Manuel "Pajarito"

Autor: Juan Carlos Cardell Cristellys   (Publicado en El Día / La Prensa el 16 de octubre de 2010)

          Un amigo coleccionista de postales antiguas de Santa Cruz, me envió, hace días, una postal circulada en 1907 desde Santa Cruz de Tenerife a París cuyo motivo es la fotografía de un célebre mendigo de esa época llamado Manuel Pajarito.

Manuel_Pajarito_1

          Yo me acordé de aquellos personajes populares de mi infancia, del Profe, del Ruso, de Falucho y de Pedrín, y de algún otro, pero estos eran personajes de los años cincuenta del siglo pasado.

          Existieron otros personajes célebres populares anteriores que deambularon por el Santa Cruz de finales del siglo XIX y los que hubo en el siglo XX sobre los cuales se han escrito sus anécdotas, y otros que se han perdido en la memoria y ninguno, que yo sepa, cuyas andanzas o imagen traspasaran nuestras fronteras.

          Hoy me centraré en este personaje cuya imagen traspasó nuestras fronteras apenas iniciarse el siglo XX. Tenemos que situarnos en el Santa Cruz en la época a caballo entre el siglo XIX y el XX, en donde no habría más de 16.000 habitantes; era algo más que un pueblo, pese a su título reciente de ciudad y a su concurrido puerto. Precisamente por ello, los tipos populares eran conocidos de todos Y Manuel Pajarito se llevaría, en eso, la palma.

          En la época en que vivió Manuel Pajarito, Santa Cruz carecía de sistema de alcantarillado y no todas las viviendas disponían de pozo negro, por lo que algunas callejas eran contrarias a nuestro olfato. Los barrios carecían de agua corriente y había que surtirse en las fuentes públicas, que había varias; las más conocidas eran: la Fuente de Morales, la de la Plaza de Santo Domingo, la Pila, en la Plaza de la Candelaria y la de la Plaza de Isabel II, que estuvo en servicio hasta hace unos años. Por lo que la higiene entre mucha de la población mendiga dejaba mucho que desear.

          Poco se sabe sobre este personaje, no se tiene datos de la fecha y lugar de nacimiento, ni la causa de su mendicidad. Las crónicas de su tiempo hablan de Manuel Pajarito, cuyo mote popular es fiel a su figura, como un hombre cuya edad era indefinida, pero se suponía que pasaba de los sesenta años, con la barba entrecana y era “Flaco como un cangallo”. Iba descalzo y harapiento sujetando sus destrozados calzones don trozos de cordel que pasaban os sus hombros; los trozos de cuerda con que mantenía más o menos en sus sitio los calzones los nominaba “atajantes” y no usaba ropa interior y presumía de no haberse lavado nunca.

          Según decían los que le conocieron:

               “Las uñas de sus pies eran larguísimas, negras y retorcidas, semejando las garras de un ave:”

          A lo que contribuía la flacura de sus piernas, al aire en buena parte, ya que el calzón no las cubría del todo.
A menudo era seguido por pandillas de golfillos, algunos tan harapientos como él, que lo imitaban, exagerando sus gestos con gritos de burlas e insultos. Todo ello es fiel reflejo en su fotografía.

          Manuel Pajarito era un cantor callejero que, a veces, tornaba su historia musical en picarona, sobre todo si había damas a la vista. Entonces con voz de falsete entonaba:

               “Juanito es un señorito  // de elegancia natural  // que toca con su pitito  // una marcha nacional”.

               "Indudable cantor, simpática figura y vestidura propia, con saco al hombro y palo en mano”. Se preparaba para cantar poniendo la mano derecha en forma de trompetilla acústica. “Decía que cantaba mejor que don Manuel, el sochantre, y ésta era su diaria obsesión”.

          El personaje en cuestión vivía de la caridad pública, de ahí su ascético aspecto. Se situaba a la puerta de la Iglesia de la Concepción domingos y festivos y, a la salida de la Misa Mayor, recaudaba algunas monedas.

               “Tenía la costumbre de no recibir limosna en plata u oro, sino en cobre, lo que demuestra claramente que no estaba bien de la cabeza.”

          Quizás fuera una argucia para que los parroquianos no dejaran de dar sus limosnas en los próximos días. Con ellas resolvía sus más perentorias necesidades, completando sus tenencias con algo de pan que le daban y con alguna ropa donada por alguna persona caritativa. Y así iba tirando.

          Su muerte fue consecuencia, al parecer, por someterlo a la limpieza de quitarle la costa de mugre y suciedad que cubría su cuerpo. Cuentan que un día el hombre se puso malo. Se le veía más desnutrido que nunca, no cantaba en su deambular, su paso era inseguro y en dos o tres ocasiones le hallaron tendido en un rincón, sin fuerzas ni ganas de moverse. Algunas personas de buen corazón le llevaron de comer y durante unos días, merced a los refuerzos alimenticios fue mejorando.

          Pero las autoridades locales, enteradas de lo que ocurría, ordenaron que fuera llevado al hospital. Costó gran trabajo el llevarlo, pues se negaba con todas sus pocas fuerzas. Allí los médicos y las mojas se asustaron al ver la suciedad que le cubría y se impartieron órdenes para que fuera bañado. Se cuenta que mientras las Monjas de la Caridad lo bañaban y le restregaban con estropajo y cepillo para quitarle la costa de mugre de años que tenía adherida a su cuerpo, él las gritaba:

               “No me bañen, que la cáscara guarda el palo”.

          Manuel Pajarito no pudo resistir ese tratamiento y cuentan que poco tiempo después de ser lavado, se murió.

          Sea este artículo un pequeño homenaje para este personaje del antiguo Santa Cruz que debe su popularidad a su triste forma de supervivencia, tan cruel en aquella época, cuya imagen traspasó nuestras fronteras hasta llegar a Europa.

Bibliografía:
1- El Día. Periódico de Santa Crus de Tenerife de fecha: 11-3-1997.
2- Tiempos Viejos. Marcos Pérez, pp. 22-23.
3- Famosos sin estatua. Enrique García Ramos. Editorial Benchomo. Primera edición, pp. 19-21. La Cuesta. Santa Cruz de Tenerife.

- Con agradecimiento a Daniel García Pulido por sus comentarios.