¿Pura coincidencia? (Ciencia encriptada - 6) (Soluciones)

 
Por Fátima Hernández Martín  (Publicado el 6 de julio de 2020).
 
 
         
          Regresó solo a su casa, después de haber visitado aquella interesante exposición del Museo que le habían recomendado con tanta insistencia. Pero algo muy extraño había sucedido, que le había hecho salir de la muestra con una sensación, un desasosiego indescriptible, que hacía tiempo no sentía. Intentó recordar que el hecho insólito se había producido mientras examinaba en detalle una de las piezas más exitosas, la que provocaba revuelos y murmullos entre los visitantes que, provistos de mascarillas y guardando las distancias en esta etapa de pandemia por Covid-19, se deleitaban contemplándola.
 
          Nervioso y ya en su domicilio, se dirigió a la biblioteca de su despacho, desordenada y caótica pero pletórica de toda suerte de libros interesantes. Ni siquiera quiso esperar al día siguiente cuando, ya en el laboratorio donde trabajaba en ciencia, desde hacía veinte años, contaría con más documentación para consultar.
 
          Lo que había visto no era la primera vez que lo observaba, de eso estaba totalmente seguro. Pero cómo era posible que ese anacronismo se produjese, como algo que había sido ideado, imaginado, creado y reflejado, allá en el siglo XVII, incluso de manera simbólica, hubiera sido descubierto siglos después, una vez conseguidos avances importantes en un campo de la Biología Marina, la investigación de las grandes profundidades, de los abismos oceánicos, cuyos proyectos se habían desarrollado solamente cuando se dispuso de aparatos que podían descender miles de metros hacia los grandes fondos, lo llamados batiscafos, entre otros complejos instrumentos científicos.
 
          Sin querer dormir, ansioso, casi desesperado, buscó entre sus pertenencias y después de muchas horas indagando entre volúmenes de revistas, papers, notas y artículos, inesperadamente cayó en sus manos un viejo tratado, redactado por uno de sus antiguos profesores, un manual bellamente adornado con una detallada y cuidada iconografía, obra donde esperaba encontrar lo que buscaba…mientras tanto, no podía dejar de estar intranquilo. 
 
          Hojeó con prisas el libro, intentando localizar en las páginas indicadas en el índice, los miembros de la familia de aquellos organismos que le tenían desvelado y sobre todo intrigado… ¡Lo había visto, lo había visto antes, no le quedaba la menor duda! Lo del Museo lo había observado en algún momento de su existencia.
 
          De repente, entre los hermosos dibujos, apareció el del extraño ser que había examinado con detalle en la exposición. Tras comprobar la similitud (había hecho fotos con su móvil de nueva generación) …un intenso sudor empezó a caer por su espalda, desplomándose en su sillón favorito, al tiempo que exclamaba… ¡Cómo pudo haber sido pintado algo así hace cuatrocientos años…!
 
 
Explicación    
 
           La zona fótica (luminosa) de los océanos alcanza los doscientos metros de profundidad, límite de penetración teórica de los rayos solares (porque la claridad se aprecia solo unos pocos metros, como todos sabemos) y concentra casi la totalidad de la biomasa marina. En esa franja están relegados los vegetales y, por tanto, el establecimiento de cadenas tróficas más completas. Además, desde el punto de vista de la investigación, es la región más estudiada, más conocida (en parte por la facilidad de acceder a sus recursos). 
 
          El resto de masa de agua se extiende desde los doscientos hasta los once mil metros aproximadamente (es el caso del llamado abismo Challenger, en la Fosa de las Marianas, frente a las costas de Filipinas, China y Japón, uno de los lugares más profundos del océano). En esa zona no hay luz (se denomina zona afótica), no penetran los rayos solares, por tanto, no se desarrolla ningún tipo de vida vegetal. En contraposición a la antes mentada investigación de la franja fótica, aquí la dificultad de exploración reside en las altísimas presiones y las bajas temperaturas, lo que hace inviable la presencia humana en dichas cotas. Así, en el abismo Challenger, la presión es de unas mil atmósferas (más de mil veces la presión al nivel del mar, algo insoportable para un ser humano). La fauna, por ejemplo, los peces que viven en esas profundidades, incluso aquellos que lo hacen un poco más superficialmente (en torno a mil-mil quinientos metros) son capaces de soportar condiciones ambientales muy adversas, dependiendo su existencia, bien de la escasa predación directa sobre otros organismos o de diminutos restos de animales muertos, que -lentamente- se hunden y van cayendo (flotando) desde aguas arriba en un fenómeno que se denomina nieve marina (por la semejanza con una lenta y tranquila nevada invernal). La fauna de estos lugares crípticos, extraños y enigmáticos, presenta muchas adaptaciones para la vida en enclaves tan hostiles, es decir, acusado gigantismo, bocas desproporcionadas, anchas y grandes en comparación con el resto del cuerpo, así como formas poco hidrodinámicas (monstruosas para los profanos), dado que realizan desplazamientos generalmente lentos y algo caóticos, con objeto de evitar el mínimo gasto energético en esos entornos tan desapacibles. Asimismo, presentan bioluminiscencia, es decir, producen luz biológica (ocurre casi en el 90% de los seres), mecanismo que les sirve no solo para predar sobre presas, sino también para defenderse de enemigos, comunicarse o cortejar, si bien los procesos enzimáticos que generan dicha luz han resultado muy complejos de descifrar para los científicos. Aunque algunos tienen grandes ojos, sensibles a determinados destellos, otros sin embargo son ciegos y se valen de apéndices u otras estructuras, muy especializadas, para vivir en esos lugares donde reina la más absoluta oscuridad.
 
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Foto 1.- Pez de profundidad (observen la estructura cefálica que usa como cebo)
 
         
           Salvo excepciones, la mayor parte de estos seres de fondos abisales de morfología aberrante, nunca sube a superficie (foto 1). Se trata de peces que, provistos de estructuras cefálicas muy especializadas (pedúnculos a modo de cebo o caña de pescar), atraen y capturan su alimento, atrapándolo con sus mandíbulas de tamaño desproporcionado. Otros, sin embargo, caso del género Argyropelecus (animales conocidos como peces hacha) habitan aguas no tan profundas (la llamada zona mesopelágica) de los océanos, entre los 200 y los 1.000 metros de profundidad, y sí suben de noche hasta unos cien metros de superficie en busca de alimento (larvas o crustáceos de pequeño tamaño) realizando importantes migraciones.
 
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Foto 2.-  Argylopelecus sp. (una de las especies de pez hacha) característico de la Deep Scattering Layer.
 
         
          Estos peces (g. Argylopelecus, foto 2) de pocos centímetros de longitud, cuyo cuerpo tiene forma de hacha -de ahí el nombre común- utilizan su capacidad de generar luz para deslumbrar y confundir a sus depredadores y la noche para no ser vistos. Pero ¿quiénes son esos predadores? pues, básicamente, las aves marinas y otros peces pelágicos de mayor talla, relacionados con la capa superficial de los océanos, que encuentran en esta multitud de peces (junto con diminutos cefalópodos y crustáceos variados) un sabroso y apetitoso manjar. Huelga decir que, en las noches de luna llena, los organismos mesopelágicos se cuidan mucho de realizar estos desplazamientos de ascenso, para evitar ser detectados por dichos predadores siempre al acecho, aunque fácilmente reconocibles, eso sí, por las ecosondas de los barcos, dado el ingente número de componentes de estas densas concentraciones de organismos, que han recibido el nombre de Deep Scattering Layer, Capa de Reflexión Profunda, descubierta en la segunda mitad del siglo XX durante conflictos bélicos.
 
          Recordemos que las grandes profundidades fueron investigadas a partir de la Expedición Challenger (siglo XIX, entre 1872 y 1876), que marcó hitos en la investigación oceanográfica ya que, a partir de su puesta en marcha, se fueron desarrollando diversos e interesantes estudios oceánicos, hasta entonces parcela ignota del conocimiento marino, investigación que avanzaba al tiempo que se diseñaban instrumentos complejos (sondas, sumergibles, batiscafos…) que iban permitiendo alcanzar zonas inaccesibles (por lo general aparatos no tripulados dado lo peligroso de los descensos…). 
 
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 Foto 3.- Cuadro La tentación de San Antonio, obra de David Teniers El Joven (Museo del Prado)
 
          
          Ante esto, nuestro curioso e inquieto visitante del Museo se preguntó … ¿cómo es posible que, en el lienzo conocido como La tentación de San Antonio (1647) del pintor David Teniers El Joven, autor flamenco del siglo XVII, el artista haya incorporado, entre los numerosos seres fantásticos (con marcado carácter simbólico en aquella época (foto 3), observen el cuadro, en la actualidad en el Museo del Prado), algunos muy parecidos (casi idénticos) a representantes (peces) de fauna mesopelágica e incluso abisal que, por entonces, aún no se conocía (foto 4, detalle)
 
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 Foto 4.- Detalle de algunos animales fantásticos presentes en el cuadro
 
        
          Cierto es que podríamos comentar este asunto de forma larga y tendida, pero les dejo reflexionar a solas, ya lo debatiremos en alguna de las interesantes jornadas, cursos o seminarios que organiza habitualmente Museos de Tenerife …aunque yo tengo mi propia teoría ¿qué opinan ustedes? 
 
          Eso sí, les animo a consultar manuales, publicaciones, catálogos o tratados sobre fauna oceánica profunda.
 
Epílogo   
 
          Cualquier parecido con la realidad… ¿es pura coincidencia?
 
 
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