José Hernández Arocha

 

 

José Hernández Arocha
(1876-1957)


“Teníamos tal convicción de que la suerte que nos estaba reservada era la de la muerte, que combatíamos más por morir con honra que por defender la vida”

 

          Desde la llegada a estas islas de la expedición de Magallanes y Elcano en 1521, Filipinas y España compartieron casi cuatro siglos de una intensa y estrecha historia en común. Durante todo este tiempo, figuras ilustres como Legazpi y Urdaneta ayudaron a forjar un legado transoceánico marcado por el descubrimiento, el comercio, la evangelización y el mestizaje, convirtiendo al archipiélago en una pieza fundamental del pasado español.

          Pero un episodio épico y trágico cerró esta larga etapa protagonizado un reducido grupo de unos sesenta españoles en Baler. Aislados en una modesta iglesia y soportando condiciones extremas de hambruna durante doce meses, estos hombres resistieron un asedio enemigo sin saber que Filipinas ya se había independizado. Su inquebrantable resistencia mantuvo izada la bandera de España hasta 1899, siendo la última enseña nacional en ondear en los territorios de ultramar.

El Sitio de Baler

          El Sitio de Baler fue uno de los episodios más asombrosos y dramáticos que marcaron el final del Imperio español. Entre el 1 de julio de 1898 y el 2 de junio de 1899, un destacamento de unos sesenta militares españoles quedó cercado por tropas revolucionarias filipinas en la iglesia del pequeño pueblo de Baler, en la isla de Luzón. Totalmente incomunicados, estos soldados ignoraban que la guerra había terminado y que España ya había firmado el Tratado de París en diciembre de 1898, cediendo la soberanía de Filipinas a Estados Unidos.

          Durante 337 días, los defensores, liderados primero por el capitán Enrique de las Morenas y, tras su muerte, por el teniente Saturnino Martín Cerezo, resistieron en condiciones infrahumanas. Atrincherados en los gruesos muros de la parroquia, tuvieron que hacer frente no solo al fuego enemigo, sino a un adversario mucho más letal: el hambre y las enfermedades. La escasez de víveres les obligó a consumir cualquier cosa que encontraran, desde hojas cocidas hasta ratas y reptiles. El hacinamiento y la falta de vitaminas provocaron un brote de beriberi que diezmó a la tropa, cobrándose la vida de varios hombres.

          A lo largo de los meses, emisarios filipinos y españoles intentaron convencer a los sitiados de que la guerra había terminado, pero Martín Cerezo rechazaba todas las informaciones, convencido de que eran elaboradas artimañas del enemigo para lograr su rendición. Finalmente, el 2 de junio de 1899, el teniente leyó un periódico español que los asediadores habían dejado a su alcance. En él, encontró una noticia sobre el traslado de un amigo suyo a otra provincia en España, un detalle tan específico e intrascendente que le hizo comprender que la pérdida de Filipinas era real y no una trampa.

          Tras capitular pacíficamente, la gesta despertó tal admiración que el propio presidente de la Primera República Filipina, Emilio Aguinaldo, emitió un decreto alabando su valor. En él, ordenó que no fueran tratados como prisioneros de guerra, sino como «amigos», permitiendo así su regreso a España y cerrando para siempre el último capítulo del imperio en ultramar.

          Uno de los supervivientes de aquel encierro fue precisamente José Hernández Arocha. Como tantos otros jóvenes humildes de su época, se vio obligado a dejar su tierra natal para combatir al otro lado del mundo. Al participar en esta resistencia, no podía imaginar que él y sus compañeros estaban protagonizando una de las gestas más memorables de nuestro pasado, una hazaña por la que seguirían siendo recordados y honrados más de un siglo después, siendo llamados aún hoy en día: “Los Últimos de Filipinas”.

José Hernández Arocha, tacuense y tinerfeño

          Nació en Taco el 18 de septiembre de 1876, siendo bautizado nueve días más tarde en la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán de La Laguna, con el nombre de José María. Sus padres eran los jornaleros Eulogio Hernández Suárez, de El Sauzal, y María Antonia Abad Arocha y Reyes, de Taco.

          Es llamado a filas para llevar a cabo el servicio militar en Filipinas y, con 20 años recién cumplidos, fue alistado siendo destinado al Batallón de Cazadores Regional de Canarias nº1. Venía de una familia con escasos recursos y no pudo pagar las 2.000 pesetas que permitían ser excluido del reclutamiento, así que José, como otros muchos jóvenes de la época, tuvo que partir a la entonces España de Ultramar.

          Así, el 10 de octubre de 1896 toma rumbo a la Península, primero a Cádiz y más tarde a Barcelona, desde donde llegará a Filipinas, a bordo del buque “León XIII”. Año y medio después de llegar a este archipiélago asiático, José se ve inmerso en el Sitio de Baler.

          Sabemos que no fue herido durante ese año de asedio, si bien si se tiene constancia de que llegó a estar enfermo de beriberi. Fue quien construyó un horno y excavó un pozo, permitiendo disponer de agua y pan. Dentro del destacamento, era el “canario animoso”, como le llamaba Martín Cerezo, ya que en ocasiones cantaba isas y folías canarias.

          La prensa local tinerfeña publicó varias entrevistas suyas a su vuelta, en las que pudo relatar las penurias que sufrieron él y sus compañeros:

                    – ¿Con qué se alimentaban?

                    – Pues con hierbas cocidas, especies de calabaceros, cerrajas y otras matas que nos sabían á gloria, ratas, culebras, lechuzas y perros, si alguno se rodaba por aquellas aproximaciones. En nuestras salidas solíamos apresar algún caballo y entonces celebrábamos un verdadero festín. Siempre que teníamos ocasión de hacer alguna salida; obligados por el hambre y la desesperación, experimentábamos casi alegría, porque al fin y al cabo, aunque á costa de grandes peligros, respirábamos aire más sano y ubre que el que teníamos en la iglesia infestado por las calenturas y disenteria que allí se habían desarrollado y de las que habían muerto 19 á más de otros dos que lo habían sido de balazos.

          A su vuelta a Tenerife, a donde llega el 9 de septiembre de 1899, casi tres años después de su partida hacia Filipinas, es recibido como un héroe, siendo fruto de homenajes, donaciones económicas, conciertos, …

          Tras estos fastos, comienza la segunda etapa de su vida, instalándose en su Taco natal. El 26 de febrero de 1900 se casa con Juana González. Ambos tuvieron cinco hijos: Juana, Claudina, Herminia, Concepción y Crescencio. Su esposa fallece en 1918, quedando viudo con cuatro hijos. Un año más tarde contrae matrimonio con Elena Melián, quienes tendrán siete vástagos: Silverio, Elena, Servando, Domingo, Manuela, Ángel y José. En total, doce hijos de dos matrimonios.

          Todo el resto de su vida vivió en Taco, como el de buena parte de sus hijos, trabajando de jornalero y unos años de jardinero en la santacrucera Plaza Weyler. Sus últimos años, de hecho, los vivió en la calle del Sol.

          En 1946 recibe el título de Teniente Honorario, junto al otro canario superviviente al Sitio de Baler, el majorero Eustaquio Gopar.

          Recién cumplidos los 81 años, José Hernández Arocha fallece en su domicilio de Taco, resultado de un derrame cerebral, a las 22:08h del domingo 13 de octubre de 1957. Debido a que la caja no cabía por la puerta, sacaron el féretro por la ventana de su casa, envuelto en la enseña rojigualda. El entierro tuvo lugar en el Cementerio capitalino de Santa Lastenia al día siguiente. José fue sepultado en tierra, vestido con el uniforme de Teniente Honorario, en el patio número 11 de este camposanto.

          Ya fallecido, y en décadas más cercanas, se le han rendido varios honores: como la plaza de Taco y el helicóptero militar que llevan su nombre, varias conferencias y exposiciones sobre la estancia en Filipinas de él y del resto de canarios sitiados en Baler y un libro dedicado a su vida publicado en 2026. Como último acto de recuerdo, cabe destacar la colocación de una placa en Taco en su honor, a iniciativa del Ayuntamiento de La Laguna y de la Tertulia Amigos del 25 de Julio.

          Es de justicia rendir tributo al valor de aquellos soldados que, a miles de kilómetros de sus hogares, defendieron con honor y lealtad tanto su vida y la de sus compañeros como a su país. El tinerfeño José Hernández Arocha fue uno de esos jóvenes excepcionales, y su nombre ha quedado grabado para siempre en la memoria de esta gesta.

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