VISITANTES ILUSTRES EN SANTA CRUZ. siglo XIX (14). Relato de Jacques Gerard Milbert
Autor: José Manuel Ledesma Alonso
Publicado en el Diario de Avisos el 7 de diciembre de 2025.
De la obra Viaje pintoresco a la Isla de Tenerife, por Jacques Gérard Milbert
«El día 2 de noviembre de año 1800, cuando el sol lanzaba sus primeros rayos sobre las faldas de las montañas de la isla de Tenerife, variando el tono negruzco de sus colores, nuestro barco, Le Géographe, doblaba los tres roques de Anaga, pasaba por delante del fuerte de San Andrés y llegaba a Santa Cruz, que presentaba una vista muy hermosa, con las montañas elevándose en anfiteatros hasta el Pico. Esta ciudad es el centro de las operaciones comerciales de las siete Islas, pues su puerto es el mejor y el más frecuentado.
Anclamos sobre las diez de la mañana, a veintidós brazas (37 m) en un fondo de arena compuesta de restos negruzcos de antigua lava. Desde el fondeadero dibujé la ciudad con los molinos de viento que se encuentran en la parte Sur, los cuales se utilizan para moler el trigo.
El cónsul de Francia, M. Broussonnet, nos presentó a sabios distinguidos y otras personalidades tinerfeñas que nos dieron una acogida bastante agradable. Recorrí los alrededores de la ciudad, paseé por la Alameda, entré en la iglesia parroquial en la que sus ornamentos eran vasos de oro incrustados de pedrerías y su altar mayor estaba revestido de láminas de plata cincelada y doce lámparas del mismo metal, suspendidas en la bóveda. El clero, que es muy numeroso, luce magnificas vestiduras en las celebraciones eucarísticas.
Las calles de Santa Cruz son bastantes anchas, aunque no todas están pavimentadas, a pesar de que aquí no faltan materiales para hacerlo. Esto da como resultado un polvo muy incómodo, sobre todo cuando lo calienta un sol ardiente. Las aceras están construidas con pequeñas piedras redondas del grosor de un huevo (callados de playa) y sostenidas por un ancho bordillo de gruesas piedras cuadradas.

Mujer tinerfeña y fuente de la Pila (Dibujo de J. G. Milbert)
La plaza que se ve al entrar en la ciudad está adornada con una hermosa fuente esculpida con mucho gusto. Consiste en una ancha pila de lava negra, sostenida por un pedestal adornado con el escudo de España. Después de formar una doble cascada, las aguas caen en una gran cuba, adornada con ricas palmetas.
Cerca de esta fuente hay un gran obelisco de mármol blanco, coronado con una imagen que representa a la Virgen que tiene al niño Jesús en sus brazos. Las cuatro figuras, también de mármol blanco, que están situadas en los cuatro ángulos, simbolizan a los reyes guanches, coronados con laurel. Cada una de estas figuras, en lugar de un cetro tiene el fémur de su antepasado más virtuoso. La altura total del obelisco es de unos treinta pies (9 metros).

Dibujo de J. G. Milbert
El monumento, ejecutado en Génova, representa un acontecimiento milagroso ocurrido hace 400 años, cuando unos pastores comunicaron a los reyes de Güimar la presencia de una mujer en la playa de Candelaria, cuyos rasgos radiantes anunciaban una divinidad. Una vez llegados al lugar indicado, uno de los reyes, para comprobar si era una mujer o una diosa, tomó un cuchillo y se dispuso a cortarles los dedos, cuál sería su sorpresa y dolor al comprobar que se había mutilado su propia mano. Otro, habiendo cogido una piedra para lanzarla contra ella, perdió de repente el uso del brazo.
Las casas son de un aspecto bastante agradable, pues el clima caluroso obliga a construir amplias habitaciones, con lo que se consigue un ambiente fresco. Sus habitantes tienen la costumbre de blanquearlas y es imposible mirarlas con fijeza cuando reflejan directamente los rayos del sol, ya que el resplandor de su blancura deslumbra y cansa mucho la vista.
La entrada a las viviendas se hace por un gran espacio comprendido entre la puerta de la calle y la del portal (zaguán). Este lugar siempre tiene mal olor porque, como es indecente orinar en las calles, los transeúntes a quienes apremia esta necesidad entran sin permiso y lo hacen en un pequeño sumidero que está detrás de la puerta.
Toda la planta baja está rodeada por una galería dividida por columnas que sostienen a otra galería superior, cuyos aposentos están cerrados por unas celosías que los protegen del intenso calor del día y mantienen un saludable frescor. En el centro de esta planta, donde se encuentran grandes almacenes y depósitos, existe un patio muy amplio cuyo piso hace de techo del aljibe en el que se recogen las aguas de lluvia, que luego se utiliza para los distintos usos domésticos.
En uno de los extremos del patio hay un pequeño mueble de madera labrada, encuadrado por cuatro hermosas columnas con una cubierta de bordes festonados, enrejado con una celosía para permitir que el aire circule libremente por el interior, que alberga una pileta de piedra porosa para filtrar el agua (destiladera), cuyo fondo está encajado en un soporte de madera con un agujero. Este mueble sirve de adorno, pero también tiene una finalidad práctica, pues como en sus bordes crecen plantas propias de lugares húmedos (culantrillos), el agua, una vez filtrada, va cayendo gota a gota en otra vasija mayor y tiene un agradable frescor y una limpidez sorprendente.
El interior de las habitaciones es de una excesiva sencillez. Las paredes están pintadas y no tapizadas y el mobiliario es poco refinado. Hay algunos grabados, espejos muy pequeños, y cuadros bastante malos que representan santos o milagros. El mueble más elegante de todos los que adornan el salón es el sofá, que suele usar la señora de la casa. En una sala suplementaria se encuentra una pequeña capilla, normalmente decorada con flores naturales.
Las casas que están situadas cerca del mar ofrecen un aspecto distinto pues tienen las ventanas protegidas con postigos, de manera que como estas aberturas son las únicas que satisfacen la curiosidad de las mujeres, éstas se ven privadas del placer de ver y, especialmente, del placer de ser vistas.
Los armadores y gente de la mar suelen tener en las azoteas un mirador o belvedere, desde donde tienen una amplia vista con el fin de ser los primeros en comercializar las mercancías que llegan al muelle. Estos miradores que se alzan por encima de todos los demás edificios, junto con los campanarios de las iglesias, contribuyen a darle a la ciudad un aspecto agradable, pues rompen la monotonía de línea horizontal de las demás construcciones cuyos tejados son planos, de tipo italiano, cubiertos de tejas rojas acanaladas.
En algunos barrios de la ciudad te encuentras con mendigos harapientos, casi desnudos, que muestran a los ojos de los transeúntes las llagas y úlceras, cuya curación demoran a propósito. Toda esta chusma, enemiga del trabajo, no piensa en conseguir buena posición y pasa la noche acostada en los bancos. Se contenta con una pequeña limosna o con algunos desechos de comida que les distribuyen en las casas particulares o en los conventos. Las mujeres son las que mendigan con más empeño, lanzando injurias a los que no le dan alguna moneda. Los niños corren por las calles sin ninguna clase de vestido, sus cuerpos, lívidos y demacrados, son de una suciedad escandalosa.
A media legua de la ciudad, en un lugar de una aridez repelente, rodeado de rocas color azufre, erosionadas y calcinadas por un sol devastador, donde se encuentra un acueducto cuyas aguas sirven para alimentar un viejo molino, encontramos unas cuevas volcánicas convertidas en el refugio de esas repulsivas sacerdotisas de Venus. La entrada de la cueva la cierra una estera rota, mientras una vieja manta, o cualquier otro harapo extendido en el suelo, es el lecho voluptuoso donde los hombres van a buscar el placer.
En estas horrorosas guaridas, que lejos de la ciudad sirven de escenario a los desenfrenos de las mujeres prostitutas, es donde los soldados de la guarnición y los marinos del puerto van a hacer sus repugnantes orgías. El olor pestilente que se desprende de unos alimentos pútridos que contienen unos vasos de tierra mellados y una escudilla de madera que nunca es lavada, infesta el aire que, por otra parte, difícilmente puede ser renovado en un lugar donde nunca penetran los rayos del sol.
Sin embargo, las prostitutas de Santa Cruz, entregadas al más vil desenfreno, no han desterrado, sin embargo, sus sentimientos religiosos pues los frailes y las órdenes mendicantes, que son muy numerosas, gozan de una gran consideración entre el pueblo, pues cuando los hombres encuentran a un sacerdote se arrodillan ante él y éste les presenta una de sus mangas para que se la besen.»
Jacques Gérard Milbert (París, Francia, 1766-1840), fue profesor de dibujo de la Escuela de Minas de París hasta que, en 1800, pasó a formar parte de la campaña científica francesa al continente australiano, comandada por Nicolás Baudín, como dibujante encargado de realizar los grabados de historia natural que serían destinados al posterior informe del viaje.
De la primera escala del viaje, realizada en el puerto de Santa Cruz, del 2 al 13 de noviembre de 1800, en su obra, Viaje pintoresco a la Isla de Tenerife, dedica los dos primeros capítulos, con descripciones y dibujos, a Santa Cruz y La Laguna, mientras que en el tercero hace un breve estudio sobre la Historia Natural de las Islas Canarias.
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