Prólogo a "Alcaldes de Santa Cruz de Tenerife" de Luis Cola Benítez

 
Por Emilio Abad Ripoll  ( Prólogo a la obra Alcaldes de Santa Cruz de Tenerife de don Luis Cola Benítez, presentada el 28 de noviembre de 2018)
 
 
 
          El 25 de julio de 2016, exactamente ocho días antes de que Luis Cola Benítez nos dejara, se acabó de imprimir su obra Retales de la Historia de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. El Prólogo que para ella escribió Sebastián Matías Delgado Campos terminaba con un párrafo en el que se puede leer: … nos quedamos a la espera de que algún día puedan ver la luz, igualmente editados, tus “retales” dedicados a los alcaldes de Santa Cruz.
 
          Hoy, con este libro que el lector tiene en las manos, se hace realidad aquella esperanza. En sus últimas páginas José Manuel Ledesma Alonso, Cronista Oficial de la Ciudad, y quien firma estas líneas explicamos brevemente como se gestó su publicación, empezando por las dudas de Luis Cola sobre su conveniencia, y concluyendo con su decisión, que nos había comunicado, de reunir o sintetizar, como acababa de hacer con el de la historia de la ciudad, los 282 artículos que semanalmente, y entre los años 2005 y 2011, había publicado en La Opinión de Tenerife en relación con los alcaldes de Santa Cruz. 
 
          Ambos, convencidos de que teníamos la obligación moral de seguir los deseos de Luis, y con la autorización de su esposa, decidimos intentar hacer lo que a él ya no le dio tiempo, aún a sabiendas de que nuestro trabajo no tendría, ni con mucho, la calidad que Cola Benítez sabía imprimir indeleblemente a sus escritos. También creímos más honesto no añadir nada nuevo y terminar donde él acabó, en 1943, con el alcalde número 213, don Belisario Guimerá y Castillo-Valero, incluyendo tan solo un listado de los 12 alcaldes que le sucedieron hasta este 2018. La Concejalía de Cultura de nuestro Ayuntamiento acogió con entusiasmo la idea y el resultado, felizmente, está a la vista.
 
          El libro, como indica su título, nos habla de los alcaldes de Santa Cruz, de los hombres que, en representación de quienes desde los inicios del siglo XVI hemos vivido en esta población, Lugar, Plaza, Puerto, Villa o Ciudad, trabajaron intentando hacer realidad el sueño de convertir Santa Cruz en un hogar para todos los que, nacidos aquí o foráneos, quisieron asentarse en las costas del viejo Añazo.
 
          Alcalde, un “nombre propio” al que siguieron, en función de circunstancias administrativas o políticas, diferentes “apellidos”, como ordinario, real, real ordinario presidente, constitucional, constitucional de primera elección presidente, presidente a secas, etc, pero siempre significando lo mismo, ser la cabeza visible, el representante máximo de Santa Cruz y el responsable del bienestar de sus habitantes. 
 
          A lo largo del siglo XVI encontramos que nuestros alcaldes fueron hombres sencillos, que compaginaban su trabajo en el campo o en el taller con la responsabilidad del cargo público, pero a partir de las primeras décadas del XVII empiezan a ser designadas personas más influyentes, de superior rango social; y si al principio eran nombrados por el corregidor de la isla, luego lo van a ser por la Real Audiencia, por el Gobernador, o por el Rey, hasta llegar a ser elegidos por su pueblo.
 
          Se comprende fácilmente que no de todos se puede tener idéntica o similar cantidad de información. De algunos solo se sabe que fueron alcaldes porque aparece su firma en algún acta o documento; de otros, especialmente a partir del siglo XIX, existe abundante constancia de su actuación en los Libros de Actas que se custodian en el Archivo Municipal. Aunque todos forman parte de la historia de Santa Cruz, unos pasaron desapercibidos, pero otros resaltan por determinadas circunstancias, como Bartolomé Fernández Herrero, que en 1501 fue nuestro primer alcalde, además de alguacil y guarda de las cosas vedadas del puerto; o Francisco Javier de Lima Pereyra y Ocampo, que en 1572 era el primer alcalde por nombramiento real; o Matías Bernardo Rodríguez Carta, el primer regidor municipal elegido por los vecinos en 1772; o  Domingo Vicente Marrero Ferrera, el alcalde de la Gesta de 1797; o José María de Villa Martínez, quien en 1803 se convertía en el primer alcalde de la recién nombrada Villa Exenta y presidía el primer Ayuntamiento santacrucero, Corporación de la   que José Desiré Dugour escribiría: 
 
                    "No pudieron haber salido de la urna nombres más populares ni de reputación más íntegra… Empezaron pues a funcionar estos buenos patriotas con el celo que a todos caracterizaba, marcando a los que les siguieron la senda que debían ensanchar de continuo en pro de la cosa pública; y quizás debe atribuírseles la honra de haber sabido preparar con sus acertadas medidas los altos destinos a que estaba llamada una población llena de movimiento y vida…"
 
          Y tampoco se puede olvidar a Patricio Anran de Prado, que en 1820 presentaba el primer Presupuesto; ni a Juan de Matos Azofra, que en 1822 se convertía en el alcalde de una Villa de Santa Cruz que había sido designada Capital de la provincia de Canarias; ni a José Luis de Miranda y Sánchez, primer alcalde de la flamante Ciudad de Santa Cruz de Tenerife en 1859… Ni a los prolíficos alcaldes del XX, como Pedro Schwartz Matos, Juan Martí Dehesa, Santiago García Sanabria, Francisco La-Roche, Francisco Martínez Viera… Ni a tantos otros que omito por falta de espacio, que no de méritos.
 
         Pero más o menos conocidos, citados o no en esta menguada relación expuesta, a todos los unió, a modo de denominador común, un hilo conductor: el amor a su Santa Cruz. En las Actas desempolvadas con su paciente trabajo por Luis Cola Benítez, se lee la preocupación constante de todos, sin excepción, ocupasen el cargo solo meses o varios años, por los graves problemas de la población, que a partir de finales del XVIII crece vertiginosamente y demanda cada vez más servicios: siempre están presentes las carencias de agua potable (obtención y distribución entre los vecinos), la salud pública (lucha contra enfermedades y epidemias, cementerios, plagas de insectos, aguas residuales, basuras…), las mejoras urbanas (jardines, paseos, iluminación, ensanche y construcción de calles, su limpieza y sus empedrados, adoquinados o asfaltados…), la importancia del puerto, la difusión de la cultura, … 
 
          Y también las Actas recogen la permanente atención en lo político para que otras ciudades no despojen a Santa Cruz de lo que la nuestra, sin quitar nada a nadie, había conseguido.
 
          Por si fuera poco, por encima de todo siempre flotaba la perenne penuria económica, que en varias ocasiones estuvo punto de llevar a la bancarrota al Ayuntamiento, y que, con mucha frecuencia, era la causa de que mes a mes, una y otra vez, se debatiera la manera de encontrar fondos para solucionar problemas que parecían insolubles y se tuvieran que paralizar o descartar ilusionantes proyectos.
 
          A partir del siglo XIX fueron frecuentes los viajes a Madrid a pedir apoyos o a defender derechos; eran continuos los contactos con autoridades regionales (Audiencia, Gobernadores, Cabildos, otros Ayuntamientos, etc.), no siempre receptivas a los problemas santacruceros; pero en ocasiones eran fructíferos los acuerdos con los mandos militares, que, más de una vez, se comprometieron al máximo con Santa Cruz y apoyaron, con fondos destinados oficialmente a otros fines, pero inteligentemente gestionados, la realización de obras en la población (Branciforte, Marqués de la Concordia, Weyler, Serrador, García Escámez…).
 
          También en el libro resplandecen con luz propia dos virtudes que adornaron, casi unánimemente, a los alcaldes de Santa Cruz: la generosidad y la solidaridad. Fueron varios, bastantes, los que, altruistamente, con su propio peculio realizaron obras o las avalaron, permitiendo su ejecución. Y en otras muchas ocasiones ennoblecieron a la población promoviendo y dirigiendo actos de solidaridad, como la acogida de refugiados o, aún sufriendo graves carencias de agua potable, regalando el vital elemento a las islas hermanas que soportaban graves sequías. Y así se demostró fehacientemente cuando Santa Cruz, con sus autoridades al frente, como debe ser, ganó, por su comportamiento en una grave epidemia, la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia que figura en su escudo.
 
          Aquellos hombres fueron también conscientes de lo que significaba ostentar el cargo en lo referente a la representación de todos sus conciudadanos. Por ello, los alcaldes no vacilaron y, demostrando su hombría de bien, amantes del pasado de Santa Cruz, cuando surgieron dudas o discrepancias, instaron a sus concejales, fuesen de la tendencia política que fuesen o del credo religioso que profesasen, a la asistencia a actos tradicionales, religiosos o no, pero que pertenecían al acervo histórico y cultural de Santa Cruz. 
 
          En definitiva, todos aquellos alcaldes que nos presenta Luis Cola Benítez en el libro buscaban el bienestar de su pueblo, y la mayoría estaban convencidos de que en la base de sus proyectos debían ser piedras angulares la Cultura y la Historia. Era firme su creencia de que sin esos cimientos no podría sobrevivir como una sociedad unida la población que regían. Se sentían identificados con la herencia histórica y cultural recibida y, por lo tanto, se consideraban obligados a defender ese legado. Sabían bien que su trabajo en pro de los demás no sería un esfuerzo baldío, sino que ellos y sus inmediatos colaboradores debían ser el armazón que mantendría en su pueblo la admiración y el agradecimiento por lo recibido y el orgullo de seguir contribuyendo a la obra común del engrandecimiento de nuestra ciudad.
 
          Una ciudad cuya historia se va desgranando en la actuación de sus alcaldes, y que se puede seguir, casi paso a paso, en el resumen de las actas que son la base del inmenso trabajo contenido en las páginas que siguen a continuación. 
 
          Estoy seguro de que la lectura de este libro despertará en quien lo haga esos sentimientos de admiración y agradecimiento hacia aquellos alcaldes que, a partir de hoy, conoceremos mejor gracias a Luis Cola.  Y también me parece conveniente sugerir que cada vez que un nuevo alcalde tome posesión de su cargo en el espléndido marco del Salón de Plenos de nuestro Ayuntamiento, junto a la vara de mando, símbolo de su autoridad, se le entregue un ejemplar de esta obra para que en ella se inspire en los momentos difíciles que, sin duda, le tocará vivir. En sus páginas beberá en la fuente del amor por una ciudad, Santa Cruz de Santiago de Tenerife, en cuyo futuro deberá volcar todos sus esfuerzos.
 
          La misma fuente que mana en toda la obra de Luis Cola Benítez, en sus libros y sus innumerables artículos dedicados a la Ciudad que tanto amó. Gracias una vez más, Luis, amigo y maestro.
    
 
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