Aquellas aperturas de curso

 
Por Antonio Salgado Pérez  (Publicado en La Tarde el 23 de octubre de 1957).
 
 
 
          Han comenzado las clases. Noticia fatídica para la mayoría de los estudiantes, y satisfactoria para los escasos y envidiados “empollones”.
 
          Al inaugurarse el curso, el bullicio es ensordecedor. Allí todo es alegría, jolgorio y juventud estudiantil. Más tarde, a los dos o tres meses, los rostros reflejarán la fatiga, el cansancio y las desilusiones. Pero sigamos en la apertura. Los alumnos veteranos llevan la voz cantante en todas las conversaciones. Los indecisos, novatos en la materia, no hacen sino mirarles y responder afirmativamente a todas esas preguntas. Algunos, tímidos y desconocedores del ambiente, prefieren contemplar el panorama desde un rincón o respaldados en cualquier coche que se halle en aquellos alrededores. No se atreven a introducirse en aquella tertulia por miedo al ridículo, a la chanza o al inevitable mote estudiantil. Las conversaciones se llevan con bastante prodigalidad: 
 
               —¡No sé si me podré acostumbrar a despertarme a las siete! –dice Federico.
 
               —¿Y yo que antes me levantaba a las once y media? –le contesta Alfredo, mocetón espigado que acude solamente para ver si tiene la suerte de sentarse junto a Merceditas.
 
          Todos. ¡eso sí!, acuden con sus mejores prendas de vestir para causar al principio la deseada “buena impresión”. Han retenido en sus memorias aquello de que “el hábito hace al monje” y en esta ocasión había que demostrarlo o, al menos, aparentarlo. Sobre este particular las dulces jovencitas se llevan abundantes chascos. Ellas, atraídas por aquel muchacho del impecable traje azul marino, corbata inarrugable del último modelo y reluciente reloj con fuertes destellos áureos, observan a los pocos días que todas aquellas prendas que denotaban “sólida posición” ha desaparecido, para convertirse en ordinarios pantalones de cowboy y camisas tejanas.
 
         También aquellas chillonas voces de nuestros compañeros han cambiado. Ya no tenemos que taponar nuestros oídos cuando comienza su tertulia. El verano con sus cálidas e irritantes jornadas ha modificado la sonorización de este compañero completamente tostado por el sol. Puede decirnos que ha pasado sus vacaciones en el Sahara. Se lo creeríamos. Pero él, conferenciante incansable, no se fatiga en contar innumerables hazañas en diferentes playas y balnearios.
 
          Apretones de manos, golpes de gran potencia en las espaldas, saludos efusivos… Estas son las notas de cortesía al verse de nuevo antiguos compañeros. Los más pequeños no emplean este protocolo. Ellos cumplen su cometido de presentación, tirando de la oreja al amigo o simulando una pequeña lucha, como si el curso a empezar se tratara de unas clases de capacitación atlética.
 
          Los mayores hablan de los profesores de “turno”. Hay verdadero pánico en comprobar si aquel “hueso” les tocará otra vez este año. El año pasado se “escachó” a las tres cuartas partes de la clase y esto dejó una huella de terror y sobresalto. Ya no son solamente las matemáticas -esa asignatura que siempre nos proporciona malestar- las que nos causan miedo. Contabilidad, Derecho Civil, Derecho Laboral, Alemán, etc., con la propiedad de “que el orden de los factores no altera la suma”, son las que aquellos momentos atemorizan. Se espera con impaciencia las reacciones de los distintos profesores. Hacen su aparición. No se oye ni el vuelo de aquella mosca que merodea por nuestras narices. Ya no podrá posarse tranquilamente en el mapamundi. Le ha llegado la hora de ser víctima de D.D.T.
 
          Si aquel día se muestra ventolero, algunos esperan con inusitada avidez que aquella ventana se cierre estrepitosamente para de un salto ir a cerrarla, y beneficiarse con el agradecimiento del profesor que ya le ha dirigido una mirada amistosa, los que se encuentran junto a la mesa del profesor, aunque no tienen la oportunidad de la ventana, también siguen los movimientos del inquieto lápiz del mismo para ver si por casualidad cae al suelo. Si esto ocurre, una avalancha de voluntarios se tira con ardor frenético a la busca del lápiz. Todo para conseguir otra sonrisa de agradecimiento.
 
          En fin, el nuevo curso ha llegado. Pero no todo se transforma en alegría y euforia. A los bedeles ya les ha tocado la hora de la intranquilidad y del ajetreo. Y ponen a prueba sus voces de barítonos al anunciar las diferentes clases a comenzar.
 
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