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LA TERCERA CABEZA DE LEÓN DEL ESCUDO DE SANTA CRUZ. La victoria sobre Nelson

Autor: Emilio Abad Ripoll

Esta serie se compone de 3 capítulos publicados en la página web del Observatorio CISDE los días 14, 15 y 16  de septiembre de 2013

 

LA  TERCERA  CABEZA  DE  LEÓN (22 – 25 de julio de 1797)

 

CAPÍTULO  1

 

ANTECEDENTES, PREPARATIVOS Y PRIMEROS INTENTOS INGLESES

 

 

Antecedentes

          Se vislumbraba ya el final del siglo XVIII,  y, una vez más, España, aliada de Francia como consecuencia de la firma del Tratado de San Ildefonso, había entrado en guerra contra Inglaterra.

          En febrero de aquel 1797 se había desarrollado el combate naval del cabo de San Vicente, en el que una escuadra española había sufrido una clara derrota ante otra de la Royal Navy mandada por el almirante John Jervis. En la lucha había destacado un intrépido y ambicioso capitán de navío llamado Horacio Nelson, lo que le valdría, semanas después, el ascenso a contralmirante. Tras el enfrentamiento, la flota española se refugió en Cádiz, mientras que la inglesa establecía un fuerte bloqueo de la bahía gaditana.

 

La idea de Nelson

          Pasaban las semanas y los meses, y Nelson, cuya ambición no podía soportar la inacción, propuso a su superior, el citado Jervis, un formidable plan: atacar las Islas Canarias, más indefensas ahora que nunca, pues era imposible que la flota española pudiera acudir en su auxilio.

          De las carencias defensivas del Archipiélago daban fe el que sólo existiera una Plaza Fuerte -el Lugar y Puerto de Santa Cruz de Tenerife- y que de su misma rada hubieran sido “sacados” en aquellos abril y mayo un galeón español y una corbeta francesa, en sucesivas acciones efectuadas únicamente por dos fragatas inglesas, sin que las baterías españolas hubieran podido impedirlo.

          Nelson estaba convencido -y así se refleja en la correspondencia que mantuvo con Jervis- de que se les presentaba una ocasión inmejorable para asestar a España un durísimo golpe del que difícilmente podría recuperarse, al tiempo que encumbraría a Inglaterra al punto más alto de su trayectoria histórica. Ocupar Canarias significaba, ni más ni menos, que cortar el cordón umbilical que unía la España de Europa con la España de América, pues en los puertos canarios tocaban forzosamente, impulsadas por los vientos alisios, las flotas españolas en su viaje de ida al Nuevo Mundo.

          Propuso al almirante ponerse al frente de la fuerza encargada de la operación, pidiéndole le asignara 3.700 hombres “que harán el trabajo en tres días”. Jervis aceptó que Nelson fuese el jefe de la expedición y, aunque no accedió a poner a su disposición tal contingente, sí le situó al mando de una escuadra compuesta por 4 navíos de línea, 3 fragatas, 1 cúter y 1 bombarda, con una potente unidad de Infantería de Marina embarcada.

 

La situación en Tenerife

          En Canarias crecía la inquietud conforme iban llegando noticias de la guerra. En las islas estaban más que escarmentados, desde el siglo XV, de la aparición de inquietantes velámenes en el horizonte. Unas veces habían sido piratas -berberiscos, portugueses, franceses, ingleses, holandeses,…-, otras, flotas de mayor o menor importancia en cuyos mástiles ondeaban las enseñas de Francia, Holanda o Inglaterra. En ocasiones se trató de simples incursiones para robar bienes y ganado o apresar gentes, con el fin de pedir rescates o venderlas como esclavos en otros lugares; pero en otras los objetivos fueron mucho más amplios, como ocurrió con los ataques de Van der Does, Blake, Jennings, Pata de Palo, etc. Pero siempre, unas humildes Unidades, las Milicias Canarias, habían sabido dar la réplica y mantener incólumes la libertad de sus tierras y la unión con aquel lejano y casi quimérico ente que se denominaba España.

          La isla de Tenerife estaba defendida por 5 Regimientos de Milicias Provinciales, con cabeceras en diversas localidades (Abona, Güimar, La Laguna, La Orotava y Garachico). Cada Regimiento se componía de 8 Compañías de fusileros, 1 de Granaderos y 1 de Cazadores, con unos 1.000 hombres en plantilla. Sus componentes (en un principio todos los hombres útiles de la zona respectiva de entre 16 y 60 años de edad, y desde hacía pocas décadas de entre 18 y 40 años) tan sólo se ejercitaban una vez al mes (en domingo), muchos carecían de armamento y acudían a las alarmas con azadas, chuzos o el primer instrumento contundente que encontrasen a mano. Sus mandos tampoco tenían una formación militar muy adecuada, pero, como se dijo más arriba, esas Unidades, y los otros 8 Regimientos distribuidos por el Archipiélago, habían sabido defender las Canarias durante varios siglos.

          Desde hacía muy pocos años se contaba también con la primera unidad del Ejército regular: el Batallón de Infantería de Canarias, con sede en Santa Cruz de Tenerife y sus 6 compañías de 100 hombres cada una, aunque rara vez estaban cubiertas las plantillas. En él efectuaban prácticas los mandos de las Unidades milicianas. Con apenas dos años de existencia, el Batallón y varias Compañías de Granaderos de los isleños Regimientos de Milicias, habían sido “proyectados”, como se dice hoy en día, a la Guerra del Rosellón (1793), por lo que ya contaban con una importante experiencia de combate.

          Y no podemos olvidar las defensas costeras. Ciñéndonos al Lugar de Santa Cruz de Tenerife, en aquellos meses de 1797 su litoral estaba protegido por 3 castillos, 2 fuertes y 9 baterías, lo que la hacía ser, como se ha citado, la única Plaza Fuerte del Archipiélago.

          Era Comandante General de las Islas un veterano Teniente General, don Antonio Gutiérrez de Otero, natural de Aranda de Duero (Burgos) y hombre de amplia experiencia militar, que en varias ocasiones se había batido ya contra los ingleses: estando destinado en Montevideo, al frente de su Batallón desalojó a los británicos de la Gran Malvina, y mandando un Regimiento sitió Gibraltar y participó en la reconquista de Menorca, siendo su Comandante Militar antes de ocupar la Comandancia General de Baleares, desde donde, hacía 6 años, había llegado a Canarias.

          Apenas conocida la Declaración de Guerra contra Inglaterra, activó un Plan de Defensa que había preparado hacía algún tiempo, cuando Francia era la enemiga.  Para defender Santa Cruz se contaba desde febrero, al aplicar el Plan, con el Batallón de Infantería de Canarias (completada en parte su plantilla con milicianos), las Compañías de Granaderos de los 5 Regimientos de Milicias de la isla y las Banderas de Cuba y La Habana (una especie de centros de reclutamiento o banderines de enganche para los Regimientos que llevaban los mismos nombres) con unos 30 hombres cada una. En junio ese contingente de Infantería se vio incrementado con 110 marineros de la corbeta francesa La Mutine, robada como hemos dicho semanas antes, a los que se unirían los pilotos y marineros de los buques mercantes surtos en la rada y paisanos voluntarios. Y se sustituirían las Unidades de Granaderos por las de Cazadores, pues los componentes de aquellas llevaban fuera de sus residencias más del tiempo preceptuado. En total, los efectivos alcanzaban un total de 1.669 hombres, de los que 387 eran artilleros.

 

Se acerca la tormenta

          El Cabildo de la Isla (el único Ayuntamiento que existía entonces), con sede en La Laguna, la capital de Tenerife en aquellos momentos, y las autoridades del Lugar, Puerto y Plaza Fuerte de Santa Cruz, siguiendo las instrucciones del General Gutiérrez, empezaron también los preparativos, conscientes todos, paisanos y militares, de que si los ingleses decidían atacar Canarias, la hipótesis más probable -y a la vez la más peligrosa- era que la acción principal se desencadenase contra Santa Cruz de Tenerife, pues su caída supondría, casi con total seguridad, la pérdida de todo el Archipiélago. Esos temores se acrecentaron ante las noticias de la derrota de San Vicente y el bloqueo de nuestra flota en Cádiz, pues ello dejaba bien patente la imposibilidad de un socorro o un refuerzo a Canarias, que debería defenderse con lo (poco) que contaba.

          A primeros de julio Jervis aprobaba el plan de Nelson, y éste se disponía a la acción poniendo rumbo a Canarias semanas después. El día 21 de julio los atalayeros tinerfeños avisaban de la presencia de velas en el horizonte que pronto desaparecerían.

 

Los dos primeros intentos ingleses

          Pero en la madrugada del 22 los peores augurios se hicieron realidad. En plena oscuridad los ingleses intentaron un desembarco por Valleseco, desembocadura de un barranco al norte del Castillo de Paso Alto, que se frustró por dos razones. La primera fue la presencia de una fuerte corriente de costa a mar que dificultó mucho la progresión de las lanchas que transportaban a unos 900 hombres; y la segunda, el providencial aviso que una campesina dio a los centinelas de aquella fortaleza alertándoles sobre la cercanía de muchos botes cargados de hombres. Desde el castillo se dispararon algunos cañonazos que pusieron en pie de guerra a la guarnición e hicieron dar la vuelta a las barcas, que regresaron a sus buques.

          Horas después, concretamente a eso de las 9 de la mañana, unos cientos de metros más al norte, fuera ya del alcance de los cañones de Paso Alto y en la zona conocida como El Bufadero, reiteraban los ingleses el intento, logrando desembarcar unos 900 hombres, que inmediatamente comenzaron una penosa ascensión a una montaña cercana, la del Ramonal, con la intención de girar hacia el sur, pasar Valleseco y desde la otra vertiente, la Montaña de la Altura, caer de revés sobre Paso Alto.

          Pero Gutiérrez había comprendido la maniobra y se anticipó situando poco más de un centenar de hombres (con el apoyo de 4 cañoncitos de 40 mm. de calibre llamados “violentos”) en La Altura, de modo que fijaron a los ingleses, que no pudieron moverse de El Ramonal. Fue aquel un día de intensísimo calor que afectó mucho más a los invasores -cuyas cantimploras si contenían algún líquido no era precisamente agua- que a los defensores, mejor suministrados, e incluso auxiliados por las aguadoras del Lugar de Santa Cruz, que aquella mañana decidieron olvidarse de sus clientes habituales y servir el vital elemento a sus soldados.

          Al caer la noche, los ingleses reembarcaron en las lanchas y de nuevo volvieron a sus barcos, dejando atrás un par de muertos. Había fracasado el segundo intento y al orgulloso Nelson le hervía la sangre.

 

El intento definitivo. Las horas previas

          Al amanecer del día 23 no se podían divisar los barcos ingleses, que parecían haber desaparecido del horizonte, pero en las primeras horas del 24 ya se dejaron ver de nuevo frente a Santa Cruz. Se agruparon casi en el mismo lugar donde lo hicieran en la noche del 21, a unas pocas millas al norte de la Plaza.

          A ésta continuaban llegando refuerzos de milicianos de los Regimientos más lejanos, muchos incluso descalzos por la larga caminata, y bastantes sin armas de fuego; se les suministró lo que se pudo de las exiguas reservas. Se activó también el Plan de Rondas, diseñado semanas antes y que consistía en un apoyo logístico (sanidad, contra incendios, seguridad de propiedades, auxilios religiosos…) que dirigía el propio alcalde del Lugar y se llevaba a cabo con la colaboración de los vecinos.

          Los barcos propios o aliados anclados en la bahía (ninguno de guerra) se acercaron lo que pudieron a la costa, teniendo buen cuidado de no estorbar la posible acción de las baterías de la defensa.

           Sobre las siete de la tarde de aquel 24 de julio, la bombarda inglesa se situó frente a Paso Alto y empezó a bombardear la fortaleza, pero las 43 bombas de 9 pulgadas que arrojó hicieron poco daño. El fuego fue contestado desde Paso Alto y el aledaño fuerte de San Miguel, a unos escasos 200 metros de aquel en dirección Sur.

          Aquel bombardeo, cual si fuera una neutralización previa a una acción de desembarco, parecía indicar que el ataque se produciría por el mismo lugar que el día 22, la zona de El Bufadero, al norte de Paso Alto, pero el General Gutiérrez pensaba, y acertó, que por el contrario se dirigiría al centro de la población, al muelle y una playa cercana. Otra vez falló Nelson, que con aquella maniobra de distracción sólo buscaba detraer fuerzas defensoras del lugar elegido para desembarcar: el mismo previsto por Gutiérrez.

          A bordo de los buques ingleses volvía a reinar el optimismo. Recuperados del mal trago del día 22, conscientes de su propia preparación, y conocedores de que los españoles eran pocos y mal armados (lo que les corroboró un desertor, un alemán criado del cónsul francés, quien aseguró a Nelson que sólo se contaba para la defensa con “300 hombres de fuerzas regulares y el resto paisanos temblando de miedo”), seguían pensando que el problema se resolvería apenas con unos cuantos disparos, una vez pusieran pie en tierra.

          Pero el fracaso, o los fracasos, del día 22 habían hecho mella en el ánimo de Nelson, quien parece ser que consideró que, una vez perdido el efecto sorpresa, lo más conveniente era regresar a Cádiz. Insinuada esta idea ante sus capitanes, uno de ellos, Bowen, disintió totalmente y pidió al contralmirante que le confiriera el mando de tan sólo dos fragatas para llevar a cabo el ataque. Herido en su orgullo, posiblemente ésta fue la causa de que Nelson decidiera intentarlo de nuevo, pero en esta ocasión, en lugar de permanecer como hubiera sido lógico en su puesto de mando, el navío insignia Theseus, decidiese asumir la responsabilidad de participar personalmente en la primera oleada de asalto a la Plaza.

          Y cuando anochecía el 24 de julio escribía a su superior, el almirante Jervis:

          “No entraré en el asunto de por qué no estamos en posesión de Santa Cruz; su parcialidad le hará creer que se ha hecho hasta el momento todo lo posible, pero sin efecto. Esta noche yo, humilde como soy, tomaré el mando de todas las fuerzas destinadas a desembarcar bajo las baterías del pueblo, y mañana mi cabeza será coronada probablemente de laureles o de cipreses”.

          Como veremos estuvo muy lejos de lo primero, pero muy cerca de lo segundo.

 

El intento definitivo. Preparativos por ambos bandos

          El Comandante General, don Antonio Gutiérrez, había basado su estrategia en la confianza en la acción temprana de las baterías costeras, que tratarían de impedir o dificultar los desembarcos enemigos. Pero, por si ocurría lo peor y los ingleses ponían pie en tierra, había desplegado en los lugares en que los desembarcos eran posibles a las fuerzas de los Regimientos de Milicias y de las Banderas de Cuba y La Habana; había reforzado las exiguas guarniciones de los baluartes artilleros con milicianos y los franceses de La Mutine; y se había guardado el as de su baraja: el Batallón de Infantería de Canarias, al que emplearía cuando hiciese falta y donde fuese necesario. Y, como vimos, no había caído en la trampa tendida por Nelson en la tarde del 24 para hacerle retirar fuerzas de la Plaza y enviarlas hacia la zona de Paso Alto. Además le estaba favoreciendo la suerte, pues la meteorología impedía que los barcos ingleses se acercasen mucho a tierra y Santa Cruz cayese dentro del alcance de la poderosa artillería embarcada.

          Era muy oscura la noche del 24 al 25 de julio de 1797. Pudiera ser que desde el mar se lograran divisar algunas luces en tierra (una fogata en los montes, quizás un hachón en el Lugar) o el perfil de la montuosa isla… y poco más, pero desde Santa Cruz, por mucho que se aguzase la vista desde las plataformas de las baterías o la modesta muralla de protección, sólo parecía vislumbrarse un oscuro manto que cubría cielo y mar.

          A las 23 horas, una treintena de botes, atestados de marineros e infantes de marina, se reunían en torno al Theseus, el buque insigne de Nelson. En su Diario el contralmirante cifra en 960 los hombres que los ocupaban, sin contar a oficiales y auxiliares, lo que elevaría el total a más de 1.200.

          Divididos los botes en 6 grupos, la flotilla, que iba encabezada por una barca en la que viajaba el propio Nelson, empezaba a remar en el mayor silencio hacia Santa Cruz, pues incluso los remos estaban forrados con trapos para evitar en lo posible el ruido del chapoteo. En lucha con las corrientes que los derivaban hacia el Sur, alejándolos del rumbo previsto, a las 01:30 del ya 25 de julio se encontraban apenas “a medio tiro de cañón”, según el Diario del contralmirante, de la costa, lo que nos lleva a deducir que entre las 02:00 y las 02:15 de la madrugada se empezarían a escuchar los primeros disparos.

 

El intento definitivo. El desembarco

          Dicen los cronistas que fue desde uno de los barcos mercantes españoles arrimados a la costa de donde partió la voz que quebró el profundo silencio: “¡Lanchas al muelle!”; enseguida la alarma se extendió a lo largo de todo el frente marítimo de Santa Cruz, y a la luz de los primeros fogonazos (de disparos seguramente hechos un poco al azar) se empezaron a divisar las siluetas del enjambre de amenazadoras embarcaciones que estaban ya muy próximas.

          Del estudio de las órdenes de Nelson se puede deducir que éste intentaba llevar a cabo un ataque directamente contra el corazón del sistema defensivo de la Plaza: el Castillo Principal o de San Cristóbal, constituido en el Puesto de Mando del general Gutiérrez, pues con su caída y el apresamiento del Comandante General y sus más inmediatos colaboradores, podía darse por segura la victoria. Por tanto, los lugares idóneos para desembarcar eran el pequeño muelle de la población, aledaño a la fortaleza, y una playa cercana, apenas unos metros al Norte, la de la Alameda. Por lo que respecta al muelle existía un grave inconveniente para los invasores: a él se accedía desde el mar únicamente por una estrecha escalera, por lo que se necesitaría mucho tiempo para que pusiese pie en tierra un contingente importante. Y, además, para salir del muelle hacia la población había que recorrer al descubierto unos angostos 80 metros, batidos por el fuego de al menos 3 baterías, para encontrarse al final con una puerta de acceso (el “boquete” se la denominaba) desde donde con fuego de fusil se les podría hacer mucho daño.

          Lo más lógico es, pues, que el contralmirante pensara que la playa de la Alameda era fundamental para sus intenciones,  pero lo cierto es que sus planes -si es que esa era la idea de Nelson- se cumplieron por muy pocas embarcaciones, pues apenas 5 de ellas llegaron a las inmediaciones del muelle y la citada playa. Los documentos ingleses achacan este hecho a la ya mencionada fuerza de las corrientes marinas y, sobre todo, a la oscuridad de la noche, que es citada por Horacio Nelson y por el jefe de las fuerzas de desembarco, el capitán Troubridge, quién escribió que debido a esta circunstancia “no encontré inmediatamente el muelle”.

          Pero no hay que olvidar otro factor, que quizás fuese el decisivo para esa dispersión: el violento fuego que las barcas comenzaron a recibir desde tierra (“de los más intensos de los que yo haya sido testigo”, escribirá un guardiamarina del Theseus, William Hoste). Esa aseveración es corroborada por el propio Nelson en su Diario: “30 ó 40 piezas de cañón con fusilería de un extremo de la población al otro se dispararon sobre nosotros”.

          Lo cierto fue que la mayoría de los botes derivaron hacia el Sur del muelle y del objetivo fundamental del ataque, el Castillo de San Cristóbal, tocando tierra (algunas barcas se destrozarán contra las rocas) en dos o tres lugares accesibles en un tramo de unos 500 metros.

          Al muelle en sí tuvo que llegar un solo bote, con cerca de 40 hombres, que encontraron abandonada la batería de 7 cañones allí emplazada, pues sus sirvientes huyeron apenas se percataron de la cercanía del enemigo. Inmediatamente, los ingleses “clavaron” 5 de las 7 piezas, pero cuando intentaron progresar a lo largo del muelle para acceder al Lugar, un pelotón de milicianos apostados junto al citado “boquete” los frenó en seco, ocasionándoles muchos muertos y heridos y haciendo prisioneros al resto.

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CAPÍTULO 2
 
DESEMBARCO   INGLÉS,   LUCHA  EN  LAS  CALLES  Y  VICTORIA ESPAÑOLA
El intento definitivo. Fatal inicio para Nelson y otros muchos
 
          Los ocupantes de las otras pocas barcas -entre ellas la de Nelson- que alcanzaron la playa cercana al muelle no corrieron mejor suerte. El día antes, y ante la insistencia de un teniente de Artillería, Francisco Grandy, se había abierto una tronera en el muro de la batería de Santo Domingo, aledaña al castillo principal, desde donde poder batir de enfilada aquella playa. Y con ese objeto se asentó allí un cañón “de a 16”, que la tradición popular asegura que era “El Tigre” y que iba a hacer estragos entre los invasores llenando de metralla la negra arena de la Playa de la Alameda.
          Así, cuando Nelson de pie en su barca empezaba a sacar la espada y alentaba a sus hombres dispuesto a pisar la tierra tinerfeña, un disparo de aquel cañón le producía una grave herida en el brazo derecho, a la altura del codo. Casi al mismo tiempo moría uno de sus capitanes, Bowen, y resultaban heridos otros dos oficiales y varios marineros.
 
          Nelson tuvo la fortuna de que en el mismo bote se encontrase su hijastro Josiah Nisbet, quien, con su propio pañuelo, hizo un torniquete para frenarle la abundante pérdida de sangre y ordenó dar la vuelta a la embarcación, que desencallada -bajo fuego enemigo- por su propia tripulación se dirigió a alta mar rumbo al Theseus, al que accedió unas dos horas después. El cirujano de a bordo, ante la gravedad de la herida, tomó la decisión de amputar al contralmirante el brazo derecho por encima del codo. La extremidad se introdujo en un saco que contenía el cadáver de otro marinero recién muerto y se arrojó a las oscuras y profundas aguas de la rada santacrucera.
          Mas no habían finalizado las desgracias para las pocas embarcaciones que se habían acercado por el Norte al centro del despliegue tinerfeño. Entre ellas figuraba el cúter (1) Fox, que transportaba piezas de artillería de campaña, armamento, municiones y toda clase de pertrechos para apoyar a las tropas una vez desembarcadas, además de unos 160 a 180 hombres. Cuando el Fox se encontraba a unos pocos cientos de metros de la costa, un disparo de cañón -aseguran que “con bala y palanqueta”– le alcanzó por debajo de la línea de flotación. Se escuchó desde tierra un fuerte estruendo, el griterío de sus ocupantes y, en escasos minutos, la embarcación se hundió, desapareciendo con ella su comandante, el teniente Gibson, y otros 97 hombres.
          No podían haber ido peor las cosas para los ingleses en la zona Norte del Castillo, pues, en apenas unos minutos de combate, ya habían sufrido la baja de Horacio Nelson, su Comandante en Jefe, de varios de sus oficiales y de más de un centenar de marineros e infantes de marina, además de que la dispersión de los botes que transportaban el grueso de las fuerzas de desembarco tampoco era un indicio alentador para el cumplimiento de los planes previstos.
El intento definitivo. Los ingleses ponen pie en tierra tinerfeña
 
          Mientras tanto, al Sur del Castillo de San Cristóbal, y muy cercano a él, un grupo de ingleses no muy numeroso conseguía llegar a tierra. Entre ellos se encontraba el capitán Troubridge, jefe de las fuerzas de desembarco y que portaba un ultimátum para entregar al jefe de los defensores. Se dirigieron, evitando acercarse al castillo, a la Plaza Principal o de la Pila, y se mantuvieron agrupados y en silencio en su parte Oeste esperando poder colaborar en el ataque previsto a la fortaleza cuando por el Norte y Sur desembarcasen más fuerzas
 
          La mayor parte de las lanchas, unas 20, con más o menos 800 hombres, enfilaron la playa de la Carnicería, en la desembocadura del Barranco de Santos, pero ante la dura oposición que desde tierra les hacía el Batallón de Infantería de Canarias, con grandes esfuerzos, perdiendo lanchas y hombres, viraron hacia su derecha, es decir hacia el Norte y se dirigieron a otra pequeña playa, formada por la desembocadura del Barranquillo del Aceite. Tras fuerte lucha con los escasos 40 hombres de las Banderas de Cuba y La Habana y milicianos de refuerzo que defendían la zona, y tras sufrir nuevas bajas y perder más de una lancha, pusieron pie en tierra y comenzaron a internarse en la población, con muy poca oposición del cercano Baluarte de la Concepción, desde cuyas troneras se dominaba la playa, dado que la mayor parte de su guarnición había huido.
          Habrá observado el lector que en un par de ocasiones hemos hablado de huidas o deserciones de nuestra gente apenas tomado contacto con el enemigo o, incluso, sin que se hubiese producido. Vaya en descargo, si es que se quiere encontrar alguna justificación al hecho, que se trataba de milicianos mal instruidos y en cuya moral de combate había influido sobremanera un rumor que se extendió acerca de que el general Gutiérrez había sido muerto en los primeros momentos de la acción. Y aunque en los dos casos citados su deserción hubiese sido de importancia para el desarrollo de los acontecimientos posteriores, bien es verdad que la gran parte de los milicianos, especialmente los que se encontraban encuadrados para completar plantillas en el Batallón de Infantería o en las Banderas de Cuba y La Habana, y los que reforzaron las dotaciones de las Baterías se comportaron dignísimamente en la dura lucha que sostuvieron contra un experimentado enemigo.
          El importante grupo de ingleses que acababa de poner pie en tierra por el Barranquillo del Aceite se acercó hacia su derecha al Castillo, por la zona de La Caleta, esperando verse apoyados por los que creían que habrían desembarcado por el Norte de éste, pero para su sorpresa (ya vimos lo que le había ocurrido al grupo en el que viajaba Nelson), unos 60 hombres salidos de la fortaleza les efectuaron varias descargas de fusilería, que les ocasionaron más bajas y les obligaron a internarse en las callejuelas que se dirigían hacia el Oeste, hacia el interior del Lugar, alejándolos de su objetivo y llevándolos a una trampa mortal.
El intento definitivo. La lucha en las calles
 
          La falta de información acerca de que lo que estaba sucediendo a extramuros del Castillo estaba sembrando la incertidumbre en Gutiérrez y sus colaboradores. Si bien desde la terraza superior de la fortaleza se podía saber que la defensa había sido un éxito en la zona de la Playa de la Alameda y que el muelle se encontraba ya libre de enemigos, el desconocimiento de lo que ocurría en la parte Sur del litoral santacrucero, el continuado tiroteo y algunas informaciones recibidas acerca de la situación por parte de varios paisanos que aseguraban que el enemigo estaba dentro de la población y muy cercano a la victoria, empezaban a hacer mella en los ánimos. Por si fuera poco, no había noticias de la principal baza de la defensa, el Batallón de Infantería.
          En esa tesitura, varios componentes de la Plana Mayor de Gutiérrez se ofrecieron  a recabar nuevas. Fue el teniente Vicente Siera quien, tras efectuar una descubierta hacia el Sur y establecer contacto con los elementos más avanzados del Batallón, que se movía en dirección al Castillo, regresó con el más gozoso de los informes: “¡El Batallón está intacto!”
          A partir de ese momento, aproximadamente las 4 de la madrugada, empezó a desarrollarse una feroz lucha en las oscuras calles santacruceras. Los ingleses que estaban en la Plaza de la Pila, pudieron contactar con sus compatriotas que subían desde La Caleta tras ser rechazados casi en las puertas del castillo y se unieron a ellos, pero la presión de los españoles -ahora ya con el Batallón totalmente involucrado en la caza- se hizo insoportable. Gutiérrez había ordenado que el Batallón constituyese 4 destacamentos de 40 hombres cada uno que fueron taponando bocacalles, apoyados por la eficaz acción de los “violentos”, aquellos cañoncitos de campaña de 40 mm.
          El alcalde del Lugar, don Domingo Vicente Marrero escribiría en su Relación que “el escopeteo era tan vivo por ambas partes en las calles y en las plazas… que parecía que no habría de amanecer una persona viva…” Y un testigo presencial contaría en una carta que “cada calle era un volcán…”
          No quedó más remedio a los invasores, como consecuencia del empuje de los tinerfeños, que seguir el camino hacia el Oeste, por las calles del pueblo, al que les habían obligado casi desde la orilla del mar… y, de pronto, al llegar a una plaza, se toparon con un gran edificio que, al menos, ofrecía refugio y protección contra las balas que zumbaban a su alrededor y que, en bastantes ocasiones, encontraban su objetivo.
El intento definitivo. Los ingleses copados
          Se trataba del convento de Santo Domingo, cuya entrada forzaron. Las tornas habían cambiado y ahora eran ellos quienes debían defenderse entre cuatro muros de los españoles que comenzaron a rodear el gran caserón.
          Mientras tanto, en las playas se destruían las lanchas de desembarco inglesas que habían varado (hay constancia de que así se hizo con 18) y se seguían capturando prisioneros entre sus tripulaciones, heridos y rezagados. Y como el muelle estaba en nuestro poder, se encomendó al teniente Grandy (el que tuvo la idea de abrir la tronera para emplazar el cañón que tan eficaz fue en la playa de la Alameda) que pusiese en estado de servicio, y sirviese, con unos cuantos hombres, la batería casi por completo “clavada” por los ingleses en los primeros momentos del desembarco. Pronto sus 7 piezas iban a rendir un importante servicio.
          Cerca de las 5 horas de aquel 25 de julio, el teniente coronel Guinther, jefe del Batallón de Infantería, conminaba a los ingleses encerrados en Santo Domingo a entregarse, pero éstos se negaban manteniendo la esperanza de ser auxiliados desde la escuadra. Y así se intentó, pues apenas empezaba a clarear cuando desde los barcos se enviaba una segunda oleada de cerca de 400 hombres embarcados en unas 15 lanchas, pero, de nuevo, la artillería costera demostraba su eficacia. Desde el castillo principal se hundía una de las lanchas, pero aún fue más precisa la batería más adelantada, la del muelle, recién “desclavada” por Grandy y los suyos, que hizo impacto directo en dos botes. La barrera de metralla detuvo al resto que, en completo desorden, regresó a sus buques, dejando atrás más de medio centenar de muertos y ahogados.
          Siguieron pasando los minutos, ya no se oían disparos en el pueblo y, desde la torre de la iglesia del convento, los sitiados habrían presenciado el descalabro sufrido por las lanchas de la oleada de refuerzos. Y lo peor de todo… ¿qué le habría ocurrido a Nelson?
          Aún en esas circunstancias, y en tres ocasiones, el capitán Trowbridge envió parlamentarios al general Gutiérrez intentando amedrentarle con su amenaza repetida de incendiar el pueblo. Amenazas que, en su situación, no pasaban de meras baladronadas y a las que siempre contestó el Comandante General de idéntica manera: Que “aún disponía de hombres y municiones”, añadiendo que “si se rendían serían tratados con humanidad, pero que en caso contrario no se les daría cuartel.”
          Y parecía quedar claro este hecho, pues alrededor del convento comenzaban a apilarse maderas, leñas y otros materiales combustibles, claro indicio de que quizás se estaba pensando prender fuego al edificio.
La capitulación
          Casi a las 6 de la mañana, perdida por Troubridge toda esperanza, no ya de victoria, sino siquiera fuese de ayuda, envió un oficial con bandera blanca, quien con los ojos vendados fue llevado a presencia de Gutiérrez; aunque comenzó su perorata con la consabida amenaza expuesta anteriormente, ante la firme actitud de  nuestro General aceptó capitular, siempre que “se le concedieran los honores de la guerra”. El Comandante General accedió a ello, pero con la condición de que aquella escuadra británica se comprometiera a no volver a atacar Tenerife ni a ninguna de las demás islas de Canarias.
          Poco después el acuerdo era ratificado y firmado ante Gutiérrez por el capitán Hood, quien luego, acompañado de nuestro representante, el Capitán de Mar Carlos Adan -designado por el general Gutiérrez- se trasladaba a bordo del Theseus, para informar a Nelson, quien sufría fuertes dolores, de las condiciones de la capitulación, que sería aceptada por el contralmirante en todos sus términos, incluyendo el entregar en Cádiz cualquier informe que el Comandante General quisiera hacer llegar a la Península. Por ese medio tendría la Corte española conocimiento de la victoria obtenida.
Las bajas
          Por parte de los defensores se sufrieron unas 60 bajas, de las que 24 fueron mortales (1 teniente coronel, 1 subteniente, 14 soldados y milicianos -2 de ellos artilleros y el resto infantes-, 6 civiles y 2 marineros franceses). En el bando inglés fueron mucho más elevadas, aunque varían grandemente según las fuentes. Las españolas las cifran en más de 800 (posiblemente incluyendo también los muchos prisioneros), mientras que Nelson, en su informe a Jervis, recoge más de 250, entre ellas 44 muertos y 102 ahogados, pero la opinión generalizada entre los estudiosos del tema es que el contralmirante quiso paliar el tremendo fracaso maquillando cifras en aquel documento oficial, pues en él no se incluyen los ahogados del Fox.
          Otra forma de contabilizar las bajas inglesas -como sugieren los autores de La historia del 25 de Julio a la luz de las Fuentes Documentales (2)– consiste en restar de los desembarcados en la madrugada los reembarcados a lo largo de la mañana y la tarde del día 25, y, aunque se parta de cifras redondas, si a los más de 1.200 de la oleada inicial se deducen los aproximadamente 670 que volvieron a sus buques, (en barcas españolas, pues las inglesas habían sido destrozadas en las playas, como ya vimos) pero se añaden los tripulantes de los tres botes hundidos en el intento de refuerzo que murieron o se ahogaron, se llega a un total aproximado de 600 bajas definitivas, es decir, cercano al 50% de los efectivos ingleses empeñados en la acción.
La caballerosidad de los vencedores
         Tras desfilar los vencidos británicos por la Plaza de la Pila, donde estaban formadas las Unidades españolas y los marineros franceses de La Mutine, se les concentró en el muelle y sus inmediaciones. Más tarde se les incorporarían los numerosos prisioneros (y al día siguiente, el 26, se reembarcarían también sus heridos, que estaban siendo atendidos en los dos hospitales de la Plaza). Allí se les repartió “un abundante refresco de pan, frutas y vino”, siendo tantas las atenciones con los derrotados que ellos mismos confesaron que habían  quedado atónitos ante tantas muestras de humanidad.
          Nelson agradeció ese comportamiento en una carta a Gutiérrez (seguramente el primer documento que firmó con su mano izquierda), y en prueba de ello le regalaba  unos anteojos de visión nocturna y le obsequiaba con un queso y una barrica de cerveza inglesa, a lo que correspondió nuestro general con otra misiva a la que adjuntaba dos garrafones de vino tinerfeño.
          Y el día 27 levaban anclas los barcos ingleses. En las aguas de la rada de Santa Cruz Nelson dejaba, junto a sus esperanzas de una trascendental victoria, los cuerpos de centenares de sus hombres, un barco… y su propio brazo derecho.
Los términos de la capitulación objeto de disensiones
          Ya hemos visto que Gutiérrez aceptó que los ingleses, aunque claramente derrotados, fueran tratados “con los honores de la guerra”, lo que no fue aceptado de buen ánimo por algunos de los propios defensores. Varios personajes destacados de la sociedad tinerfeña criticaron con dureza al Comandante General, como el alcalde Marrero quién llegó a escribir que “nuestros isleños no han tenido la mínima culpa de esto, pues para nuestra fortuna ningún hijo de Santa Cruz ni de Tenerife tuvo parte en la capitulación que con tanta razón vituperáis”, en clarísima alusión a la ascendencia burgalesa de Gutiérrez. Con los años, si bien pareció prevalecer la opinión de que el acuerdo alcanzado había sido el único posible y el más ventajoso para Tenerife y Canarias, de vez en cuando volvían a surgir las críticas, y hasta tiempos recientísimos hemos seguido leyendo en la prensa tinerfeña y canaria diatribas de corifeos de Marrero que atacaban con dureza inusitada la decisión de nuestro general, calificándole de pusilánime o incluso de cobarde.
          Pero todo ha quedado aclarado recientemente. Como ya vimos, Gutiérrez, aceptando el ofrecimiento inglés, había enviado a la Corte noticias de la victoria en un escueto mensaje que los británicos entregaron al Gobernador Militar de Cádiz en un gesto que les honra. A la vez, temiendo quizás que esa primera comunicación no llegase a su destino, remitió otro parte mediante un Subteniente de los Correos Reales que, tras azaroso viaje, lo entregó en Madrid. A estas dos primeras misivas contestó el Ministro de la Guerra, don Juan Manuel Álvarez felicitando a los vencedores, pero añadiendo un párrafo que rezaba así:
                      “Asimismo espera S.M. que embie (sic)… noticia más circunstanciada del… suceso, con expresión de las causas que le hayan movido a capitular con los comandantes ingleses el no embarazar o perseguir a sus tropas en el reembarco».
          Esta velada, o no tan velada, reconvención -argumento principal esgrimido por los críticos del general Gutiérrez- fue inmediatamente rebatida por éste en carta que parecía haber desaparecido hasta tiempos muy recientes. Lo cierto es que la contestación del Ministro no dejaba lugar a dudas, pues le aseguraba que explicadas “las causas que le precisaron a no hacer prisioneras a las Tropas Ynglesas (sic)… se ha enterado S.M. y se ha servido aprobarlo.”
          La Corona concedía al Comandante General la Encomienda de Esparragal de la Orden de Alcántara como premio a su victoria, y a la población escudo de armas (con las 3 cabezas de león de la que la tercera representaba la actual victoria), el privilegio de Villazgo, los títulos de Muy Leal, Noble e Invicta y el nombre de Santa Cruz de Santiago de Tenerife, reconociendo en la denominación oficial el compatronazgo sobre la población del sagrado símbolo del cristianismo y del apóstol en cuyo día se obtuvo la victoria.
          Pero…¿qué le escribió Gutiérrez al Rey en la famosa carta perdida, de modo que le convenciera de que había obrado correctamente aunque no llevase a cabo el “embarazar o perseguir” a los ingleses?.
 
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NOTAS
 (1) Embarcación pequeña, de bastante calado, muy veloz y maniobrera, armada generalmente con aproximadamente una docena de bocas de fuego.
(2) COLA BENÍTEZ, L, GARCÍA PULIDO, D. op. cit. pp. 178-179. Santa Cruz de Tenerife, 1999.
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CAPÍTULO  3
 
LA GRAN MENTIRA BRITÁNICA SOBRE NELSON Y TENERIFE
 
La tercera carta de Gutiérrez: la carta perdida.
 
          Ya ha quedado dicho en el capítulo anterior que el Comandante General había contestado (con fecha 20 de octubre de aquel 1797) a la solicitud de explicaciones que le demandaba el Ministro de la Guerra,  pero esa respuesta no aparecía entre la documentación relativa a la Gesta del 25 de Julio, por lo que los detractores de Gutiérrez podían seguir con sus acusaciones, pese a, como sabemos,  la aprobación a lo actuado recibida de Carlos IV.
          Pero el año 2000, en trabajos relacionados con los primeros balbuceos del Sistema de Acción Cultural de la Defensa, en Tenerife y en uno de los órganos del recién creado Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias, el Archivo Intermedio Regional, un equipo de catalogación, bajo la batuta de su entonces director, el coronel de Artillería Enrique Segura Montolío, localizaba la famosa carta, perdida, sencillamente, porque “alguna vez, alguien” la guardó en una carpeta que no se correspondía con el tema en cuestión.
 
          En ella, tras agradecer el Comandante General al Rey su felicitación por la victoria, comienza aclarando que no le había parecido correcto “… realzarla explicando los cortos medios con que se había  alcanzado…”, aunque ahora ya detalla las deficiencias de personal: “…las Tropas que yo tenía a mis órdenes, a excepción del Batallón de Infantería de Canarias, reducido a un corto número de hombres, eran… compuestas de una milicia llena de celo y buen deseo, pero que inexperta y sin conocimiento del arte de la Guerra…”, haciendo constar que en la lucha “… apenas había logrado ver a 300 de los nuestros reunidos…”, cuando por sus informaciones los ingleses tenían “… dentro de la Plaza 800 hombres disciplinados y perfectamente armados:..”; y material con que se contaba: “… no haber aquí armamento que entregar al paisanaje y del mal estado en que se halla el que existe en poder de la tropa…”; y con mención especial a la artillería: “Las baterías que sin flanquearse ocupan una extensión de cerca de tres cuartos de legua se hallaban servidas por una corta dotación de gente cansada con tres días de continua fatiga y riesgo, sin haber con quien reemplazarla…”. De hecho, en este importante punto baste decir que si las plantillas alcanzaban un total de 728 artilleros, el número de sirvientes llegaba sólo a 375, en alerta permanente desde las primeras horas del día 22.
          Además, allí fuera había una importante escuadra más que suficiente para proteger un nuevo desembarco de tropas que “indubitablemente hubieran vuelto a emprender…”. Una escuadra que como vimos al principio de la serie, embarcaba una importante artillería que podría hacer mucho daño a la población, cuyas casas eran mayoritariamente de madera, en cuanto las corrientes marinas variasen y permitiesen su acercamiento a tierra.
          Hace constar también Gutiérrez el peligro que corrían los prisioneros españoles encerrados con los ingleses en Santo Domingo si continuaba la lucha, que podría provocar “… un sacrificio inútil de la vida de muchos buenos vasallos de S.M.….”
          Y en esa circunstancia, los ingleses ofrecen capitular, a juicio de nuestro Comandante General, “por la falta del muy considerable número de oficiales muertos y heridos y que confundidos y muy ajenos de mi crítica situación calcularon sin duda el número de mis tropas por el vivo y sostenido fuego que les hizo el corto número de ellas.” A este respecto es significativo que el capitán Troubridge, en su informe a Nelson, escriba que en la lucha en el interior de la población “encontramos todas las calles defendidas por piezas de campaña y más de 8.000 españoles y 100 franceses acercándose por todas las avenidas.”
          Pongámonos por un momento en la situación del Comandante General don Antonio Gutiérrez y analicemos lo que ha ocurrido, lo que ocurre y lo que puede ocurrir.
          Hasta el momento, no sólo las acertadas predicciones tácticas y los cuidadosos preparativos logísticos, dentro de la precariedad de medios expuesta, la intensidad de fuego y la eficacia demostrada por las baterías artilleras, el valor de muchos, civiles y militares, y la preparación y disciplina del Batallón de Infantería de Canarias han sido factores fundamentales para lo conseguido. También ha influido ese elemento que Napoleón deseaba tuviesen sus generales: la suerte. Porque, efectivamente, la suerte ha estado del lado español desde el principio. Pensemos en el inesperado aviso que da una humilde campesina a los centinelas de Paso Alto en el frustrado desembarco inglés de las primeras horas del 22 de julio; en las corrientes marinas que hacen penosísimo el acercamiento de las lanchas a tierra ese mismo día, y el enorme calor que agobia a los invasores en las alturas de El Ramonal y contribuye a que se vean obligados a reembarcar al caer la tarde; en las mismas corrientes que hacen muy difícil el acercamiento de la escuadra inglesa a la costa y atacar nuestras baterías y la población, a la par que dispersan las lanchas que componen la  primera oleada de desembarco; la intuición del teniente Grandy y su insistencia, aceptada por el mando, en situar un cañón para que batiese una playa cercana al Castillo de San Cristóbal, centro neurálgico de la defensa; y el acierto de los artilleros que servían ese cañón al alcanzar con su fuego ni más ni menos que al propio Comandante en Jefe  de los ingleses…
          Lo que ocurre es que los ingleses están totalmente engañados con respecto a la entidad de nuestras fuerzas, que multiplican por más de 15, están desorientados ante la pérdida de varios de sus jefes y oficiales, posiblemente cansados y hambrientos… pero son varios centenares de hombres duros, disciplinados y bien armados. Y por nuestro bando, la moral está muy alta,  pero la realidad es que somos pocos, mal armados y en buena parte sin apenas instrucción militar.
          ¿Qué podría ocurrir si se rechazaba la capitulación y se continuaba la lucha? Pues que seguiría aumentando el número de muertos por ambos bandos, y persistiría la resistencia británica desde el interior del convento por unas horas, quizás un día o dos… hasta que las condiciones de la mar cambiasen, la escuadra se acercase a tierra y, su superioridad en medios de fuego (en realidad, unas pocas bombas incendiarias bastarían) convertiría el humilde Lugar de Santa Cruz en una hoguera. Y la hipótesis más favorable -que se lograra derrotar por completo a los ingleses desembarcados- se convertiría en la más peligrosa, pues era más que posible que en apenas unas semanas un contingente aún mayor que el que mandaba Nelson apareciera frente a la isla para tomar cumplida venganza de la derrota, sin que, por el citado motivo del bloqueo de nuestra flota en Cádiz, Canarias pudiera ser socorrida.
          Y Gutiérrez tomó la decisión más correcta: aceptar la capitulación propuesta por los ingleses, aún con el punto que tanto picó el amor propio de muchos defensores, el de que reembarcarían con las armas que aún conservaban. Claro que muchos olvidaron, y aún olvidan, que, en contrapartida, el general español exigió que los británicos se comprometiesen a que ningún buque de aquella escuadra, en sus propias palabras, “ofendiese a ésta ni a las demás Islas a mi cargo.”
El escaso eco en la historiografía española y la falacia de la británica
 
          Es posible que algún lector se haya sorprendido al leer esta serie pues, por desgracia,  hasta muy recientemente en los libros de historia españoles la derrota de Nelson en Tenerife ni se citaba en la mayoría de los casos, y cuando se hacía apenas era para dedicarle un pequeño párrafo. Hay excepciones importantes como la del Marqués de Lozoya (1) que reconocía que “..La defensa de Tenerife es la página más gloriosa de la historia canaria desde su incorporación a España…». Y también es de reseñar que don Antonio Ruméu de Armas Finaliza su monumental Canarias y el Atlántico con un capítulo dedicado a aquella defensa de 1797. Pero a escala nacional, prácticamente nada.
          ¿Cuál fue la causa de ese silencio? No lo sé, pero quizás otros dos hechos de trascendental importancia, como fueron la derrota de Trafalgar y la Guerra de la Independencia, acaecidos pocos años después, apantallaron la “Gesta del 25 de Julio” que, por ello, no fue considerada por los historiadores tan importante como para dedicar su tiempo a analizar en profundidad lo que podría haber sucedido si Nelson hubiese tenido éxito en su intentona.
          Cuando se iba a celebrar el 2º centenario de la victoria (1997), nació en Tenerife una asociación histórico-cultural, la Tertulia Amigos del 25 de Julio, gracias a la cual hoy se conoce prácticamente todo lo relativo a los hechos que tuvieron lugar aquel año en la isla del Teide.
          Pero puede ser que también confundiera a los historiadores españoles otra cortina de humo: la de la mentira con que los ingleses quisieron, y siguen queriendo, disimular el fracaso del más grande de sus marinos, de uno de sus principales héroes nacionales. Porque, falazmente, la historiografía británica ha tratado de desvirtuar la realidad hasta términos realmente inverosímiles. Si usted busca el hecho en algún libro de historia inglés, si tiene suerte y encuentra algo relativo al ataque a Tenerife, verá que siempre se repite que Nelson tenía la exclusiva misión de llevarse un barco “cargado de riquezas” que había venido de Filipinas y que, ante la inseguridad naval reinante, estaba fondeado en Santa Cruz.
          Al cumplirse el bicentenario de la Gesta, el Teniente General Jefe del Mando de Canarias, don Vicente Ripoll Valls (q.e.p.d.), escribió en el prólogo a uno de los libros (2) que por entonces se editaron:
          “Londres sentía la necesidad de asegurarse la ruta hacia la fabulosa India, pero para ello necesitaba bases en el Atlántico y el Índico. Disponía ya de Nigeria, Zanzíbar y Adén,… consiguiendo en 1795 expulsar de El Cabo a los holandeses. Sólo quedaba, por tanto, alcanzar el dominio de las Canarias para completar la ruta de apoyo logístico a las colonias asiáticas. La tentación era muy fuerte”.
          Sólo les hacía falta una ocasión favorable… y ésta se presentó con la victoria de San Vicente en febrero de 1797 y el bloqueo de la escuadra española en Cádiz.
 
           Por mucho que repitan los ingleses que Nelson se dio una vuelta por las islas para llevarse un barco, la lógica más elemental se opone a esa teoría. Veamos: aquella misma primavera, como se contó al principio de la serie, tan sólo dos fragatas inglesas se bastaron y sobraron para, en dos audaces incursiones, llevarse sendos barcos, uno español y otro francés, de la bahía de Santa Cruz. Y para una acción similar nada menos que un contralmirante, Horacio Nelson se había puesto al frente de cuatro navíos de línea, tres fragatas, un cúter y una obusera, con casi 400 cañones a su disposición y una fuerza de desembarco de unos 2.000 hombres.
          Sigamos: Quizás desde Londres se nos considere un poco torpes, pero esperar que el barco “cargado de riquezas” iba a seguir con ellas a bordo fondeado en la rada sin que a nadie se le ocurriera que, ante la imposibilidad de trasladarlas a la Península, estarían más seguras en tierra, es un absurdo total.
          Pero estos argumentos lógicos parecían estrellarse ante la propaganda británica, que de ellos hacía caso omiso. Claro que algunos historiadores serios se han tenido que rendir a la evidencia al difundirse un trabajo publicado entre 1844 y 1846 y titulado The Dispatches and Letters of Vice-Admiral Lord Viscount Nelson (3). De él destacan para nuestro tema los siguientes documentos:
          a) Una carta de Nelson al almirante Jervis, su superior (12-04-1797) en la que le propone una acción contra Tenerife que “… arruinaría a España y tiene todas las probabilidades de elevar a nuestra Nación al mayor grado de riqueza que nunca haya logrado…” (Y nos preguntamos: ¿con tan sólo el robo de un barco todo ese beneficio?). Para llevarla a cabo, pide Nelson al almirante que ponga a su disposición ni más ni menos que “…el Ejército del Elba, con sus 3.700 hombres, cañones morteros y todo el equipamiento ya embarcado; ellos harían el trabajo en tres días, probablemente en mucho menos:” (Y, perplejos, seguimos preguntándonos: ¿Para apresar un barco ese formidable despliegue? ¿Y “sólo” en menos de 72 horas?). Finalmente, en la misma carta, Nelson parece conformarse, si lo anterior no fuese posible, “con los Royals, unos 600, (que) están en la Flota, con artillería suficiente para el asalto. Usted tiene la capacidad de conseguir los buques almacén; otros 1.000 hombres adicionales aún asegurarían más el éxito de la empresa…» (Vamos, que ni para llevarse el Enterprise estadounidense…).
          b) La correspondencia mantenida entre Nelson y Jervis, una vez que éste autorizó la operación. Transcribimos su traducción al castellano recogida en la citada Addenda:
                    Nelson: Cuando se envíe la Intimación para exigir la rendición inmediata de Santa Cruz, o de la isla entera, con la entrega de la totalidad de los cargamentos de todos aquellos barcos que estén atracados en ese lugar, y todo tipo de bienes, además de cañones, mercancías, etc., con excepción de los que perjudiquen al crecimiento actual de la Isla de Tenerife, o de los productos destinados al consumo de los habitantes de la misma que estén en poder de los comerciantes, deseo saber si sus órdenes incluyen que, a la vez, demande una contribución en dólares para la conservación del resto de las propiedades de la Isla de Tenerife, así como de las embarcaciones empleadas en la Costa Africana.
 
                    Jervis: “No debe demandar ninguna contribución si todo se entrega”.
 
                    Nelson: “¿Es su opinión que la intimación sea dirigida a la Isla de Tenerife en su conjunto, o únicamente a la población de Santa Cruz y al distrito que le pertenece?”
 
                    Jervis: “A la totalidad de la isla”.
 
                    Nelson: “¿Qué contribución desea que solicite para la preservación de la propiedad privada, con la excepción anteriormente expuesta, por lo que respecta a Gran Canaria?”
 
                    Jervis: “Palma, Gomera, Fierro, Forte Ventura, Lancerote.
 
                    Nelson: “Y en el caso de una negativa a la que yo pueda considerar unos términos razonables, ¿hasta cuando continuaré con la propiedad del lugar?”
          A esta pregunta no respondió Jervis. Queda más que claro que Nelson no emprendió la aventura que tan cara le salió para llevarse un barco; ni siquiera para conquistar un puerto o la isla de Tenerife. En las respuestas de Jervis queda expuesta la verdadera intención de la operación en aquel verano de 1797: Ocupar Canarias, el eslabón en la ruta a las Indias que les faltaba, como hemos visto que escribió el General Ripoll Valls.
La intimación de Nelson a Gutiérrez
 
          En el capítulo anterior, al tratar del tema de la correspondencia entre Nelson y Jervis, ha salido a colación la intimación que Nelson enviaba al “gobernador u oficial comandante de Santa Cruz”. Este documento, recogido en una obra publicada a raíz del Bicentenario de la Gesta (4), está incluido en los folios 170-171 de los Nelson Papers y había ya sido comentado por varios autores españoles, entre ellos el Director de la Real Academia de la Historia don Antonio Rumeu de Armas. Vamos a repasarlo dejando al lector las consideraciones que crea oportunas.
          El ultimátum, que debía haber sido entregado por el capitán Troubridge, el jefe de las fuerzas de desembarco, a la máxima autoridad militar de la plaza, no llegó a manos de éste por las circunstancias del combate que se han expuesto en capítulos anteriores. El documento, fechado el 20 de julio, consiste en una carta de Nelson compuesta por un preámbulo y 5 artículos.
          Al principio comienza aclarando que ha venido “a exigir la inmediata entrega del navío Príncipe de Asturias… junto con su entero y completo cargamento, y así mismo todos aquellos cargamentos y propiedades que hayan podido ser desembarcados en la isla… y que no sean para el consumo de sus habitantes”. Para ello el inglés dice que “ofrezco los términos más honrosos y liberales, que si son rechazados los horrores de la guerra que recaerán sobre los habitantes de Tenerife deberán ser imputados por el mundo a vos, y a vos únicamente, pues destruiré Santa Cruz y las demás poblaciones de la Isla por medio de un bombardeo, exigiendo una muy pesada contribución…”.
          Hasta aquí todo parece concordar en alguna manera con las tesis inglesas de que Nelson sólo buscaba apoderarse de un barco, aunque incluya también en el botín “otros cargamentos y propiedades”, pero sigamos leyendo y veamos cuales eran los “términos honrosos y liberales” que se recogen en los 5 artículos que a continuación se transcriben literalmente:
                    Primero: “Deberán entregárseme los fuertes poniendo al momento a las fuerzas británicas en posesión de las puertas.”
                  Segundo: “La guarnición depondrá las armas, permitiéndose sin embargo a los oficiales que conserven sus espadas y aquélla, sin condición de ser prisionera de guerra, será transportada a España o quedará en la isla, siempre que su conducta agrade al oficial comandante.” Es decir a Nelson.
                   Tercero: “Con tal de que se cumpla con que me entreguen los cargamentos ya citados, no se exigirá a los habitantes ni la más pequeña contribución; al contrario, gozarán bajo mi protección de toda seguridad en sus personas y propiedades.”
                Cuarto: “No se ejercerá intervención alguna en la Santa Religión Católica; sus ministros y todas sus órdenes religiosas estarán bajo mi especial cuidado y protección.”
                  Quinto: “Las leyes y magistrados vigentes continuarán como hasta aquí, a no ser que la mayoría de los isleños desee otra cosa.”
          Para concluir la carta con: “Aceptados todos estos artículos, los habitantes de Santa Cruz depositarán sus armas en una casa al cuidado del Obispo y del primer magistrado, siendo muy honorífico para mí el consultar con estos señores todas las ventajas que puedan proporcionar a los habitantes. Horatio Nelson.» Y añadiendo como postdata que: “Espero media hora para la aceptación o la repulsa.”
Conclusión.
          Llegados a este punto, pocas dudas le habrán quedado al lector acerca de las verdaderas intenciones de los británicos. La incongruencia del ultimátum, que empieza exigiendo la entrega de un barco, para inmediatamente demandar la rendición de la guarnición -con su posible deportación a la Península- y la entrega de los fuertes, además de las promesas de no exigir contribuciones y proteger a la Iglesia Católica y al vigente sistema judicial y político, no parecen, precisamente, indicios de que se conformarían con el robo del barco y de que la estancia en tierra pensaba ser corta.
          En este verano de 2013 en el que el tema de Gibraltar acapara primeras páginas y editoriales, es fácil constatar la semejanza de las condiciones de rendición propuestas a gibraltareños y tinerfeños. Aquel otro verano, el de 1797, también pudimos perder Canarias, y si repasamos las vicisitudes históricas por las que pasó nuestra Patria a partir de aquella fecha (el ya citado bloqueo de la escuadra, la derrota de Trafalgar en 1805, la Guerra de la Independencia entre 1808 y 1814, las guerras de emancipación de nuestras posesiones americanas, las guerras carlistas, las disensiones políticas del XIX…) sinceramente creemos que no hubiésemos podido recuperarlas ni militar ni diplomáticamente. Y hasta es posible que, a semejanza de Utrecht, Fernando VII hubiese firmado un Tratado para agradecer a Inglaterra y a Wellington su apoyo en la Guerra de la Independencia, concediéndole a perpetuidad “el uso” de las Canarias…
          Nelson vino a Tenerife, digan lo que digan y se pongan como se pongan sus compatriotas, a por Canarias. En otro lugar dijimos que el suceso es también casi desconocido por los británicos, y eso se constata en las caras de asombro de los turistas de Albión que visitan el Museo Histórico Militar de Canarias en el antiguo cuartel de Almeyda de Santa Cruz de Tenerife. Allí, las dos banderas inglesas, las armas y el material tomados al enemigo, y el relato, en una maravillosa maqueta de la Santa Cruz de 1797, de los tres días que duró la Gesta, les impresionan profundamente. Y al abandonar el Museo miran con cierto respeto, apenas a dos centenares de metros, las aguas de la rada en que se perdieron para siempre cientos de marineros ingleses y el brazo derecho de su uno de sus más famosos compatriotas. Seguramente más de uno se preguntará cómo podría haber cambiado la historia de Inglaterra si aquel trozo de metralla que hirió al contralmirante, con un desvío de centímetros, hubiese acabado con su vida.
          Y frente a ellos, en la entrada del recinto, sigue ondeando la bandera roja y gualda, como en aquellos días del verano de 1797 en que la Virgen de Candelaria -y con ella Canarias- no quisieron ser inglesas.
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Consejo: A lo mejor al lector le han quedado ganas de conocer más detalles acerca de este hecho tan desconocido de nuestra Historia. En este caso, le recomiendo la entrada en la página web de la Tertulia Amigos del 25 de Julio (www. amigos25julio.com), en la que encontrará abundante bibliografía y conferencias sobre el tema, pudiendo incluso descargarse algunas de las obras.
 
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NOTAS
(1) Historia de España, Tomo V, p. 355. Madrid, 1968.
(2) Varios autores. La Gesta del 25 de Julio de 1797 (Catálogo). Santa Cruza de Tenerife, 1797.
(3) Ontoria Oquillas, P., Cola Benítez, L., García Pulido, D. Addenda a las Fuentes documentales del 25 de julio de 1797. pp- 84-88. Santa Cruz de Tenerife, 2008
(4) Ontoria Oquillas, P., Cola Benítez, L. y García Pulido, D. Fuentes documentales del 25 de Julio de 1797. p. 311. Madrid, 1997.
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