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VIAJEROS ILUSTRES EN SANTA CRUZ. Siglo XIX (21). Relato de Sabino Berthelot

Autor: José Manuel Ledesma Alonso
Publicado en el Diario de Avisos el 1 de febrero de 2026.


Los carnavales de 1820 en Santa Cruz de Tenerife

          «En diciembre de 1819, cuando navegaba desde Marsella a Senegal, en el San Pedro, las corrientes nos llevaron hasta la costa africana, en donde un cambio en la dirección del viento nos desvió hasta el puerto de Santa Cruz de Tenerife, a donde llegamos en enero de 1820, y alquilé una vivienda en la calle de las Tiendas –Cruz Verde-.

          Tenía 25 años, hacía un mes que vivía en Santa Cruz y nunca había disfrutado de un clima como éste, pues había pasado del invierno frío de Europa a la primavera tinerfeña.

           Una noche, en la que un hermoso claro de luna brillaba sobre el mar como un espejo, salí a dar una vuelta por la ciudad para impregnarme de las fiestas de carnaval que se celebraban en Santa Cruz. Todo en aquella hermosa noche parecía haberse concitado para producir mágicos efectos en el ambiente, pues en la plaza de la Candelaria, iluminada con lámparas de gas, reinaba la animación por sus cuatro costados, ya que estaba repleta de gente con ganas de divertirse. En ese momento, una alegre comparsa desembocaba por la calle del Castillo e improvisaban un baile, a la vez que distintos grupos de lindas muchachas llegaban de distintos puntos de la ciudad y sus brillantes atuendos atraían a los galantes caballeros. Por la forma de saludarse se notaba que se conocían, pues todo eran reverencias, conversaciones chispeantes, anhelos amorosos, miradas encendidas que se intercambiaban unos y otras. Aquello era ciertamente encantador.

Representación de El Anfitrión de Moliére

           Para estas fiestas, los jóvenes de Santa Cruz suelen preparar una obra dramática o un sainete burlesco, que luego representarían en los salones de las casas más pudientes. Todos los actores colaboraban, bien pidiendo prestadas viejas vestimentas o confeccionando otras nuevas, pintando los decorados sobre los bastidores portátiles, etc. Este año representaban El Anfitrión, una comedia de Moliere, traducida al castellano por un poeta local.

           Yo continuaba en el centro de la Plaza, emocionado ante tanta algarabía, cuando el mismísimo Anfitrión, bajo cuyo disfraz se ocultaba el modesto traductor, quien, al mismo tiempo, hacía de autor y actor, me invitó, una y otra vez, a que les acompañará al castillo de San Cristóbal, donde el Capitán General daba una fiesta de carnaval. No me pude resistir y, a despecho de Júpiter, ofrecí mi brazo a Alcmena y ocupé un lugar entre los dioses.

         Nuestra comitiva era en verdad digna de Moliere, pues nos precedían Mercurio y la Noche, retozando, y detrás seguía nuestro grupo, reforzado por Sosia y Cleanthis.
Nos escoltaban los músicos y los portadores de los bastidores, el telón de fondo y el de proscenio. Todo lo llevaban en alto, como en triunfo. El desfile lo cerraba una multitud de curiosos que iba creciendo según avanzábamos.

           Por el gran revuelo que se produjo en el salón de baile del Castillo de San Cristóbal, cuando Mercurio, al que enviamos como mensajero, anunció la llegada de la farándula, comprendí que la comitiva era esperada con impaciencia, pues el baile cesó rápidamente y en la sala se produjo un repliegue general, para que los actores pudieran disponer de la mitad de la misma.

         El escenario se montó rápidamente, dos granaderos de la guarnición militar, situados entre sendos bastidores, mantenían las barras que sostenían el telón, mientras que los decorados fueron confiados a los soldados. Después de una breve obertura daría comienzo la representación.

           Debo confesar que el traductor había hecho maravillas en la parodia de Moliere. Aquella franqueza en el lenguaje, aquella audacia y bravura de estilo, fueron calurosamente aplaudidos, hasta tal punto que Sosia hizo llorar de risa al auditorio.

          Las jóvenes de Santa Cruz no se esperaban tanta gentileza de las divinidades paganas, pues en la intriga amorosa de la farsa había algo que llegaba a sus sentidos con una intensidad no alcanzada por el gracioso sainete, en el que Moliere, con su creadora fantasía había hecho intervenir al cielo, ellas captaban realidades terrenas. ¡Cuantas expresiones ardientes y apasionadas se podían ver entre aquellas muchachas que se ruborizaban de pudor y de amor! ¡Cuantos sueños provocaría el dios de los dioses!

          Concluida la representación teatral, el baile se reanudó con más animación, pues todos participaban de la fiesta. Mientras la compañía cargaba con los bártulos del escenario portátil, y marchaban dispuestos a hacer las delicias en otros salones de la ciudad, yo me detuve un rato en admirar aquellas danzas voluptuosas en las que las canarias derrochan tanta gracia y delicadeza.»

Sabino Berthelot (Francia, 1794 – Santa Cruz de Tenerife, 1880), abandonó los estudios a los 15 años para alistarse en la marina imperial francesa. De formación autodidacta, poseía una extensa cultura enciclopédica.

         En 1824 abrió un Liceo en La Orotava. Dos años más tarde, Alonso de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, le encargo dirigir el recién fundado Jardín de Aclimatación de La Orotava.

          En 1828, junto a Philip Barker Webb, un joven caballero inglés, rico y de buena familia, doctor en Ciencias por la Universidad de Oxford, recorrerán la mayoría de los pueblos del Archipiélago, durante dos años. De estas vivencias surgió su obra: Misceláneas Canarias, una serie de relatos en los que describe a la sociedad isleña de aquella época: personas, indumentaria, hábitos alimentarios, fiestas, oficios, viviendas, etc. (El presente artículo se encuentra en la Segunda Miscelánea).

           Quince años más tarde presentarían, en París, la Historia Natural de las Islas Canarias, un estudio científico completo y extenso sobre el Archipiélago, en el que tratan la historia, la antropología, la geografía, la geología, la zoología, la botánica y la etnografía. Esta obra enciclopédica, formada por nueve tomos y un Atlas, está ilustrada con grabados de gran calidad artística, realizados por J.J. Williams, pintor inglés residente en el Puerto de la Cruz, y Alfred Diston, un inglés asentado en La Orotava, que era académico honorario de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. A Berthelot se le debe la aplicación del término “guanche” a los aborígenes tinerfeños.

           En 1874 fue nombrado Cónsul de Francia en Santa Cruz de Tenerife. En 1876, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife le nombró hijo adoptivo de la ciudad, distinción que sería el primero en recibir en todo el Archipiélago. En 1901, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife designaría con su nombre la calle que comunica la del Castillo con la plaza Ireneo González.

         En su tumba, del cementerio de San Rafael y San Roque, podemos leer el siguiente epitafio: “Esta fosa se ha abierto para mí, aunque dicen que he muerto, vivo aquí”.

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