SANTA CRUZ DE TENERIFE. Capítulo III. El agua en Santa Cruz (1). La llegada del agua potable
Autor: José Manuel Ledesma Alonso
Publicado en El Día el 17 de noviembre de 2024
Como en sus orígenes la pequeña Villa de Santa Cruz sólo contaba con el agua que corría por los barrancos y la que se extraía de las norias, los vecinos tuvieron que abrir pozos en las huertas de sus casas mientras que los más pudientes construían aljibes en medio del patio para recoger el agua de la lluvia, de manera que de las viviendas existentes entre las calles Castillo y Canales (Ángel Guimerá) 35 poseían aljibes, mientras que en el barrio de El Toscal habían 183 pozos, cuya agua también se dedicaba al regadío de las huertas de cultivos de subsistencia.
Como el problema del agua continuaba en Santa Cruz, a pesar de la existencia de los citados pozos y aljibes, el Cabildo solicitó la colaboración de los vecinos y comerciantes, recaudando la cantidad de 90.000 reales.

Valle de Tahodio desde el Monte Aguirre.
Con este dinero le comprarían, a los herederos de Marcos Verde y Juan de Aguirre, las datas de tierra que poseían en el Monte Aguirre y en el Valle de Tahodio, y que en su día sus antepasados habían recibido del Adelantado por haberles ayudado en la Conquista de la Isla.
Sería en 1706, cuando el Capitán General de Canarias, Agustín de Robles y Lorenzana, hizo traer el agua desde los nacientes del Monte Aguirre a través de 12 kilómetros de atarjeas de madera, elevadas sobre el terreno con palos y estacas para evitar que el ganado abrevase en ellas.

Atarjea para la canalización del agua
Una vez dentro de la población, el agua transcurría por canales de mampostería, soterrados y tapados con losas, a través de las calles Canales Bajas (Doctor Guigou), San Roque (Suárez Guerra) y Barranquillo (Imeldo Serís) hasta llegar a la Casa del Agua, depósito situado en la calle Canales (Ángel Guimerá), desde donde se distribuía a la Pila de la actual Plaza La Candelaria, a la huerta del convento de Santo Domingo, al aljibe del Castillo San Cristóbal, al caño de la aguada que suministraba a los barcos, y a las fuentes y chorros públicos.
Las aguas eran de propiedad Real, por lo que su administración y regulación estaban a cargo del ramo militar. Para los vecinos era gratis y sólo se les cobraba a los buques que venían a hacer la aguada, dinero que se utilizaba para el mantenimiento de este sistema de conducción del agua.
Para velar por el suministro y el buen estado de los nacientes y de los canales, en 1712 el Ayuntamiento nombró Alcalde del Agua al capitán Juan Ferrera, recibiendo como pago una data de medio real de agua para su huerta situada en el barrio de El Toscal; curiosamente, la calle que se abrió por el centro de la citada huerta -calle de Ferrera- hoy se conoce como San Vicente Ferrer.
En 1807, el alcalde de la recién creada Villa de Santa Cruz, amparándose en la Real Orden que estipulaba que los asuntos del agua correspondían al municipio, lograría que, el 8 de agosto de 1810, el comandante general Ramón de Carvajal le cediera las atribuciones de las aguas al Ayuntamiento, acompañadas del fondo existente en aquel momento, de 10.640 reales.
Inmediatamente se nombra Alcalde del Agua, se aprueba un primer reglamento, y se constituye una comisión -Montes y Agua- para que estudiara las medidas para mejorar los caudales y las canalizaciones; la cual informaría que “en el lugar donde se reunían las aguas que venían a Santa Cruz lo hacían en doble cantidad de la que llegaba al pueblo y, que la mitad se perdía o se robaba por el camino”.
La calidad y abundancia de las aguas del Monte Aguirre darían lugar a que gozara de una especial protección; por ello, el nuevo Alcalde del Agua gratificaría a los guardamontes para que extremaran su vigilancia y control, danto cuenta de todo lo que dañara a su masa forestal. En 1914, su suelto era de 2,05 pesetas diarias.
Tal era la importancia de tener en condiciones esta red hidráulica que, en sesión plenaria del 16 de mayo de 1873, se designó a José Amador Guarda de la atarjea del Monte Aguirre, con un sueldo de 600 pesetas mensuales, teniendo como cometido recorrerla diariamente desde la Ninfa hasta los Tomaderos para que estuviera expedita. Diariamente tenía que dar parte al Canelero de lo que observara.
En 1813, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife encargó a Sevilla 1.100 caños de barro de “dos cochuras y vidriados”, cuyo coste ascendió a 6.726 reales, los cuales se utilizarían para mejorar la distribución del agua dentro de la Villa, sustituyendo de esta manera las citadas atarjeas.
Las Galerías
La empresa Sociedad de Pozos Artesianos comenzó, en 1842, a abrir galerías en el Monte Aguirre, perforando el terreno en búsqueda de los acuíferos que almacenaban grandes cantidades de agua.
En los siguientes años se sumarían otras compañías privadas que, e 1899, abrirían galerías en Roque Negro y Catalanes, teniendo que construirse un acueducto para trasladar el agua hasta Santa Cruz, así como un túnel que atravesaría la cumbre de norte a Sur, por donde insertaría el citado canal por el que llegaban 8.000 pipas diarias (1 pipa = 480 litros).
Como de las pipas que brotaban de las galerías, apenas la mitad llegaba a la Villa de Santa Cruz, el Ayuntamiento capitalino comenzó a realizar mediciones periódicas, descubriendo que las pérdidas se producían al transcurrir por atarjeas descubiertas, motivo por el que en 1892 comenzaron a instalarse tuberías de hierro.
En 1898, las obras de mejora en las canalizaciones y las nuevas perforaciones de galerías, como la de Los Arroyos, El Hayal y El Río, harían aumentar el flujo hasta los 261 metros cúbicos por hora, logrando que en 1912 se obtuvieran 1.260 pipas diarias.
En 1928, gracias a la gestión del alcalde Santiago García Sanabria, el Ayuntamiento pasaría a disponer de las 11 galerías existente en la cordillera de Anaga, expropiando las galerías privadas y construyendo de pósitos, a la vez que realizaba un plan de agua potable.
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