Entrevista a Daniel García Pulido
A cargo de Eduardo García Rojas
Publicada en el Diario de Avisos el 2 de agosto de 2026.
Núñez de la Peña fue mucho más que el autor de un historia de Canarias.
La publicación del Libro de las antigüedades y conquista de las islas de Canarias (1669) y de Conquista y antigüedades de las islas de la Gran Canaria y su descripción (1676) deberia de entenderse como un acontecimiento ya que rescata unos textos que permanecían injustamente olvidades. El encargado de ambas ediciones, de sus transcripciones y notas, es el investigador Daniel García Pulido (Santa Cruz de Tenerife, 1975), responsable, entre otras obras, de Diario de José de Anchieta y Alarcón (1705-1762), Fuentes documentales del 25 de Julio de 1797, en colaboración con Pedro Ontoria Oquillas y Luis Cola Benítez, y junto al catedrático de Historia Manuel de Paz Sánchez de la colección Amaro Pargo. Documentos de una vida, que lleva publicados algo más de 30 volúmenes.
Para Daniel García Pulido la transcrpción constituye un ejercicio de paciencia, método y respeto absoluto hacia el documento original. «Es un trabajo que exige avanzar lentamente, verificando cada palabra, cada abreviatura y cada grafía, consciente de que cualquier pequeño error puede alterar el sentido de un texto que ha permanecido inalterado durante siglos.»
¿Quién fue Juan Núñez de la Peña?
Juan Núñez de la Peña (1641-1721) fue un cronista lagunero, notario eclesiástico y del Santo Oficio que desempeñó una labor absolutamente fundamental para la historia de Canarias, aunque durante mucho tiempo no haya recibido el reconocimiento que merece. Además de sus responsabilidades administrativas, desarrolló una intensa actividad al servicio del antiguo Cabildo de Tenerife, donde emprendió la organización del archivo insular en una época en la que la documentación se encontraba dispersa y carecía de un sistema de clasificación.
Gracias a ese trabajo ordenó y catalogó un extraordinario conjunto de fuentes —datas de repartimiento, actas capitulares, reales cédulas, nombramientos, ordenanzas y otros documentos oficiales— que no solo preservó, sino que convirtió en la base documental sobre la que construiría posteriormente su propia obra historiográfica. Su interés por la genealogía le llevó, además, a convertirse en una autoridad en esta materia, hasta el punto de ser nombrado por la Corona cronista general de Castilla y León.
En definitiva, Núñez de la Peña fue mucho más que el autor de una historia de Canarias: fue uno de los primeros grandes organizadores del patrimonio documental de Tenerife y un investigador que comprendió, antes que muchos de sus contemporáneos, que la historia debía sustentarse en la consulta directa de los documentos.
¿Por qué sigue siendo prácticamente un desconocido entre los aficionados a la historia de Canarias?
Paradójicamente, la figura de Núñez de la Peña ha permanecido durante siglos en un discreto segundo plano. Desde la publicación de la monumental obra de José de Viera y Clavijo, su aportación quedó progresivamente eclipsada por la del gran polígrafo ilustrado, hasta el punto de consolidarse una imagen excesivamente simplificada que lo presentaba como un mero recopilador o copista.
Sin embargo, la historia de la historiografía canaria es bastante más compleja y no debería construirse sobre esa oposición entre autores. Cada uno responde a un contexto intelectual distinto y cumple una función específica. Las primeras crónicas de la conquista reflejan la inmediatez de los acontecimientos; durante el siglo XVII, autores como Núñez de la Peña reinterpretan ese legado desde la sensibilidad de su tiempo, profundamente marcada por la Contrarreforma; y será ya en el siglo XVIII cuando Viera y Clavijo realice la gran síntesis ilustrada que marcará un antes y un después.
Quizá el mayor problema haya sido precisamente que muy pocos investigadores se han detenido a releer a Núñez de la Peña desde esta perspectiva. Si se hace ese ejercicio, resulta evidente el enorme esfuerzo documental que realizó para reconstruir la historia de Canarias durante los siglos XVI y XVII. Aunque apenas incorpora novedades sobre el mundo indígena, sí introduce una metodología mucho más sólida en el uso de referencias y notas marginales, sentando unas bases documentales cuya importancia todavía no ha sido suficientemente valorada.
Al parecer, Viera y Clavijo tuvo una destacada deuda con Núñez de la Peña. ¿Está de acuerdo? ¿Por qué?
Creo que sí, aunque conviene matizar esa afirmación. Es cierto que Viera y Clavijo, al emprender la redacción de su gran Historia de Canarias, sometió a revisión buena parte de la producción historiográfica precedente. En ese proceso mostró una actitud particularmente crítica hacia Antonio de Viana y también hacia Núñez de la Peña, a quien consideró, en gran medida, un compilador de materiales anteriores.
Sin embargo, esa valoración no impide reconocer que Viera terminó beneficiándose, aunque fuera de forma indirecta, del inmenso trabajo desarrollado previamente por Núñez de la Peña. No debemos olvidar que éste dedicó años a organizar y clasificar el archivo del Cabildo de Tenerife, facilitando el acceso a una ingente cantidad de documentación que, posteriormente, serviría de base para numerosos estudios históricos.
En ese sentido, más allá de los juicios que ambos autores puedan merecer desde el punto de vista historiográfico, existe una realidad difícilmente discutible: sin aquella silenciosa labor archivística realizada por Núñez de la Peña, el acceso a muchas de esas fuentes habría resultado considerablemente más complejo para las generaciones posteriores de investigadores.
¿Qué dificultades destacaría de su trabajo como editor, de la transcripción y de las notas de estos dos libros?
La edición de un texto histórico de estas características exige un trabajo extremadamente paciente, metódico y riguroso. La transcripción documental suele percibirse como una tarea casi mecánica, cuando en realidad constituye uno de los ejercicios más delicados del oficio del técnico especialista. Cada palabra, cada abreviatura, cada signo gráfico requiere ser interpretado con absoluta precisión para garantizar la fidelidad al documento original.
Con frecuencia se considera una labor secundaria frente a otros trabajos de investigación, pero ocurre justamente lo contrario: sin este tipo de ediciones resulta imposible poner al alcance de la comunidad científica fuentes primarias que, hasta ese momento, permanecían prácticamente inaccesibles. Es, por tanto, una tarea silenciosa, poco visible en ocasiones, pero absolutamente imprescindible para que otros investigadores puedan seguir avanzando en el conocimiento de nuestro pasado.
En estos dos libros, ¿se ha actualizado el lenguaje para facilitar la comprensión de los lectores? ¿Qué le llevó a tomar esa decisión?
El proceso editorial se desarrolló en varias fases claramente diferenciadas. En primer lugar se realizó una transcripción paleográfica íntegra, respetando escrupulosamente tanto el manuscrito original como la edición impresa de 1676. Sin embargo, una vez completado ese trabajo, surgió una cuestión fundamental: ¿tenía sentido reproducir nuevamente en papel un texto que ya podía consultarse mediante los facsímiles existentes y, además, accederse con relativa facilidad a la versión digitalizada del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de España?
Fue precisamente esa reflexión, unida a la acertada sugerencia del catedrático Manuel de Paz Sánchez —auténtico impulsor y alma de este proyecto editorial—, la que llevó a optar por una transcripción normalizada. El objetivo era facilitar una lectura mucho más cómoda y accesible para el lector actual, sin alterar en ningún momento el contenido ni el pensamiento de Núñez de la Peña.
En definitiva, la intención nunca fue modernizar la obra, sino eliminar las barreras paleográficas que dificultaban su consulta, permitiendo que tanto investigadores como lectores interesados pudieran acercarse a este texto con mayor facilidad, sin renunciar por ello al máximo rigor científico.
¿Qué destacaría del Libro de las antigüedades y conquista de las islas de Canaria y de Conquista y antigüedades de las islas de la Gran Canaria y su descripción?
Cada uno de estos volúmenes posee un valor propio y complementario. Del Libro de las antigüedades y conquista de las islas de Canaria destacaría, ante todo, que nos encontramos ante un manuscrito inédito. Su publicación permite descubrir a un Núñez de la Peña mucho más espontáneo y cercano, todavía ajeno a los condicionantes que inevitablemente acompañan a una obra destinada a la imprenta. En estas páginas encontramos razonamientos, valoraciones personales e incluso determinadas opiniones que posteriormente fueron suavizadas o eliminadas en la edición impresa de 1676. Es, en cierto modo, la oportunidad de escuchar al autor antes de que sometiera su propio discurso a un proceso de depuración.
Por su parte, Conquista y antigüedades de las islas de la Gran Canaria y su descripción representa la edición normalizada de la obra impresa en 1676, concebida para facilitar su consulta por el lector contemporáneo. Más allá del propio texto, uno de sus grandes valores reside en el amplio aparato de herramientas incorporado a la edición, especialmente los índices onomástico, toponímico y, de manera muy particular, el índice de materias. Estos instrumentos transforman una obra de consulta compleja en un recurso extraordinariamente accesible, permitiendo localizar de forma inmediata personas, lugares o temas concretos sin necesidad de recorrer íntegramente el volumen. Creo sinceramente que esta aportación multiplicará las posibilidades de utilización de la obra tanto para investigadores como para cualquier persona interesada en la historia de Canarias.
¿Qué puede encontrar el aficionado y el investigador de atractivo en estos dos volúmenes?
Durante demasiado tiempo, la imagen simplificada que se ha transmitido de Núñez de la Peña ha impedido valorar con justicia la verdadera riqueza de su obra. Quien se acerque hoy a estos volúmenes descubrirá un autor mucho más interesante y útil de lo que tradicionalmente se ha pensado.
Por una parte, sobresale su extraordinaria labor recopiladora. Núñez de la Peña reúne un abundante conjunto de disposiciones legales, reales cédulas, privilegios y otros documentos oficiales que utiliza para fundamentar históricamente la posición institucional de Tenerife y del conjunto del Archipiélago dentro de la Monarquía Hispánica. Esa recopilación documental constituye, por sí sola, una fuente de enorme valor para comprender la organización política y administrativa de las islas en la Edad Moderna.
A ello se suma su constante interés por registrar la sucesión de quienes desempeñaron los principales cargos de gobierno —gobernadores, tenientes, castellanos y otros responsables de la administración insular—, configurando auténticas nóminas de autoridades que hoy siguen siendo de enorme utilidad para los investigadores.
Finalmente, merece una mención especial su aportación al estudio de la genealogía. Núñez de la Peña reconstruye los vínculos familiares de muchas de las principales estirpes del Archipiélago, relacionándolas con los conquistadores y primeros pobladores de Tenerife. Gracias a ello, su obra continúa siendo una referencia indispensable para quienes investigan la historia familiar de Canarias y desean remontar sus linajes hasta los siglos XVI y XVII.
¿Qué huecos cree que llenan estos libros en la historia de Canarias?
La historiografía canaria cuenta con un reducido grupo de obras que pueden calificarse como verdaderos pilares para el conocimiento del pasado insular. Nombres como Alonso de Espinosa, Leonardo Torriani, Abreu Galindo, Marín y Cubas o José de Sosa disponían desde hace tiempo de ediciones críticas o revisadas que facilitaban enormemente su consulta. Sin embargo, esa situación no se producía con Núñez de la Peña.
Hasta ahora, de la obra impresa de 1676 únicamente existían sendos facsímiles (Las Palmas de Gran Canaria, 1994; Editoral Maxtor, 2006) que, pese a su indudable utilidad patrimonial, dificultaban una lectura continuada y una consulta verdaderamente eficaz. A ello se añadía que el manuscrito preparatorio permanecía inédito, privando a investigadores y lectores de una fuente de extraordinario interés.
Esta edición viene precisamente a cubrir ese vacío. No solo pone por primera vez al alcance del público el borrador manuscrito de la obra, sino que ofrece una edición plenamente accesible del texto impreso, enriquecida con un amplio aparato crítico, abundantes notas explicativas e índices de consulta que convierten a Núñez de la Peña en un autor mucho más utilizable desde el punto de vista científico. En definitiva, el objetivo ha sido situar su obra en el lugar que, por derecho propio, ocupa junto a los grandes cronistas clásicos de Canarias.
¿Y cómo observa Juan Núñez de la Peña a los primeros habitantes de Canarias?
Quizá uno de los aspectos menos sólidos de la obra de Núñez de la Peña sea precisamente el relativo a la interpretación del mundo indígena. En este terreno no desarrolla una visión especialmente innovadora, sino que reproduce, en buena medida, los planteamientos ya presentes en autores como Alonso de Espinosa y en las crónicas más próximas al proceso de conquista. Incluso recoge parte de la tradición literaria difundida por Antonio de Viana, aunque no duda en reprocharle expresamente el excesivo componente fabulador y las licencias poéticas de su relato.
Sin embargo, el manuscrito de 1669 introduce algunos matices de enorme interés que desaparecieron en la edición impresa de 1676. Entre ellos destaca el debate sobre si quien falleció en la batalla de La Laguna fue Bencomo o su hermano Chimenchia, así como un párrafo especialmente revelador como éste:
«… los vecinos de Güímar y Candelaria, en donde está su santuario y en donde los más de los guanches se avecindaron, aunque hoy tienen el nombre pero no la sangre depurada, que esta mezclada con la española. Solamente hay hoy (1669) dos personas, hermano y hermana, en Güímar, que son guanches de sangre sin que ellos ni sus ascendientes con otra se mezclasen.»
Ese pequeño detalle textual, aparentemente insignificante, posee importantes implicaciones historiográficas, pues invita a replantear determinadas interpretaciones tradicionales sobre el devenir de la población indígena tras la conquista.
Son precisamente estas diferencias entre el borrador y la edición definitiva las que convierten el manuscrito en una fuente de enorme valor. Nos permiten asistir al proceso de elaboración del pensamiento del propio autor y comprender mejor cómo evolucionó su discurso antes de llegar a la imprenta.
Alejandro Cioranescu defendía que Juan Núñez de la Peña fue el primer historiador de Canarias que utilizó sistemáticamente fuentes documentales. ¿Cómo las trabajó y qué significa para los historiadores su legado?
Comparto plenamente esa valoración de Alejandro Cioranescu. Juan Núñez de la Peña puede ser considerado, con toda justicia, uno de los primeros grandes archiveros de Tenerife y, en consecuencia, uno de los pioneros en la utilización sistemática de la documentación como fundamento del discurso histórico.
Antes incluso de emprender la redacción de su obra, dedicó largos años a organizar, clasificar e inventariar los fondos documentales conservados en el antiguo Cabildo de Tenerife. Aquellos registros, acumulados durante décadas sin un criterio uniforme de ordenación, fueron objeto de un minucioso trabajo de identificación y clasificación.
Todavía hoy es posible reconocer su letra en el reverso de numerosas datas de repartimiento, acuerdos capitulares y otros documentos, donde anotaba nombres, fechas o breves extractos destinados a facilitar su localización posterior.
Esa tarea previa resultó decisiva. No solo permitió fundamentar con mayor solidez su propia obra, sino que legó a las generaciones posteriores un archivo mucho más accesible y útil para la investigación. En cierto modo, su aportación trasciende la escritura de una historia de Canarias: consistió también en preservar, ordenar y poner en valor un patrimonio documental cuya conservación y aprovechamiento quizá habrían seguido un rumbo muy distinto sin aquella paciente labor desarrollada durante el siglo XVII.
Por ello, su legado no debe medirse únicamente por las páginas que escribió, sino también por el extraordinario servicio que prestó a la memoria histórica de Canarias.
¿Cómo aborda una transcripción?
Cada transcripción constituye, en realidad, un ejercicio de paciencia, método y respeto absoluto hacia el documento original. Es un trabajo que exige avanzar lentamente, verificando cada palabra, cada abreviatura y cada grafía, consciente de que cualquier pequeño error puede alterar el sentido de un texto que ha permanecido inalterado durante siglos.
Desde fuera puede parecer una labor rutinaria, pero sucede exactamente lo contrario. Es un proceso profundamente intelectual, en el que el especialista debe interpretar una escritura, comprender un contexto y, al mismo tiempo, mantenerse lo suficientemente discreto como para que sea el propio documento quien hable.
Siempre he pensado que transcribir un manuscrito es una forma de devolverle la voz. Durante siglos esos textos han permanecido silenciosos, aguardando a que alguien vuelva a leerlos, comprenderlos y ponerlos nuevamente al alcance de la sociedad. El transcriptor actúa, en cierto modo, como un puente entre dos épocas: hace posible que un autor del siglo XVII vuelva a dialogar con los lectores del siglo XXI.
Cuando el trabajo concluye, queda una enorme satisfacción. No tanto por el esfuerzo realizado, que suele ser largo y exigente, sino por la sensación de haber contribuido modestamente a rescatar una parte de nuestro patrimonio documental para ponerla nuevamente al servicio del conocimiento.
¿Está trabajando actualmente en alguna nueva transcripción?
En estos momentos continúo formando parte del equipo de investigación dirigido por el catedrático Manuel de Paz Sánchez, con el que seguimos inmersos en la edición y publicación de documentos relacionados con la figura del célebre corsario lagunero Amaro Pargo. Estos trabajos se integran en la colección Documentos de una vida, publicada por Ediciones Idea, que se aproxima ya a la treintena de volúmenes y constituye uno de los proyectos documentales más ambiciosos dedicados a este personaje.
Paralelamente, nos encontramos ultimando la edición de la obra dispersa del añorado profesor Alejandro Cioranescu relacionada con Canarias. Se trata de un amplio proyecto editorial promovido por el Instituto de Estudios Canarios y financiado por la Dirección General de Cultura y Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias, cuyo propósito es reunir en varios tomos una producción científica de extraordinario valor que, en muchos casos, era de difícil acceso para investigadores y lectores.
Ambos proyectos responden, en el fondo, a una misma vocación: recuperar, editar y poner nuevamente al alcance de la comunidad científica textos fundamentales para comprender la historia de Canarias, facilitando su consulta con el máximo rigor filológico e historiográfico.
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