Las esculturas y las cerámicas de Ángeles Cruz en el Casino de Tenerife
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 23 de febrero de 1999.
Recientemente, en el Casino de Tenerife, Ángeles Cruz, que habla con sus ojos, nos adentró en un poliédrico universo de esculturas, de piezas de cerámicas, de tallas de madera, que se ubicaban entre parcelas figurativas y abstractas, dotadas de una belleza “sui géneris” y de una evidente originalidad para el visitante más neófito.
Adentrarse en la exposición de Ángeles era irrumpir en un variopinto mundo de cenizas de humos, de hornos, de altas temperaturas, era familiarizarse, a cada momento, con la arcilla, con el esmalte, con una contrastada escala de colores, con la pigmentación, con lo refractario, con el cuarzo, con el gres, con el feldespato, con la química, con la belleza, ya que la artista, enérgica y vitalista, que parece renunciar al boceto previo, de ideas ordenadas y amante, en su trabajo, de la soledad, siempre va buscando, en su variedad creativa, pues nada menos que la ya mencionada belleza de las cosas. Y si no logra llegar a esta propiedad, que si que la alcanza, pues tiene la modestia de manifestar que “quizás con el tiempo, capturaré esa belleza que siempre he perseguido”.
La obra de Ángeles, que siempre servirá para decorar los rincones más exigentes, tiene el encanto, el difícil encanto de la sencillez, que se ve reflejada aquí y allá, en sus porcelanas, en sus volúmenes y formas, en esas hojas de acanto y en esos frutos que, por su extrañeza, nos hacen reflexionar; el encanto está, por ejemplo, en esas vírgenes caminantes; en esos nacimientos donde se observa, obviamente, la fibra religiosa de la escultora, que también vierte su imaginación en aquellas vasijas y en aquellas ánforas que nos hacen pensar, de nuevo, que el fuego y la cerámica están íntimamente relacionados, ya que aquél determinó la aparición de ésta.
Ángeles Cruz, que convence con su verbo, ceramista galardonada a niveles nacionales, patentiza en sus obras que las bellas artes es aire y movimiento; siente devoción por lo antiguo y lo hace constar en sus jarras, en esos espejos orlados de una forma muy especial, en aquella “madonna”, producto de una pura y profunda investigación que se consolida cuando la artista, esquivando a cada momento la toxicidad de determinados materiales que le rodean en su taller, se olvida del entorno con un fiel aliado, la música clásica, que le abre el espíritu y la creatividad y el impulsa al trabajo sensible y cálido.
Aquel conjunto de colores nada tiene que ver con la pintura. Los orígenes de la fabricación de objetos cerámicos –dicen los expertos–, actividad vinculada a la vida doméstica y fundamentalmente en el ámbito rural, habrá que buscarlos milenios atrás y aparecen casi en todas las civilizaciones para perdurar hasta nuestros días, como nos lo acaba de recordar, hace unos días, en el Casino de Tenerife, Ángeles Cruz de la Rosa que, incluso, para gestar del visitante una sonrisa y una sorpresa, ahí, tendido en el suelo, dormitando, al fondo de su exposición, nos brinda la figura pétrea de un perro lloroso y guardián, y, a su lado, su tierno cachorro.
– – – – – – – – – – – – – – – –