«Distancias, medidas y cantidades», antología poética del tinerfeño Carlos Castro López
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 20 de noviembre de 2012
Hace algunos años, casi en su niñez y formando parte del consolidado grupo de Cursos Intensivos Británicos, pudimos captar, en aquella ubérrimas tierras inglesas, su espíritu observador, su mesura y comportamiento para determinadas facetas pedagógicas; primero, en la localidad de Torquay, cuan de la prolífica Agatha Christie y donde coronaron a la tinerfeña Alicia Navarro como Miss Europa 1935; y luego, en la palaciega Hatfield, donde Carlos Javier, así le conocíamos, puede que viese en aquellos excepcionales lienzos cortesanos lo que ya apreciaba en su hogar por la fibra pictórica de su madre, Margot López.
Dentro de su carácter introvertido y escrutador, nunca partidario de la pereza mental, puede que también estuviese ojeando los poemas que luego serían su fuente de inspiración, pues ahora declara, con evidente orgullo, ser deudor de sus maestros reconocidos y reconocibles, William Burroughs, Allen Ginsberg y Charles Bukowski. Nos estamos refiriendo al tinerfeño Carlos Castro López, que ha publicado recientemente en ediciones QVE la antología poética “Distancias, medidas y cantidades”, donde, en su prólogo, con tanta enjundia como afecto y reconocimiento, el periodista y guionista de cine José Amaro Carrillo Rodríguez dice, entre otras cosas, del autor que “encarna la creación poética con un rigor extremo y un afán perfeccionista que ralentiza su producción de un modo que otros escritores con un menor nivel de auto exigencia considerarían exasperante aunque, precisamente, en virtud de ese celo casi obsesivo con el que el autor esculpe cada verso el resultado final alcanza unas cotas de audacia y brillantez que pueden calificarse de sobresalientes, sin temor a caer en la exageración”.
Carlos Castro procede de ejemplares progenitores. Su padre es un selecto y empedernido lector, y su madre, ya lo hemos apuntado, una virtuosa paleta, como se demuestra, por ejemplo, en la ilustración de cubierta del citado libro. Aquel Carlos que irradiaba mansedumbre y fijeza nos ofrece ahora, en sus cuarenta y tres poemas y como afirman los técnicos, “el empleo del verso libre, por la ausencia de rima y por una constante explotación del encabalgamiento como recurso estilístico que aquí adquiere el rasgo de auténtica seña de identidad”.
Y entre las casi cien páginas del tomo, nosotros, particularmente, nos hemos detenido en esta: “Llaves para abrir puertas/ y cerrar esperanzas,/ agua para beber/ y para inundar ciudades,/ sol para vivir/ y para secar campos,/ fuego para calentar/ y para matar vida,/ aire para respirar/ y para crear huracanes,/ dinero para sobrevivir/ y para alienar humanidad,/ mujer para amar/ y para iluminar mi vida”.
Aquel Carlos observador y cándido en su niñez, nos ofrece hoy, en plena madurez poética, en su adolescencia, “estos cuarenta y tres poemas, estas cuarenta y tres detonaciones, que nos acercan un poco más al interior de un corazón sensible y vulnerable, de un cazador solitario y solidario, que hace frente a sus propios miedos cada vez que busca y captura la palabra adecuada para trenzar versos llenos de pulsos, de sensaciones y de vida”, como se le recuerda en el aludido prólogo.
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