Francisco Dávila Orejón y Gastón. Un gomero en las fronteras de la Monarquía Hispánica.
Autor;: Carlos Pérez Simancas
Publicado en esta página web el 23 de julio de 2026
En 1639, Francisco Dávila Orejón y Gastón reunió en La Gomera una compañía de infantería y partió con ella hacia Flandes. El documento consigna la leva, identifica al capitán y señala el destino, pero guarda silencio sobre casi todo lo que hoy querríamos conocer: quiénes fueron aquellos soldados, de qué lugares procedían, qué edad tenían o cuántos lograron regresar. Ése es el primer episodio firme de una vida que después atravesaría los campos de batalla del norte de Europa, las defensas de Gibraltar, el Caribe de los corsarios y una Venezuela enriquecida por el cacao y dividida por las disputas entre sus familias principales. Su nombre aparece ligado a cargos de enorme responsabilidad, a dos cautiverios y a varios libros sobre el oficio militar; sin embargo, ha permanecido en una zona secundaria de nuestra memoria, como tantos hombres que sirvieron a la Monarquía Hispánica lejos de la Corte y acabaron dispersos entre archivos de varios continentes.
Incluso su nacimiento permanece sujeto a discusión. José de Viera y Clavijo lo consideró natural de La Gomera y situó su llegada al mundo hacia 1615, una noticia que la historiografía canaria conservó durante generaciones y que no debe rechazarse con ligereza. Viera escribió más de un siglo después, aunque pudo disponer de testimonios familiares, papeles insulares o noticias locales que no han llegado hasta nosotros. Frente a esa tradición, la Real Academia de la Historia y otros repertorios modernos lo hacen nacido en Amberes, dentro de los Países Bajos españoles, y afirman que fue bautizado en la parroquia de San Felipe el 25 de diciembre de 1620. No he podido comprobar directamente el asiento sacramental en las fuentes públicamente accesibles consultadas, de manera que atribuir a Amberes una victoria definitiva sobre La Gomera sería precipitado. La prudencia obliga a presentar las dos posibilidades y a reconocer hasta dónde alcanza la documentación. Sabemos, en cambio, que su relación con la isla fue profunda. Era hijo de Juan Dávila Orejón, natural de Ávila y militar vinculado a La Gomera, y de Magdalena Gastón, nacida en Brujas; además, los Dávila Orejón desempeñaron responsabilidades militares y eclesiásticas y mantuvieron conexiones entre Canarias, Flandes y América. Juan, uno de los hermanos de Francisco, siguió la carrera eclesiástica y residió en La Habana, desde donde promovió la dotación del altar de Santa Teresa en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de San Sebastián. Las piezas de plata y los objetos litúrgicos enviados desde Cuba constituyen una prueba tangible de esa continuidad familiar. Los miembros de la casa podían vivir al otro lado del océano, pero seguían volviendo hacia La Gomera a través de sus donaciones, sus devociones y el recuerdo de su procedencia.
Francisco comenzó a prestar servicios militares en Canarias hacia 1636. Tres años después asumió los primeros gastos necesarios para levantar su compañía y marchó hacia Flandes. Desconocemos si todos sus hombres habían nacido en La Gomera o si la unidad fue completada en otros lugares antes de incorporarse al ejército, por lo que sería imprudente convertirla sin más en una compañía enteramente gomera. El hecho seguro conserva bastante fuerza por sí mismo: fue organizada en la isla bajo su responsabilidad y salió de allí para participar en una guerra que, desde hacía décadas, exigía hombres y dinero a todos los territorios de la Corona. En Flandes, la vida militar estaba muy lejos de la imagen ordenada que muestran los grabados. Las campañas transcurrían entre caminos anegados, fortalezas, enfermedades y abastecimientos inciertos; las pagas se retrasaban, el hambre deshacía unidades y muchos hombres morían durante las marchas sin haber visto al enemigo. Dávila combatió en Honnecourt en 1642, cuando las fuerzas españolas dirigidas por Francisco de Melo derrotaron al ejército francés, y un año después estuvo en Rocroi.
La batalla del 19 de mayo de 1643 soporta todavía el peso de dos mitologías contrarias. Francia hizo de ella el anuncio de su hegemonía; España terminó contemplándola como el funeral de los tercios. Ninguna de las dos imágenes explica por completo lo sucedido. El ejército español fue derrotado, pero sus veteranos conservaron la formación cuando el resto del dispositivo había cedido y resistieron hasta obtener condiciones de capitulación honrosas. Rocroi no destruyó los tercios ni puso término a la presencia española en Flandes, aunque mostró una debilidad que con el tiempo resultaría decisiva: la Monarquía aún podía enviar nuevos contingentes, pero encontraba crecientes dificultades para reemplazar a los soldados experimentados que perdía en cada campaña. Dávila fue hecho prisionero y conducido a Francia. Recuperó la libertad, volvió al servicio y en 1648 cayó nuevamente cautivo después de la derrota de Lens. Tampoco aquel segundo encierro quebró su carrera. En mayo de 1652 recibió el empleo de sargento mayor de tercio, participó posteriormente en las operaciones de Arras y, ascendido a maestre de campo, intervino en la batalla de Valenciennes de 1656, victoria que recuerda hasta qué punto el poder militar español sobrevivió a Rocroi y se negó durante años a representar el final que otros habían escrito para él.
El cargo de sargento mayor exigía bastante más que valor personal. A este oficial correspondía organizar las marchas, distribuir los alojamientos, disponer las compañías, establecer las guardias y estudiar el terreno antes del combate. El capitán podía alentar a sus hombres, pero alguien tenía que conseguir que llegaran juntos y armados, que las municiones estuvieran donde hacían falta y que el cansancio no deshiciera la unidad durante el camino. Dávila aprendió ese trabajo en las campañas y después lo convirtió en materia de estudio. Su Política y mecánica militar para sargento mayor de tercio, publicada en Madrid en 1669, surgió de una experiencia acumulada durante más de veinte años. El título explica su concepción de la guerra: política, porque mandar requería conocer a los hombres, administrar la obediencia y conservar la autoridad en medio del miedo; mecánica, porque un ejército dependía del cálculo, las distancias, el terreno y el orden de sus movimientos. El tratado concede a la experiencia una autoridad que la teoría difícilmente puede sustituir, aunque su propia existencia demuestra que Dávila comprendió la necesidad de ordenar aquel saber y transmitirlo. De otro modo, cuanto había aprendido en Honnecourt, Rocroi, Lens, Arras y Valenciennes habría desaparecido con él.
También dejó escrita Excelencias del arte militar y varones ilustres, publicada en 1683 por su hijo Francisco Baltasar Dávila Orejón Gastón, nueve años después de la muerte del autor. La obra pertenece a una tradición que acudía a la historia militar en busca de ejemplos de prudencia, disciplina y gobierno, pues los grandes capitanes del pasado eran juzgados por la manera en que habían conducido a sus hombres y afrontado la fortuna cambiante de las armas. Para quien había conocido dos derrotas y dos cautiverios, el comportamiento de un jefe ante la adversidad debía de tener un significado particular. Entre 1659 y 1662, la Corona confió a Dávila el gobierno de Gibraltar, una plaza decisiva para la vigilancia del paso entre el Mediterráneo y el Atlántico. Conocemos el nombramiento y las fechas, aunque todavía sabemos muy poco acerca de su actuación concreta durante aquellos años. Nada ganaría su biografía adjudicándole reformas u obras que los documentos disponibles no permiten demostrar. Gibraltar ocupa por ahora un espacio breve en su trayectoria, no porque careciera de importancia, sino porque faltan los testimonios necesarios para contar esa parte de su vida con la misma precisión que sus campañas de Flandes o su gobierno cubano.
En 1664 tomó posesión de la Capitanía General de Cuba. La Habana era entonces uno de los puntos esenciales del sistema atlántico español: allí se reunían y encontraban resguardo los navíos antes de emprender la travesía hacia Europa, circulaban mercancías procedentes de distintos territorios americanos y confluían los intereses comerciales de la Corona y de los particulares. Su riqueza la convertía también en un objetivo. Inglaterra se había apoderado de Jamaica en 1655 y desde sus puertos salían expediciones contra las embarcaciones y poblaciones españolas, mientras franceses y holandeses disputaban enclaves, rutas y mercados. Las guerras europeas continuaban en aquellas aguas, aunque los uniformes y las banderas cedieran a menudo su lugar a las licencias de corso.
Dávila utilizó precisamente ese instrumento para combatir a los filibusteros. Autorizó a capitanes particulares a perseguir naves enemigas, capturar sus mercancías y conducir a los prisioneros hasta La Habana, una política habitual entre las potencias que se disputaban el Caribe. Su administración fue severa y algunas semblanzas llegaron a atribuirle la ejecución de más de trescientos piratas. La cifra se ha repetido muchas veces, pero no disponemos de una relación nominal o de un respaldo documental suficiente para aceptarla. Podemos afirmar que persiguió con dureza a los filibusteros; el número exacto de ejecutados continúa sin demostrarse. La misma precisión requiere su relación con las murallas de La Habana. Los proyectos defensivos habían comenzado antes de su llegada, de modo que Dávila no fue su creador, aunque durante su gobierno continuaron las actuaciones destinadas a proteger la ciudad y el puerto. Su responsabilidad consistió en impulsar una empresa iniciada por sus antecesores y todavía inconclusa cuando abandonó Cuba en mayo de 1670. Mientras Francisco gobernaba la isla, su hermano Juan mantenía desde La Habana el vínculo con San Sebastián de La Gomera. Las piezas destinadas al altar de Santa Teresa recorrieron el camino contrario al seguido por tantos soldados y emigrantes. La Gomera estaba lejos de los centros donde se tomaban las grandes decisiones, pero nunca permaneció fuera de las rutas de la Monarquía.
Tres años después de dejar Cuba, Dávila fue nombrado gobernador de la provincia de Venezuela y viajó acompañado por su esposa, Francisca Orejón de Herrera, y sus hijos. Encontró un territorio cuya economía dependía cada vez más del cacao y donde el comercio ilícito con los holandeses convivía con las rivalidades de las familias principales. Cualquier gobernador enviado por la Corona debía gobernar entre poderes locales asentados durante generaciones, y cada empleo concedido alteraba un equilibrio de intereses. La administración de Dávila fue breve y estuvo rodeada de acusaciones. Sus adversarios denunciaron que favorecía a familiares y personas de confianza, que distribuía cargos de manera interesada y que permitía a ciertos allegados beneficiarse de su proximidad al poder. La actuación de Fernando Orejón, hombre cercano al gobernador cuyo parentesco exacto todavía requiere aclaración, fue examinada dentro del juicio de residencia, particularmente por su desempeño en El Tocuyo y por sus relaciones con el comercio regional.
Dávila murió en septiembre de 1674, cuando aún gobernaba Venezuela. Unas fuentes sitúan el fallecimiento en Caracas y otras en La Guaira; el día 13 aparece con frecuencia, aunque la discrepancia sobre el lugar aconseja mantener cierta cautela. La muerte no interrumpió el juicio de residencia, que continuó sobre su patrimonio y obligó a Francisca Orejón de Herrera a defender la actuación de su marido. Hubo testimonios que denunciaron abusos, nepotismo y aprovechamiento del cargo, junto a otros que lo describieron como buen gobernador, juez limpio y hombre desinteresado. Estas declaraciones no permiten absolverlo ni condenarlo antes de examinar el conjunto de los autos y la sentencia. Además de controlar a los funcionarios de la Corona, los juicios de residencia ofrecían a las facciones locales la posibilidad de llevar ante la justicia agravios, ambiciones frustradas y enemistades acumuladas. La condición gomera de Dávila no debe servir para protegerlo de las sombras de su gobierno, del mismo modo que las acusaciones de sus adversarios no pueden convertirse automáticamente en una sentencia pronunciada por la historia.
Su trayectoria carece de la limpieza que suele exigirse a los héroes construidos mucho después de muertos, y tal vez por eso resulte más interesante. Perdió batallas, conoció dos cautiverios, administró plazas amenazadas y murió bajo el peso de una residencia que continuó contra sus bienes y su nombre. Sirvió a una Monarquía cuya extensión comenzaba a superar los recursos disponibles para sostenerla: combatió en Flandes, gobernó Gibraltar, defendió Cuba frente a los filibusteros y terminó sus días en una provincia americana disputada por el cacao, el contrabando y los intereses familiares. De esas campañas y responsabilidades extrajo la experiencia que después ordenó en sus libros, dejando un testimonio singular acerca del funcionamiento de los tercios cuando la vieja hegemonía española empezaba a ceder ante otras potencias europeas.
Queda por resolver el lugar de su nacimiento. Tal vez aparezca la referencia de Amberes con la claridad suficiente para cerrar la discusión; quizá Viera y Clavijo transmitiera una noticia conocida todavía en la sociedad gomera de su tiempo. Mientras esa prueba no llegue, ambas posibilidades deben permanecer abiertas. Hay, sin embargo, un hecho que no depende de esa disputa: en 1639 Francisco Dávila Orejón y Gastón reunió una compañía en La Gomera y marchó con ella hacia Flandes. Los documentos no dicen cuántos de aquellos hombres volvieron a contemplar la isla.
– – – – – – – – – – – – – – – – –