Enrique González, el médico que siempre recomendó la risa
Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 30 de enero de 2012
A nosotros nos enriquecía su enjundiosa prosa, un tanto azoriniana, sencilla y asequible a cualquier lector, y él se entretenía leyendo nuestras vivencias británicas de forma muy especial cuando nos ocupábamos de lo musicales como “Jesucristo Superstar”, “Cats” o “Evita”.
Un día nos confesó que hasta los 50 años no había leído nada que fuese ajeno a su profesión. La lectura de El Quijote le cambió totalmente su vida; empezó a estrujar su imaginación, a consultar libros y más libros; revistas y periódicos; comenzó a experimentar el placer de encontrar el vocablo adecuado; a colocar el verbo en distintos lugares; a unir palabras, a suprimir puntos y comas… Y surgió, de forma tardía pero rotunda y convincente, el escritor, al que le producía una enorme satisfacción encender su ordenador con una pantalla en blanco y empezar a llenarla de algún tema sobre la salud, donde a menudo proporcionaba un consejo práctico exponiéndolo de forma fácil, amenidad que siempre le caracterizó; algunas veces se ocupó de amigos, homenajeados o perdidos; otras, de médicos y de cosas de galenos y, de vez en cuando, le brotaba tanto bucolismo como sensibilidad al reflexionar sobre un pino, una ermita quemada, un pueblo tranquilo y aburrido. O un Cristo en la sombra de una iglesia o en la luz de una madrugada.
Nada más entrar en su consulta de La Laguna uno se sentía transportado a los consultorios (como incluso se indicaba en la misma puerta) de hacía muchos años, donde los más importante era el paciente; donde el médico tenía “todo el tiempo del mundo” para escuchar los problemas y preocupaciones de las personas que tenía enfrente, a las que, además, trataba de curar ejerciendo, incluso, cierto paternalismo, matices que, por muchos motivos, nos hizo recordar al médico de nuestra niñez, al inolvidable don José Gerardo Martín Herrera, ejemplo de mansedumbre, tenacidad y erudición.
En aquella consulta –corazón, pulmón y medicina interna– el doctor Enrique González trabajaba rodeado de libros y fotos de familia. A raíz de comprobar, como paciente su ojo clínico y sutileza, intuimos que la medicina era el centro de su vida, pero, como los buenos humanistas, no limitaba sus vivencias a su profesión, sino que la venía enriqueciendo con otras muchas cosas como, por ejemplo, sus conferencias, comunicaciones científicas y artículos que, por cierto, durante algunas décadas prestigiaron estas columnas de El Día, donde también escribía de la envidia, el orgullo y los celos. Escribió de todo. Jamás se doblegó. “Un hombre –afirmaba– puede estar cansado del esfuerzo físico y del horario de trabajo, pero nunca estará cansado de su mente”. Siempre pregonó que vivir era una gran dificultad; y saber vivir, una virtud. Y también que lo peor que podía sucedernos era que el aburrimiento se alojara en nuestro cerebro; y que estar triste no ayuda a superar los conflictos.
Después de El Quijote leyó, leyó mucho y luego, aquel denodado aprendizaje, nos benefició a todos. Desde Alejo Carpenter a Orwell, Emily Brontë. Kafka, Marcel Proust, Hemingway y Francois Ravelais, por mencionar a sus autores preferidos, sin olvidar, por supuesto, a Nikos Kazantzakis, que consolidó, aún más, su acentuado fervor religioso, que proyectó en la trilogía de esposo, padre y abuelo.
De los números libros que publicó, quien suscribe siempre ha sentido una especial predilección por La risa, la comprensión y otras tantas cosas buenas para la salud. Y así como el extinto doctor leyó varias veces Cien años de soledad, nosotros, una y otra vez, y en varios de nuestros artículos, y siempre mencionando la fuente, hemos tenido en cuenta la primera estrofa que Enrique González nos brindó en el libro que hemos mencionado. Es esta: “No tome medicinas, vaya a su casa y, cuando ría, estará curada. Así termina una larga y angustiada conversación con una mujer entristecida, nerviosa y deprimida, porque múltiples problemas le asedian. Lloraba porque su vida era un continuo fracaso sentimental. Desarrolle su personalidad, no se deje influenciar por los que quieren entristecerle la vida. Demuestre que puede superar los obstáculos. No penetre en el mundo de las pastillas. Venza sola esta batalla, sin la ayuda de nadie. Será admirada, de otro modo será compadecida, pero también marginada. No beba, no tome tranquilizantes. Con pastillas no se arregla lo que se rompe o se tuerce con disgustos o fracasos. Ría”.
En efecto, ría. La risa manifiesta nuestros sentimientos y señala nuestro comportamiento. Es la expresión del gozo y del momento feliz. Ahora, cuando transitemos por determinado habitáculo de nuestro hogar, tendremos, necesariamente, que recordarnos de quien aconsejó y abanderó, entre otras facetas, la alegría, al seguir leyendo aquel cuadro que dice: “Una sonrisa no cuesta nada y produce mucho. / Ella enriquece a aquellos que la reciben / sin empobrecer a aquellos que la brindan. / Solo dura un instante, / pero su recuerdo es a veces eterno”.
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