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Vivencias y pinceladas de Burgos (y III)

Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 16 de mayo de 2013

Las barbas y la espada del cid Campeador.
Frías, la ciudad más pequeña de España,
Poza de la Sal, la cuna del inolvidable Féliz Rodríguez de la Fuente.
Oña, la increíble opulencia de benedictinos y jesuitas.

          Y nos alejamos no sin antes despedir al Cid, que se ha enseñoreado, desde 1955, de la plaza donde han ubicado desafiando los estragos del tráfico y del gélido ambiente, su estatua ecuestre, donde la posición de su espada, la actitud bélica del jinete, las luengas barbas agitadas, los faldones de la capa y el brío del corcel otorgan un visible dinamismo al monumento.

          Y nos adentramos, siempre en tierras burgalesas, en las denominadas “raíces de Castilla”, formadas por un trío de excepcionales localidades: Frías, Oña y Poza de la Sal, que discurren por llanuras, riberas, pinares, pastizales, hayedos, encinares, desfiladeros, saltos de agua y núcleos que han preservado su arquitectura e historia.

           En Frías, no te fíes del tamaño, no es pueblo ni villa. Tiene consideración oficial de ciudad, por cierto, la más pequeña de España. Es uno de los mejores ejemplos de la arquitectura medieval militar española. En el interior del recinto amurallado se extiende un conjunto urbano con estrechas y muy empinadas calles; y casas de piedra con entramado de madera que se apiñan colgando de la roca y desafiando las leyes de la gravedad.

          Proliferan las casas rurales y los pequeños restaurantes, casi siempre con este rótulo: “Hay morcillas de arroz y de chorizo”. Cuesta llegar a su castillo, pero vale la pena. Desde aquella altura podemos contemplar, por ejemplo, el puente medieval de nueve ojos que, durante siglos, controló el paso del río Ebro.

          En Poza de la Sal surge un curioso fenómeno geológico, el diapiro, que consiste en el afloramiento a la superficie de grandes masas salinas. Hace doscientos millones de año, Poza estaba sumergida en un gran mar. Esta localidad, concisa y pintoresca, enriscada en la ladera de una sierra, fortificada y protegida por un castillo en decadencia, encierra en su nombre los ingredientes que explican gran parte de su peculiar historia. Las salinas, explotadas por los romanos, fueron en la época medieval la principal fuente de riqueza de la población y el motivo que atrajo a señores principales y judíos, seducidos por aquel producto, indispensable para la conservación de los alimentos.

           En la actualidad, esta villa, la antigua Salionca, vive de los almendros, los manzanos y otros árboles frutales que cultivan sus apenas cuatrocientos habitantes que, de vez en cuando, observan por sus angostas callejuelas el deambular de silentes turistas, siempre ilustrados por un guía tan didáctico como de fino humor, Jesús, que, entre otras cosas, pregona que “la sal le da un brillo muy especial a los ojos”.

           En Poza de la Sal nació Félix Rodríguez de la Fuente, el inolvidable divulgador medioambiental. “La más fascinante escuela de la infancia”. Con estas sencillas pero emotivas palabras, “el amigo de los animales” describía su infancia y juventud entre la sal, aquel “oro blanco” de épocas pretéritas, y el páramo, “descubriendo lobos y aves viajeras”. La abundancia de aves rapaces en los acantilados pozanos, que aún se pueden contemplar en vuelos tan pausados como elevados, fue una de las razones por las que Félix, también galeno, llegó a convertirse en uno de los mejores naturalistas del mundo. Su eco aquí es permanente e, igualmente, el busto, la estatua, el bronce de su recuerdo.

           ¡Qué sorpresa en Oña! Posee un monasterio increíble para su población, que apenas supera los quinientos habitantes. En el monasterio, panteón real de condes y reyes castellanos y navarros, fundado en 1011, se aprecia el enorme poder, el desmesurado esplendor, la incalculable opulencia que antaño tuvieron benedictinos y jesuitas que, incluso, y como generosos mecenas, coadyuvaron a la construcción de la mismísima catedral de Burgos.

          Impresiona la doble fachada y, especialmente, su retablo mayor, su excelente sillería y su sombrío claustro. Hoy por hoy esta Villa Condal no es ni tan siquiera una sombra de aquella magnificencia que llegó a alcanzar y, lo más grave, según los lugareños, es que no ocupa el sitio que por derecho le corresponde. Desconocida para la inmensa mayoría del gran público y la gran ignorada para los propios burgaleses, Oña y su celebérrimo monasterio reclaman con voz alta y firme un reconocimiento que les está siendo negado. Marginar la visita a esta localidad y a su monasterio es olvidar una parte de la historia de la Castilla condal, a la vez que relegar uno de los patrimonios artísticos más importantes de Burgos.

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