Julio isleño
(Publicado en el número extraordinario de La Tarde el 25 de julio de 1980
JULIO ISLEÑO
Arden los campos. Gozo de la trilla,
risa en la era, cuando el rubio mozo
punza a los bueyes con jovial retozo
y la moza acrecienta la gavilla.
Crepita el alborozo
bajo el sol esplendente
de este Julio que enciende los barbechos,
irisa el lomo de la cumbre ingente
y eleva el alma hacia supremos hechos.
¡Julio de Tenerife!: Heroico, pleno
de puro amor hacia la recia tierra
que en su nutricio seno
dio signo y letra a la escarpada sierra
hija del sempiterno hervor marino
y del ígneo volcán, níveo y sereno.
Julio fijó tu mágico destino,
Julio cesáreo, ardiente, luminoso,
bríos te dio frente al acoso ajeno;
y con bravura, con ímpetu asombroso,
tus hombres, tus soldados, tus castillos
de sólidos sillares y chirriantes rastrillos,
vencieron al coloso de los mares.
Cesó el cañón en su tronar de fuego,
voltearon las campanas
y tornaron al plácido sosiego
las límpidas y eglógicas mañanas.
Arde el campo: rigores de la trilla…
en Julio placentero
amontonan las mozas su gavilla
mientras el mozo canta en el otero.
En la ribera, en tanto, nueva lumbre
brilla al atardecer;
la ciudad centinela,
afanosa y romántica, tutela
a la isla azul, cuyo ardoroso canto
vibrando asciende hasta la altiva cumbre
henchida de fulgor, de alzado empeño,
embriagada de música de estrellas
en este Julio isleño
en que la tierra late estremecida
-profundos ecos, inefables huellas-
de puro amor, de palpitante vida.
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