Generosidad, diversión y devoción en la Romería de San Roque de Garachico
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 23 de agosto de 2011
Nos quedamos con la opinión de un experto en estas manifestaciones: “La romería de san Roque de Garachico no es ni mejor ni peor, pero sí diferente a otras”. Y lo hemos comprobado, en esta otrora y opulenta Villa y Puerto, ubicados en la calle Esteban de Ponte, concretamente un la balconada de una original casona-hotel-apartamento. Sobre aquel vetusto adoquinado y en la peculiar angostura de la aludida vía hemos gozado, junto a un grupo entrañable de amigos, las notas de grupos folclóricos y parrandas; las notas del vibrante tajaraste, de la atrevida saltona o de la graciosa seguidilla. Todo ello envuelto en esa sonrisa que no cuesta nada y produce mucho; en esa sonrisa que enriquece a aquellos que la reciben y que crea la felicidad en el hogar; que gesta el signo sensible de la amistad y que brinda valentía a los más desanimados. Y todo ello observando a este enriquecedor pueblo garachiquense vestido con los tradicionales trajes típicos canarios; las cañitas con las cintas de colores; la llegada de los romeros para pagar las promesas desde cualquier punto de la Isla, y los ajijides, entre voladores y repiques de campanas y donde la numerosa presencia infantil asegura la transmisión del fervor y el amor secular que se le viene profesando al santo.
Qué orgullo embarga comprobar la exquisita generosidad de nuestros paisanos, que desde sus engalanadas carretas, desde sus simple carros pequeños, lanzaban, entregaban, con admirable donaire, la papa arrugada, la humeante chuleta, el gofio amasado envuelto primorosamente en platina, la chistorra o aquel plátano con “puntitos negros” de sabor inigualable. Y allí, incansables, se percibían los sones de las guitarras, del timple, de la flauta, de la huesera e, incluso, de un saxofón y un bucio. Faltó el cafiro (léase acordeón), que tanto parece añorar el didáctico y versado Carlos Acosta García desde las páginas de un excepcional y enjundioso programa de fiestas, cuya coordinación, edición y selección de textos ha corrido a cargo del reconocido profesor y escritor Cirilo Velázquez Ramos, del que aún se recuerda la documentadísima conferencia que de su Garachico del alma impartió ya hace algunos años en el Casino de Tenerife.
En esta genuina y ancestral romería, multicolor y devota, con la inseparable trilogía del “cantar, comer y beber”, sobresalió la imponente presencia vacuna con el sonido de sus colleras; yuntas limpias y lustrosas, inmutables ante tanta algarabía cercana y tanta sana diversión, observadas, desde lo alto, por san Roque, de ascendencia francesa, con el sayo de peregrino; un bordón y una calabaza por cantimplora; un abrigo hasta la cadera; una o varias conchas para sacar agua de los ríos… Erguido, con mofletes color bermellón, mirando siempre hacia abajo, como en busca de su fiel can, está san Roquito –como algunos, cariñosamente, lo llaman– único heredero de las considerables riquezas de su familia, que prendado de fe cristiana vendió sus bienes donándolos a los pobres a través de los claustros, los hospitales y las instituciones reservadas a las mujeres.
Allí, entre humeantes y olorosas barbacoas, entre bocadillos, vino de nuestras parras, frutas, huevos y crujiente pan, estaba el justo de Montpellier, que, muchísimos años atrás, alivió peste y tragedia en este Garachico que fue un emporio de bienestar y riqueza y que ahora luce incontables valores patrimoniales y numerosos atractivos turísticos, como esta manifestación festiva, como esta singular romería, que se nos presenta como una de las señas de identidad más significativas de este pueblo que pronto, muy pronto, y a la chita callando, tendrá un puerto que admirarán propios y extraños por sus recias defensas y sus recoletas formas.
El 16 de agosto de cada año, así diluvie, relampaguee, haga un sol tórrido o una ventisca sahariana, o sea un día festivo o laboral, como en esta última ocasión, saldrá, en procesión multitudinaria, y sin ningún género de dudas, san Roque, san Roquito, que hasta lo verán las abadesas de clausura del convento concepcionista franciscano de Garachico, que está junto al mar y frente a El Roque.
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