El Carnaval de Santa Cruz en 1820. Relato de Sabino Berthelot
Autor: José Manuel Ledesma Alonso
Publicado en el Diario de Avisos el 2 de marzo de 2025
«Después de un espléndido día primaveral, al llegar la noche salí a recorrer la Villa que se encontraba iluminada por un hermoso claro de luna. Soplaba una brisa que refrescaba el ambiente y el mar brillaba como un espejo.
Hacía un mes que vivía en Santa Cruz y parecía que todo se había puesto de acuerdo para producir mágicos efectos, pues me vi envuelto en las veladas carnavaleras que atraían a lindas muchachas, cuyos brillantes atuendos cautivaban a galantes caballeros que las invitaban a bailar, intercambiándose reverencias y tener conversaciones chispeantes, anhelos amorosos y miradas encendidas.
La animación reinaba sobre todo en la plaza de la Pila, donde las parrandas hacían de señuelo atrayendo a las máscaras a bailar. De repente, por la calle del Castillo desembocó una alegre comparsa que rápidamente improvisó un baile. Aquello era encantador, pues jamás había visto nada más extravagante.
Como Santa Cruz no tiene teatro, los jóvenes de la ciudad suelen montar una obra dramática o un sainete burlesco para luego representarlo en los salones de las mejores familias de la ciudad. Los propios actores se han encargado de pintar los decorados sobre bastidores portátiles y de hacer sus vestimentas con ropas prestadas o confeccionadas por ellos.
Este año, habían preparado una comedia de Molière, El Anfitrión, una historia de seres clonados que, con el sano propósito de entretener, viven la asombrosa paradoja de mezclar lo divino y lo humano, las pasiones y los odios, las infidelidades y los deseos, las risas y los sentimientos.
La obra, traducida perfectamente al castellano por un poeta local, lograría más intensidad que el original en la intriga amorosa, pues donde Molière había hecho intervenir al Cielo, lograron captar realidades terrenas, motivo por el que recibieron los calurosos aplausos del público, sobre todo cuando el esclavo Sosie hizo llorar de risa al auditorio. ¡Cuántas expresiones ardientes y apasionadas se veían en aquellas muchachas que se ruborizaban de pudor y de amor!. ¡Cuántos sueños provocaba el dios de los dioses!
Al finalizar, el traductor de la obra, que también era el actor principal, haciendo honor al personaje -El Anfitrión- me invitó a que los acompañara en el recorrido que iban a realizar.
Nuestra comitiva era en verdad digna de Molière. Yo, al despecho de Júpiter, ofrecí mi brazo a su esposa Alcmena y ocupé un lugar entre los dioses, precedidos por Mercurio y la Noche. El grupo lo cerraban los músicos, los portadores de los bastidores con el telón de fondo y el de proscenio, así como los criados cargados con ramas verdes que mejoraban la representación. A la comitiva le seguía una multitud de curiosos que iba creciendo a medida que avanzaba el desfile.
Al llegar a la casa del Capitán General, situada en la parte alta de la plaza de la Pila (La Candelaria), el espectáculo comenzó a cobrar mayor interés cuando entramos en el salón principal, donde se celebraba la fiesta. El baile se detuvo, y en la sala se produjo un repliegue para que los actores pudieran disponer de la mitad de la misma. Por el gran revuelo que se produjo comprendí que nuestra comitiva era esperada con impaciencia. Dos granaderos de la guarnición militar que mandaba el General mantenían los bastidores que sostenía el telón, mientras varios soldados montaban los decorados. Después de una breve obertura dio comienzo la representación teatral.
Al concluir la citada representación, el baile se reanudó con mucha animación, pues todos participamos de la fiesta en la que las mujeres tinerfeñas derrochaban gracia y delicadeza.»
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Sabino Berthelot (Francia, 1794, Santa Cruz de Tenerife, 1880), llegó a Santa Cruz en enero de 1820, alquilando una vivienda en la calle de las Tiendas, actual Cruz Verde.
En 1826, Alonso de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, le encargó dirigir el recién fundado Jardín de Aclimatación de La Orotava.
Después de recorrer, durante dos años, todos los pueblos del Archipiélago, junto al inglés Philip Barker Webb, publicó Misceláneas Canarias, una serie de relatos en los que describe a la sociedad isleña de aquella época: personas, indumentaria, hábitos alimentarios, fiestas, oficios, viviendas, etc.
En 1830, publicaría en Francia Historia Natural de las Islas Canarias, un estudio científico completo y extenso sobre el Archipiélago sobre la historia, la antropología, la geografía, la geología, la zoología, la botánica y la etnografía del Archipiélago. A él se le debe la aplicación del término “guanche” a los aborígenes tinerfeños.
En 1874 fue nombrado Cónsul de Francia en Santa Cruz de Tenerife.
En 1876, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife acordó nombrarlo Hijo Adoptivo de la ciudad, siendo el primer personaje ilustre en recibir esta distinción en las Islas Canarias. En 1901 se le pondría su nombre a la antigua calle Las Flores, donde vivió.
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