La extraordinario Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (Relatos del ayer - 31)

 
Por Jesús Villanueva Jiménez  (Publicado en la Revista NT de Bínter en su número de enero de 2019).
 
 
 
          Se había congregado todo el pueblo en el muelle de Santa Cruz de La Palma, el mediodía del 6 de enero de 1804. La corbeta María Pita se alejaba del espigón, cuando apoyados en la baranda de la borda de estribor un grupo de niños saludaban agitando las manos a los lugareños, que despedían de igual modo, con gran entusiasmo, a los pequeños. Florentino, que acababa de llegar a la capital de la isla, luego de un largo paseo desde la Villa de Mazo, se sorprendió de aquel espectáculo. Iba cansado y sediento, así que se dirigió hasta la venta de Antonia, lugar de visita obligada en sus cortas estancias capitalinas.
 
          -A la buena de Dios -saludó justo al cruzar el umbral.
 
          Se hallaba vacía la venta. Antonia asomó la cara desde la puerta de la cocina.
 
          -¡Oh… Florentino! -dijo la vieja por todo saludo-. ¿Vino o ron? -inquirió, al conocer del amigo y cliente que se antojaba de uno u otro trago según anduviese de humores. 
 
          Tintorro prefirió el también anciano Florentino, que pidió a Antonia le explicase a qué se debía semejante bullicio en el puerto el día de Reyes. La buena mujer le contó lo que sabía, que dejó maravillado al viejo tratante de ganado. Según le dijeron, ese barco, que había arribado a Santa Cruz de Tenerife el pasado 9 de diciembre, había recorrido las islas pinchando a los niños "no sé qué cosa que se extrae de las vacas y evita que cojan la viruela, y esa cosa la llevaban en la sangre esas criaturas que iban en el barco". Aquella explicación le sonó a arameo al bueno de Florentino. Se devanaba las entendederas, a sorbos de tinto tinerfeño, sin hallar sentido a lo dicho por Antonia. Hasta que al local se llegó don Melquíades, el boticario, buenos amigos ambos, a echarse algo al estómago, sólido y líquido.
 
          -¡Oh… Florentino! -saludó el científico, a la usanza del lugar.
 
          Florentino le invitó a que compartiera mesa con él, y le preguntó lo mismo que a Antonia, con la esperanza de ser mejor informado. Y así fue, aunque el conocer la circunstancia de boca del sabio amigo no hizo más que aumentar el asombro del de Mazo, lejos de comprender su magnitud.
 
          En efecto, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, dirigida por el Físico de Cámara de S. M. Carlos IV, don Francisco Javier de Balmis y Berenguer, había partido de La Coruña el 30 de noviembre de 1803, auspiciada por el Rey, muy sensibilizado con el mal de la viruela, que había matado a su hija María Teresa, y  aquejaba las provincias españolas en América y Filipinas. En la corbeta María Pita, al experto cuidado de Isabel Zendal Gómez, embarcaron 22 niños de orfanatos coruñeses, en cuyos brazos se mantenía el fluido vacuno, única manera de mantenerlo viva durante tan largo viaje. Siguió sin entender muy bien Florentino aquella cosa de la ciencia moderna.
 
         Lo cierto es que aquella expedición salvó la vida de centenares de miles de niños en las Canarias y en las extensas tierras españolas de ultramar. 
 
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