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«El antiguo tranvía de Tenerife», libro de Rafael Cedrés

Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 13 de noviembre de 2013


El primer tranvía eléctrico histórico de Santa Cruz de Tenerife se inauguró oficialmente el 7 de abril de 1901

 

           Entre las biografías que Rafael Cedrés Jorge hace constar en su reciente libro El antiguo tranvía de Tenerife, hay dos que merecen, por diversos motivos, nuestra preferente atención: Imeldo Serís Granier y Julio Cervera Baviera. El primero, senador y diputado tinerfeño, fue, entre otros estimables detalles, quien legó un importante cantidad de dinero para que el arquitecto local Manuel de Cámara y Cruz, íntimo del político, erigiera el Instituto de Enseñanza Imeldo Serís, antigua Escuela Superior de Comercio, edificio que a duras penas se mantiene enhiesto en la Avenida Veinticinco de Julio, de la capital tinerfeña; y Julio Cervera fue personaje que estudiamos hace algunos años al ser autor material de la irrupción de la luz eléctrica en Santa Cruz, en 1897.

          “A todos aquellos que viven el hoy y les gusta recordar el ayer”, el espléndido volumen que nos ofrece el señalado autor colma todas nuestras curiosidades y nuestras remembranzas. En esta obra, de impecable y cuidada edición, se recogen los 56 años de la historia de este medio de transporte implantado en Tenerife. Cedrés, funcionario del Cabildo Insular de Tenerife, tiene un justo reconocimiento para todas aquellas personas y entidades que apostaron por conservar esos documentos antiguos que ahora han permitido a estudiosos como él recuperar retazos de nuestra historia para solaz no solamente dirigidos a ciudadanos de a pie sino para personas con un perfil técnico que sabrán calibrar el nivel de detalles que nos brinda esta impecable narración.

          (Van a permitirme este paréntesis. Repasando estas páginas surgen, inevitablemente, vivencias de nuestra niñez, cuando el tranvía –con chispazos, trole, cobrador diligente y conductor abrigado y erguido– parecía fatigarse subiendo la Rambla de Pulido donde, prácticamente, y menos el edifico de Radio Club Tenerife, todas las casas eran terreras; y donde una legión de de limpiabotas hacían sus perritas domingueras en los aledaños de la plaza de La Paz, que entonces era ídem y no un conato de fuente. Allí nuestro recordado tranvía tenía una de sus múltiples paradas, muy cerca del Cine La Paz y del Cinema Victoria, donde íbamos a asustarnos con “Fu-Manchú y el Hombre Invisible”; a cabalgar con Tom Mix y a divertirnos con Tarzán y Chita).

          El autor de tan nostálgico y didáctico tomo nos descubre, por lo menos a quien suscribe, lo del nombre de “Tranvía de Villasegura”, en honor al ínclito político ya mencionado, como agradecimiento por su actuación en las Cortes Españolas para lograr que otorgasen las concesiones que permitieran la construcción del citado medio de transporte.

           El antiguo tranvía de Tenerife nos ha resultado una admirable labor de investigación, donde se rinde un exhaustivo homenaje a todos aquellos que, a título individual y en privado, contribuyeron a que este medio de transporte circulara entre las ciudades de Santa Cruz, La Laguna y Tacoronte durante la primera mitad del siglo XX.

          Leer detenidamente este libro, que costó, por su complejidad, varios años redactarlo, supone un gran entretenimiento y un auténtico goce visual por la selección de innumerables fotografías que se insertan. Rafael Cedrés aprovechó al máximo la prolija documentación que pasó por sus manos. Tocó con sapiencia todas las escalas que ofrecía la historia, desde el proyecto de construcción del referido medio de comunicación, como sus diferente etapas: las concesiones, las acciones, billetes, abonos y pases; el trazado y sus paradas; las tarifas; las estaciones; la energía eléctrica; los viajeros ilustres, desde el rey Leopoldo II de Bélgica, Patricio Estévanez y el rey Alfonso XII hasta el inolvidable Domingo Pérez Cáceres, entre otros.

           Pero hay un capitulo que, para nosotros, tiene una preferente atención por su minuciosidad y relevancia periodística, el atraco de la Curva de Gracia que, en este tomo, hay que seguir paso a paso para valorar su generosa indagación y alcance.

           En una de las tantas fotos del libro figura el reverendo padre Luis, de las Escuelas Pías, bendiciendo la estructura de un tranvía que, adquirido por Alberto Bichara, estuvo ubicado en la carretera de Las Mercedes desde 1965 hasta 1970, con el nombre de “Tranvía Club 8”. Permaneció en este lugar hasta que en 1970 fue vendido e instalado también con fines de bar en las inmediaciones de Ten-Bel (Las Galletas), hasta que desapareció tras un incendio.

          Por lo anteriormente expuesto, y entre estudio y análisis, Rafael Cedrés Jorge muestra, obviamente, su remordimiento que compartimos plenamente, en este párrafo: “Desgraciadamente no se conserva ninguno de aquellos tranvías, que al final de su vida fueron subastados como chatarra y el importe obtenido se decidió destinarlo a la construcción del Hospital Universitario”.

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