Luis Cola Benítez: la memoria viva de Santa Cruz
Autor: Daniel García Pulido
Publicado en el Diario de Avisos el 30 de agosto de 2026
In memoriam, diez años después

Se cumplen diez años del fallecimiento de Luis Cola Benítez, cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife, entrañable amigo e insustituible referente para cuantos se han acercado al pasado de la ciudad. Una década es tiempo suficiente para advertir la hondura de una ausencia, pero no para acostumbrarse del todo a ella. Quizá sea porque a Luis no se le conocía de una sola manera. Había distintos niveles, distintas puertas de entrada a su persona, y cada cual guarda de él una memoria propia. Todas, sin embargo, parecen conducir al mismo lugar: a su generosidad, a su curiosidad infatigable y a aquel amor por Santa Cruz que convirtió en tarea cotidiana.
Para muchos —muchísimos—, Luis fue la presencia familiar de las inolvidables tertulias televisivas de Canal 7 del Atlántico. Junto a Sebastián Matías Delgado Campos, Juan Arencibia de Torres y Pedro Doblado Claveríe, hoy también arrebatados por la eternidad, representaba el conocimiento sereno, la tradición familiar, el dato preciso y el archivo siempre dispuesto a abrirse sobre cualquier aspecto relativo a la historia y patrimonio de Santa Cruz de Tenerife. Otras personas llevarán a Luis por esa esencia hilvanada en conferencias, en presentaciones y actos culturales, donde pudieron descubrir en él a un impresionante valedor del patrimonio chicharrero: alguien empeñado en rescatar nombres, episodios y espacios condenados con demasiada facilidad al olvido. Y fueron también innumerables quienes lo conocieron a través de sus libros y de sus centenares de colaboraciones en la prensa tinerfeña, donde fue desgranando mil y un detalles de la vida municipal, de la historia santacrucera y reconstruyendo, con paciencia de orfebre, la trayectoria de los alcaldes del lugar, villa y ciudad.
La medida del impresionante caudal de información que llegó a custodiar puede encontrarse, en parte, en sus agendas, hoy custodiadas con envidiable mimo en la Biblioteca Pública Municipal de Santa Cruz de Tenerife, institución a la que quiso donar su valiosa biblioteca y archivo, bajo la aquiescente y entrañable mirada de su querida esposa, doña Luz. En aquellas agendas reutilizadas había extractado las actas de la Corporación, fruto de una disciplina casi litúrgica tras su jubilación. Pasaba cerca de dos horas diarias, lápiz en mano, en el Archivo Municipal, después de haber cumplido otro rito no menos suyo: el baño en el mar en su querido Club Náutico. Entre el agua, los papeles y el regreso a casa transcurría una rutina que explica bien al personaje. Para Luis, la historia no era una ocupación solemne reservada a momentos excepcionales, sino una forma natural de habitar cada jornada.
Para quienes formamos parte de la Tertulia de Amigos 25 de Julio, Luis fue uno de sus pilares fundadores y primordiales: inolvidable, cercano, optimista y generoso en todos sus afanes. Con José Luis García Pérez se entendió mediante esa química misteriosa que solo poseen ciertas inteligencias cuando coinciden en una pasión común. De aquella complicidad nació una chispa capaz de cambiar el horizonte patrimonial de Santa Cruz. Mucho de lo que hoy la ciudad reconoce, protege o contempla con otros ojos lleva, de algún modo, la huella de la Tertulia, y por ende, la huella de ambos.
Pero detrás del cronista, del investigador y del tertuliano estaba la persona. Para mí, Luis fue también el alma que atendía al otro lado del teléfono y que no vacilaba en llamarme «descastado», palabra cuyo significado tuve que aprender para aceptar después, con humilde resignación, tan cariñosa adscripción. Fue el compañero infatigable de investigaciones, de algún que otro premio, e incluso de alguna memorable caminata, como aquella inolvidable por las Siete Cañadas, en el Parque Nacional del Teide, junto a Juan Carlos Cardell Cristellys y Emilio Abad Ripoll, que permanece grabada a fuego en mi memoria. Y fue el amigo que, al desmontar su despacho profesional de agente comercial y de seguros, me entregó algunos objetos en los que parecía haber depositado una parte de sí mismo.
Conservo en casa un precioso baúl que había viajado a tierras americanas y regresado de ellas con su antepasado Joaquín Cola, cuyas iniciales quedaron grabadas en su corteza; el mapa de Tenerife que presidía su despacho; alguna plumilla; algún texto inédito… Son objetos, sí, pero también presencias. Cada uno conserva una historia y prolonga una conversación interrumpida. Sobre todo, guardo la sensación de haber sido tocado por la fortuna de conocerlo y de haber heredado, siquiera en parte —como tantos otros—, aquel apego suyo por la ciudad.
Luis había nacido el 13 de mayo de 1933, en el número 64 de la calle Callao de Lima. Era nieto de Anselmo J. Benítez, otro prohombre santacrucero, y a través de sus tíos se enlazaba con familias que reflejan el carácter cosmopolita de Santa Cruz: los Caulfield, los Fox, los Ramos González, los Fernaud o los Braun. De ese sedimento familiar, pero también de una vocación cultivada durante toda una vida, surgió una obra amplia y diversa. Entre sus títulos más entrañables figura 1797: cinco días de julio, donde narró las peripecias de un herrero y de su mujer encinta durante la defensa frente al ataque británico. Para mí, permanece como obra emblemática la dedicada a Grandy y a su reclamación de la apertura de la tronera para el célebre cañón “Tigre” en la plataforma de Santo Domingo, dentro del castillo de San Cristóbal. Y junto a ellas están Sed: la epopeya del agua; Bandera amarilla; Barrancos de Añazo; la biografía de Villalba Hervás y sus monografías sobre la imprenta Benítez o el Gabinete Científico, sin que ninguna de sus aportaciones quedara a la zaga en rigor, interés o cariño por la ciudad.
Acaso por eso, diez años después, Luis continúa siendo muchos Luises a la vez: el rostro de una tertulia televisiva, el custodio de la memoria municipal, el defensor del patrimonio, el escritor, el caminante, el amigo. Cada persona conoció uno distinto, según la cercanía y el momento; pero todos reconocimos en él una misma bondad y una misma pasión. Escribió Miguel de Unamuno que «se vive en el recuerdo y por el recuerdo» y que el pasado pugna por hacerse porvenir. En Luis Cola Benítez esa idea adquiere una verdad singular. Su recuerdo no permanece inmóvil: sigue actuando en quienes consultan sus libros, recorren las calles que ayudó a explicar, defienden el patrimonio que amó o pronuncian su nombre con afecto. Mientras Santa Cruz conserve memoria de sí misma, algo de Luis seguirá caminando por ella.
– – – – – – – – – – – – –