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Ante la anunciada demolición del Teatro Pérez Minik, en el Parque Viera y Clavijo.

Autor: Antonio Salgado Pérez
Inédito. Publicado en esta página web el 4 de febrero de 2026.

Remembranzas de un espléndido documental sobre la figura del excepcional intelectual tinerfeño.

 

Domingo Pérez Minik

 

           A raíz de la anunciada demolición del Teatro Pérez Minik, ubicado en el interior del parque Viera y Clavijo, de esta capital por, según los técnicos municipales, “ser un añadido del citado parque”, nos ha venido a la memoria el documental –espléndido, por cierto– que nos brindó, hace ahora casi tres lustros, el cineasta tinerfeño Miguel García Morales. El citado documental, dedicado a la excepcional figura intelectual de Domingo Pérez Minik, nos envolvió en remembranzas de nuestra niñez, entre boliches, gongos, piolas, trompos, guirgos y “¡manos arriba!”. Aquel DVD, gentilmente enviado por Cajacanarias, nos introdujo en un túnel del tiempo ubicado, principalmente, en la calle General Goded, donde, en su número 7, vivía don Domingo Pérez Minik y, cincuenta metros más arriba, quien suscribe. Y siempre, de niños, en los albores de la década de los 50 del siglo pasado, veíamos el porte, la dignidad y la elegancia de don Domingo junto a su esposa, doña Rosita, de mermados movimientos locomotrices, siempre asida, muy fuertemente, del brazo de su marido. Nos llamó la atención aquel matrimonio que nos dejaba una peculiar estela de tanto romanticismo como amor.

          De aquella casa terrera, del número 7, veíamos entrar y salir a muchas personas; pero a nosotros se nos quedó grabada la figura de aquella anatomía que parecía apabullarnos, de cabello ensortijado y revuelto. Era don Arístides Ferrer, que años después sería para nosotros un inolvidable profesor y, luego, amigo.

           Tanto don Domingo como don Arístides comparten alberos en sendos paseos del Parque Municipal García Sanabria, junto a grandes amigos de la época, desde Juan Marichal, Agustín León Villaverde, Francisco Borges Salas y Manuel Bonín Guerín, hasta los José Blanco Robles, Domingo López Torres, Francisco Aguilar y Paz, y Marcos Guimerá Peraza, ilustres tinerfeños, destacados en diversas artes, profesiones y labores docentes.

          Ahora, insistimos, en aquel espléndido documental dirigido por Miguel García Morales se escrutaba, de una forma muy especial, a una de las personas más relevantes en la crítica literaria del siglo XX español, cuya tolerancia, defensa de la cultura y capacidad de sentir curiosidad nos lo recordaban, por ejemplo, en dicha cinta Eduardo Haro Tecglen, Francisco Nieva, Pedro Altares, Martín Chirino, Cristino de Vera, María Rosa Alonso, Ciryl Brian Morris o José Ángel Ezcurra.

          En nuestra adolescencia tuvimos la oportunidad de conocer personalmente a don Domingo. Fue en el Colegio Bayco, dirigido por el encomiable Publio Rodríguez Rodríguez. Allí, don Domingo impartió durante varios años Francés. Y en una excursión que realizó dicho centro al Pico del Inglés, pudimos comprobar el extraordinario carácter de aquel profesor de rostro risueño y complaciente; sencillo y dicharachero, que sabía mucho de todo pero que jamás alardeaba de tal blasón. Con posterioridad a aquella incursión campestre, y como simple anécdota que denota la versatilidad de nuestro personaje, Julio Fernández, director del añorado semanario deportivo Aire Libre, me confesó que, en cierta ocasión, y en su juventud, Pérez Minik, había escrito una poesía sobre boxeo. Un día la descubrimos. Era ésta: “Debe parecerse a un púgil peso welter/ su rostro, ¡oh, su rostro!/ tan sólo lo puede soñar/ un cubista en ayunas/ reblandecido, intoxicado de éter, de opio y de morfina/ Piruetemos, cabriolemos,/ soy auroral…”.

          En el citado documental, ideado por Juan Cruz Ruiz, que también aportó el valioso guión, se observaba a cada momento, lo complicado que debió de resultar el montaje de dicho filme, del que había salido muy airoso su autor, Jorge Rojas, que eligió los momentos puntuales y trascendentes de la vida de don Domingo para que se mantuviese el ritmo adecuado, donde la fuerza de la música, aportada por Fabián Yanes, gestaba hondura y nostalgia en muchas escenas, protagonizadas, por ejemplo, por Víctor M. Reviriego, Pedro González, Julio Llamazares, José Luis Fajardo, Fernando Delgado, Luis Alemany, Emilio Sánchez Ortiz, Carlos A. Schwartz o Miguel Martinón.

         En aquel óptimo producto de la Obra Social y Cultural de Cajacanarias, que contó con la colaboración de Televisión Española y Radio Nacional de España, también destacamos la impecable nitidez de las imágenes y primeros planos ofrecidos al espectador; la magistral y original selección de escenarios en que cada uno de los entrevistados nos hablaba, así como el riguroso análisis de las numerosas grabaciones, documentos sonoros y fotografías que se cribaron para ofrecer aquel extraordinario trabajo de investigación cultural, del que también daban testimonio, y basados, por supuesto, en la figura de Pérez Minik, Juan Manuel García Ramos, Álvaro Arvelo, Carlos Pinto Grote, Daniel Duque, Julio Pérez, Juana Rosa Cas y Alejandro Krawietz.

           Destacamos las palabras de Emilio Lledó: “Domingo Pérez Minik pertenece a una clase, a una casta, a una raza humana distinta y un poco superior”. Y las de José Manuel Caballero Bonald: “Un faro que mira al fondo del mar, guía de navegante, y esto es un poco lo que hizo Pérez Minik, guiarnos a muchos de una manera noble y generosa”. “Era un quijote, no solo de aspecto, sino porque siempre combatía a todos los molinos, pero también atacaba a los gigantes”, opinó Guillermo Cabrera Infante. Y la síntesis de Nuria Espert, cuyas palabras finales sirvieron para dar el título al citado documental: “Para los que le conocimos y tuvimos la suerte de que nos quisiera, don Domingo era como una luz en la isla…”.

           Igualmente atesoraba la cinta la inconfundible voz del galardonado actor tinerfeño José Manuel Cervino, que recientemente había recibido el título de Hijo Predilecto del municipio de Arona. Y también se nos mostraba y se nos descubría, el singular edificio enclavado en la calle Gómez Landero, aledaño a General Goded, donde Eduardo Westherdal y sus colaboradores, entre ellos, Pérez Minik, lanzaron la revista Gaceta del Arte, en épocas donde Tenerife fue el centro europeo del surrealismo de la mano del galo André Breton, “que, de paso, traía cuadros de Pablo Picasso, para venderlos aquí y nadie se interesó por ellos”.

           En definitiva, don Domingo fue un auténtico autodidacta. Sensato y sensible. Emitía alegría y fue, evidentemente, un gran intérprete de nuestra cultura. Falleció en 1989, a los 86 años. Entonces, en aquel excepcional documental, gestado por Altagracia Producciones, quedaba inmortalizado para siempre, aunque la cinta duraba sesenta y cuatro minutos. Hay que resaltar que las múltiples y autorizadas opiniones que sobre él se vertían en el filme de Miguel García Morales estaban carentes por completo de labores de abogados del diablo.

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