Hernán Cortés (II)

 
A cargo de Emilio Abad Ripoll  (Pronunciada en el Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias el 26 de septiembre de 2019).
  
Nota; en la presentación ante el púbñico, acompañaban al texto casi 60 dispoaisiticas que, por razones obvias de espacio se han suprimiedo en esta transcrioción.
 
 
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Hernán Cortés  (Óleo de Ferrer Dalmau)
 
         
 
          El pasado 25 de abril terminaba aquí mismo mis palabras anunciándoles que la dirección del Centro había aprobado mi propuesta de que la prevista única charla sobre Hernán Cortés, debido a la cantidad de temas a tratar, se desdoblara en una segunda, que es la razón por la que ustedes, amablemente, han acudido esta noche a este entrañable Almeyda. 
 
          Y hoy, para empezar, les tengo que decir que la figura de Hernán Cortés y su obra son tan inmensas que me considero incapaz de resumirlas en solo dos sesiones, por lo que he propuesto una tercera charla sobe el mismo personaje que, cuando el Centro crea posible, me volverá a colocar frente a ustedes (al menos los que sobrevivan hoy a mi rollo).
 
          En la primera intervención recordarán los que acudiesen que hablamos del Cortés hombre: de su juventud, sus estudios, su viaje a Santo Domingo, su enriquecimiento, su gran proyecto y sus disensiones con el gobernador Velázquez. 
 
          También hablamos del montaje de la expedición, en gran parte sufragada por él mismo, con sus 11 barcos y, aproximadamente 560 hombres. Y del viaje de Cuba al continente pasando por la isla de Cozumel (donde liberan al soldado Aguilar, un ecijano 8 años prisionero de los indios, y de enorme ayuda en el futuro por su conocimiento del idioma local).
 
          Asimismo tocamos el combate de Centla, la que se puede considerar la primera acción bélica de importancia en el continente americano (que va a traer como consecuencia la aparición de la gran heroína de la aventura, la india Malinche, que luego será doña Marina, pieza fundamental en el entendimiento entre los nativos y Cortés). 
 
          Y, como tema indicado por la dirección del Centro, dedicamos unos minutos a la fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz de Archidona (que  hoy se llama sencillamente Veracruz); bueno de las dos Veracruces, si incluimos la Antigua. Y expusimos la argucia legal para que Cortés se desligara del compromiso con el gobernador Velázquez. 
 
          Igualmente comentamos la primera penetración en el continente, con una entrevista con enviados de Moctezuma, el gran rey de la nación mexica, la más poderosa y la más cruel de aquel mosaico de pueblos enemistados todos entre sí, con la paradoja de su avanzada civilización en determinadas ciencias (como la astronomía y la arquitectura), y la más absoluta ignorancia en otros aspectos básicos (como el desconocimiento del trascendental uso de la rueda) y la antropofagia.  Al principio los españoles van a recibir alimentos, pero al negarse Moctezuma a recibir a Cortés en Tenochtitlan, esa ayuda se corta, hasta la llegada a Cempoala, donde les recibió, con todas las muestras de afecto, el que los nuestros conocerían como el Cacique Gordo. Por algo sería, digo yo. 
 
          Y en la misma charla dimos un salto en el tiempo y el en espacio para contar los últimos días de Cortés, la peripecia de sus 8 sepulturas y 9 enterramientos entre España y Méjico. Y ocupamos algunos minutos al final para hablar algo de la Leyenda Negra contra uno de nuestros Grandes Capitanes.
 
          Hoy toca hablar del Cortés conquistador, del Cortés estratega y táctico, del Cortés diplomático, de un Cortés implacable, y hasta cruel, y de un Cortés magnánimo De su lucha desde Cempoala hasta la segunda ocupación de Tenochtitlan, la actual ciudad de Méjico, en un espacio de tiempo de 2 años exactos, de agosto de 1519 al mismo mes de 1521. 
 
          Como he prometido, y si me lo permiten, dejaremos para otra ocasión al Cortés estadista, al hombre que construyó una nación y que, vivir para creer, algunos de esa misma nación quiere borrar de su historia.  También quiero decirles que para preparar este trabajo he utilizado la misma bibliografía que les conté en mi intervención de abril.
 
          Para lo previsto en esta jornada dividiremos la charla en apartados que me ayudarán a hacer más comprensible el relato.
 
La alianza con lo totonacas
 
          Interrumpimos la charla el pasado 25 de abril en los días en que, cordialmente invitados por los totonacas, Cortés y sus hombres habían llegado a Cempoala. Allí el cacique Gordo les contó sus cuitas, exponiéndoles la mala situación en que se encontraban los 30 pueblos que formaban su nación debido a la opresión a que les sometían los mexicas de Tenochtitlan.
 
          Cortés empezó a pensar seriamente lo importante que sería alcanzar una alianza con aquellos indios si él se les ofrecía como su libertador. Y, otra vez, la suerte le favoreció pues, durante su estancia en Cempoala, se anunció la llegada de cinco calpixques o recaudadores de impuestos, enviados de Moctezuma, que, sin hacer ni el menor caso a los castellanos, y como primera “medida fiscal”, exigieron al cacique Gordo la entrega de 20 hombres y mujeres para ser sacrificados a uno de sus dioses. 
 
          Cortés ofreció protección al atribulado cacique de Cempoala, y los totonacas, envalentonados, prendieron a los enviados de Moctezuma.
 
          El simple hecho de hacer frente al temido y odiado Moctezuma, hizo que, a los ojos de los totonacas, los españoles alcanzaran un grado de  poder por lo menos cercano a la divinidad. El Gordo y sus hombres decidieron liquidar a los prisioneros, pero Cortés se opuso tajantemente y los encerró bajo custodia española; sin embargo, por la noche liberó a dos diciéndoles que volvieran a Moctezuma y le contaran a quién les debían la vida.  A la mañana siguiente, los totonacas, enfurecidos quisieron matar a los tres restantes, pero de nuevo Cortés lo evitó, los encadenó y envió a los barcos… donde días después serían liberados para que pudiesen contar a Moctezuma la misma historia.
 
          Los totonacas cayeron en la cuenta de que habían roto con Moctezuma, por lo que les convenía unirse a los españoles y así protegerse de la inevitable venganza mexica. Firmaron un acuerdo de alianza con los nuestros, acto que  Cortés, siempre puntilloso en materia legislativa, hizo que se realizase ante el escribano y que éste levantara acta solemne de lo sucedido.
 
          Y observen la astucia de Cortés: De un modo tan simple había ganado un poderoso aliado, sin romper con Moctezuma, quien, por el contrario, debía agradecerle que hubiese salvado la vida de sus calpixques.
 
          Cortés se percató de que aquella región de Cempoala era una zona favorable, desde el punto de vista político, para establecer su base de operaciones, y ésta fue otra de las razones (además de las que expuse en la charla anterior) para trasladar la Villa Rica de la Vera Cruz desde los arenales frente a San Juan de Ulúa, a lo que hoy, totalmente abandonada, se conoce como La Antigua. 
 
          ¿Y Moctezuma? ¿Tragó el anzuelo con el tema de los totonacas y sus recaudadores de impuestos? Posiblemente no,… pero tuvo que apechugar con ello. Envió embajadores a Cortés y le dio las gracias, pero, a la vez, le expresaba su enojo por haber apoyado a sus adversarios; le ofrecía regalos, pero le advertía que, si no fuera por deferencia hacia él, ya habría mandado un ejército contra los rebeldes.
 
          Por su parte, Cortés aseguró a los embajadores que él se hizo amigo de los totonacas porque les ofrecieron comida cuando, por orden suya, de Moctezuma, los españoles quedaron abandonados sin recibir alimentos; que él “siempre” había sido amigo de un señor tan poderoso como Moctezuma; y que debía olvidarse de los totonacas porque ya no eran súbditos suyos, sino del rey de España. Además, impresionó a los embajadores con la recepción (sentado en un sitial, rodeado de estandartes y de sus capitanes) y la exhibición de caballos y de armas de fuego.
 
Disensiones internas 
 
          Entre los expedicionarios bastantes pensaban que la aventura no pasaría de una incursión breve en tiempo y corta en espacio, pero pronto se percataron de que Cortés tenía ideas muy diferentes. Un grupo se presentó al Capitán y le recordó que, a poco de haber puesto tierra en el continente, el propio Cortés les había prometido que permitiría regresar a Cuba a quienes no estuviesen deseosos de continuar, Cortés les dio la razón y accedió a que se marchasen quienes quisieran, para lo que ordenó aparejar un navío, Pero horas después, los que querían quedarse exigieron a Cortés que cancelase esa autorización, pues aquel hecho equivalía a una deserción frente al enemigo, lo que consiguió el efecto deseado, ya que Cortés suspendió la marcha de los disidentes. Algunos opinan que todo fue un astuto juego de Cortés para saber cuántos y quienes eran los disconformes y en los que no podría poner enteramente su confianza.
 
          Ya hablamos de que, con la fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz, Cortés había roto todos los lazos con el gobernador Velázquez, por lo que ahora decidió enviar a España un barco con dos emisarios o procuradores con la misión de entregar al rey su primera carta (esta primera Carta de Relación se encuentra desaparecida) y otra del Cabildo de Veracruz con las que justifica su actuación y solicita el apoyo real a su proyecto. Cortés también pedía al Rey que no concediese el título de Adelantado a Velázquez en las tierras continentales que se fueran descubriendo y conquistando.
 
          Pero cuando se estaba preparando este viaje, se descubrió (por delación de uno de los conjurados) un complot contra Cortés. Se trataba de apoderarse el barco para dirigirse a Cuba e informar a Velázquez de lo que estaba sucediendo. Eran bastante los implicados, pero Cortés iba a juzgar, y condenar, a unos pocos. Dos morirían ahorcados (un hidalgo y un piloto: aviso a los “principales” y a los marineros), tres soldados iban a ser severamente castigados: uno perdería los dedos de un pié y los otros dos sufrirían largas tandas de latigazos (aviso a las tropas), y el padre Juan Díaz se libra por su condición de religioso, pero a partir de este momento iba a perder toda notoriedad e influencia, pasando la dirección espiritual del ejército a fray Bartolomé de Olmedo.
 
          Bernal Díaz del Castillo escribió que, al firmar las sentencias, Cortés exclamó: “¡Quien no supiera escribir para no firmar sentencias de muerte de hombres!”.
 
La “quema” de las naves
 
          Con la lección aprendida, Cortés tomó una osada decisión encaminada a evitar posibles futuras deserciones: hundir las naves (no quemarlas, como ha pasado el hecho a la Historia y hasta al lenguaje cotidiano).
 
          Un grupo de pilotos y maestres, adictos a Cortés, hicieron correr la voz de que los barcos, a causa del tiempo que llevaban anclados, “estaban comidos por la broma”, lo que les incapacitaba para navegar. Cortés ordenó desembarcar todo lo que fuera útil y los confabulados fueron barrenando (uno a uno, dejando pasar intervalos de tiempo, sin duda para ver la reacción de las tropas) los navíos, que se hundieron en las aguas cercanas a la playa. 
Aquí, y ahora, también se podía decir aquello de “Alea jacta est”, porque, sin duda, la suerte estaba echada. Ya no había marcha atrás y no quedaba más que seguir hacia el interior de aquel inmenso territorio.
 
Los totonacas, nuevos súbditos del rey de España
 
          Pero antes de continuar, Cortés quiere tener bien cubiertas las espaldas, y para ello había que cerciorarse de que los de Cempoala iban a serle absolutamente leales.  Convenció al Gordo y los demás caciques de las ventajas que les suponía prestar vasallaje a un rey mucho más poderoso que Moctezuma, y se celebró un solemne acto, con asistencia del notario de la expedición, en el que los jefes de las tribus de Cempoala rindieron acatamiento a un lejano Carlos I. Como muestra clara de sus intenciones, los caciques regalaron a los españoles ocho doncellas para que tuvieran descendencia con ellas, creando así indisolubles lazos de sangre entre ambas naciones. Pero Cortés no se conformaba con ese gesto e imponía dos condiciones: que las doncellas fuesen bautizadas antes de casarse con los españoles y que Cempoala tenía que renegar de sus dioses y destruirlos. No hubo impedimentos a lo primero, el bautizo de las chicas, pero sí para lo segundo. Cortés siguió insistiendo hasta que, con la amenaza de dejarlos otra vez inermes ante Moctezuma, consiguió de los caciques el compromiso de que, si bien ellos no participarían en la destrucción de los ídolos, tampoco se opondrían a que otros lo hicieran.
 
          El propio Cortés y varios de sus hombres subieron a la tradicional pirámide, a la vez que templo, destrozaron los ídolos y los arrojaron por los escalones hasta llegar al suelo donde fueron quemados para que no quedara de ellos ni el menor resto. Luego limpiaron la parte superior de la pirámide de las costras de sangre de pasados sacrificios humanos y entronizaron una cruz y una imagen de la Virgen.  
 
La victoria sobre el reino de Tlaxcala. Importante alianza.
 
          Bien, se va a progresar hacia el interior, pero ¿con qué objeto? En la carta que los procuradores llevaban al rey se pueden encontrar indicios en los que empieza a vislumbrarse lo que el Cortés estadista piensa. Los territorios que se aparecían ante los ojos de los españoles ofrecían espléndidas perspectivas para la ganadería y la agricultura, por tanto para asentarse. Y había, seguramente, ricas minas de oro y plata. Y estaban poblados por miles de almas que había que ganar.  Y estaba el ejemplo de lo que se había hecho en la Península Ibérica en las tierras reconquistadas a los moros. En consecuencia, allí podía nacer otra España, a imagen y semejanza de la europea.
 
          Pero por otro lado muchos pensaban que el interés del extremeño por entrevistarse con Moctezuma culminaría en un tratado de vasallaje, unos fuertes tributos (con beneficios individuales muy grandes) y una retirada. Y parece que la mayoría de los expedicionarios se inclinaban hacia esta opción.
 
          Por fin, el 16 de agosto de aquel 1519 (6 meses y 6 días después de la salida de Cuba y menos de 4 meses desde la llegada a los arenales de Ulúa) el ejército se puso en marcha. Cortés dejaba en Veracruz a su gran amigo Juan de Escalante, con 150 hombres (entre ellos los enfermos y los marineros). ¿Cuántos le acompañaban?  Si el total de la expedición era de unos 560 hombres, como dijimos antes, y descontamos los que se quedaban con Escalante, resulta que emprendieron la marcha unos 400 españoles, número a todas luces más que insuficiente para conquistar un Imperio. Claro que la habilidad diplomática de Cortés había hecho que el cacique Gordo permitiera que le acompañasen otros 400 guerreros totonacas y un gran número de porteadores.
 
          En este punto hay que destacar que se firmó un acuerdo relativo a las ganancias que se pudieran obtener. Además del “quinto” del rey, se reservaba otro “quinto” para Cortés (por haber corrido con la mayor parte de los gastos de la expedición) Y el resto (el 60% del total) se repartiría a partes iguales entres los expedicionarios y los que, con Escalante, quedaban guardándoles las espaldas. 
 
          Durante las primeras etapas, y mientras se discurría por territorio totonaca, al frente de la vanguardia, compuesta por unos 100 hombres, marchaba Pedro de Alvarado; a un día de distancia le seguían Cortés y el grueso del ejército. Con Alvarado iban dos capitanes de Moctezuma en plan de guías, por lo que no es de extrañar que, intencionadamente, hicieran sufrir un calvario a la expedición cuando, a los pocos días de placentera marcha (bueno, todo lo placentera que puede ser una marcha con yelmo coraza y arcabuz o pica), tuvieron que atravesar, durante tres agotadoras jornadas, un desolado páramo en medio de unas fuertes tormentas y granizadas que causaron varias bajas entre los indios.
 
          Por fin llegaron a Zantla, donde les recibió un cacique tan gordo que sus carnes temblaban al reír. Claro, enseguida la tropa lo bautizará con el mote de “El tembloroso”. Pero también allí, con horror contemplarán los españoles por primera vez un Tzompantli, con centenares de cráneos sostenidos por varas que les atravesaban las sienes. 
 
          En aquella ciudad aconsejaron los guías de Moctezuma a Cortés que siguieran el camino hacia Tenochtitlan que pasaba por Cholula, mientras que los aliados de Cempoala, los totonacas, le indicaban que debía pasar por Tlaxcala. Cortés supo entonces que existía un odio mortal entre los tlascaltecas y los mexicas (los de Moctezuma), lo que decidió aprovechar ganándose primero a aquellos. (Hay que decir que la distancia actual por autopista entre Cempoala y Tlaxcala es de unos 250 kilómetros). 
 
          Siguieron por Ixtacamaxtitlan, invitados aquí por su cacique, de raro nombre cuya traducción era Cara Pintada, y donde permanecieron 3 días. Cortés solicitó el apoyo de otros 300 hombres de este último pueblo, también oprimido por los mexicas, que le fueron concedidos y pasaron a incrementar sus fuerzas.
 
          El 29 de agosto encontraron una muralla de piedra, fuerte, ancha y robusta, pero que se podía desbordar fácilmente por los costados y que para lo único que parecía servir era para marcar el límite del reino de Tlaxcala.
 
          Y empezaron los incidentes. Tras un ataque indio por sorpresa el primer día en territorio tlaxcalteca, (con la muerte de dos caballos, lo que echaba por tierra la creencia indígena en la inmortalidad de esos animales) se produjo el 2 de septiembre un fuerte combate que se resolvió a favor de Cortés y los suyos, con numerosas bajas tlaxcaltecas. Estos combatían sin coordinación alguna, divididos en facciones dirigidas por sus propios caciques (y, en teoría, todos bajo el mando del cacique principal del reino, llamado Xicotencatl), y su único afán parecía ser hacer prisionero a un español vivo.
 
          Tras esta primera derrota, varios caciques plantearon a Xicotencatl la posibilidad de una rendición, pero éste se negó. Entonces, aquellos se opusieron a participar en futuros combates y, por el contrario, enviaban a los de Cortés numerosas viandas.
 
          Después de un segundo y tercer combates con idénticos resultados y consecuencias, Cortés decidió tomar la iniciativa y al frente de 100 españoles, los 300 hombres de Cara Pintada y los 400 de Cempoala, atacaba de noche el territorio enemigo y quemaba sus poblados, pero respetando a sus habitantes. 
 
          Por fin el 15 ó 16 de septiembre, tras dos semanas de enfrentamientos, Xicotencatl se presentó ante Cortés, pero el español no le dejó hablar y le expuso los agravios recibidos (él y los suyos habían venido en son de paz y ofreciendo amistad y habían sido atacados). El cacique se excusó diciendo que si lo hizo fue porque Cortés venía acompañado de otros indios que eran enemigos suyos al ser tributarios de Moctezuma. Y aceptaba ser vasallo de Carlos I, de lo que el burócrata Cortés hizo levantar la correspondiente acta.
 
          El 23 de septiembre entraron en la ciudad. Una enorme multitud se agolpaba para contemplar, asombrada, a aquellos extraños seres. En las entrevistas de Cortés con los caciques fue confirmando la enemistad existente entre tlascaltecas y mexicas desde tiempos inmemoriales, pero también que si los de Moctezuma hubiesen querido, dada su enorme superioridad numérica, podrán haber acabado ya con los de Tlaxcala, Pero aquel estado de guerra permanente se mantenía porque ello permitía a los mexicas un adiestramiento continuo en las cosas de la guerra, además de que Tlaxcala era una fuente de prisioneros para los necesarios sacrificios que los dioses exigían en las grandes solemnidades. 
 
          La admiración que sentían los tlascaltecas por la forma de combatir de los españoles iba a ser la principal razón para desearlos como aliados en su continua lucha contra Moctezuma. Y sucedió otra vez lo que ya hemos visto: ofrecimientos de doncellas para que desposasen con españoles y se produjera una fusión de razas (por ejemplo, Alvarado, se va a convertir en yerno de Xicotencatl), somera instrucción religiosa y bautizo de las novias y las exhortaciones de Cortés para que los tlascaltecas abjurasen de sus dioses y de sus costumbres (sacrificios humanos, sodomía) y abrazasen la religión de Cristo. Los indígenas aceptaron y, otra vez, se produjo la destrucción de ídolos y la entronización de la Cruz y la Virgen. En definitiva, se había alcanzado una importantísima alianza que iba a ser fundamental hasta el final de la campaña.
 
La matanza de Cholula
 
          Cortés seguía recibiendo a los enviados de Moctezuma, que continuamente le visitaban trayendo regalos e instándole a dar la vuelta, pero el español quería entrevistarse con el emperador de los mexicas. Pide que salga a su encuentro en Cholula, pero Moctezuma se excusó por sufrir, decían los emisarios, fuertes dolores de cabeza. Cortés, pues, decidió seguir adelante, aplicando lo de “si la montaña no viene a Mahoma…”
 
          Los tlascaltecas aconsejaron a Cortés que, en su marcha a Tenochtitlan, no pasara por Cholula, ciudad cabecera de una nación  dominada por Moctezuma, y tomara otras rutas alternativas por territorios amigos (eran muchos los emisarios de otras zonas que iba recibiendo Cortés sometiéndose al vasallaje). Cortés hizo caso omiso y tras 20 días en Tlaxcala emprendió el camino hacia la capital mexica, vía Cholula.
 
          Ahora el ejército empezaba a ser impresionante, A los mil y pico de españoles y antiguos aliados (400 de Cempoala y 300 del cacique “Cara Pintada”), se unían ahora unos 10.000 tlascaltecas, a los que había que sumar la cola logística de porteadores. Y los moscardones de los emisarios-embajadores de Moctezuma, omnipresentes, husmeando por todas partes.
 
          Cortés fue bien recibido en Cholula por los dignatarios de la ciudad, que, no obstante, se opusieron a la entrada de los tlascaltecas. Cortés, por si las moscas, entró en Cholula con los españoles, los primeros aliados y unos 5.000 de Tlaxcala. Cholula era muy grande. Cortés la comparaba con Granada y relataba que desde lo alto de la mayor pirámide contó hasta “cuatrocientas treinta y tantas torres de mezquitas”. Otros hablan de 365, y dicen que sobre cada una de ellas se levantó una iglesia. Hoy existen 52.
 
          Enseguida empezaron a detectarse extrañas circunstancias. A excepción de la guarnición (cholultecas y mexicas) la ciudad estaba prácticamente vacía, no había mujeres ni niños. Algunos localizaron en las azoteas gran cantidad de piedras de todos los tamaños, y unos soldados encontraron una calle cortada por zanjas disimuladas con ramajes, de cuyo fondo se elevaban enhiestas estacas puntiagudas. Los caciques tlascaltecas informaron a Cortés que los sacerdotes de Cholula habían ofrecido sacrificios de niños implorando ayuda al dios de la guerra, y una vieja aconsejó a Marina que se marchara para huir de la matanza que se avecinaba. 
 
          Cortés encerró por separado a los enviados de Moctezuma y a los dignatarios de Cholula. Fingiendo que conocía el plan, interrogó a estos, uno a uno, y todos confesaron que se trataba de una celada y de que todo estaba ideado por los mexicas. Luego visitó a los emisarios de Moctezuma y les dijo que, pese a lo declarado por los cholultecas, él no podía creer que Moctezuma fuese tan vil y traidor, y que sólo por eso les perdonaba la vida. Pero que vieran lo que iba a suceder y se lo contaran a su emperador.
 
          La señal fue un disparo. Españoles y tlascaltecas (estos llenos de un odio ancestral y primitivo) masacraron a quienes esperaban haber hecho lo propio con los extranjeros. El resultado nos lo da Cortés en su Segunda Carta de Relación a Carlos I, cuando, como si se tratase de una acción bélica más -como él la consideraba- cifra en 3.000 los muertos enemigos. Cortés ordenó la vuelta de los moradores de la ciudad y nombró un nuevo cacique. Y, como siempre, limpieza de templos, destrucción de ídolos y colocación de cruces y Vírgenes.
 
          Cholula es un pilar de la “leyenda negra cortesiana”. Juan Miralles se pregunta en su libro “¿Se trató de una acción de guerra o fue una atrocidad innecesaria?” Y continúa: “Para Cortés estaba claro: se trataba de una celada y no hizo otra cosa que ganarles la mano.” Salvador de Madariaga opina que a Cortés no le importaba destruir ciudades, como había hecho con los poblados tlascaltecas, pero hay que destacar que no se mataban mujeres y niños, sólo hombres.  En el obligado Juicio de Residencia que se le hizo a Cortés a su regreso a España, alguno le acusó de que lo de Cholula había sido innecesario, pero el mismo, años después, se retractó de sus primeras declaraciones.
 
          Pero volviendo a lo bélico, la consecuencia más inmediata fue la de que el camino a Tenochtitlan quedaba expedito y que más naciones indígenas acataban a Cortés, enviaban presentes y, como no, doncellas.
 
La primera entrada en Tenochtitlan.
 
          El 7 de noviembre de 1519, Cortés y su gente se encontraban a las puertas de la ciudad. En la página web www.mexicomaxico.org  pueden ustedes ver una preciosa imagen de la capital mexica, obra de Tomás Filsinger, un artista mejicano afincado en EE. UU., que,según dicha página, es la misma que verían los nuestros desde una elevación denominada Cerro de la Estrella aquel 7 de noviembre de hace casi, casi 500 años.
 
          En las primeras horas del día siguiente, Cortés, a caballo, acompañado de Marina y otros 13 jinetes, hacía la entrada en Tenochtitlan. Le seguían los 300 españoles de a pié,  más de 5.000 indios aliados, una gran cantidad de mujeres encargadas de preparar las comidas y, cerrando la marcha, los cañones montados sobre carretas. Asombro entre la multitud que se agolpaba, pues por vez primera veían una rueda, “la gran ausente de las culturas del hemisferio” como destaca Miralles.
 
          A ojos de los castellanos, Tenochtitlan era otra Venecia. Se alzaba en el centro de una laguna de agua salada, que se comunicaba con otra de agua dulce, donde aquella vertía las aguas al subir la marea y de la que las recibía en el reflujo. Con 4 calzadas se comunicaba con tierra firme y, según el propio Cortés, era tan grande como Sevilla o Córdoba. Se supone que debía contar con unos 50 ó 60 mil habitantes.
 
          Y llegó al encuentro Moctezuma, transportado en andas. Echó pie a tierra y seguido por más de 200 dignatarios (y precedido por unos esclavos que limpiaban el suelo por donde iba a pisar su señor) se acercó a Cortés. Éste descabalgó e intentó abrazar al mexica, pero no se lo permitieron. Intercambiaron regalos: un valioso collar de piedras preciosas para Moctezuma y otro con 8 colgantes de oro para Cortés. El encuentro tuvo lugar donde pocos años después se levantó el Hospital de Jesús, en la ciudad de Méjico, el recinto en el que, como vimos en mi anterior intervención,  reposan los restos de Cortés.
 
          Fueron luego los extranjeros conducidos al palacio de Axayácatl, capaz de albergar a todo el ejército. Una vez dentro, Moctezuma tomó de la mano a Cortés y le condujo a un salón especialmente preparado para comedor y se retiró.
 
          Muy cerca del palacio se encontraba el Templo Mayor y, a un costado de éste, existía un enorme tzompantli, con, según alguno de los cronistas, más de 135.000 cráneos, atravesados por varas de 5 en 5, unidos con argamasa  y formando una gran pirámide. 
 
           Pero, bueno, dejémonos de turismo y vamos al relato.
 
La rendición moral de Moctezuma
 
          Horas después volvió Moctezuma con una gran cantidad de regalos de oro y plata, plumas, mantas, etc. Enseguida empezó a explicar a Cortés que él creía que los españoles eran descendientes de un gran señor que una vez fue emperador de los mexicas, y que por eso estaba dispuesto a rendirles vasallaje. Moctezuma, moralmente, empezaba a rendirse.
 
          A la mañana siguiente, Cortés devuelve la visita y expone a Moctezuma  quién es y qué pretende. Moctezuma le contesta que ya lo sabe por los embajadores que se han ido encontrando con Cortés las anteriores semanas y reitera su disposición a rendir vasallaje al rey de España.
 
          Tras un extraño alto en las relaciones de 4 días en que no hay más entrevistas, Cortés comunica a Moctezuma que quiere visitar el templo de Tlatelolco. Podíamos preguntarnos por qué no el Mayor, que tenía a la vuelta de la esquina, pero creo que el objeto del capitán español era efectuar un imprescindible, militarmente hablando, reconocimiento del terreno. Moctezuma acepta y le informa que le recibirá en el propio templo para evitar cualquier problema. 
 
          Llega Cortés a caballo con doce de los suyos (y aunque otras veces no lo diga, siempre acompañado de los intérpretes, Marina y Aguilar, especialmente), incluido el padre Olmedo. Ofrecen ayuda a Cortés para subir los 114 peldaños (como habían hecho con Moctezuma), pero se niega. Una vez en lo alto, Moctezuma lo coge de la mano y lo introduce en el oratorio para enseñarle los dioses. Horror en los nuestros por las manchas y costras de sangre por todas partes. 
 
          Y va a surgir la primera chispa. Cortés pide a Moctezuma permiso para poner allí una Cruz y una Virgen, pero el mexica se indigna y se retira a orar en desagravio. Cortés se marcha, no sin antes, desde lo alto del templo, estudiar el terreno y percatarse de la precaria situación en que se encuentran en el palacio de Axayácatl, porque sería muy fácil dejarlos aislados. Y regresa a su alojamiento sin cruzar más palabras con el indignado Moctezuma.
 
          Al día siguiente, el sexto de estancia en Tenochtitlan, efectuando unas obras en el palacio, un carpintero descubre una puerta que parece sellada recientemente. Cortés ordena que se abra y ante los asombrados ojos de los españoles aparece un inmenso tesoro de oro, plata, plumerías, mantas, etc. Se vuelve a cerrar sin tocar nada y Cortés se entrevista con Moctezuma para indagar sobre el tesoro. El rey le dice que se trata de una especie de cámara funeraria, donde cuando muere un monarca se guardan todas sus pertenencias, y que se pueden quedar con el oro, pero no con las plumerías que pertenecen a los dioses. 
 
          La inquietud crece entre los españoles y cuatro capitanes (Alvarado, Sandoval, Olid y Velázquez de León) exponen a su jefe lo que éste ya sabe: la precaria situación en que viven pues sería muy fácil cortarles el suministro de víveres y agua, así como la salida de la ciudad. Para disminuir riesgos, Cortés ordenó a Martín López, un carpintero de ribera que figuraba en la expedición (sin duda proce4dente de alguno de los barcos) que construyera unos “bergantines”. Y éste fabricó cuatro sencillos barcos, de fondo plano y que navegaban a remo y vela -lo que causó admiración entre los indios- y con dos pequeñas piezas de artillería. El propio Moctezuma deseó navegar en ellos, a lo que accedió Cortés. Y también ordenó hacer un puente de circunstancias para salvar los canales. 
 
          Los tlascaltecas también empiezan a notar cambios en el comportamiento de los mexicas. Propuesta de los capitanes españoles a Cortés: adelantarse a los acontecimientos, tomar como rehén a Moctezuma, y si se resiste, matarlo.
 
          Al día siguiente se desencadenan los hechos. Llegan dos totonacas con una carta de Villa Rica. Engañados por un cacique mexica llamado Cuauhpopoca, y tras un duro combate, Escalante y otros 6 soldados han sido muertos. Los mexicas han enviado a Moctezuma la cabeza de otro soldado prisionero que murió en el camino. 
 
          Inmediatamente Cortés, varios de sus capitanes y algunos soldados van a ver a Moctezuma. El español acusa al rey mexica de traidor por lo sucedido, le hace responsable de lo de Cholula y de fomentar lo que se está cociendo en Tenochtitlan. Le dice que todo ello solo conduce a la guerra, y que la única forma de evitarla es que se traslade a vivir al palacio Axayácatl. Moctezuma se niega en un principio, y ordena sea traído a la capital el cacique Cuauhpopoca, pero ante el amenazador comportamiento de los capitanes de Cortés, accede al traslado. A la vez comunica a los suyos que lo hace por propia voluntad.
 
          Los españoles instalan con todo tipo de miramientos a Moctezuma, sus dignatarios, mujeres y servidores en Axayácatl, de modo que el gobierno del reino mexica sigue funcionando. Y así pasan un par de semanas más, hasta que Cuauhpopoca es traído a presencia de Cortés. En principio responde con altanería al interrogatorio, pero al decirle que van a ser quemados vivos él, su hijo y otros 12 implicados en la muerte de los españoles, acusa a Moctezuma de ser el instigador. Cortés ordena ponerle grilletes en los pies a Moctezuma y le obliga a presenciar de esta guisa el cumplimento de la sentencia. Luego le volverá a quitar los grilletes. Moctezuma ya se ha rendido.
 
          Tras seis meses en este estado, han surtido efecto las prohibiciones de sacrificios humanos, pero la situación sigue siendo incierta. Sin embargo, Cortés considera que la fruta empieza a madurar, por lo que indica a Moctezuma que él y todos los demás caciques de su reino debían prestar juramento de vasallaje a Carlos I. Moctezuma mandó llamar a todos los caciques (sólo faltó uno), los reunió y les expuso que él, aunque con dolor y tristeza, iba a hacer el juramento porque estaba convencido de que aquellos extranjeros eran los hombres que, según las profecías, tenían que venir de oriente para gobernar sus tierras. Todos acataron el deseo de Moctezuma y al día siguiente, ante el escribano fueron pasando uno a uno y jurando vasallaje al rey de España. El acto significaba, nada menos,  que aquel imperio formado por totonacas, tlascaltecas, mexicas y muchas otras tribus de menor enjundia, con una extensión superior a los 250.000 kilómetros cuadrados, era ya parte de España, era una Nueva España en América. Cortés, ahora ya con dominio sobre Moctezuma, ordena derribar los ídolos del Templo Mayor y, tras limpiar y enjalbegar paredes, coloca una Cruz y una Virgen. Eso no se lo van a perdonar muchos dirigentes mexicas.
 
          Cortés piensa continuar hacia el interior, -de hecho va mandando varias expediciones bajo el mando de sus mejores capitanes para empezar la colonización o civilización del territorio- pero necesita una retaguardia más segura. Y no tiene noticias de España con las solicitudes que hizo al rey hace ya 10 meses. De pronto, las cosas van a empeorar para los españoles.
 
La llegada de Narváez para apresar a Cortés. El enfrentamiento.
 
          Va a suceder un hecho que estuvo a punto de acabar con todo lo que Cortés había conseguido desde su desembarco en los arenales de Ulúa.
 
          Un buen día, Moctezuma pide hablar con Cortés y le enseña un mensaje recibido en una manta en la que se han dibujado 18 navíos que le aseguran han llegado a la costa. Las dudas asaltan al extremeño. ¿Quiénes eran sus tripulantes y a qué venían? Si Velázquez viajaba en ellos, era casi seguro que muchos de sus hombres se opondrían a luchar contra el gobernador… Inmediatamente, ordena a uno de sus capitanes, Tapia, que se traslade a la Villa Rica (4 días de viaje sin descanso) y le traiga noticias.
 
          Cortés y los suyos desconocían que el navío enviado a la Corte con sus procuradores, desviándose de su ruta por intereses de uno de ellos, había tocado en Cuba. Una filtración de un tripulante dando a conocer que el barco llevaba documentos y un rico tesoro para el emperador, llegó a oídos de Velázquez, quién empezó a preparar una expedición para apresar a Cortés. Al frente de los 18 barcos y 800 hombres que la componían, puso a Pánfilo de Narváez. Dos oidores de la Real Audiencia viajaban también en representación de la máxima autoridad en aquellos territorios, y uno de ellos convenció a Narváez para que, antes de utilizar la fuerza, se requiriera pacíficamente a Cortés a que olvidase sus propósitos y volviese a Cuba.
 
          ¿Qué importancia tuvo para el proyecto de Cortés, que estaba empezando a ponerse en ejecución, la llegada de Narváez? Mucha y negativa, pues aparte de demostrar ante los indios que no había una unión total entre los españoles, alentando así rebeliones como la que pronto se va a producir, acabó con un estado de cosas que Miralles resume en una frase: “el país en calma y todo bajo control” y corrobora uno de los cronistas, Oviedo, cuando escribe: “que estando en toda quietud y sosiego en la gran ciudad de Tenochtitlan, e teniendo repartidos muchos de los españoles por muchas e diversas partes, pacificando e poblando aquella tierra…”
 
          A poco de la llegada de Narváez a los arenales de Ulúa, el oidor empezó a entrevistar a gente (españoles e indios) para averiguar el comportamiento de Cortés en aquellos meses en el continente. Y la mayoría de los testimonios son claramente favorables a Cortés, lo que indigna a Narváez. Se producen contactos entre ambas partes, sin llegar a ningún acuerdo, e incluso se prepara una trampa para apresar al extremeño en una supuesta entrevista entre ambos líderes, pero Cortés no muerde el anzuelo. Finalmente, tras varias ofertas y contraofertas sin resultado positivo, no queda más camino que resolver el problema por las bravas. Cortés deja a Alvarado con unos 100 hombres en Tenochtitlan y emprende la marcha hacia Veracruz.
 
          La noche del 27 de mayo de aquel 1520 (ya llevaba Cortés más de 13 meses de aventura) era tormentosa, con una intensa lluvia, Tras varios días de marcha desde Tenochtitlan, Cortés y los suyos (unos 250 hombres) se encontraban a una legua del campamento de Narváez, del que conocían su exacta distribución por los informes de indios y españoles que, disfrazados de indígenas, habían estudiado hasta el último detalle. Narváez, que sabe que el adversario está cerca, no cree que con el temporal se vaya a producir el ataque, por lo que se acuesta a dormir en un ambiente de campamento relajado, aunque los caballos estén ensillados y embridados.  Pero la gente de Cortés, tras un año de campaña, está ya muy bregada en las cosas de la guerra para que dejarse amedrentar por un temporal, por muy tropical o caribeño que sea. Unos soldados se infiltran en el campamento, llegan a las zonas en que se agrupan los 80 caballos y cortan las cinchas de las monturas.
 
          En plena oscuridad, al grito de “Espíritu Santo, Espíritu Santo”, los hombres de Cortés atacan por tres partes distintas. La sorpresa es total y cuando los jinetes de Narváez quieren reaccionar e intentan subir a sus cabalgaduras… las sillas caen al suelo. Hay poquísimas bajas por ambas partes, pero Narváez sufrirá una lanzada en un ojo, y sus gentes deponen las armas.
 
          Cortés solo hace dos prisioneros: Narváez y un oidor de la Audiencia que le tenía particular inquina. Los dejará en Veracruz. Y él mismo y sus capitanes van convenciendo a los hombres de Narváez para que se les unan, como sucede, devolviéndoles armas y caballos.
 
          Hernán Cortés no cabe en sí de gozo. Sus, más o menos, 400 hombres, se van a ver incrementados en otros 800, con 80 caballos, artillería, arcabuces, etc… Se acerca el momento en que empiece a tomar cuerpo su gran proyecto de colonización de aquellos inmensos territorios. Pero, enseguida, su dicha se vendrá abajo.
 
Los sucesos de Tenochtitlan. El levantamiento. Muerte de Moctezuma.
 
          Días después, cuando Cortés está organizando unas expediciones colonizadoras, dos tlaxcaltecas le traen una carta de Alvarado. En Tenochtitlan se ha producido una sublevación,  los españoles y sus aliados están sitiados en el palacio de Axayácatl y el enemigo ha quemado los bergantines. Gracias a Moctezuma se ha alcanzado una tregua, pero la situación es muy grave.
 
          De inmediato Cortés emprende a marchas forzadas la vuelta a la capital mexica. Recuerden que en total estamos hablando de recorrer más de 300 kilómetros. Difíciles problemas de avituallamiento se subsanan cerca de Tlaxcala por una afortunada iniciativa logística de la guarnición española de esta ciudad.
 
          ¿Cuántos hombres lleva Cortés. Él mismo en su relación a Carlos I dirá que unos 500 de a pié, 70 caballos y artillería, pero Bernal asegura que eran más: unos 1.300 de a pié (entre ellos 80 ballesteros y 80 escopeteros) y 86 caballos. Y, claro, además unos 2.000 indios de guerra.
 
          Al llegar a las cercanías de la capital encuentran a un enviado de Alvarado y dos emisarios de Moctezuma que les aseguran que la cosa está más tranquila y que pueden entrar fácilmente en Tenochtitlan, Así lo hacen a mediodía del 24 de junio. La ciudad ofrece un aspecto desolador. Por doquier aparecen casas calcinadas, puentes rotos y carreteras cortadas. ¿Qué había sucedido?
 
          Alvarado cuenta a Cortés que con motivo de una festividad religiosa mexica, le habían pedido permiso para celebrarla en el Templo Mayor, a lo que había accedido, con la prohibición expresa de que se produjeran sacrificios humanos. Los españoles habían sido invitados a presenciarla, pero los tlascaltecas avisan al capitán de que se trata de una trampa para eliminarlos, Alvarado decide tomar la iniciativa (algo similar a lo que había hecho Cortés en Cholula), y una vez reunidas las gentes principales en la plaza del Templo Mayor ordena acabar con ellos. Se habla de entre 300 y 600 muertos, según las fuentes. 
 
          Inmediatamente se produce una rebelión popular y los españoles y sus aliados indios se ven obligados a refugiarse en el palacio. Los mexicas en aquellos días eligen otro rey, Cuauhtemoc, pues consideran que Moctezuma está vendido a los españoles. Y esa era la situación que se encontraba ahora Cortés, que teme quedarse aislado si el enemigo destruye los puentes que permiten a las calzadas principales cruzar los canales. Pero pronto se tranquilizó pues la tregua se mantuvo dos días más.  Y se confió en demasía. Todavía se hubiera podido abandonar la ciudad sin graves quebrantos, pero Cortés confía en que mientras tenga con él en calidad de rehenes a Moctezuma, su hijo y futuro heredero y muchos dignatarios, estarán a salvo.
 
          Y empiezan cinco días de enfrentamientos. Los indios toman el Templo Mayor y desde allí hostigan continuamente a los sitiados. Se producen varios intentos de recuperación, consiguiéndolo finalmente Cortés (con heridas serias en dos dedos), y varios de sus hombres. Una vez en lo alto, descubren que han desaparecido la Virgen y la cruz.
 
          Conseguida esta victoria parcial, Cortés cree que sería un buen momento para que Moctezuma se dirija a su pueblo y calme la situación. Varios dignatarios, desde una terraza del palacio anuncian que Moctezuma va a hablar a los mexicas. 
 
          Aparece el emperador y comienza amonestando a sus súbditos, que acababan de elegir otro rey cuando él, el emperador legal está vivo. Luego los exhorta a abandonar la lucha y les hace ver que por cada español muerto caen decenas de mexicas, y que el único resultado va a ser la destrucción total de Tenochtitlan. Le interrumpen silbidos y gritos en los que le califican de “puto”, “mujerzuela” y “querida de los españoles”, y pronto una lluvia de piedras empieza a caer sobre Moctezuma y quienes lo rodean. Cortés y otro español le intentan proteger con sus rodelas, pero una piedra golpea en la sien al emperador que cae al suelo ensangrentado. Inmediatamente es conducido al interior del palacio. La herida no parece muy grave, pero Moctezuma está absolutamente hundido moralmente.
 
          La situación empeora en las jornadas siguientes. El hambre empieza a aparecer entre los sitiados, que diariamente hacen salidas para derribar casas y con los escombros, cegar canales… y replegarse al caer la noche a la seguridad del palacio. Moctezuma empeora y pide a Cortés que proteja a su hijo y heredero Chimalpopoca. Tres días después de ser herido fallece. Los españoles ofrecen a los dignatarios mexicas que entreguen el cuerpo al pueblo para que se lleven a cabo las exequias que marca su religión. Así se hace, pero entre las gentes ha tomado cuerpo la creencia de que su emperador ha sido asesinado por los españoles.
 
          En el campo mexica hay disensiones, pues una facción opina que hay que dejar la lucha, y en la parte española Cortés no piensa abandonar Tenochtitlan, pero todos sus capitanes exigen salir de aquella encerrona lo antes posible, pues la situación empeora por momentos. Y se decide intentarlo aquella misma noche del 30 de junio de 1520.
 
La huída y la “Noche Triste”  
 
          Antes de emprender la marcha, Cortés entrega a los oficiales reales la parte del tesoro que corresponde al quinto del rey, y hace saber que ante la imposibilidad de trasladar el resto, que cada uno coja lo que quiera y pueda.
E intentando mantener el mayor sigilo (cosa a todas luces imposible por la gran cantidad de personas que intentaban la huída) apenas oscurecido, entre lluvia y granizo, empieza la salida de Tenochtitlan. 
 
          En vanguardia marchan dos capitanes (Sandoval y Quiñones) con 20 a caballo y 200 a pié, todos españoles. Sigue otro capitán, Magariños, con 40 hombres y el puente. A continuación viene Cortés con un selecto grupo de capitanes y 100 hombres, que tienen la misión de acudir en apoyo de aquella parte de la columna que esté en apuros. El cuarto escalón lo constituyen varios cientos de familiares y dignatarios de Moctezuma, entre ellos el heredero Chimalpopoca) protegidos por 30 españoles y unos 300 tlascaltecas. El grueso lo forman miles de guerreros aliados y cientos de mujeres de servicio, y en la retaguardia van Alvarado, Velázquez de León y otros capitanes con el resto de españoles, unos 700.
 
          Se sale por Tacuba, pues por aquella parte sólo había que cruzar 3 canales. Antes de llegar al primero los mexicas ya empiezan a hostigar a la columna. 
 
          Se tiende el puente y empiezan a cruzarlo, pero se forma un tremendo tapón entre el primero y el segundo canal, porque el puente no puede levantarse para recolocarlo en el segundo ya que las vigas que lo sustentan se han clavado en el suelo embarrado. Y empieza la matanza. Los hombres y las bestias pasan como pueden, normalmente por encima de bagajes, muertos y bultos, los otros dos canales, perseguidos por miles de mexicas sedientos de sangre. 
 
          Cuando Cortés ha cruzado ya el tercer canal, lo repasa con varios de los suyos en sentido contrario para intentar ayudar a los que vienen detrás, hasta que se topa con Alvarado (con la famosa lanza con la que vadeó el segundo canal cuando estaba a punto de ser cazado por los mexicas) y unos pocos hombres… y nadie más, solo enemigos. Un grupo numeroso, de entre 100 y 200 hombres de la retaguardia se hizo fuerte en el Templo Grande, donde resistieron tres días, antes de ser muertos y comidos por sus enemigos.
 
          Por fin empieza a amanecer aquel 1 de julio de 1520 y los supervivientes se empiezan a concentrar en una loma con un oratorio, Los Remedios. La primera impresión que Cortés recibe es dantesca. El autor mejicano Miralles recoge un cantar que reflejaba el trance que debía vivir Cortés:
 
                  “En Tacuba está Cortés  // con su escuadrón esforzado  //  triste estaba y muy penoso  // triste y con gran cuidado,  // una mano en su mejilla  //  y la otra en el costado.” 
 
          Le falta mucha gente, pero, además, la inmensa mayoría de los supervivientes están heridos. En la Segunda Carta de Relación al Emperador, al dar cuenta del desastre escribe que perdió 150 españoles, más de 2.000 indios, prácticamente todos los dignatarios y familiares de Moctezuma (incluido el heredero), al igual que todas las mujeres de servicio. Y todo el tesoro.  Día tras día el número de bajas aumentará al contabilizarse los heridos que no sanan, los extraviados que son capturados por los mexicas, los del Templo Grande…
 
          Algunos dicen que Cortés maquilló las cifras de bajas en la exposición al rey. Tapia, uno de los relatores de la jornada habla de 675 españoles muertos, así como unos 60 caballos; y Bernal Díaz del Castillo eleva la cifra de muertos españoles a 860.
 
          Pasan el día en Los Remedios y al anochecer reemprenden la marcha, dejando hogueras encendidas para hacer creer a los indios que siguen allí, lo que les hace ganar unas horas. Su objetivo es llegar a Tlaxcala, donde cree que se encontrarán a salvo.
 
La victoria de Otumba y la recuperación
 
          Para abreviar, sólo diré que en estas jornadas de triste y peligrosa retirada son constantes los ataques indios, todos rechazados con algunas bajas más (en una de esas escaramuzas Corté sufrirá un fuerte pedrada en la cabeza que le daría la lata todo el resto de su vida).Hasta que llegan a Otumba.
 
          Amanecía el 8 de julio en los llanos de Otumba y las montañas al frente del campamento español aparecían atestadas de decenas de miles de mexicas y aliados suyos. Los mandaba un sacerdote llamado Cihuacatzin, en aquellos momentos el número 2 del “régimen” mexica, que iba transportado en unas andas y enarbolaba un vistoso estandarte. Todos los guerreros vestían de blanco y entre la multitud destacaban los penachos de colores de los capitanes. 
 
          Cortés arengó a los suyos y pidió ayuda a Dios. Dispuso que la infantería española, unos 300 hombres, formase en cuadro. Hay que resaltar que no se podía contar con las armas de fuego, pues la pólvora se había mojado la Noche Triste. Los 22 de a caballo, incluido él, se dedicarían a galopar entre las filas enemigas, alanceando y desorganizando sus formaciones, y los algo menos de 2.000 indios aliados combatirían a su modo usual: choque frontal con los adversarios.  
 
          Se vino encima de los nuestros una avalancha humana que hizo retroceder a la caballería. La lucha se generalizó. Los españoles mantenían el cuadro sin recibir bajas… La mortandad era muy grande entre tlascaltecas y mexicas y aliados y tras unas cuatro horas de lucha, Cortés se percató de la presencia, a tan solo unos cientos de metros, de aquel personaje llevado en andas y con el estandarte. Recordó que los tlascaltecas le habían comentado alguna vez que quien poseyera el estandarte sería el triunfador del combate.
 
          Sin pensárselo dos veces, picó espuelas a su caballo, y seguido de un tal Juan de Salamanca, y un poco más atrás por varios de sus capitanes, se dirigió al personaje. La escolta de éste, al ver venir los caballos al galope, huyó despavorida y Cortés, de una lanzada, derribó al jefe enemigo que, una vez en tierra fue atravesado por la espada de Salamanca, quien recogió el estandarte y se lo entregó a Cortés. 
 
          Levantar éste la insignia, darse cuenta el enemigo de que su jefe había muerto y empezar la desbandada fue todo uno. Miralles explica el hecho en la estructura social de aquellos indios, no acostumbrados a pensar por sí mismos, sin que un cacique les diese la pauta. Lo cierto es que la batalla dio un giro de 180 grados. Los españoles, hasta pocas horas antes fugitivos, sin su gran baza, las armas de fuego, ahora eran, otra vez, los vencedores. Sus jinetes perseguían por toda la llanura a los fugitivos y  los tlascaltecas saciaban su sed de venganza por los recientes acontecimientos en los mexicas que huían.
 
          Aquel golpe de audacia de Hernán Cortés, iba a tener una enorme repercusión política, inmediata (¿qué hubiera sucedido con la alianza con  Tlaxcala si los españoles hubieran sido derrotados) y futura (como veremos, Cortés reconquistará Tenochtitlan).
 
          Descanso de tres días en Hueyotiplan y entrada en Tlaxcala. Cortés regala a los aliados el estandarte tomado en Otumba. Estos rechazan una propuesta de alianza hecha por los mexicas para acabar con los españoles. Cortés se repone de la herida de la cabeza (unos curanderos le extraen astillas de hueso) y de la de la mano izquierda, aunque perderá para siempre el movimiento en dos dedos. Y comienza a pensar en volver a tomar Tenochtitlan. 
 
          Cuando esa idea se difunde entre los españoles, la tropa queda pasmada. Unos creen necesario regresar a Veracruz, descansar, reponer fuerzas y recibir refuerzos. Otros, la mayoría, ya se ha cansado de tan dura aventura y quieren regresar a Cuba. Incluso se hace un requerimiento oficial, ante notario, para que Cortés rectifique su intención.
 
          Don Hernán reúne a los representantes de los deseosos de volver. Les habla de las batallas vencidas en enorme inferioridad, lo que era clara muestra, según él, del apoyo divino. Les recuerda que en la Corte esperan noticias de lo que se va consiguiendo en aquellos territorios, pues se habían comprometido con el rey a colocar estas tierras bajo su dominio, y por tanto, dar media vuelta significaba la deshonra. La exhortación surte efecto. Unos aceptan seguir la aventura, y otros esperan a ver como se desarrollarán los próximos acontecimientos, pero renuncian, de momento, a volver a Veracruz.
 
          Pasan unos 20 días dedicados a la recuperación de los heridos, pero Cortés no gusta de la inactividad de sus tropas y decide retomar las operaciones con un escarmiento contra las tribus de Tepeaca, lugar donde en los difíciles momentos del levantamiento de Tenochtitlan habían dado muerte a diez españoles y varias mujeres que iban de Veracruz a la capital. Al frente de pocos españoles y una multitud de de miles de indios aliados, Cortés vence contundentemente. Y la represión es dura. Aquellos que tuvieron algo que ver en la matanza de los españoles son marcados a fuego con una G en la mejilla y vendidos como esclavos en Tlaxcala.
 
          En menos de dos meses caen todos los poblados de la zona y la situación es totalmente distinta, pues desde lo de Otumba, todo han sido victorias. Cada vez son más los caciques que piden ayuda a Cortés contra las guarniciones mexicas en sus territorios, con lo que va aumentando el número de aliados, a los que los españoles empiezan a organizar como un ejército y les enseñan a combatir con una cierta coordinación, lo que les dará una gran ventaja frente al enemigo común, los mexicas. En más de una crónica se cifra el número de guerreros aliados en unos cien mil.
 
          En este tiempo hasta tres barcos han ido llegando a Veracruz en apoyo de Narváez. Ni que decir tiene que Cortés va convenciendo a los recién desembarcados (no son muchos, apenas 100, pero suponen una gran ayuda por las bajas que se habían producido en las filas españolas) que se unan a él. Por cierto, y hablando de bajas, algunos, tampoco muchos, un par de docenas,  vuelven a plantearle a Cortés que quieren regresar a Cuba. Don Hernán accede, les hace valiosos regalos y les permite irse (ahorrándose así de paso el problema de tener una célula de descontentos entre sus hombres).
 
El sitio y la caída de Tenochtitlan. Segunda conquista.
 
           Pero quedaba la capital; el recuerdo del horror de la Noche Triste está permanentemente presente en el alma de Cortés. Tenochtitlan debe volver a ser española, con lo que la conquista del resto del país será infinitamente más fácil. 
 
          Serenamente va meditando su plan, Lo ideal será llevar a cabo un bloqueo absoluto de modo que el hambre lleve a Cuauhtémoc, el nuevo emperador, a rendirse. En cuanto al corte de las calzadas, no existe el menor problema, pero ¿y la laguna? ¿cómo impedir totalmente que las miles de canoas suministren en los pueblos que la rodean o en las huertas levantadas en la superficie de la propia laguna? Y de nuevo aparece en la historia Martín López, aquel carpintero de ribera que ya, hacía unos meses, había fabricado 4 pequeños barcos. Las dificultades, si uno se pone a pensar en ello, parecen insoslayables, pero para aquellos hombres no había nada imposible. 
 
          Martín se instala en Tlaxcala (¡en mitad de un continente, sin ninguna costa cercana!). A su lado, otros 6 españoles: herreros, carpinteros y calafate. Y como mano de obra, cientos de indígenas. La materia prima la tienen cerca: al norte de la ciudad hay unos inmensos bosques con árboles cuya madera califica de excelente el “ingeniero jefe”. 
 
          Traen también palos, velas, jarcias, cordajes, etc. de los navíos hundidos en Vera Cruz. Y no se limitan a construir un “bergantín”, ese era el nombre que les daban a aquellos barcos, o dos, pues fabrican nada menos que 13. Navegaban a vela y remo, podían transportar hasta 30 hombres (1 capitán, 1 timonel, 12 remeros y entre 11 y 15 soldados)  y llevaban un cañoncito a proa. 
 
          Entre el inicio de la tala y la botadura transcurrieron 4 meses. Se ensamblaron y botaron en Tlaxcala, en unos embalses o represas que se hicieron en un río cercano. Comprobado que flotaban y navegaban, se desmontaron y, por tierra, 8.000 indios los transportaron  a Texcoco, donde de nuevo serán ensamblados y calafateados... En Texcoco existe un pilar recordando el lugar donde se amarraban los bergantines.
 
          Ha llegado la hora. Pero a Cortés le falta aún otro pequeño detalle para pasar a la Historia como uno de nuestros más grandes capitanes: la redacción de unas Ordenanzas de entre las pocas que se pueden considerar antecesoras de las famosas de Carlos III.
 
          El 26 de diciembre de 1520, en plena recuperación del prestigio perdido, se celebraba un “alarde” o parada militar en las afueras de Tlaxcala y, por orden de Cortés, un pregonero público leía ante las unidades formadas (40 de a caballo y 550 de a pié), para que nadie pudiese alegar ignorancia en el tema, “las ordenanzas é costumbres por donde se rigieren é gobernaren aquellos que hubieren de seguir y ejercer el uso de la guerra, á los españoles que en mi compañía agora están o estuvieren…” y que como Capitán General y Justicia Mayor en aquella Nueva España del Mar Océano, había firmado cuatro días antes.
 
          No es el momento de hablar de ellas, solo quiero resaltar que su lectura da fe de las indiscutibles valía militar y capacidad de liderazgo de Hernán Cortés y refleja la estricta disciplina que imperaba en aquel reducido ejército que tantos sufrimientos arrostró, tantos éxitos alcanzó y tantas tierras conquistó.
 
          Apenas 48 horas después, se emprendía la marcha hacia el principal objetivo: Tenochtitlan. Llevaba Cortés 590 españoles y unos 10.000 aliados, número que se multiplicará cuando se produzca el asedio, llegándose a asegurar que superaba los 100.000. En concreto, Tlaxcala se vuelca en el apoyo. España se lo agradecerá desde un principio y pronto se le concederá cierta autonomía, se le dará escudo de armas, los títulos de Noble y Leal.
 
          Y quiero destacar que ese afecto lo siguen demostrando hoy en día los tlascaltecas, aún a costa de que, por maldad e ignorancia, haya sectores de su país que los declare traidores a Méjico… cuando ello era imposible pues Méjico no existió hasta que lo creó Cortés.
 
          El día de fin de año llegan a Texcoco, donde las señales no son tranquilizadores. La ciudad no presenta la animación habitual, faltan mujeres y niños y divisan muchas canoas alejándose. Y los españoles encuentran restos de compatriotas y cueros de caballos.
 
          Una vez en Texcoco, se van presentando caciques de localidades cercanas. A instancias de Cortés, todos rinden vasallaje a Carlos I y se convencen de que, al ser vasallos del mismo señor, deben apoyarse entre sí. A partir de entonces, la mayoría de los ataques mexicas ordenados por Cuauhtemoc se rechazarán sin participación directa de los españoles.
 
          Llega la columna de más de 10.000 tlascaltecas que viene con los barcos: unos 8.000 traen los cascos, jarcias, palos, cuerdas, etc y otros 2.000 son el apoyo logístico. Para los de Tlaxcala, aquella también era su guerra. El desfile de esta masa en Texcoco duró 6 horas y pronto se empezaron a excavar unas inmensas zanjas para favorecer las botaduras en la laguna.
 
          Mientras, se van ultimando los preparativos, Cortés, que no disfruta con la inactividad de las tropas, planea golpes de mano, incursiones, etc. que van a ser el mejor adiestramiento posible. Enseguida se va a ir a por Tacuba (una espinita clavada en el corazón de os españoles desde la Noche Triste). Los tlaxcaltecas saquean la ciudad, que estaba despoblada, y es tan grande el botín que solicitan permiso para ir a Tlaxcala y disfrutarlo antes de empezar el ataque en serio. Cortés se lo concede (entre otras cosas, menos bocas que alimentar) y la mayor parte regresa a sus casas.
 
          Pasan los meses y entramos en la primavera de 1521. Llegan buenas noticias de Veracruz, pues han arribado tres barcos de España, con refuerzos de gente que se quiere unir, motu proprio a la aventura. En uno de ellos viene un enviado de la Corte, nombrado allí tesorero de la expedición. Y, aunque no llegan noticias del rey, Cortés interpreta aquel nombramiento como un reconocimiento a su trabajo.
 
          Con los bergantines ya a punto (botados en la laguna el 18 de abril),  Cortés hace recuento de las fuerzas españolas. Ya tiene 86 jinetes, 118 ballesteros y escopeteros y más de 600 soldados de espada y rodela.  Y su artillería se ha visto considerablemente aumentada pues en los barcos han llegado 6 tiros grandes de hierro y 15 pequeños de bronce, con bastante pólvora de la que andaba escaso. Envía mensaje a los caciques aliados, que en 10 días deben presentarse con los contingentes prometidos y ordena fabricar por las mujeres de la zona 8.000 puntas de saeta para las ballestas.
 
          Y cayó Tenochtitlan. Desde el principio de la acción, Cortés rodeó la laguna y cercó a Tenochtitlan, con los CG, s de sus principales capitanes en Tacuba, Coyoacán, e Iztapalapa y la flamante flota de bergantines, dueña de las aguas. 80 días duró el asedio, que dejó algunos malos momentos para los sitiadores, pero que fue mucho peor para los sitiados, quienes, además del hambre, las disensiones y purgas internas (había una buena parte que deseaba rendirse cuanto antes) tenían que soportar la presión psicológica ejercida por Cortés que, continuamente, les enviaba mensajes de rendición. 
 
          El 12 de agosto, Cortés recibe un mensaje de Cuauhtemoc pidiendo una reunión. Le espera 4 horas y el rey mexica no aparece. Entonces el capitán español da la orden de iniciar el asalto definitivo. Es el final para cientos de mexicas. Cortés escribe que “nos llevó más trabajo refrenar a los indios amigos que luchar contra los enemigos”. La hermosa Tenochtitlan ya no es más que un enorme montón de ruinas.
 
          El día siguiente, Cuauhtemoc intenta escapar en una canoa, pero es interceptado por un bergantín. Conducido ante Cortés, pide que le maten, pero luego rompe a llorar. Cortés le reprocha no haber aceptado sus repetidas propuestas de rendición, lo que habría evitado miles de muertos y la destrucción de la ciudad.
 
          Para finalizar decir que los guerreros mexicas, acostumbrados a vencer siempre, esclavizar o matar y comer a sus enemigos, estaban abatidos a la espera de su triste destino. Pero Cortés les comunica que “la guerra ha terminado”, que había que olvidar lo pasado, y que quedaban libres para ayudar a construir un nuevo país distinto al que conocieron. Eso sí, les insta a abandonar la ciudad cuanto antes, porque se cierne sobre los supervivientes el fantasma de la peste. 
 
          Termino. En la tercera parte de esta serie veremos que aún siguieron las conquistas y expediciones, traiciones, venganzas, resquemores, etc. Pero en el fondo del cuadro irá naciendo una nueva nación, y dado que quienes la están construyendo quieren que se parezca en organización, costumbres religión, etc, a aquella patria lejana en Europa, se llamará Nueva España. Una nación que, lo comentaremos si Dios quiere otro día, será la magna obra de un español universal: Don Hernán Cortés y Pizarro.
 
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Busto de Hernán Cortés  (Archivo de Indias, Sevilla)
 
 
 
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