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Eduardo Hevia, el padre de la Auditoría Interna en España

Autor: Antonio Salgado Pérez

Publicado en El Día el 3 de abril de 1999.

 

          Nació donde triscan los rebecos, anidan las águilas, pasean los osos, se encaman los jabalíes y muere de amor el urogallo. O sea, en Asturias, concretamente en la cuenca minera de Mieres, entre carbones, baterías de coque, sulfatos y benzoles. Allí empezó a estudiar; luego se trasladó a Oviedo y, más tarde, a Madrid; pero se casó, con Nely Sierra, en Colunga, un precioso pueblo que está entre Villaviciosa y Ribadesella, al lado del mar, “donde me gustaría ser enterrado”, que es un deseo de Eduardo Hevia, nuestro personaje. Del matrimonio ha surgido una generosa prole de variopinta composición, desde diplomático, médico y farmacéutico, hasta secretaria internacional, periodista y economista.

          En cierta ocasión, don Francisco Aguilar y Paz, uno de los oradores más sobresalientes que ha tenido Tenerife, manifestó lo fundamental que había sido para él haber tenido muchos maestros un su vida. “Yo siempre –decía– pregunto a los chicos si han tenido buenos profesores, porqué es una orfandad no tenerlos. El profesor es el que da el impulso, no porque uno imite a esa persona, sino porque le introduce a uno luz para vivir de su propia luz, que él ha descubierto o encendido para nosotros”.

          Eduardo Hevia Vázquez es, por así decirlo, el padre de los auditores internos españoles. Y uno de nuestros más sobresalientes profesores. El ha proyectado sobre todos nosotros esa luz a la que se refirió un día el ínclito orador. Y por toda esa serie de razones, el que suscribe, que pretende ser agradecido con la fuente que, en muchas ocasiones, sació su sed de conocimientos, pues se personó allá, en el salón Cibeles II, de capitalino Hotel Madrid, para testimoniarle con nuestra presencia y en su cena homenaje, todo nuestro afecto y cariño. Y es que, tras un dilatado periodo de diez años, Eduardo Hevia abandonaba la presidencia del Instituto de Auditores Internos de España, desde donde nos había ilusionado en un proyecto que hoy en día es una realidad pujante.

          Después de cuatro lustros como director general de Endesa, Eduardo Hevia –ahora “un jubilado de intensa actividad”– nos recalcaba, una y otra vez que, como auditores internos, “debíamos acostumbrarnos a ser terriblemente coherentes, lógicos y tradicionales”, es esta profesión que, como frontis, desempeña “la función de asegurar el control interno de una organización” donde, en una sinopsis de exposición de aptitudes, hay que inclinarse por el gusto a cooperar, a colaborar, frente al talante individualista y solitario. Ello hará después asequible la labor en equipo, muy importante en la auditoría interna, un difícil trabajo porque entraña riesgos ciertos; uno de ellos es decir siempre la verdad sobre nuestros hallazgos o investigaciones; y casi nunca gusta oír una verdad que no es totalmente positiva para quien la oye; otro es que, cualquiera que sea la filosofía de la auditoría, al final se termina por descubrir deficiencias: en los controles, en los métodos, en los sistemas…

          El progreso por la participación (“Progress through sharing”) es el lema del Instituto de Auditores Internos, adscrito a The Institute of Internal Auditors Inc., fundado en Estados Unidos en 1941, organización que en la actualidad agrupa a unos sesenta mil auditores afiliados, con representación en más de un centenar de países.

          De todos estos temas se habló –entre canapés, carne, pescado y el blanco de Vega de la Reina– en aquella cena donde el homenajeado –que, a duras penas, intentó, y lo consiguió, no emocionarse– prometió seguir colaborando con el Instituto, tanto a nivel profesional como personal. Aparte de sus innegables dotes pedagógicas, reflejadas en innumerables charlas y cursillos –también impartidos en Tenerife–, Eduardo Hevia Vázquez –autor de un libro de anaquel: Manual de Auditoría Interna– sigue captando nuestra atención por su espontaneidad y franqueza; por su fibra comunicadora, todo ello cubierto con un manto de exquisita modestia. Este asturiano, más amante de sentir que de ver, que leyó a Unamuno, Valle Inclán y Pérez de Ayala, y que ahora expresa una especial predilección por las novelas policíacas, posee dos debilidades: la lectura y la escritura.

          En la referida cena, compartimos mesa y mantel no sólo con el homenajeado –detalle que siempre agradeceremos a la organización–, sino con el actual presidente del Instituto, José Antonio Iturriaga Miñón, un personaje bancario, con fuerza y empuje que, entre otras cosas, resaltó en su breve disertación, la honradez y la profesionalidad de su antecesor, prometiéndole a éste, en esperanzador vaticinio, que “en el año 2000 llegaremos a 1.000”, refiriéndose al número de miembros que se espera para el próximo milenio. Y José Antonio, tan alto en el estatómetro como emprendedor en funciones, ya tiene asignado el patrono de los auditores internos españoles, el apóstol Santo Tomás, el incrédulo, el de la llaga…

          Y en aquella mesa donde se prodigó afecto y comunicación, le sugerimos al nuevo órgano volitivo del Instituto que, en la fiesta del citado patrono, creara el “Día del Auditor Interno” y, de paso, y con carácter anual, también gestara, en honor y en recuerdo al maestro, el “premio Eduardo Hevia Vázquez”, con el objeto de estimular y reconocer la obra que haya realizado persona o entidad en una continuada y relevante actividad a favor del mundo de la auditoría interna que, ojalá, y en la etapa de Iturriaga Miñón, se vea orlada, lo antes posible, con esa vitola tan necesaria que responde por “institucionalización”.

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