«Canarias, naturaleza amenazada» de Pedro Felipe Acosta
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 5 de agosto de 2011
Un documental para ver, escuchar y reflexionar
Siempre nos ha causado tanta admiración como respeto ese “cameraman” que, escondido, agazapado, atento, luchando con las inclemencias del tiempo, léase frio, calor o viento, batiéndose en solitario contra el poder ciego de la casualidad, nos brinda luego, en bellísimas imágenes, las intimidades, las curiosidades, los mimos y el hábitat de la fauna, en este caso, la del Archipiélago canario. Es el caso de Pedro Felipe Acosta (Los Realejos, 1958), un consumado naturalista y un experto director de cine especializado no solo en captar las evoluciones e importancia de Canarias como refugio en el que conviven miles de especies, sino también en analizar con exquisita minuciosidad el paisaje insular. Su filmografía es tan variada como enjundiosa. Y vamos a detenernos ahora en su último trabajo, “Canarias, naturaleza amenazada”, audiovisual donde, por supuesto, hay que resaltar de entrada la música de Christian Johansen, que aporta, incluso, vacíos que nos hacen reflexionar; el difícil montaje de Manuel López y el propio Pedro Felipe, que también aporta la fotografía, junto a José Juan Hernández; sin olvidar el laborioso y documentado guión de Guillermo Delgado y la quejumbrosa y acertada alocución –muy “ad-hoc” en ciertas imágenes y comentarios– de Begoña Hernando. El documental ha sido producido por la Obra Social y Cultural de CajaCanarias Banca Cívica. Enhorabuena.
En este excelente trabajo se nos recuerda –y se agradece de forma didáctica– que el Archipiélago fue colonizado por pueblos africanos que trajeron con ellos algunos vertebrados domésticos; al menos, la cabra, la oveja, el cerdo y el perro. Sin embargo, es con el asentamiento de europeos tras la conquista en el siglo XV cuando ocurre una introducción masiva de especies que perdura. La presencia de estos animales se produce tanto de manera voluntaria (gatos, gallinas, conejos) como, sobre todo, involuntaria (ratas, ardillas, cientos de insectos). Se nos recuerda, igualmente, que Fuerteventura es la isla más longeva, con veinte millones de años, y la benjamina, El Hierro, que apenas llega a los dos millones.
En efecto, y como se nos describe en el guión, “el Archipiélago canario es un arca de Noé varada en el Atlántico”, Nuestras islas son pequeños tesoros en miniatura, gestados por la fabulosa herencia de, como hemos visto, millones de años de evolución.
Aquellos antiquísimos pastores nómadas y el ganado caprino, que era el eje de sus vidas alimentarias, causaron estragos. La balanza se desniveló condenando especies singulares a una extinción prematura.
En la extraordinaria cinta se nos explica que la conquista trajo otras necesidades, pues todo quedaba supeditado a los intereses de la Corona. La demanda de tierras fértiles alcanzó proporciones desorbitadas y el trasiego de nuevas especies se multiplicó. Se avecinaba una tragedia sin precedentes: setenta mil cabezas de ganado salvaje fueron excesivas, incluso para una isla tan extensa como Fuerteventura, que algunos años llegó a producir trescientas mil fanegas de buen trigo. El precio que pagó fue muy elevado. Despellejaron su cubierta vegetal casi por completo para terminar abocada al desierto.
Pero ahí, en Lanzarote, concretamente en Famara, está el mayor vivero natural para endemismos vegetales canarios, además del último baluarte para muchas plantas isleñas amenazadas. Y en El Hierro, en Sabinosa, por ejemplo, a duras penas un pequeño arbusto especialista en vivir entre grietas y riscos casi inaccesibles ha sabido evitar los ganados.
La cámara, minuciosa, atenta y escrutadora, nos familiariza con los lagartos gigantes, con el gato asilvestrado, con la pegajosa mosca endémica de Canarias. Y también con el conejo, introducido en los últimos siglos; una plaga moderna que arrasa con todo lo que encuentra a su paso; para muchas plantas fue la gota que colmó el vaso. Con las ratas pardas, que llegaron como polizones de bodegas en barcos mercantes. Con las pardela, que se pasa el día en alta mar. Con la paloma rabiche, que anida aquí y acullá y que cada vez son más escasas. Con el pinzón azul, un ave excepcional, víctima de un desorbitado afán de coleccionismo. Con el cuervo, cuya voracidad los catapulta a cotas de verdadera plaga bíblica. Con los bulliciosos charranes y la majestuosa águila pescadora, especies a extinguir en este entrono donde sigue prevaleciendo el eterno dilema entre conservación y progreso.
El valioso testimonio audiovisual de Pedro Felipe Acosta, donde la fragancia de nuestra increíble flora nos parece, incluso, percibir, apenas dura media hora. Pero no se puede ver y escuchar más en tan corto espacio de tiempo sobre los factores que más negativamente han afectado a los ecosistemas primigenios de nuestro territorio. Como apuntaba recientemente el acreditado especialista y crítico cinematográfico Eduardo García Rojas, “Canarias, naturaleza amenazada” tiene el oficio de los grandes documentales de la National Geographic, al tiempo que es un testimonio silencioso pero contundente de nuestra frágil realidad”.
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