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VISITANTES ILUSTRES EN SANTA CRUZ. Siglo XIX (20). Relato de Adolphe Coquet

Autor: José Manuel Ledesma Alonso
Publicado en el Diario de Avisos el 25 de enero de 2026

Tomado del libro Viaje de trabajo a las Islas Canarias, por Adolphe Coquet

Mausoleo del VIII Marqués de la Quinta Roja         

 

          «La primera impresión que me ofrecen las Islas Afortunadas nada guarda relación con los Campos Elíseos, pues el extremo nordeste de la isla de Tenerife, la Punta de Anaga, está formada por desprendimientos de negras rocas volcánicas que se superponen, dejando entre ellas profundos barrancos y paredes cortadas a pico que muestran el más espantoso caos que uno pueda imaginar.

          Un nubarrón envuelve todas las cumbres y un punto blanco entre las rocas abruptas, a una altura de 247 metros sobre el nivel del mar, nos muestra un faro que nos envía su resplandor protector. Todo es salvaje, árido y caótico, aunque esta naturaleza, dentro de su horror, es hermosa y provoca mi admiración.

          Viajaba a bordo del América, vapor que cada dos meses realizaba el servicio de correos entre la Península y Canarias. En mi opinión navegaba con demasiada rapidez, pues en cuanto se dobla un promontorio, le sigue otro, obstaculizando el panorama, presentando siempre esta naturaleza atormentada, variada e imprevista, que atrae e interesa.

          Por doquier, el suelo volcánico parece levantado por un cataclismo reciente, por un lado, montones de cenizas negras y rojas con vetas de basalto entre ellas y por el otro la lava, inmensa corriente súbitamente detenida en su carrera, grandiosa muralla que domina las olas que rompen espumeantes en su inalterable base.

         Según avanzamos, el paisaje empieza a transformarse. En las hondonadas de las rocas, los brezos en flor extienden sus mantos blancos. En los barrancos profundos, en los que se concentra la humedad, aparece una vegetación lujuriante. Las laderas se suavizan y la playa empieza a extenderse tímidamente sobre la orilla. Por fin se divisa una aldea, es Igueste, formada por unas míseras cabañas que se agrupan en una de las numerosas grietas de la montaña. En este valle aparecen las palmeras, precursoras de esta vegetación tropical que tanto abunda en la isla y la embellece.

           El aire es cálido y húmedo. Una brisa ligera templa los primeros rayos de este sol de los trópicos que nos envuelve en vapores y acumula las brumas por encima de nosotros. Luego, en una pequeña ensenada situada en la desembocadura de uno de esos angostos barrancos, divisamos el pueblo de San Andrés, con sus casitas bajas, albeadas con cal y sus postigos verdes.

          Después de haber admirado el gran panorama de la bahía de Santa Cruz de Tenerife, me encamino por el muelle que me lleva hacia la ciudad. Sus casas blancas se extienden escalonadas en suave pendiente, desde el mar hasta los campos que la dominan. A la entrada se encuentra el castillo de San Cristóbal, antiguo vestigio que resistió gloriosamente al asalto de la flora inglesa de Nelson. Fue allí donde el célebre almirante perdió el brazo por un disparo de cañón y tuvo que huir precipitadamente. En la catedral (Parroquia de La Concepción) pude admirar los trofeos (Banderas) de la victoria de los canarios de los que se muestran muy orgullosos.

          Pasado el Castillo, se llega a una amplia plaza, la más importante de la ciudad, llamada de la Constitución. Su pavimento es de lava, con losetas que forman sobre la calzada una especie de plataforma accesible a los transeúntes. En esta plaza se encuentra la casa del gobernador, con su patio cerrado, y el hotel donde me alojé, con sus grandes habitaciones que dan a una galería interior para evitar el tórrido calor que reina durante el verano.

          Durante el día, a causa del calor, hay poca gente en las calles, incluso en la calle del Comercio, donde se encuentran los principales negocios. Por la noche, las calles están oscuras y las tiendas cerradas. Sólo permanecen abiertos dos cafés, si se les puede llamar así. No hay teatro, al menos actualmente, sin embargo hay un excelente casino donde el extranjero es recibido con la cálida hospitalidad que caracteriza a los españoles.

          Hay pocos monumentos. Una columna en la plaza mayor, representa a Nuestra Señora de Candelaria, cuya imagen venera la Isla con gran devoción. En la parte baja de la columna hay cuatro estatuas que representan a cuatro reyes guanches rindiéndole culto. Existen dos iglesias de pobre arquitectura y desde sus torres, de lava negra, se domina la ciudad.

           Las casas son de poca altura y a menudo pequeñas. Las fachadas suelen estar pintadas con franjas en sus laterales o rematadas en sus esquinas con piedra de cantería y las puertas y ventanas son de colores vivos. Algunas casas tienen miradores o torrecillas en las azoteas. Las calles están mal pavimentadas, con piedras de lava.
Santa Cruz tiene 12.000 habitantes y su población es inactiva. Los hombres usan capa y las mujeres un pañuelo y un sombrero típico a la cabeza. Los campesinos tienen aspecto miserable, pues suelen andar descalzos, tanto hombres como mujeres.»

 

          Jean Francois-Adolphe Coquet (Lyon, Francia, 1841 – 1907). Llegó a Santa Cruz, el 5 de abril de 1882, para ealizar el Mausoleo del VIII Marqués de la Quinta Roja, Diego Ponte del Castillo, muerto a la edad de 39 años en su casa de Garachico que, cuando iba a ser enterrado en el Panteón familiar del cementerio de La Orotava, el párroco se lo impidió alegando su adscripción masónica; entonces su madre decidió levantarle un mausoleo de mármol de Carrara en su casa de la calle San Agustín de la citada localidad.

          Adolphe Coquet volvería a Tenerife en 1889 como arquitecto del Gran Hotel Taoro del Puerto de la Cruz, diseñanado un edificio neoclásico de tres platas con torreones angulares, que sería el primero gran hotel de lujo de España y un referente turìstico en las Islas Canarias.

          En Francia sus obras más relevantes son el Sepulcro de los Niños del Ródano y wl Hoapital General de Vichy

 

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