfermedad.,Un humano con pocos alimentos es la mejor ocasión para una enfermedad. Para que no nos parezca muy extraño lo que ocurre hoy día en nuestro país, son pocos los documentos eclesiásticos y notariales que declaran el motivo de la muerte del fallecido.
Antes de dar fin a este exposición de salud, hago una excepción y me paso a los finales del siglo XVII, a 1678, en el que para suerte y orgullo de Tenerife y España entera nace en La Matanza don Antonio Benavides González. Su familia era de clase holgada en el mundo rural. En su testamento firma con los apellidos Bazán y Molina y, al igual que nuestro buen amigo el general don Emilio Abad Ripoll en una conferencia impartida el 9 de enero del año 2012, desconocemos el uso de estos dos apellidos. Como tantos hijos de esta tierra, había que escoger entre la milicia o la iglesia. Él escogió la milicia. No entramos en detalles sobre como salvó al rey Felipe V en la batalla de Villaviciosa. La dinastía Borbón de España le debe mucho a su intervención. Pudo ser lo que quiso en la vida militar tras esta acción, pero solo gozó de ser Capitán General de La Florida y otros destinos de trabajo y esfuerzo, como buen militar que era, y más tarde rehusó ser un jubilado de lujo en la Capitanía General de Canarias y pidió su retiro.
Fue su última casa el Hospital de los Desamparados, nuestro viejo hospital chicharrero, que aumentó y mejoró con su dinero .Allí vivió dedicado a la salud de los enfermos y murió con 83 años en 1762. Recordemos su caridad cristiana cuando pasemos por la calle Antonio Benavides; nada dicen de sus cargos ni en Santa Cruz ni en La Matanza, lugar de su nacimiento, las placas que llevan su nombre. No era extranjero. Puede ser la causa del desconocimiento.
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