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El misterio del cañón de 2 metros

Autor: José Domingo Méndez
Publicado en El Día el 12 de abril de 2026

El artículo está basado en comentarios y opiniones de Carlos Pallés tras la aparición de un viejo cañón cerca del litoral santacrucero.

           Carlos Pallés Darias (Santa Cruz de Tenerife, 1964) habla con la cautela de quien conoce bien el peso de cada palabra en materia histórica y patrimonial. Arquitecto, fotógrafo y estudioso de la historia de Santa Cruz, preside la Tertulia Amigos del 25 de Julio y desde hace un año es director científico de Museos de Tenerife. Por eso, aunque insista en que su valoración es personal y no oficial, su voz se ha convertido en una de las más autorizadas para interpretar el hallazgo del antiguo cañón aparecido en las obras de ampliación del Cabildo.

         Lo primero que aclara es que no se trata, en principio, de un hallazgo arqueológico en sentido estricto, sino histórico. La intervención inmediata corresponde a Patrimonio Histórico del Cabildo, que deberá determinar la entidad de la pieza, su protección y los pasos a seguir. Hasta entonces la norma es clara: detener la actuación en ese punto, no mover el objeto y conservar intacta toda la información que ofrece su posición original.

         Porque, explica Pallés, en estas cosas importa tanto la pieza como el contexto. Saber si el cañón apareció clavado, volcado, desplazado o semienterrado ayuda a reconstruir qué ocurrió. Moverlo antes de tiempo supondría perder datos esenciales sobre el terreno y las circunstancias en que quedó allí depositado. La aparición del cañón no resulta del todo sorprendente en una ciudad como Santa Cruz, marcada durante siglos por su condición de plaza fortificada.

          Sí llama la atención, matiza, dar con una pieza de estas dimensiones: un cañón largo de casi 2 metros y que podría rondar entre los 2.000 y los 3.000 kilos. Y ahí entra una de las claves de su interpretación: una pieza así no se movía con facilidad. Eran muy costosas, muy pesadas y perfectamente inventariadas por los ingenieros militares. Por eso, una de las hipótesis es que cayera al mar o a la costa durante una operación de desembarco o traslado y que, con el tiempo, quedaría sepultada bajo rellenos posteriores.

         Ese detalle conduce al valor más evocador del hallazgo: la posibilidad de reconstruir la antigua geografía litoral de Santa Cruz. El lugar donde apareció coincide con el entorno de la antigua Caleta de Blas Díaz, hoy completamente transformado. El actual frente urbano, recuerda Pallés, está levantado sobre rellenos sucesivos. El Palacio Insular y buena parte de su entorno ocupan lugares que antes fueron caletas, taludes, desembarcaderos o líneas de defensa. Por eso, determinar si el cañón cayó en la costa, si rodó por la ladera o si quedó atrapado en una antigua ensenada puede aportar tanto o más que la propia identificación de la pieza.

           Pallés recuerda además que descargar un cañón desde un galeón o un barco de vela era una operación de enorme complejidad. No existían muelles preparados ni grúas como las actuales. Las piezas se izaban con roldanas, se bajaban a embarcaciones menores y se trasladaban hasta la orilla en condiciones de mar muchas veces difíciles. En una costa abrupta como la de Santa Cruz, con oleaje, callaos y fondos irregulares, cualquier maniobra implicaba un riesgo.

          Sobre la datación evita pronunciamientos concluyentes. No hay aún informes definitivos, pero apuesta a dos grandes posibilidades: finales del siglo XVI, en tiempos de Felipe II, cuando la Corona adquirió en Inglaterra un importante lote de cañones de hierro colado, o mediados del siglo XVIII, dentro del refuerzo borbónico de las fortificaciones insulares. La diferencia sería notable. Si pertenece a la serie de Felipe II, su interés histórico sería muy alto por tratarse de una tipología más singular y escasamente conservada. Si fuese del siglo XVIII seguiría siendo una pieza valiosa, aunque menos excepcional. Todo apunta además, en una primera apreciación, a un cañón de hierro colado y no de bronce. El fuerte nivel de corrosión impide distinguir marcas, letras o emblemas, lo que complica una identificación más precisa a simple vista.
Mientras llegan los informes técnicos, la obra continúa. El protocolo adecuado no implica necesariamente una paralización absoluta, sino una evaluación del hallazgo y de su alcance patrimonial. Será Patrimonio Histórico quien determinará qué administración asume la conservación de la pieza y cuál será su destino final. Si acaba en el ámbito de Museos de Tenerife, Pallés apunta que las ruinas del castillo de San Cristóbal serían un emplazamiento lógico.

          Pero más allá de su ubicación futura, cree que el verdadero valor del hallazgo reside en su capacidad para activar una reflexión más amplia sobre Santa Cruz, sobre su pasado como puerto real y plaza fuerte, sobre la transformación radical de su frente marítimo y sobre una memoria material que la ciudad ha ido borrando con el tiempo. En esa lectura, el cañón funciona casi como una metáfora: una pieza militar surgida bajo las obras contemporáneas en una ciudad que durante siglos vivió entre el comercio y la defensa, y que después fue destruyendo buena parte de las huellas físicas de su historia.

         Por eso el hallazgo ha despertado tanto interés. No solo por el objeto en sí, sino porque obliga a mirar hacia abajo y hacia atrás: hacia la costa que ya no existe, hacia la ciudad fortificada que fue y hacia una historia que, pese a todo, sigue emergiendo entre los cimientos del presente.

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