Contra la Leyenda Negra antiespañola. La hipocresía de las genocidas potencias divulgadoras

 
Por Jesús Villanueva Jiménez  (Publicado en la revista Afán -versiones papel y digital- en su número de enero de 2023).
 
 
          Si bien fue el flamenco Guillermo de Orange-Nassau (1533-1584) —traidor a España y a su Rey, Felipe II— el urdidor de la organizada difusión de la Leyenda Negra antiespañola, aprovechando la infame Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de Las Casas (1484-1565) —cuyo contenido hoy rechazan todos los historiadores serios y honrados—, con la valiosísima colaboración de Théodore de Bry (1528-1598) —y los atroces grabados de su pura invención—, han sido los anglosajones protestantes —primero Gran Bretaña y más tarde EE.UU. (ingratos, estos últimos hasta asquear, con España, dado el determinantemente apoyo hispano en su guerra de independencia)— quienes divulgaron y agrandaron la gran infamia. Por cierto, mantiene Marcelo Gullo que no sería nada extraño, dada la ausencia de las prácticas propias de un sacerdote en la vida de Bartolomé de las Casas, además de su absoluta falta de involucración en el aprendizaje de las lenguas de los pueblos indígenas, entre otras circunstancias, que fuera el dominico un secuaz bien pagado por los iniciadores de la nefasta leyenda. Y yo creo lo mismo.
 
          Siempre fue la Leyenda Negra un virus efectivo inoculado en las poblaciones hispanoamericanas, en el empeño anglosajón de evitar la unión entre aquellos pueblos y el buen entendimiento entre la América española y la Madre Patria. De cómo en EEUU se ha venido adoctrinando en la enseñanza media y universitaria las «atroces maldades españolas» cometidas en el Nuevo Mundo, a sabiendas de la inicua farsa, da buena cuenta el norteamericano Philip Wayne Powell (1913-1987) en su obra Árbol del Odio: La Leyenda Negra y sus consecuencias en las relaciones entre Estados Unidos y el Mundo Hispánico (Tree of Hate, título original en su primera edición en 1970). Así como no puede ser más esclarecedor el título de otro de sus libros: La Leyenda Negra, un invento contra España, publicado en español por Ediciones Altera en 2008, lamentablemente descatalogado.
 
          Durante siglos, fueron muchos los escritores, historiadores e intelectuales españoles que asumieron la leyenda negra antiespañola como real, al pie de la letra, a pesar de las evidencias de su falsedad y de las claras intenciones de los que la enarbolaron (y enarbolan) como útil arma arrojadiza contra el prestigio de nuestra Patria. Esta circunstancia fomentó, increíblemente, la hispanofobia entre muchos compatriotas. Muy bien lo explica María Elvira Roca Barea en su libro Fracasología, España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días (Premio Espasa 2019).
 
          Al parecer, fue Emilia Pardo Bazán quien acuñó el término «leyenda negra» para referirse al conjunto de falsas historias atribuidas a España en su descubrimiento, conquista, evangelización y civilización del Nuevo Mundo. Fue en París, en la Universidad de la Sorbona, el 18 de abril de 1899, cuando pronunció la conferencia que tituló «La España de ayer y la de hoy», invitada por la Sociedad de Conferencias. Tuvo aquella una enorme repercusión en la prensa española, hasta tal punto que el texto íntegro se publicó en mayo de 1899 en español y francés, por el editor Agustín Avrial. Algunos años después, en 1909, también habló de «leyenda negra» Vicente Blasco Ibáñez en una conferencia pronunciada en Buenos Aires. Pero fue el erudito madrileño Julián Juderías y Loyot quien popularizó el término en su ensayo La leyenda negra y la verdad histórica, con subtítulo esclarecedor: Contribución al estudio del concepto de España en Europa, de las causas de este concepto y de la tolerancia religiosa y política en los países civilizados; que fue publicado por la revista La Ilustración Española y Americana, en cinco entregas entre enero y febrero de 1914. Cien años después, en 2014, la Esfera de los Libros publicó en tapa dura una magnífica edición, prologada y dirigida por Luis Español. 
 
          Afortunadamente, en los últimos años han surgido notables comunicadores que a través de sus libros, artículos y conferencias destapan la maligna farsa que, urdida hace cuatro siglos, hoy sigue difundiéndose con tan perversas intenciones como antaño. Fijémonos en las últimas declaraciones —carta de por medio— del presidente comunista de Méjico, Andrés Manuel López Obrador, en las que instaba a Felipe VI a «reconocer y pedir perdón» por los abusos cometidos por los españoles en la conquista de Méjico. ¿Por civilizar a los aztecas, cuya principal fuente de proteínas eran los hombres, mujeres y niños de los desgraciados pueblos vecinos sometidos? 
 
          Autores como María Elvira Roca Barea, Iván Vélez, Pablo Victoria, Marcelo Gullo, Pío Moa, Fernando Paz, José Javier Esparza, Javier Santamarta… contribuyen sobresalientemente a la demolición de la Leyenda Negra y a la divulgación de nuestra gran Historia, así como al rescate del ostracismo de tantos acontecimientos extraordinarios protagonizados por nuestros antepasados, además de limpiar de podredumbre muchos de nuestros anales, como es el caso que nos ocupa. No olvidaré, especialmente, las aportaciones de los estadounidenses Stanley G. Payne y Philip Wayne Powell. Por el contrario, autores españoles como César Vidal o Pérez Reverte, entre otros, mantienen el nefasto argumentario negrolegendario, ambos en su tono de habitual pedantería, y ambos, en su soberbia, principales «atacadores» del magnífico Fracasología de Elvira Roca Barea; el primero como fanático protestante, y el segundo como confeso afrancesado.
 
          De modo que, ilusionado por la empresa, convencido de la importancia de mostrar a los avispados lectores las negras entrañas y sus muchos pecados —atrocidades abundantes—, de aquellas potencias que han blandido (y siguen haciéndolo) la falsa Leyenda Negra contra nuestra Patria, a la vez que ocultaron y ocultan sus atroces crímenes contra la humanidad, desde este número, publicaré en lo sucesivo algunos pildorazos de los más deplorables capítulos de nefastas potencias como fueron Inglaterra-Gran Bretaña, Francia, Holanda y alguna que otra más.
 
          Pues bien. ¿Conocerán nuestros lectores cómo los hijos de la Pérfida Albión acabaron con la población aborigen de lo que hoy llamamos Australia?
 
          Aunque ya durante la primera mitad del siglo XVI barcos españoles y portugueses navegaron por aguas australianas, lo que indica que frente a  aquellas costas, al menos, debieron fondear, fue en 1768 cuando una expedición británica, al mando de James Cook, desembarcó en aquellas tierras. Más tarde se sucedieron otras con intención de colonizar la isla. De inmediato, los ingleses dieron muestra del desprecio que siempre han tenido sobre aquellos seres humanos cuyo color de piel y rasgos faciales se diferencien de los suyos.
 
          Durante los siglos XVII y XVIII, se consideraba como «terra nullius» aquel territorio no habitado por seres humanos, susceptible de ser ocupado y explotado por la primera potencia que izara allí su bandera y estableciera guarnición militar y/o población. Cuando los primeros británicos se adentraron en aquel vasto territorio encontraron a sus habitantes, que allí estaban desde al menos 60 mil años atrás. Se estima que por entonces eran entre 750 mil y 1’5 millones los indígenas que conformaban las diversas tribus primitivas. Los británicos reconocieron de inmediato el valor de aquella isla para sus pretensiones colonialistas, a la vez de considerar un estorbo a sus habitantes, dado que suponían un impedimento legal para la apropiación y explotación del lugar. Así que, consecuentes con su absoluta falta de moral, escrúpulos y humanidad, el gobierno británico declaró la isla terra nullius, considerando que sus habitantes no eran seres humanos, sino animales.
 
          Desde ese instante, se arrebató por la fuerza las tierras de cultivo y las fértiles sin cultivar a sus legítimos propietarios, arrojándolos a los áridos del interior, condenándolos a una muerte segura por inanición. Saquearon la isla de un extremo a otro. Se organizaron cacerías a caballo, durante las cuales se asesinó a tiros a decenas de miles de aborígenes indefensos. Entretanto, a miles de familias que trataron de resistirse a las pretensiones británicas se les arrebató los niños, a los que se esclavizó, obligándoles a rechazar sus costumbres y tradiciones y prohibiéndoles hablar en su idioma materno. Cien años después, tan solo sobrevivían 30 mil aborígenes. Lo sorprendente (o no, dada la calaña británica) es que, forzado por ciertos movimientos humanitarios y organizaciones religiosas, no fue hasta 1835 cuando el Gobierno Británico reconoció por primera vez que aquellas tierras eran de propiedad aborigen, lo que por otro lado no fue más que papel mojado. 
 
          Un pildorazo de la macabra historia británica, sólo para empezar.
 
 
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