Un tramo del Camino de Santiago por Salamanca y Zamora conocido como Vía de la Plata
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en esta página el 6 de mayo de 2026
“Los Diez Mandamientos del Camino de Santiago”
Hace algunos años, en una popular revista especializada en el tema, nos llamó la atención el espacio denominado “Los 10 Mandamientos del Camino”, que, por su originalidad por estar “ad hoc” con este reportaje, transcribimos como curioso prólogo, los Mandamientos dicen así:
Primero: seguirás las flechas sobre todas las cosas. Segundo: no recorrerás kilómetros en vano. Tercero: no descansarás ni en fiestas. Cuarto: llamarás a tu madre, a tu padre, novia o esposa. Quinto: no pararás. Sexto: no llevarás calcetines impuros. Séptimo: no te quejarás. Octavo: no dirás falsas distancias al hablar. Noveno: no tendrás pensamientos ni deseos de irte. Décimo: no codiciarás las ampollas ajenas. Estos mandamientos se cierran en dos: andarás sobre todas las cosas y cuidarás la mochila del prójimo como la tuya misma.
Dos grupos arraigados
Siguiendo una tradición ya arraigada desde hace algunos años, la Asociación Tinerfeña de Amigos del Camino de Santiago, que preside Enrique García Melón, recorrió este año parte de la denominada Vía de la Plata, es decir, el tramo de Castilla y León, concretamente las provincias de Salamanca y Zamora. En esta ocasión, y como en anteriores ediciones, los peregrinos tinerfeños se unieron con integrantes de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Facultad de Farmacia de Santiago de Compostela, donde José Ramón Mato Iglesias, destacado miembro de la aludida corporación, constituyó el órgano volitivo de los grupos citados que, en líneas generales, y aparte de las provincias señaladas, efectuaron otros itinerarios que pormenorizaremos en otro artículo.
Una sabiduría centenaria
Y andando, con ilusión, vieira y bordón, nos cautivan, en tierras charras, aquellas extensísimas llanuras con grandes dehesas, de generosos encinares donde, indiferente y convenientemente vallado, campea el toro de lidia y, cerca, la figura del mayoral, salmantino genuino, custodio de la sangre brava al que, incluso, le han erigido una erguida estatua, como señera representación de cuantos ejercieron este noble oficio en las ganaderías limítrofes.
Terreno suave y de escasísimas ondulaciones donde, entre los mencionados encinares, algunos centenarios, pastan, hermanados con los morlacos, buena parte de los cerdos ibéricos, que aprovechan la bellota de esos frondosos ejemplares. Muchas especies, hoy amenazadas, como la cigüeña negra, el milano real, el águila imperial o el lince utilizan este hábitat que nosotros, con la cautela del peregrino, hollamos. Estas encinas, estos “árboles salvavidas”, heredados de nuestros antepasados, en algunos casos de la Edad Media o anteriores, constituyen un Patrimonio de la Humanidad. Por todo esto, y como bien apuntan ecologistas bienintencionados, hay que poner freno a roturaciones y tratamientos silvícolas inadecuados; campos de golf, extracciones de áridos y carreteras, que, sin piedad y en pocos minutos, pueden acabar con la sabiduría de cientos de años.

Bosques, bosques y más bosques
Entre descomunales tractores y segadoras
Seguimos entre matorrales de piornos y enebros y rebollos por estas planicies, duras y fatigosas, de un espejismo lineal, sin horizontes; caminos apenas señalizados en esta aludida “Vía de la Plata”, donde la peculiar flecha amarilla y la concha surgen (cuando surgen) de San Juan a Corpus. Pero no desanima tal penuria ante esta peculiar horizontalidad que, en determinadas ocasiones, resulta cómoda para caminar pero atosigante por el calor. Se recomienda estar acompañado. Los agorafóbicos deberían abstenerse. Para el tinerfeño, estos contornos atesoran algo especial, pues, acostumbrados a nuestros bancales y a nuestra singular orografía, donde la maquinaria agrícola es utopía y el ganado y el pasto, escaso, muy escaso, afloran ahora, como por encanto, estos mastodónticos tractores, que han sentenciado a muchísima mano de obra, y ciclópeas segadoras, de insaciable voracidad, en estas sernas cerealistas de trigo, cebada, centeno y avena.
Recorrer los caminos de Castilla es saborear el presente de un pueblo que se enorgullece de su pasado y que nos invita a disfrutar de su gastronomía, de sus paisajes, de sus colores, de su historia y de su luminoso cielo, que en esta ocasión nos brindó un sol pertinaz pero soportable –ahora de costado, no de espalda, como en otras rutas más clásicas–, muy difícil de evitar, dadas la peculiaridades de este itinerario jacobeo, donde castaños, robles y fresnos nos quedan lejos, muy lejos, desde estos pueblecitos más amplios en denominación que en habitantes: San Pedro de Rozados, Morilla, Aldeaseca de Armuña, Castellanos de Villiquera, Calzada de Valduciel…

Algunas veces, el asfalto es inevitable
La batalla de Arapiles
Y en aquellas llanuras, con matorrales de jara, lentisco, tomillo y romero, se nos abrieron, simbólicamente, nuestros libros de Historia del Bachillerato, donde el singular padre Antonio parecía explicarnos la batalla de Arapiles… Y es que en Arapiles, municipio de la provincia de Salamanca y aledaño al Camino de Santiago, tuvo lugar, hace doscientos años, la citada contienda, en la que las fuerzas anglo españolas, mandadas por el general Wellington, vencieron a las francesas del mariscal Marmont. En la historia militar inglesa se conoce a esta victoria de Wellington como “La batalla de Salamanca”, dada la proximidad de Arapiles a la capital provincial (ocho kilómetros). Ahora, en aquella soledad, cuesta asimilar que dicha derrota gala tuviese este trágico balance: 1.800 muertos y 2.500 heridos, prisioneros y pérdida de bandera. Y, en la aludida soledad, pudimos leer, en un pequeño rótulo, esta inscripción: “Gracias por respetar este lugar con poco valor material pero con gran valor sentimental”.
Por toda suerte de caminos vecinales, por los infinitos campos de cereales de Castilla, el peregrino busca las torres de las catedrales salmantinas en su caminar hacia el norte, pero no las verá hasta casi llegar a la ciudad universitaria más antigua de España. Por el puente romano sobre el río Tormes, entramos, por fin, en ella.
El hechizo de Salamanca
Viajaremos, como decía don Miguel de Unamuno, el ilustre paseante de “La Roma chica”, por la “intrahistoria” de la ciudad, para que uno mismo descubra su propia Salamanca. Y tal vez nos ocurra como a Miguel de Cervantes, que dijo: “Salamanca hechiza la voluntad de volver a ella”. No vamos a saturarnos de datos, fechas y tecnicismos de historia y arte, al que, por cierto, muchos guías turísticos nos atiborran sin piedad. Vamos a caminar por una “Salamanca para viajeros curiosos”. Vamos a caminar por la ciudad con más jóvenes por metro cuadrado de Europa, pues por sus aulas pasan más de sesenta mil estudiantes al año entre dos universidades y otros centros de estudios. De sus clases salieron, en el Siglo de Oro español, alumnos insignes como Fernando de Rojas, Calderón de la Barca, Quevedo, Hernán Cortés y un largo etcétera.
La calavera y la rana
Si como siempre me recuerda mi esposa Luisa que “las ciudades son como libros que se leen con los pies”, ahora estamos frente a la Casa de las Conchas, uno de los edificios más populares por la singularidad de su fachada, a la que, por cierto, le haría falta una profunda restauración, como las que han realizado, por ejemplo, y de forma admirable, en las numerosas e impresionantes tablas pintadas del retablo de la catedral vieja. Sin lugar a dudas, el conjunto plateresco más popular de España está en la Universidad donde Fray Luis de León impartió su sabiduría y templanza. Cuenta la leyenda que en su fachada debemos encontrar la rana –que está ubicada sobre la cabeza de una calavera–, pues será “augurio de buena suerte y de que volveremos a Salamanca”.
Cuando “las piedras se encienden”
La Plaza Mayor, de estilo churrigueresco, es el lujoso salón de estar de los salmantinos. Está considerada como la más hermosa de España. Por la noche, iluminada, es de ensueño. Bajo sus soportales está el Café Novelty, el más antiguo de la ciudad, donde figura una curiosa estatua de Gonzalo Torrente Ballester, con el que podemos “charlar” y fotografiarnos en el mismo velador donde está sentado el último gran escritor del siglo XX, que se inspiró en Salamanca. Y un milagro al atardecer: “Cuando el sol se pone, las piedras de Salamanca se encienden”. Y es que la típica piedra dorada, las esculturas, la arquitectura y los tenues y postreros rayos del astro rey entablan un juego de luces y sombras muy digno de ser contemplado, bajo el rumor del Tormes y alejándonos de ese insólito escaparate de ábsides, cimborrios, bóvedas, rejerías, insertos en estilos renacentistas, barrocos, góticos, flamígeros o isabelinos, entre otros múltiples.
Conviene seguir recordando que el Camino de Santiago es un itinerario cultural con el máximo reconocimiento internacional: en la década de los años 70 del pasado siglo, el Estado español lo declaró, “in extenso”, Monumento Nacional, hoy clasificado como Bien de Interés Cultural; en 1987, fue reconocido por el Consejo de Europa como Primer Itinerario Cultural Europeo; en 1999, la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad. Pese a estos importantes reconocimientos, no es el arte y la historia lo que más valoran los peregrinos a lo largo del Camino, sino más bien es, con mayúsculas, el paisaje.
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