Holocausto, sin sonrisa ni olor

 
Por Antonio Salgado Pérez  (Publicado en la Hoja del Lunes el 25 de junio de 1979)
 
  
          Se levanta uno de la familiar butaca con profundo sentido de hastío impotencia y rabia. Otras cintas, más intelectualizadas, no lograron alertar al pueblo llano pero este primer episodio televisivo de Holocausto ya intuye todo género de dramatismos, vergüenzas y tragedias. Diálogo hiriente que turba al más sensible y al más encallecido: “dime el nombre de la zorra de tu madre y del chulo que la violó”. Sí; se está incomodo en la butaca porque desde allí no quisiéramos convertir en psicodélicos verdugos de los embriagados del poder; de aquellos que pregonan la ideología homicida de un incalificable método político. Increíbles vivencias en tierras que tuvieron como cunas, entre otros, a Beethoven, Schiller, Mozart, trio de la sensibilidad, de la poesía, de la ternura, y donde al propio Einstein sentenciaban en algunos tomos y diccionarios de la época como “todavía no ahorcado”
 
          Nos ha llegado esta controvertida serie para que comprobemos, una vez más, la miseria que puede albergar la mente humana; el proceso de degradación de lo que denominamos ser humano; la idea de exterminio; en la inseguridad como solución final; en la calamidad y en el desastre, conceptos que dejaron bien patentes, en un atinadísimo coloquio que todos agradecimos, los señores Tusell, Marías, Bühle, y Pinillos, que como prólogo a estos esperados capítulos ya comenzaron a gestar en todos nosotros el escalofrío con la realidad –por ver en la pequeña pantalla- del horrible genocidio cuyas cifras millonarias no pueden evitar esas pesadillas demenciales que aún hoy sigue padeciendo Joaquín García Ribes, superviviente de Treblinka, que también nos habló de “niñas astilladas”; “gaseados”, como una especie de decisión mesiánica; de “railes de parrillas”, pestilencias y vómitos, donde sacar el pañuelo era osadía que podía pagarse prematuramente aunque para algunos tal hedor presagiaban traerles, y por eso lo admitían y soportaban, las partículas y el hálito contenido de las cenizas de los seres más queridos…
 
          Como la incomodidad, la confusión, el malestar y el repudio seguía presidiendo la observación de aquellas escenas de notable dirección y magistral guión sin marginar la adecuada ambientación y el acierto de algunos gestos, nos acordamos de lo que hacía escasas horas nos había narrado quien había tenido la oportunidad de conversar ampliamente con uno de aquellos mártires de los campos de concentraciones nazis, que al interrogarle sobre lo que le había parecido Holocausto –que ya había visto en su totalidad, en Noruega-, le contestó: 
 
          “La serie, como comprenderá, me actualizó trágicos recuerdos, los episodios están muy bien realizados. Pero encontró un fallo y una ausencia. El fallo está en una escena tomada en el campo de concentración donde uno de los presos sonríe. Le aseguro que en los cuatro años que permanecía allí nunca vi una sonrisa de nadie. La ausencia, lógica, está en el olor… a cada segundo, minuto, hora, día, olíamos lo mismo: a muerte, a putrefacción, a podredumbre, a miseria…”.
 
 
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