«La ratonera», española, de Agatha Christie en el Teatro – Cine Real Cinema, de Madrid
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 24 de abril de 1999
«Por favor, no digan ustedes quien fue el asesino porque si no me arruinan el negocio…”.
Así, entre bromas y veras, Agatha Christie, interpretada por Encarna Paso, nos despide, ahora, desde el Teatro-Cine Real Cinema, de Madrid, de su famosísima obra “La Ratonera”, que si en el londinense teatro de St. Martins lleva representándose, de forma ininterrumpida, desde hace la friolera de cuarenta y seis (46) años, aquí, en los aledaños de la Plaza de Isabel II, frene al Teatro Real, esta comedia de misterio, ojalá tenga la misma suerte.
De momento, aquel patio de butacas, de la sesión dominical de las 17.00 horas, del día 21 de marzo pasado, estaba totalmente abarrotado, donde tuvo que colgarse, en la fachada de la entrada, el tan ansiado cartel de “No hay localidades”. Con acomodadores –con su clásica linterna, faltaría más– que no daban avío para ubicar al público que, por cierto, estaba integrado por un buen porcentaje de gente joven y niños acompañados por sus padres, se experimentaba una especial sensación al comprobar aquella estupenda capacidad de convocatoria cuando, posiblemente por portavoces pesimistas, hemos venido oyendo la “deserción y abandono” que se viene produciendo en nuestros teatros…
Entre cortinajes, paredes y alfombras de color rojo y butacas tan cómodas como mullidas, la veterana, inmarchitable y oscarizada Encarna Paso, en su doble papel de Sr. Boyle y Agatha Christie, nos fue introduciendo, poco a poco, en aquel endiablado enredo, casi algebraico que, de forma sorprendente, y al final, nos iba a aparecer todo enormemente sencillo, haciéndonos eco de las palabras del director de la obra, Ramón Barea, que estima que, “al menos, el misterio de “La Ratonera” es desvelable al acabar la función. Nos seguirán quedando otros misterios que seguramente llevarán más rato. Mientras tanto, que nos quiten lo bailao. Que ustedes lo pasen bien”.
¡Y vaya si se pasa bien contemplando “La Ratonera”!, donde el misterio es un juego, un entretenimiento activo, que nos pide poner en marcha nuestro cerebro, nuestra intuición, con una finalidad muy prosaica: desvelar un misterio de ficción.
Pero a nosotros, simples espectadores, lo más que nos ha llamado la atención de esta pieza teatral no ha sido precisamente las sobrias interpretaciones de Isabel Serrano y Micky Molina, en los papeles de Molly y Giles Ralstron, respectivamente; ni aquel especial tono de voz de la señorita Casewell (Paula Sebastián); ni la vis humorística del Sr. Paravicini (Paco Cecilio); ni la cordura de Christopher Wren (Pepe Álvarez), ni la evidente profesionalidad del sargento detective Trotter, estupendamente desempeñado por Jaime Blanch. Ni la iluminación, ni el sonido ni los decorados, trilogía muy equilibrada y plausible.
Lo que, desde el principio, capta, engancha, la atención del público, es, precisamente, Agatha Christie, cuya red nos envuelve a todos, con esa carismática forma que tiene de desmenuzar un misterio esta dama, que según sus paisanos, “excepto la Biblia y las obras de William Shakespeare, ha sido la más leída”. Allá, en el Teatro-Cine Real Cinema, nos recordamos en el Instituto de Estudios Canario, de La Laguna, porque fue en ese longevo marco donde, hace unos meses, el catedrático José Luis García Pérez había cautivado a la nutrida concurrencia cuando, con su proverbial amenidad, nos fue desgranando interesantísimas y curiosas facetas de aquella reina del crimen, de aquella intrigante dama que en 1927 apagó sus depresiones y amarguras cuando recaló en las Islas Canarias, entre volcanes y jardines, donde eternizó nuestros paisajes en dos de sus innumerables obras emblemáticas: “El enigmático Mr. Quin”, ambientado en La Orotava; y “Miss Marple y los trece problemas”, en Agaete. Por cierto, “La Ratonera” procede de su novela “Tres ratones ciegos”, escrita en 1941.
Y volviendo al teatro madrileño, añadir que, en un único descanso, y por medio de una papeleta impresa, se invita al espectador a que deposite su pronóstico en urnas dispuestas al efecto, ¿Quién es el asesino/a? ¿Molly? ¿Giles? ¿Christopher? ¿La señorita Casewell? ¿Paravicini? ¿La señora Boyle o, quizás, el propio sargento Trotter? Cuando, al fin, se desentraña el insólito misterio, Agatha Christie, léase, Encarna Paso, tras recoger el aluvión de aplausos, junto a sus otros seis compañeros escénicos, se acerca al público, como hemos dicho al principio, para decirle: “Por favor, no digan ustedes quién fue el asesino porque si no me arruinan el negocio”.
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