Chancleta y manta esperancera

 
Por Antonio Salgado Pérez  (Publicado en El Día el 2 de diciembre de 1984)
 
 
          Aún oyendo los ecos de un himno interpretado por un coro tan voluntarioso y numerosos como desafinado y olvidadizo, un compañero entre perplejo y sorprendido, me decía:
 
          —Pues voy a tener que creer que los rezos no sólo fortalecen al espíritu y al alma sino que también rejuvenecen al cuerpo y clarifican la mente y las ideas…
 
          Dicen los tratados geriátricos que hasta los 44 años somos jóvenes; de los 45 a 59, tenemos edad madura; de los 60 a 74, edad avanzada; de los 75 a 90, vejez… pero jamás podremos afirmar que dos ilustres y queridos octogenarios, los padres Rufino y Eguiraun, sean viejos. Y, mucho menos, longevos.
 
          Dichosa juventud, dichosa madurez y, por encima de todo, dichosa, increíble memoria, para rememorar vivencias, aconteceres, rostros, pequeñas anécdotas. 
 
          ¿Quién no recuerda aquel familiar trío escolapio formado por los padres Marcos, Julián y Rufino? Ahora sólo queda en pie de guerra el padre Rufino, pipa y zapatillas, santanderina tenacidad norteña que ocultaba –y oculta- su ternura en una brava cerrazón, cantábrica, con faz y tórax de luchador de libre americana, que ahora, entre halagos, adhesiones y abrazos, como un héroe homeriano, ha regresado a esta isla que quiere hacerle Hijo Adoptivo, que ya se encargó de recordarlo Antonio Martí.
 
         Cuando recientemente y con motivo del óbito del padre Julián sintetizábamos cariñosamente la figura del padre Rufino como “pipa y zapatillas”, éste, en amable misiva, nos confesó:
 
          —…Hubiera sido más exacto decir el padre de la “pipa y chancletas”; no hubiera sido tan fino, pero si más histórico…
 
          Y era verdad. La chancleta del escolapio formó íntimamente parte de su personalidad pedagógica. Era como el bigotillo de antena de Salvador Dalí a la lengua y nívea barba de Ramón y Cajal. La chancleta, familiar y hogareña, estuvo ausente el pasado martes, primero, en el altar de La Concepción, que se vio concurridísima y, por último, en el Hotel Mencey, en cuyo comedor pudo haberse colgado el cartelillo de Aquí no cabe ya ni un alfiler.
 
          En aquella multitudinaria cena, Unelco, cuyo principal órgano volitivo tiene profundas raíces escolapias, aportó, con su penumbra, el romanticismo ya olvidado de unas velas, de unas pavesas, que hacían el diálogo del reencuentro incluso más pausado y conciliador. Cuando se disiparon las sombras, cuando la marmita de verduras, la lubina y las escalopitas eran simples recuerdos gastronómicos; cuando surgió la trilogía del café, la copa y el puro, el padre Rufino, con manta esperancera “para combatir el cierzo madrileño” y muchos nudos en su garganta oyó, con cadencia de guitarras con prosapia, la bienvenida que le dieron Los Guaracheros y también oyó las palabras de Daroca, el nuevo presidente que, entre otras cosas, pidió el retorno a la isla de la familia escolapia; y también escuchó la voz del alcalde Hermoso, que le rogó no nos abandonase nunca.
 
          Luego, el verbo diáfano, vibrante y rotundo del padre Rufino, que nos ofreció una lección de humildad y nos recordó a aquellos otros sacerdotes y seglares que un día impartieron en las almenas del Quisisana apostolado e ilusión.
 
          No le falló el timbre de voz al escolapio ni se le ocurrió hablarnos en inglés salpicando su alocución con sus conocidos proverbios. Ahora que la subida al Quisisana se bautizará como Paseo de las Escuelas Pías, al padre Rufino se le hará aún más familiar aquel baluarte de hospitalidad ubicado en la vertiente feliz de la montaña.
 
          Dice el padre Rufino que ahora le fallan las piernas, que tiene “una rueda pinchada”, que le había conmovido el homenaje y que faltan seis años para celebrar las bodas de oro del Colegio tinerfeño, que inició peculiar extinción hace algunos años. ¡Claro que el padre Rufino estará con todos nosotros para tan señalada efeméride! Ahora, con la manta esperancera y con el otro calor que desde estas limitadas fronteras le seguirán proporcionando “sus innumerables hijos, nietos y biznietos”, a los que él bautizó y casó, ahora, decíamos, la escala geriátrica del padre Rufino seguirá marginando a esa longevidad para seguir dando paso a esa juventud, divino tesoro, que poetizó Rubén Darío.
 
          Chancleta, por lo histórico, que ahora ha sido perpetuada para anaquel; manta, por lo isleño. Será un binomio para otro recuerdo. Y con una etiqueta para el padre Rufino: “Símbolo de la supervivencia de las Escuelas Pías en Tenerife”, como de forma atinadísima le definió otro sacerdote, mitad jesuita, mitad escolapio, el padre Eguiraun, que el martes, con broche de sutil delicadeza, nos revivió emociones con una fluidez en la exposición y con tal memoria que fue la que hizo exclamar al compañero: 
 
          —Pues voy a tener que creer que los rezos no sólo fortalecen al espíritu y al alma sino que también rejuvenecen al cuerpo y clarifican la mente y las ideas…
 
 
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