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La memoria y amenidad de José María Segovia

Autor: Antonio Salgado Pérez
Publicado en El Día el 4 de junio de 2013.

A sus 92 años es autor de Mis recuerdos desde la Península.

 

          Cada vez que leemos un libro de estas características volvemos a recordar aquella reflexión de Miguel de Unamuno: “Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que, sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos”. Y es que con el tomo Mis recuerdos desde la Península, de José María Segovia Cabrera, el lector ávido de solazarse con vivencias de un Santa Cruz tan lejano como entrañable tiene en sus páginas la ocasión de satisfacer, y con creces, tal ilusión.

          El Real Casino de Tenerife fue el marco adecuado para la presentación de la aludida obra, donde Juan Arencibia de Torres, en su atinada y cálida exposición, dijo, entre otras cosas, que “la mayoría de los escritos de José María son situaciones que él vivió, relatos que, reunidos, constituyen la historia de la sociedad en la que él nació y creció. Son recuerdos, no investigaciones científicas de determinados acontecimientos”. Y matizó el presentador que “por eso sus artículos son amenos y valiosos, porque no están contaminados por la investigación que podría provenir de publicaciones, e incluso, de documentos en ocasiones partidistas. Son, en definitiva, historias contadas con frescura, sin pretensiones literarias, sinceras, sin complejos, sin sectarismos ahora tan en boga”.

          En dicho acto, que resultó muy concurrido, el autor tuvo la oportunidad de reencontrarse con un sinnúmero de amistades de su infancia, que le colmaron de abrazos, de recuerdos y de emociones contenidas, que él, con su estilo, había reflejado con anterioridad en sus habituales colaboraciones periodísticas, ahora insertas en la obra que se acababa de presentar.

         José María Segovia prefiere, en la escritura, la claridad, el léxico sobrio y la construcción escueta frente a los barroquismos. Se ha dicho que los años arrugan la piel, pero que renunciar al entusiasmo arruga el alma. Y en sus famosas greguerías Ramón Gómez de la Serna señalaba que “el aburrimiento es como darle un beso a la muerte”.

           Pues bien, el autor, que nació en la céntrica calle santacrucera de Álvarez de Lugo en el año 1921, marchó a la Península en el año 1939, justo después de concluir el bachillerato y acabada la Guerra Civil. Y en Madrid se hizo ingeniero de minas; vivió en la cuenca minera de Asturias durante quince años y, a continuación, se trasladó a Madrid, donde fijó su residencia, junto a su esposa, Nena Cañadas, por cierto, una de las pioneras del tenis en Tenerife junto a Ernesto Hafner, Salvador Lecuona, etc. ¿Cómo explicar que José María Segovia, en su longevidad, se convirtió en un destacado cronista escudriñando su memoria, su espléndida memoria y observando la actualidad de Canarias? Su hermano Rafael ha tenido la sana y generosa paciencia de recopilar, desde el año 2005, todo lo que José María había escrito en diferentes medios de comunicación, de forma muy especial en El Día. Y su trabajo nos ha proporcionado la oportunidad de comprobar que una memoria ejercitada es guía más valiosa que el genio y la sensibilidad.

           En Mis recuerdos desde la Península, este escritor de 92 años nos demuestra que una cabeza sin memoria es como una fortaleza sin guarnición; y que la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados. En este tomo nos ha llamado la atención la ternura y apego que el autor siempre ha mostrado por su “inolvidable y muy querido tío Juan Vicente” que, como el sacerdote Santiago Beyro, “nos solía contar la odisea de la derrota de Horacio Nelson en Santa Cruz así: amanecía la mañana del 25 de julio de 1797 cuando el vigía de Anaga anunciaba la aproximación de una potente escuadra…”.

          Este autor ha tenido la habilidad de que sus artículos giren en torno a los temas que están pasando en cada momento, conectándolos con las vivencias de su infancia y juventud; una infancia que, por cierto, transcurrió en una calle, General Sanjurjo, muy próxima a la de quien suscribe, de ahí que mi interés se haya incrementado con la amena y minuciosa exposición de experiencias que, por motivos de edad, este cronista desconocía.

          En las trescientas páginas que acogen Mis recuerdos desde la Península no sólo hay una prosa entretenida y nostálgica, sino también un desfile de fotografías, algunas tan inéditas como evocadoras: aquella plaza de la Iglesia de san Francisco, con el añorado balcón canario del hotel Camacho; el edificio de “La Eléctrica”; la fábrica de gas; la calle Viera y Clavijo y, arriba, como muy cerquita, el esbelto hotel Quisisana; el antiguo tranvía; el bello entorno de la plaza de Los Patos, sin sus brutales mutilaciones posteriores; la bahía de Santa Cruz con su hilera de aquellas panzudas gabarras, la peculiar estructura del cine-teatro Parque Recreativo…

            Mis recuerdos desde la Península no solamente nos ha gustado, sino que nos ha mejorado. Y tiene necesariamente que ser un buen libro, porque, como decía la socorrida Louise May Alcott, “lo hemos abierto con expectación y lo hemos cerrado con provecho”.

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