Cuando Inglaterra se convirtió en "zona tórrida"

 
Por Antonio Salgado Pérez  (Publicado en El Día el 1 de septiembre de 1991)
 
 
          El 3 de agosto del pasado año, y precisamente a las tres de la tarde, Gran Bretaña veía, con no disimulado estupor y sobresalto, como sus termómetros marcaban 98,8 grados Fahrenheit, o sea 37,1 Celsius. El tórrido, para ellos, récord había sido batido ya que la cota se había mantenido desde el 9 de agosto de 1911 con un grado menos que entonces, según apuntó el renacido The Times.
 
          Tras aquellos insólitos calores, incluso, se atrevió a decir, que el Todopoderoso les había castigado con aquellos agobios ya que era conocido –por mediación de Greenpeace– que Gran Bretaña era el productor y exportador más grande de Europa Occidental de las sustancias químicas consideradas como principales responsables de la destrucción de la capa de ozono, que protege la Tierra de los rayos ultravioletas del Sol, los cuales provocan grandes daños a la vida del planeta.
 
          En efecto, el pasado año el sol británico parecía que “picaba” como ningún otro, y ya no podía decirse que Londres conocía cada día las cuatro estaciones… Eso sucedía, insistimos, en el verano del 90, que aún recordaba con escalofríos la sacudida de aquel huracán que tres años antes había arrasado unos quince millones de pulmones –léanse árboles– en el sureste del país.
 
          Pero en este verano (?) del 91, el Todopoderoso ha sido indulgente con los británicos: les ha devuelto su lluvia, sus días nublados –muy propicios para caminar durante horas–; les ha devuelto sus ocasos teñidos de rojo, sus truenos, sus relámpagos, sus tormentas… Y, por encima de todo, les ha devuelto su césped, ese increíble y generoso verdor, que lo ha inundado todo. De nuevo, y como antaño nos dijo André Maurais, hemos comprobado que “en todo inglés hay un poeta bucólico”, aunque ahora no podemos presenciar rebaños de carneros en Hyde Park. De nuevo, hemos advertido que la gente de la campiña, de las zonas periféricas, experimentan un sentido de profunda lástima hacia los habitantes de la capital, porque mientras aquellos ven festoneadas sus carreteras, sus caminos y senderos por exuberantes malvas y ortigas; por petunias, flores de mundo, rosas y amapolas, amén de un sinnúmero de flores silvestres, ahora bajo protección oficial; allá, en Londres, por ejemplo, los más conservadores clérigos y oficinistas que se mueven entre las pocas agraciadas moles de cemento de “la nueva City”, suelen decir que los responsables de la reciente ordenación urbana y los arquitectos han hecho más daño al paisaje urbano de la ciudad, que el bombardeo alemán…
 
          ¿Quién puede ser más feliz que aquel que trabaja en Londres y que después, a partir de las cinco de la tarde, vuelve a su casa, a su campiña, riega sus flores, cena en el jardín, oye el canto de los pájaros y dirige su mirada a aquel próximo e impenetrable bosquecillo? Aseguran que el ejemplo de haber triunfado socialmente consiste en poseer un pequeño alojamiento en la capital, en el que se pasa el tiempo requerido por los negocios, y una casa de campo en la que, durante un fin de semana prolongado, consagrarse a la familia y dedicarse al cultivo del jardín y a la vida al aire libre. Este modo de vida, que era el de la aristocracia, se ha convertido en el ideal de las demás clases sociales. Los ricos de la City lo practican ostensiblemente. Hasta el “cokney” profundamente apegado a su East End, sueña con ganar una buena quiniela futbolística para poder dedicarse a criar caballos de pura sangre en esa campiña que con la “cercana caricia del sol” es, simplemente, insuperable, máxime si nos encontramos unos enamorados de las flores como nuestros entrañables amigos Ian y Peggy, que han convertido su casa en un paraíso terrenal, con peces incluidos.
 
          A los canarios nos sigue llamando poderosamente la atención esas interminables alfombras verdes con que Gran Bretaña cubre una buena parte de sus tierras. Uno, particularmente, siente una sensación muy especial al pisarla sin tropezar con aquellos cartelitos que se prodigaban en el Parque Municipal de nuestra infancia, que decían: prohibido pisar el césped… 
 
          El césped no debería cortarse, dice la Organización Fruitarian, de Maryland, Estados Unidos, ya que según ellos “la hierba siente dolor cuando la cortan”. Pero responden los británicos que si no la cortan se convertiría “en algo muy grande”, que dificultaría el paso de la gente. Para el canario no sólo es un goce visual la contemplación de tal manto, sino después, tras el corte, percibir su olor, su inconfundible fragancia, su frescor, que se nos ofrece cuando hay “lluvia y sol” –imprescindible tándem para su crecimiento–, una vez a la semana, cuando aquellas ruidosas cortadoras se encargan de peinar el paisaje y, las sierras eléctricas, de adornar los jardines y paseos públicos. Cortar el césped en Inglaterra es como un rito que hay que mantener por encima de todo, Ningún hogar que se precie dejará crecer el césped hasta que este se confunda con la simple yerba. Nada entusiasma más al británico que, primero, le halaguen su jardín y, después, la uniformidad y cortado de su césped, que en ciertas ocasiones rompe su verdor con la incursión de una solitaria amapola y , en otras, con las invasiones de mirlos que parecen como guiados por la mano del genial Alfred Hitchcock.
 
          Sigue siendo el británico tan conservador como previsor. A pesar de esta abundante lluvia que les ha caído, aún no quieren humedecer sus jardines con la fácil manguera sino aprovechando, en depósitos al efecto, las gotas del cielo, que luego dosifican al máximo con sus antañones regadores. Se han aprendido de memoria y la llevan a la práctica esta advertencia: “short in wáter”, es decir que, a pesar de todo, se tendrá que seguir ahorrando el líquido elemento.
 
          Lejos de la ciudad más grande de Europa, que recibe veintitrés millones de turistas al año y donde unos diez mil vagabundos duermen en sus calles; lejos de esta urbe que alardea de poseer la red de metro más antigua del mundo y de donde cada cuatro días sale un nuevo libro sobre su entorno; lejos de este Londres menos peligroso de lo que se piensa y sin tanta neblina como en las películas de Sherlock Holmes y Jack El Destripador, pues aún se mantienen las casas con las puertas abiertas y los jardines y huertas sin apenas rejas ni vallas. Y ahora, con tanta lluvia como sol, su campiña está francamente deslumbrante, con ortigas y malvas descomunales y con un florido ejercito de rosas y petunias, todo ello rodeado, como hemos podido comprobar en la localidad de Hatfield, de generosos bosquecillos que por las noches nos proporcionan un sonido muy suis generis cuando la brisa acaricia sus ramas y, por las mañanas, nos ofrece no sólo el lagrimeo de la “serenada” sino las divertidas piruetas de la siempre encantadora ardilla.
 
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