Blog

En el Camino de Santiago, Jaca es «la perla del Pirineo»

Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 16 de julio de 2011

 

Su Escuela Militar de Montaña es todo un hito castrense.     El Pantano de yesa es «el mar del Pirineo»…… Cuando suenan las campanas en Pamplona dicen que se oyen en Madrid.

          Jaca constituyó un importante centro de control del paso de gentes y mercancías por las rutas pirenaicas, a través del puerto de Somport y con rumbo hacia el valle del Ebro. Por eso es fundamental el papel que juega esta cómoda e iluminada ciudad en la ordenación del Camino de Santiago, una de las rutas claves para la formación de Europa como para la europeización de estos reinos ibéricos.

          En realidad, el Camino de Santiago no cruzaba Jaca por el centro de su casco urbano, sino que más bien la rodeaba, siguiendo el curso del río Aragón, por su margen izquierda, por el llamado Camino de Mocorones, el lugar donde se fraguó la victoria sobre los sarracenos, que devolvió Jaca a manos cristianas.

          Los peregrinos que hemos pasado por Jaca hemos comprobado la exuberante vegetación que cubre todo el paisaje, desde las huertas y las arboledas a orillas del río, hasta los bosques de pinos, hayas o abetos que adornan las laderas de las sierras que rodean la ciudad que, por encima de todo, posee una catedral que constituye uno de los ejemplares más sobresalientes y representativos del románico español que, además, por lo temprano de su fecha (siglo XI), ejerce una considerable influencia en otros grandes monumentos románicos de la ruta jacobea.

         Desde principios del siglo XX se generaliza el concepto de “Jaca, perla del Pirineo”, haciendo alusión a sus valores como ciudad turística y su pragmática expansión cultural. Jaca es moderna y cosmopolita. Aquí, en las Escuelas Pías, estuvo estudiando el Nobel Santiago Ramón y Cajal. Jaca es una ciudad única, cantada y descrita por multitud de autores que han encontrado en sus calles el sabor de una localidad burguesa, donde su Escuela Militar de Montaña es todo un hito castrense. Observándola, detenidamente, se nota que fue capital del reino de Aragón. Al coincidir con sus fiestas patronales, bajo la advocación de santa Orosia, tuvimos la oportunidad de presenciar su procesión, donde los danzantes lucían indumentarias llenas de cintas y cascabeles en los extremos del calzón y bocamangas, manteniendo vivo un antiguo y vistoso dance, incluso con paloteado, presenciando, con no disimulada algarabía, y ante un gentío, por los miembros de la Asociación Tinerfeña de Amigos del Camino de Santiago, que preside Enrique García Melón.

           Sin ser Año Jubilar Compostelano siempre se puede ver, a menudo, peregrinos de bordón, concha y mochila. Y los encontramos en estas tierras aragonesas y navarras donde las crestas de sus montañas están cuajadas de campos eólicos que lejos de deteriorar el paisaje otorgan a éste, en su lejana soledad, un sello especial de movimiento, alegría y vigor. Y los encontramos en senderos bien señalizados, con la flecha amarilla y afines, entre extraordinarios túneles vegetales formados por abedules y pinos. O en las profundas gargantas abiertas en Lumbier y Arbayón, verticales paredes de rocas labradas por la fuerza del agua, donde vuelan, majestuosos, el quebrantahuesos, el buitre leonado, las águilas reales, los alimoches o los vencejos.

           Con un sol de justicia, como una lenta invasión de lava, no acariciando, precisamente, las espaldas de los peregrinos, éstas se ven aliviadas, en parte, al introducirnos y transitar por dos peculiares túneles que, años atrás, fueron paso del primer tren eléctrico de España y, a continuación, observamos las ruinas de un puente que, según la leyenda, “fue construido con la ayuda del diablo”.

          Los que estamos embrutecidos por el cotidiano asfalto, nos extasiamos ahora, respiramos de otra manera, pisando esta tierra húmeda y esponjosa bajo las tupidas copas que tapan el sol, sobre la agreste silueta pirenaica. Junto al cauce del familiar Irati, se guarda el mayor bosque navarro y segundo hayado-abetal más nutrido de Europa. Y estas zonas se agradecen de una forma muy especial cuando, por ejemplo, los termómetros marcan temperaturas de alerta naranja. Y se agradece ese inmenso robledal, que es un lugar vivo, una naturaleza neta. Su recorrido resulta placentero; es un paisaje suave, húmedo, verde, cuajado de arboledas, de castaños, de nogales; de pastizales, de helechos y riachuelos.

           Los pueblos son pequeños, con sus ermitas e iglesias y sus grandes casas de piedra de floridas balconadas. Y en las laderas, los ganados, que pastan ajenos a nuestros pasos y movimientos. Los liliputienses bosques nos proporcionan, aquí y allá, dispersos, una impagable frescura. Son silenciosos. Caminamos por “cabañeras”, por sendas y rústicos puentes entre espinos y matorrales, zarzales y acebos, entre árboles centenarios y, de repente, se acaba la sombra y nos ciega el sol. Y se nos presentan bajadas y subidas de cierto riesgo porque el camino está formado por múltiples piedras, tan pequeñas como molestas, donde el bordón o el popular “palo” son elementos tan necesarios como imprescindibles.

           Y pasamos por santa Cilia donde antaño, los “malvados venteros” esquilmaban las bolsas de los paupérrimos peregrinos; y por Berdún, hermosa población de aspecto medieval, situada sobre un cerro. Y por Javier, que se ha convertido en el gran centro de espiritualidad de Navarra, con su famosa “Javierada”, masiva peregrinación al santuario, por la festividad del Santo.

           Por estas rutas jacobeas brillan los maizales de una forma muy característica, donde el riego por aspersión, de alta tecnología, anula por completo la presencia de aquel labrador de azada y surco. En algunos embalses, navegables, ya se anuncia, con evidente cautela, la irrupción del “mejillón cebra”, la más moderna piraña.

Pantano de Yesa

           Allá, en lo alto, donde el peregrino tiene que poner a prueba sus pulmones y gemelos, nos espera el monasterio de Leyre, gozando del esplendor de su salvaje y virginal sierra, con su cornisa recortada de rojizas e imposibles peñas y, abajo, lejos, el pantano de Yesa, el “mar del Pirineo”Este cenobio, uno de los más antiguos e importantes de España, está impregnado de historia, belleza y leyendas, como la de san Virila (si, con a), abad que extasiado con el canto de un ruiseñor, se detuvo un instante frente a una fuente a escucharlo. Cuando regresó, descubrió, atónito, que habían pasado 300 años… Subir a la citada fuente es un ejercicio de espiritualidad y temeridad. Vale la pena aventurarse por aquellas sendas, sinuosas e intrincadas, de variada flora y generosa ornitología, donde piedras, como dólmenes, cubiertas de musgo, hacen casi imposible nuestra ascensión. Cumplimos la tradición: humedecernos el rostro con aquel gélido líquido que nos rejuvenecerá para toda una eternidad…

           Sangüesa es una ciudad importantísima en el Camino de Santiago. Debe su esplendor a la peregrinación y posee una soberbia colegiata, la de Santa María la Real. Entramos en Monreal, escoltada por una hilera de chopos que crecen a la ribera del Elorz y, a continuación, en Yárnoz, un caserío que conserva un interesante aire de antigüedad.

           En el Camino, y en algún que otro chiringuito y para saciar la sed, es muy socorrida la “clarita” –léase cerveza y agua Casera–. En un bar de Teibas había, colgada, una calavera con esta inscripción: “Así quedó el último que pidió agua; no olvide que el agua oxida…”. En la misma localidad tuvimos que acudir a un lugareño para coger el cruce adecuado. Desde su jeep se interesó por nuestra procedencia y, al decírsela, nos dijo: “No me pierdo, por televisión, “La bodega de Julián”. A renglón seguido introdujo un CD, pulsó el “play” y surgieron notas de “La farola del mar”. Por favor, ¿la pueden bailar? Y todos los isleños, ante tal petición, danzamos y cantamos alrededor del vehículo.

Ermita de Santa María de Eunate

           Seguimos el Camino. Allí estaba, en medio de los campos de labor, hermosa y solitaria, la ermita de Santa María de Eunate. No deja indiferente a los visitantes. ¿Qué fue, hospital de peregrinos, capilla funeraria…? Alejándonos de recientes teorías que la unen con los templarios y esoterismos, el templo se construyó en el siglo XII. Su curiosa planta, octogonal, hay quien la asemeja al templo del Santo Sepulcro de Jerusalén, algo nada extraño para su época. Es, sin duda, unos de los monumentos más conocidos del Camino y, también, uno de los más valiosos, por su exquisita y refinada factura. Ahora estaba frecuentada por jóvenes y políglotas peregrinos que, descalzos, se estiraban y acostaban en el suelo fijando sus miradas en aquella peculiar techumbre. Eunate sigue tuteando al misterio, Ni arqueólogos, ni estudiosos, ni historiadores han sido capaces de acordar el origen o siquiera las razones del templo…

Puente La Reina

           Y Puente la Reina, hito esencial jacobeo, villa creada por y para el Camino. Su parte vieja conserva, como pocas poblaciones, la típica estructura de pueblo caminero alrededor de su calle Mayor. Mandado a construir en el siglo XI, su puente es una de las mejores muestras del románico.

          De vez en cuando, el peregrino, sin vieira ni botas, aliviado por el “compeed”, dirige sus pasos a otras rutas jacobeas; por ejemplo a la señorial y singular Pamplona, limpia como una patena, ciudad que, una vez al año, juega al “transformismo”. Se colorea en blanco y rojo y despierta su sentido a la fiesta. Ernest Hemingway “arrastró” hasta Pamplona a literatos, artistas y estrellas del celuloide. Su paso por la “Fiesta” contagió a Orson Welles, Ava Gadner, Errol Flyn, Tyrone Power, Arthur Miller… En Pamplona, emporio en ciencias de la salud, dicen que cuando suena la Campana María –es la segunda más grande de España– puede que, incluso, la oigan en Madrid…

– – – – – – – – – – – – –

Related Posts

Enter your keyword