Vivencias de un tinerfeño en Inglaterra (XXXVI)
Autor: Antonio Salgado Pérez
Retazos de su libro Bye, bye. Vivencias de un tinerfeño en Inglaterra (1974-2004) publicado en 2006.
EL CHISTE MÁS DIVERTIDO DEL MUNDO SALIÓ DE HATFIELD
Resulta hasta irónico pensar que de una localidad británica, como Hatfield, que podría presumir de muchas cosas, menos de alegría, haya salido recientemente “el chiste más divertido del mundo”, según un experimento realizado por el psicólogo inglés Richard Wiseman, de la Universidad de Hertfordshire, que está ubicada precisamente en la localidad antes reseñada y de la que luego aportaremos algunos perfiles.
En efecto, el psicólogo Wiseman impulsó, a principios del siglo XXI, un experimento por Internet que, según noticias fidedignas, atrajo a millones de personas de todo el mundo, que aportaron chascarrillos propios y opinaron sobre los existentes. Y del experimento en cuestión, surgió el chiste más divertido del mundo “porque funciona en muchos países”. Es éste:
“Dos cazadores se encuentran en el bosque cuando uno de ellos se desploma. Parece que no respira y tiene los ojos vidriosos. El otro coge su teléfono móvil y llama al servicio de emergencia. ¡Mi amigo está muerto! ¿Qué puedo hacer?, pregunta, histérico. La operadora contesta: Cálmese, yo le ayudo. Lo primero es asegurarse de que su colega está realmente muerto. Sigue un silencio y después se oye un tiro. De nuevo al teléfono, el cazador dice: Vale, ¿y ahora qué?”
Durante los últimos años, y por determinadas circunstancias, hemos permanecido, en épocas estivales, en esta luminosa y arbórea localidad periférica de Londres que es Hatfield, ahora, por lo visto, también universalmente chistosa. Y nosotros, después de tantos años, sin enterarnos. Y es que sus habitantes, hasta la fecha, han sido mucho más proclives a ver los “soap opera” (léase “culebrones” televisivos), a hablar del tiempo y evitar, a toda costa, y en todo momento, una simple invitación de “cup of tea”, que a contar un chiste…Por eso ahora ustedes comprenderán nuestro estupor ante esta aparición inesperada del dicho u ocurrencia aguda y graciosa en este Hatfield que, entre otras cosas, es una “ciudad dormitorio” de la gran urbe, es decir, de Londres.
Los veinticinco mil habitantes de Hatfield conviven en una especie de descomunal urbanización horizontal donde parece vedada la verticalidad y el colmenalismo.
Aquí, en Hatfield, el repartidor de la leche deja, aún, las botellas en las puertas de las casas sin que nadie se las lleve. Y en su “Town Centre” (Zona Comercial) puede encontrarse de todo, desde un clip hasta el “Lloyd Bank” y desde una “Pizza Hut” hasta un “Bed and Breakfast”. Este rincón, incrustado en plena campiña británica, se ufana de haber sido residencia real y fue inmortalizada por Charles Dickens en un pasaje de Oliver Twist. Y, desde hace algunos años, Hatfield está más orgullosa que nunca porque en ella han convertido el antiguo y popular Politécnico en la moderna y pujante Universidad de Hertfordshire, que toma el nombre del condado. Y esta Universidad, amplia, descontaminada y rodeada de estas alfombras de un césped “que se puede pisar”, patentiza su perenne gratitud al personaje que dio renombre universal a Hatfield, el ingeniero y aviador Geoffrey de Havilland. Porque hay que añadir que en Hatfield, durante la Segunda Guerra Mundial, se desarrolló la industria aeronáutica más importante del Reino Unido, donde De Havilland y su equipo realizaron una excepcional contribución a esta actividad que, por la época, se convirtió en bélica. Por ejemplo, de allí, de Hatfield, salió el denominado “Mosquito”, un bombardero que, según los técnicos, “fue más rápido que cualquier otro avión de combate”.
Ahora, en vez de aviones con panzas proclives a la destrucción, Hatfield se distingue por su paz y por su tranquilidad. Allí, hasta los perros, han aprendido a no ladrar. Oiga, es que no se oye ni un ladrido, ni por el día ni por la noche; después de las seis de la tarde, sus rincones se muestran desérticos; es muy difícil ver a los niños jugando en las calles y el silencio, en determinadas zonas, hasta sobrecoge. Puede que de aquí en adelante y dentro de esta habitual quietud, se rompa ésta, desde cualquier hogar, con una sonora carcajada tras oír el chiste de Hatfield, es decir, el de los cazadores. Tiempo al tiempo.
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