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VISITANTES ILUSTRES EN SANTA CRUZ. Siglo XIX (17). Relato de Du Petit Thouars

Autor: José Manuel Ledesma Alonso
Publicado en el Diario de Avisos el 4 de enero de 2026

Breve escala en Santa Cruz de Tenerife, en mi Viaje Alrededor del Mundo, por Du Petit Thouars

       

          «El gobierno francés, dentro de su política de expansión naval, ordenó que dos de sus grandes fragatas de la marina, L´Artémise, al mando de Cyrille-Pierre-Théodore Laplace y La Venus, dirigida por un servidor, saliéramos respectivamente de los puertos de Toulon y de Brest, el 31 de diciembre de 1836, y después de que hiciéramos escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, para avituallarnos de agua, vino y alimentos frescos, diéramos la vuelta al mundo, siguiendo rutas distintas, con el fin de lograr objetivos comerciales, políticos y científicos; de manera que durante 30 meses visitamos California, Guayaquil (Ecuador), El Callao (Lima), Valparaíso y Concepción (Chile), regresando a Lorient (Bretaña francesa) en abril de 1840.

          Después de haber permanecido detenidos durante tres días en el Atlántico, al tener vientos contrarios, la fragata La Venus volvió a poner rumbo hacia las Afortunadas, el 6 de enero de 1837, avistando el Pico de Tenerife la mañana del día nueve. A las seis de la tarde ya nos encontrábamos a dos millas del lugar al que llaman Punta de Anaga, nombre que toma de una roca aislada en forma de pan de azúcar, muy escarpada y desprovista de vegetación.

          Estaba satisfecho de hacer escala en Tenerife, porque así mejorarían los 36 hombres que estaban aquejados de catarros y fiebres, debido al frío que habíamos tenido que soportar por el mal tiempo. Antes de anochecer pude distinguir la ciudad de Santa Cruz y, guiados por las luces de las casas, a las ocho ya habíamos anclado en la rada. El viento se había calmado, la bruma seguía cubriendo la cumbre de las montañas de la isla y el tiempo estaba oscuro y con chaparrones. No tuvimos ninguna comunicación con tierra hasta el día siguiente y nadie de la isla se preocupó por saber quiénes éramos.

           La ciudad, vista desde la rada, está situada en una pendiente suave al pie de unas montañas muy altas de un color oscuro, extendiéndose hacía el interior a lo largo de la playa. Al estar todas sus casas pintadas de blanco, destacaban algunos molinos de viento, los campanarios de sus tres iglesias y las palmeras, produciendo un efecto agradable y un aspecto que cautivaba por la novedad.

         Al día siguiente, después de realizar las salvas habituales, bajé a tierra para visitar al Gobernador General de las Canarias y conseguir las provisiones que necesitábamos para la tripulación. La ciudad de Santa Cruz está considerada como la capital y el centro del comercio del Archipiélago. Tiene siete mil habitantes, con una población dispersa. Las calles están bien trazadas, con esquinas en ángulo recto, y todas tienen aceras. Algunas casas están bien construidas y denotan cierta opulencia, aunque en general son pequeñas y sin pisos. Me acompañaba el ingeniero hidrográfico de la expedición, el cual se instalaría en casa del Sr. Brétillard, cónsul de Francia, desde donde observaría la inclinación de las agujas y la intensidad magnética, aunque el tiempo, siempre cubierto, no nos permitió hacer las observaciones astronómicas necesarias para ajustar los relojes.

          En Santa Cruz se desembarca por un muelle, en bastante mal estado. El malecón, gira en su extremo hacia el Norte para situarlo al abrigo del mar; sin embargo, cuando hay mal tiempo se produce mucha resaca y no se puede desembarcar en ninguna otra parte debido a que el mar bate sin cesar. Cuando hace buen tiempo, también es posible desembarcar en la Caleta, que se encuentran al Sur del malecón, junto a los almacenes de la aduana.

         La ciudad está defendida a lo largo de la costa por varios fuertes o baterías, aunque también existen puntos en que se encuentra sin defensas, por donde se puede atacar. Aquí fue rechazado y herido en el brazo derecho el Almirante Nelson, tan gravemente que fue necesario amputárselo.

          Frente al embarcadero encontramos una bonita plaza, tapizada con losetas de piedra volcánica, donde la gente va a tomar el fresco y el bello sexo y sus admiradores a pasear a su alrededor o sentarse en los bancos esculpidos. Aquí se produce la mezcolanza más extraña de gente que yo he visto. Por allá se arrellanan curas e incluso frailes de barrigas gruesas y caras saludables; por aquí se agitan pandillas de oficiales de tropa o de milicia, con aspecto de conquistadores, con inmensos bigotes que oscurecen unos rostros delgados; aquí y allí se forman grupos de comerciantes extranjeros, entro lo que se distinguen los ingleses por sus aires de superioridad desdeñosa; y, en medio de toda esta gente, multitud de lindas mujeres paseando ante la presencia de sus numerosos admiradores.

           Casi todo el comercio está en manos de los ingleses, que se llevan la mayor parte de los vinos, los mejores de los cuales son tan apreciados como los de Madeira. Ha habido años en los que la importación para Inglaterra y la India ha sido superior a los 800 toneles. Los ingleses traen a cambio productos manufacturados, granos y aguardiente. A falta de caminos que enlacen las distintas poblaciones, todo el comercio se realiza por tráfico marítimo, pudiendo obtener las provisiones que desees en dos o tres horas.

           Aquí se encuentra la mejor agua de las Canarias, es fácil aprovisionarse y en poco tiempo. La pipa (480 litros) sólo cuesta una piastra, incluyendo el transporte hasta el barco. La carne de ternera que compramos era de excelente calidad y nos costó lo mismo que en Bretaña. Las verduras, naranjas y plátanos que embarcamos en Santa Cruz se conservaron perfectas hasta que llegamos a las costas de Brasil. Muchos navegantes se han quejado de la escasez y la carestía de las provisiones, pero los precios dependen de la época del año en la que viajes.

         Por tanto, considero esta escala muy beneficiosa para la tripulación porque sus consecuencias inmediatas logran que se rompa la monotonía de nuestra navegación de un modo útil y agradable.»

 

Abel-Nicolás-Georges Bergase Du Petit Thouars (Francia, 1790-1890) inició su carrera en la marina a los 15 años, ascendiendo rápidamente hasta alcanzar el grado de Almirante, llegando a formar parte del Consejo del Almirantazgo y su representante en la Asamblea Legislativa.

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