Benito Pérez Galdós en la prensa británica (y 2)
Autor: Alastair F. Robertson
Traducido del inglés por Emilio Abad Ripoll y publicado en esta página web el 20 de febrero de 2026 y en el Diario de Avisos el 19 de abril del mismo año.
Política y polémica
Aunque a principios de siglo, y a sus 57 años, Galdós, era un personaje respetado, asentado y un clásico referente de la literatura española, su figura no estaba exenta de controversia.
En enero de 1889, en la Academia Española de la Lengua, la mayoría de sus miembros se opusieron a su elección, pese a ser uno de los grandes favoritos entre los escritores de los países hispanohablantes de ambas orillas del Atlántico. No fue elegido, y el escaño recayó en un político “ultramontano” y reaccionario.(1)
A pesar de su ideología republicana, Galdós era respetado por la familia real; en 1901 se reunió con la ex reina Isabel en París para hablar sobre un proyecto de obra. Se dijo que Isabel II “sentía una profunda admiración” por el autor.
En contraste, ese mismo año, se impuso en España una rigurosa censura como consecuencia de los disturbios que se habían producido, debidos “en buena parte” a la puesta en escena de su Electra, una obra amarga y anticlerical que “enardeció al pueblo de Madrid”, que la había recibido con “sumo entusiasmo”. La policía intentó impedir su estreno, pero sin éxito; se representó ante un público que abarrotaba el Teatro Español. En la prensa británica se escribió sobre Electra: “Nunca antes Galdós se había convertido de forma tan explícita en el abanderado de un gran movimiento popular.” Se vendieron 25.000 ejemplares de la obra en pocos meses.

Representación de Electra. (Blanco y Negro 09-02-1901)
En 1902, el rey Alfonso XIII firmó un decreto por el que se concedía la Cruz de la Orden de Alfonso XIII a Pérez Galdós, pero posteriormente se negó a conceder este alto honor al autor de Electra. Sobre la obra, comentó: “Sí, la que inundó a España de sangre. La conciencia como ciudadano y la dignidad como rey me impiden firmarla.” Sin embargo, la presión de la opinión pública le hizo cambiar de intención y se le concedió el galardón.
En octubre de 1903 se ofreció un banquete en honor de Pérez Galdós en el Club Militar de Cartagena. En respuesta a un discurso, el autor se refirió a la vitalidad de España, y se declaró favorable a una alianza entre España y el Reino Unido. Cuando dos años después se reeditó Trafalgar, volvió a expresar su admiración por los británicos.
Electra siguió representándose de manera continuada, pese a que los obispos habían prohibido a los fieles ir a verla. En 1904, el American Register informó que en los teatros parisinos “se ha distinguido por ser abucheada y al mismo tiempo vitoreada”, y que las gentes “se disputaban el conseguir una entrada a los abarrotados teatros.”
Pérez Galdós no era simplemente un activista político “de salón”. Cuando en 1906, el día de la boda de Alfonso XIII se produjo un atentado contra la vida del rey, Galdós, novelista y controvertido dramaturgo, ahora diputado republicano, organizó una petición al monarca solicitando el indulto del doctor José Nakens, que había dado cobijo al terrorista Morral y a otras personas condenadas en relación con el atentado. Más tarde, en 1909, hizo un llamamiento al pueblo español para que protestara contra la “aventura” marroquí del gobierno y el resurgimiento de la Inquisición, y ese mismo año también participó en una marcha de protesta contra el gobierno de Maura. Luego, en 1910, a los 67 años, formó parte de una manifestación anticlerical en Madrid que reunió entre 70.000 y 80.000 personas.
Además de sus actividades políticas, seguía recibiendo elogios del mundo de la literatura. En Las Palmas, capital de su isla natal, se inauguraba el Teatro Pérez Galdós. En 1907, el Morning Post, al escribir sobre novelistas españoles, afirmaba que “la reputación de Galdós está suficientemente extendida y bien merecida. Es el apóstol del progreso y la reforma, de la ciencia y el anticlericalismo”. Aunque las críticas sobre sus obras teatrales fueron dispares, sus novelas siempre recibieron elogios —Doña Perfecta era normalmente la más destacada— y se afirmaba que en Sudamérica se vendían seis ejemplares de cada libro que escribió por cada uno que se vendía en España.
En 1912, los españoles esperaban que Galdós ganara el Premio Nobel de Literatura, y circuló una petición para que se enviara su candidatura a Estocolmo, pero, lamentablemente, no tuvo éxito (2). Ese mismo año se sometió a una operación para extirparle una catarata, con la que se predijo que recuperaría completamente la vista. La operación fue un éxito y se recibieron telegramas de felicitación de toda España, así como de otros países.
Inevitablemente, con el paso del tiempo y, otra vez, el deterioro de su vista, la producción de Galdós disminuyó. Misericordia se reimprimió en 1914 con un nuevo prefacio del autor, pero para entonces Galdós estaba parcialmente ciego, e incluso en la miseria, de cuya situación se rumoreaba que los culpables eran sus editores. Se organizó una suscripción para ayudarle y, a pesar de que el autor y dramaturgo era un republicano de toda la vida, fue encabezada por el rey Alfonso XIII, quien aportó 10.000 pesetas.
Durante la Primera Guerra Mundial, España se mantuvo neutral, pero se publicó un manifiesto de intelectuales españoles de todo tipo, profesores, pintores, escultores, artesanos, compositores y autores, en el que se declaraba: “Nos mantenemos firmes del lado de los aliados”. Por supuesto Galdós firmó el manifiesto, y escribió un artículo titulado “Pesadilla sin fin”, en el que homenajeaba a los aliados y describía uno por uno sus países, con un elogio entusiasta a Gran Bretaña. Fue recibido por el rey Alfonso XIII en el Palacio de la Magdalena, donde justificó sus opiniones sobre Inglaterra y Francia y “Su Majestad le escuchó con gran atención y sonriente”.
Y el final
En 1917, la Real Sociedad de Literatura de Gran Bretaña entregó la medalla Benson a don Benito Pérez Galdós como reconocimiento a su condición de representante vivo más distinguido de la literatura española. Fue uno de los primeros autores en recibir este honor, establecido tan solo un año antes. El “eminente novelista español” envió una encendida respuesta de agradecimiento a través del embajador británico en Madrid. Se comentó: “Es de esperar que este episodio conciencie a muchos lectores británicos sobre la vasta y variada literatura española moderna en ficción, ensayo, etc.”.
En enero de 1919 se inauguró una estatua en honor a Galdós en los Jardines del Retiro de Madrid; el gran novelista español, en esos momentos ya ciego, estuvo presente y fue ovacionado con entusiasmo por la multitud.
Durante muchos años —una cantidad extraordinaria si se considera la volubilidad del reconocimiento popular— Pérez Galdós estuvo en la vanguardia de la cultura española y, posteriormente, de la política. Sin embargo, ya anciano y viviendo alejado de su trabajo, cayó prácticamente en el olvido fuera del mundo hispanoparlante. A su fallecimiento en Madrid, el 4 de enero de 1920, su vida y sus logros fueron descritos brevemente en la prensa británica. Pero su funeral, el 5 de enero, era recogido así por la prensa:
“SEPELIO DE PÉREZ GALDÓS
El cuerpo del gran escritor Pérez Galdós permaneció todo el día en la capilla ardiente constituida en el salón principal del Ayuntamiento. Ante el féretro desfiló una enorme cantidad de personas representando todas las clases sociales, desde los más humildes obreros hasta los miembros del Gobierno.
Las exequias constituyeron una impresionante manifestación popular. Durante el paso del cortejo fúnebre, que tardó dos horas en pasar por un punto determinado, los espectadores arrojaban flores sobre el féretro y muchos expresaban su pesar entre lágrimas. El cuerpo será enterrado en la cripta de la Iglesia de la Almudena, que se está cosnturyendo cerca del Palacio Real.”
Pero el mayor elogio se resumía en la frase final:
«Fue un gran escritor, pero más que eso, fue un gran español».
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Notas
(1). Por fin, en febrero de 1897 pasaría a formar parte de la Academia Española de la Lengua.
(2) Lo mismo sucedió en 1913 y 1915.
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