SANTA CRUZ DE TENERIFE. Capítulo I. De Villa a Ciudad (5). Título de Muy Benéfica
Autor: José Manuel Ledesma Alonso
Publicado en El Día el 29 de septiembre de 2024
En el otoño de 1893, a Santa Cruz de Tenerife comenzaron a llegar noticias de la existencia de una epidemia de cólera en la Península y Europa, lo que obligaría a que se aplicaran las habituales medidas de precaución, ordenando a guardar la preceptiva cuarentena a los barcos procedentes de puertos “sucios”.
El 29 de septiembre del citado año llegó el vapor italiano Remo, procedente de Río Grande (Brasil), de paso para Génova. Venía con «patente sucia» por lo que quedó fondeado frente al Lazareto, en el barrio de Los Llanos, para que pasara la preceptiva cuarentena; pero, algún pasajero logró desembarcar, dando lugar a que Santa Cruz fuera invadida por una pavorosa epidemia de cólera morbo-asiático que llegaría a alcanzar a centenares de hogares.
Rápidamente, los médicos Agustín Pisaca Fernández, Diego Costa y Grijalba y Diego Guigou y Costa formaron las comisiones de Sanidad, Subsistencia y Beneficencia e instalaron hospitales de aislamiento en las ermitas de San Sebastián, San Telmo y Regla; desinfectaron casas, ciudadelas, calles y barrancos; establecieron cocinas económicas para atender a los más necesitados; y abrieron suscripciones públicas para los casos más urgentes, con las que llegaron a alcanzar la cantidad de 65.000 pesetas.
Este espíritu de solidaridad también se trasladaría a una compañía de zarzuela, a la que la epidemia había sorprendió actuando en el Teatro, los cuales ofrecerían gratuitamente a los ciudadanos dieciséis representaciones de El dúo de la africana, del maestro Caballero. De la misma manera, ocho toreros que venían de América, de paso para la Península, se incorporarían voluntariamente a las cuadrillas sanitarias, prestando una ayuda inestimable. Al terminar la epidemia, el Ayuntamiento les pagó el viaje de regreso a sus casas.
Debido a que el resto de las islas y las localidades del interior se incomunicaron de Santa Cruz, comenzaron a escasear los alimentos, el carbón vegetal y el hielo. El combustible se solventó gracias al carbón mineral que utilizaban los barcos de vapor, siendo cedidos por las casas consignatarias. El hielo, necesario para el alivio de los afectados, fue facilitado por los barcos surtos en el puerto, hasta que se les agotó el amoníaco para su fabricación; entonces, sería el ayuntamiento de La Orotava el que colaboró enviándonos grandes partidas de hielo, desde los neveros del Teide.
La enfermedad afectó especialmente a las zonas más deprimidas de la población, siendo los barrios más castigados los de San Andrés, Los Llanos, El Cabo y El Toscal.
Como los hospitales, tanto el civil como el militar, estuvieron pronto al completo, hubo que habilitar otros lugares para atender a los enfermos. Lo mismo pasó con las iglesias, en las que ya no había espacio para dar sepultura a los fallecidos, de manera que para enterrar a las 40 personas que murieron en San Andrés, hubo que hacer allí un cementerio (Traslarena).
Santa Cruz vence al cólera
Después de tres angustiosos meses, el 4 de enero de 1894, la Gaceta de Madrid publicaba la noticia oficial de que la epidemia colérica había terminado y declaraba limpias las procedencias del puerto de Santa Cruz de Tenerife.
El Gobernador Civil declaraba desaparecida la epidemia, exaltando el comportamiento de todo el pueblo. En señal de alegría y entusiasmo, repicaron las campanas, hubo música por las calles, se tiraron cohetes y en los edificios públicos se pusieron colgaduras de banderas. La alcaldía autorizó abril las arquillas de distribución del agua, se reanudaron las clases en los colegios y en el establecimiento de segunda enseñanza, etc.
El día 14 de enero, la imagen del Señor de las Tribulaciones sería llevada en solemne procesión desde la iglesia de San Francisco al barrio del Toscal, donde el 4 de enero, a instancias del párroco Santiago Beyro, el Ayuntamiento en Pleno había acordado dar a la calle de Oriente el nombre de Señor de las Tribulaciones pues, según la tradición popular, en este lugar paró la propagación de la enfermedad poco después de procesionar la Imagen en rogativa.
El 28 de abril de 2011, el Ayuntamiento capitalino designaría al Señor de las Tribulaciones con el título oficial de “Señor de Santa Cruz”.
Debido a la epidemia, de una población de 19.722 habitantes, fueron atacados por la enfermedad 1.744, falleciendo 382. Por su eterno descanso, en la iglesia de Concepción se celebró un solemne funeral al que asistieron las primeras autoridades.
Las pruebas de abnegación y heroísmo, demostrados por los habitantes de Santa Cruz durante la epidemia, serían reconocidos oficialmente por el Consejo de Ministros del 23 de abril de 1894, concediéndole el título de Muy Benéfica y otorgándole la Gran Cruz de Primera Clase de la Orden Civil de Beneficencia, con galardón y cinta.
En la plaza de La Candelaria, junto a la Cruz de Montañés, con la presencia de la Corporación Municipal, con Pendón y bajo mazas, y numeroso público, el gobernador civil leyó el Real Decreto por el que se le concedía a Santa Cruz el título de Muy Benéfica, firmado por la reina regente María Cristina de Austria, madre de Alfonso XIII, a la vez que el Obispo bendecía la Gran Cruz de Primera Clase de la Orden Civil de Beneficencia y el gobernador civil la colocaba en el Pendón de la Ciudad.
Médicos distinguidos
También, el Consejo de Ministros concedió la Cruz de Segunda Clase de la Orden Civil de la Beneficencia, sujeta con una cinta sobre su pecho, a los doctores Diego Costa y Grijalba (Santa Cruz de Tenerife, 1844 -1904), Diego Guigou y Costa (Puerto de la Cruz, 1861- Santa Cruz de Tenerife, 1936) y Agustín Pisaca Fernández (Santa Cruz de Tenerife, 1857- 1935), reconociendo de esta manera su profesionalidad durante la epidemia, pues con los pocos medios que disponían multiplicaron su labor atendiendo a los enfermos.
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