En el Museo Municipal de Bellas Artes

 
Por Antonio Salgado Pérez  (Publicado en La Tarde el 21 de mayo de 1981).
 
 
          Es como si hubiésemos presenciado celuloide de Charlot o Harold Lloyd: salimos con la sonrisa en los labios. Es una medida terapéutica que jamás debería faltar en nuestros medios. Y no ha sido impartida en clínicas ni hospitales sino en una exposición de caricaturas exhibida recientemente en el Museo Municipal de Bellas Artes.
 
          Allí ha estado presente la ironía sin daño; no “el felpudo del arte” sino los “esqueletos del alma”, como los bautizó Pimentel, en un resumen que podría servir de frontispicio para futuras muestras y que ojalá no sea flor de un día, como dijo Salarich.
 
          Eliseo Izquierdo, que provocó este feliz parto de reencuentro, estará satisfecho con esta criatura de variopintas testas, que al estar exhibidas en un local aparentemente elitista y de limitada apertura, no han podido ser admiradas por quienes, entre otras cosas, están encorsetados en horarios habituales.
 
          Esta exposición, que debería permanecer para siempre en algo que ya han etiquetado como Salón Internacional del Humor, podría convertirse en una ramificación cultural única en España. Debíamos aprovechar nuestros valores y no sacarlos a relucir de forma esporádica, incitándoles con ello al trabajo, a la creación, porque es faceta movida por la actualidad, que jamás dormita. 
 
          Allí, de nuevo, todo ha cobrado vida: plumas, madera, corcho, alambres, frutas tropicales… Harry Beuster cuelga aristocracia y monarquía. Cho Juan, con un Picasso de ciencia-ficción, nos frena un poco con su desfile de personajes isleños. Paco Martínez, con su Beethoven de portada de solfeo, su Fidel Castro bananero y su rubia y sensual Brigitte Bardot, tan justamente premiada como en trance de desaparecer si este ínclito caricaturista de lacito no la preserva del ambiente, Galarza, prodigo en materiales, ofrece un Paco Umbral de atinadísimas espirales y un Abril Martorell con media faz cocotera. Policarpo Niebla regocija con la reina británica y Clavijo es el prodigio de la síntesis, una Madame de Sevigné de la línea, con su afamado don Domingo Pérez Cáceres. Y un peninsular Jacinto Gil, que nos transmite los diástoles y sístoles del doctor Barnard, y el filipino Luis Lasa, el padre-madre de todos ellos, con un Legrá abstracto y un Cristóbal Colón metalizado que Galarza guarda como oro en paño.
 
          Que todo esto no sea flor esporádica de nuestras fiestas de mayo. Estos “esqueletos del alma” deben tener sus nichos permanentes para ser visitados por todos aquellos proclives a la ironía sin daño.
 
          Amén.
 
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